

No creo exagerar si afirmo, de entrada, que, entre los narradores actuales José María Merino es el que ha desarrollado un pensamiento teórico más rico y consistente. Como escritor y como lector se ha acercado a la literatura con una curiosidad siempre insatisfecha que ha querido colmar no sólo escribiendo relatos, sino reflexionando sobre el arte de narrar. En esa reflexión, el cuento se ha llevado quizá la mejor parte, como puede verificarse, por ejemplo, con la lectura de Ficción continua (2004) y, en concreto, de artículos allí presentes como “Un viaje al centro: cuento y novela corta”, en el que Merino establece el contraste entre narrativa larga y narrativa breve y, en segundo término, entre novela corta y cuento; Merino defiende allí la narrativa breve por su concisión estética, depuración narrativa y afán sintético, así como por los mundos que anuncia sin desvelarlos enteramente, y que “conforman una manera de leer, establecen un aprendizaje y hasta una gimnasia estética, ayudan a construir criterios de refinamiento para apreciar cada vez más la sustancia que ofrece la verdadera literatura”. Y trátese de novelas o de cuentos, José María Merino tituló su discurso de entrada en la Real Academia, Ficción de verdad (2009), donde expone los mecanismos de la ficción desde su personal experiencia de escritor de ficciones, entendidas como una forma exclusiva de verdad, como “otro espacio posible, paralelo, alternativo, que es precisamente ese espacio de la ficción”. La confluencia en el texto citado de reflexión y relato, tratando de construir un relato al tiempo que se reflexiona sobre sus mecanismos de construcción, es el hecho que explica que los críticos hablaran, desde la publicación de sus primeras obras, de metarrelatos y metaficciones, pues Merino convierte en relato su propio pensamiento literario sin que este ahogue el cuento en cada caso.
Como autor de cuentos es, de igual modo, uno de los escritores actuales de mayor finura y talento. En otra ocasión escribí que quien con tanto esfuerzo y constancia ha dignificado teóricamente el cuento como género podía alzarse, en la práctica, como uno de los maestros del mismo. En 1982 apareció un primero volumen de relatos, Cuentos del reino secreto, en los que la mixtura de realidad y fantasía singularizaba al entonces joven escritor en el panorama narrativo del momento. Afianzarían sus mundos ficcionales volúmenes posteriores como El viajero perdido (1990), Cuentos del Barrio del Refugio (1994), incluidos en Cincuenta cuentos y una fábula (1997), Cuentos de los días raros (2004) y La glorieta de los fugitivos (2007), libro este último donde reunió los microrrelatos publicados antes en Días imaginarios (2002) y en Cuentos del libro de la noche (2005). La labor de Merino a favor del cuento se incrementa con recopilaciones como Cien años de cuentos (1898-1998). Antología del cuento español en castellano y con Los mejores cuentos españoles del siglo XX (1998), además de la excelente recreación de las Leyendas españolas de todos los tiempos. Una memoria soñada (2000), soñada y reactivada, pues es memoria de una tradición de la que debemos considerarnos, como quiere Merino, herederos y transmisores.
Cada uno de los volúmenes citados podría hacernos meditar sobre el engranaje que mueve la narrativa de Merino. Entre todos ellos he escogido –sería mejor decir he vuelto a escoger- los Cuentos de los días raros. En otro momento escribí las consideraciones que su lectura me suscitó. Quiero ahora completarlas y acaso enriquecerlas.
“Creo que una de las funciones de la literatura es profundizar en lo inusual, en lo misterioso y menos evidente de la realidad, enfocándolo muchas veces desde la perspectiva fantástica”. Estas palabras de Ficción de verdad viene a confirmar lo que ya anunciaba el título Cuentos de los días raros y proponía la nota que los introducía: plantear aquellos cuentos como “crónica” de “la rareza de los días en su relación con los sueños, con los recuerdos, con los incidentes cotidianos”. El narrador se convierte, de este modo, en fabulador de lo inusual, de lo que parece contradecir las apariencias de la realidad, de lo extraño que habita en lo familiar, en el acontecer diario. En la normalidad de los días hay siempre algo inesperado que nos hace desfamiliarizarnos de lo rutinario y que, en los casos mejores o peores, puede alterar nuestras vidas. Es lo que ocurre con el meollo de cada uno de los Cuentos de los días raros. El lector de Merino no se encuentra, en cambio, ante “rarezas” que lo sorprendan, pues está habituado al hecho de que lo extraño y lo fantástico irrumpan en lo conocido. Merino ha sabido crear una atmósfera peculiar en la que se mueven sus personajes, la atmósfera de los sueños, por ejemplo o la atmósfera del delirio en la que se sumerge el profesor Souto, ese personaje-guadiana, recurrente en la narrativa de Merino, que en el cuento “Celina y Nelima” desvía su intimidad de la persona que quiere hacia un programa inteligente de ordenador; otro habita en él que lo lleva hacia lo que no desea y al que tiene que doblegar por la acción de la voluntad, al igual que sucede en “El fumador que acecha”, el intruso que vive clandestinamente dentro del profesor, introduciéndose de este modo el tema del doble, uno de los temas familiares de Merino.
La atmósfera de los sueños puede ser ocasional en otros narradores, pero no lo es en Merino. Y tanto o más que el sueño en sí mismo, al narrador le gusta ese momento confuso de transición entre el sueño y la vigilia; ese tránsito provocará frecuentes cruces temporales entre niñez y juventud, por ejemplo, o entre juventud y madurez, cuando el protagonista de algún cuento rememore los sueños de aventura que las lecturas infantiles suscitaban. Sabemos que quien no siga a la fantasía, al sueño, a la ilusión, quien no se decida a viajar a Sinara (“Sinara, cúpulas malvas”), la ciudad dorada donde la fantasía y la ilusión perpetua hallan acomodo, no la encontrará jamás y vivirá lamentando su cobardía por no seguir su sueño, sintiéndola entonces como una pérdida, añorándola como si existiera, comprendiendo al fin “que Sinara ha sido solamente un espejismo, una alucinación lejana, porque Sinara no existe y viene a ser el símbolo de la triste condición del hombre, perseguidor eterno de un sueño imposible.
En la atmósfera literaria de Merino se produce el contagio de lo familiar por lo extraño y de lo extraño por lo familiar; a la vez, se origina el reconocimiento de lo familiar en lo que resulta ajeno, raro o singular. Los Cuentos de los días raros nos hablan de la presencia de lo inadvertido en la vida corriente, de lo desconocido en lo habitual, de lo imprevisto en el ordinario acontecer, de lo inusitado en la costumbre, de lo imaginado en lo real, de lo desconcertante en la aparente normalidad, de lo inexplicable en lo racional, de lo insólito en el ámbito de las certezas; nos hablan de la fantasía y las alucinaciones que perturban la tranquilidad doméstica, de las visiones momentáneas, de los deslumbramientos pasajeros, de las “clarividencias instantáneas, como un regalo providencial” (“Papilio Síderum”) que nos hacen vislumbrar otros mundos posibles, mundos fantásticos, soñados, intuidos, espacios de felicidad, por ejemplo, como los de “All you need is love”, “atisbado paraíso [...] en el que ninguno de los que vivimos en este mundo entrará jamás”. Hay una débil frontera entre la realidad y la ilusión, el sueño y la vigilia; la atmósfera de los cuentos merinianos nos da la sorpresa de lo inexplicable, la constatación de lo imposible cobrando todas sus posibilidades en la narración; la certeza de lo inverosímil y la percepción por parte del narrador de que “la realidad resulta a veces más desconcertante que la ficción”.
No hace falta acudir a Freud para certificar el cordón umbilical que une la literatura y los sueños. El propio Merino dirá en el prólogo a Tres semanas de mal dormir (2006) que los sueños “proporcionan una sensación intensa de literatura vivida, literatura que se nos incorpora de forma misteriosa para convertirse en vida misma”. En dos sentidos al menos se conexionan los sueños a la literatura: la escritura es la manera de materializar lo evanescente y, a la vez, mecanismo creativo de fantasías parecidas a los sueños. Estos se desvanecen con la vigilia, sus figuraciones se borran, sus mundos acaban difuminándose hasta desaparecer. La narración sirve para preservar lo que de otro modo acabaría evaporándose. La ficción literaria da consistencia y duración a los sueños: “Los sueños y los sucesos, que al producirse son un mero pasar, un movimiento más entre los innumerables que van consumiendo sin pausa el azar y el caos, únicamente existen de verdad al ser contados, porque sólo entonces consiguen un perfil discernible. En la escritura está su única memoria y la memoria los unifica, dándoles una consistencia parecida” (“Papilio Síderum”). Pero la literatura, a su vez, crea y alimenta otros sueños. Nadie negará el poder fantaseador de la literatura, la posibilidad que ofrece de vivir otros mundos que sólo existen en la imaginación literaria. Los Cuentos de los días raros nos llevan a mundos imaginarios alternativos al mundo real. Además, en algunos de esos cuentos se reconocen vivencias y fantasías brotadas de las lecturas infantiles que tan presentes han estado en el imaginario de José María Merino. “El viaje secreto”, por ejemplo, es un verdadero homenaje a Robinson Crusoe y a los héroes aventureros que hirvieron en la fantasía del niño desde la identificación con ellos y la emoción de la aventura. Como aquel niño al que los libros promovieron ensoñaciones perdurables, el lector de Merino colmará su cabeza de “imágenes tan firmes y claras” que le harán olvidar la realidad, siquiera sea ocasionalmente, para residir en otros mundos posibles creados por la pluma del narrador: “Te olvidas de las palabras que vas leyendo y entras en sitios verdaderos, con gente que habla y hace cosas, corres aventuras, es un viaje secreto”. La literatura es, de este modo, el viaje al verdadero espacio de los sueños en su más amplio sentido. Con la literatura lo maravilloso y lo fantástico se inscriben en lo cotidiano.
Merino viajó de niño a esos mundos maravillosos y fantásticos no sólo a través de la lectura, sino por medio del relato oral. El relato oral forma parte del recuerdo infantil, pero Merino aprovecha la experiencia infantil del oír contar para trazar cuentos de tanta enjundia como “La hija del diablo”, relato imaginariamente oral (el relato de Blancaflor) dentro del cuento escrito, con dos voces narrativas. La oralidad tiene dos ejes inexcusables: la repetición y la memoria. La memoria es otro de los temas de la narrativa de Merino, menos tenido en cuenta por la crítica. Pero el escritor conoce bien los mecanismos de “La memoria tramposa”, título de uno de los cuentos. No le interesa a Merino la memoria meramente acumulativa y mecánica, sino la memoria que revitaliza o sueña el pasado: la memoria que olvida o recrea, la memoria y sus deterioros, la memoria y sus desvaríos, la memoria que recompone la tela con retazos, que confunde o cruza distintos momentos temporales y crea incertidumbres; y hasta la memoria perdida, como le ocurre temporalmente al profesor Souto, aquejado ocasionalmente de amnesia.
El citado cuento “Sinara, cúpulas malvas” cifra la ilusión que alienta en una vida. Sinara representa la aventura entrevista, la búsqueda inquieta, el deseo de huida hacia “un mundo lejano y misterioso” alejado de lo ritual, lo conocido, lo acostumbrado y rutinario. Al final, la Sinara soñada no será más que la imagen del fracaso. Sinara no existe, en efecto, pero, gracias a la literatura es posible soñarla y reinventarla.
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Es catedrático de Teoría de la Literatura de la Universidad de León. Aunque ha publicado ediciones de autores clásicos (Garcilaso, Calderón, teatro cómico breve), sus investigaciones y publicaciones se han centrado principalmente en la teoría y la literatura contemporáneas, pudiendo destacarse entre sus obras Victoriano Crémer, el hombre y el escritor (1991), La ciudad inventada (1994), El fragmentarismo poético contemporáneo (1996), La intertextualidad literaria (2001), El mundo del padre Isla (coord. con N. Álvarez Méndez) (2005) y Grupo “Cántico” de Córdoba. Comentario de poemas (2005). Ha editado Antología de la poesía española (1939-1975) (1989), Antología de poesía española (1975-1995) (1997), y críticamente, En la luz respirada (Sepulcro en Tarquinia, Noche más allá de la noche, Libro de la mansedumbre), de Antonio Colinas (2004) y Los signos de la sangre (Poesía 1944-2004), de Victoriano Crémer (2009). Ha publicado, además, cerca de un centenar de artículos en diversas revistas especializadas (sobre teoría de la literatura y autores como el padre Isla, Caballero Bonald, Antonio Colinas, José María Merino, Luis Mateo Díez, Antonio Gamoneda, Antonio Carvajal…).