

La verdad de la ficción
Quiero empezar este escrito explicando por qué en mis cursos y talleres siempre comentamos libros de José María Merino. Considero que la mejor forma de fomentar la lectura es recomendando libros en cuyas páginas palpite la vida con toda su luz y su oscuridad; libros donde se hable de lo bueno y de lo malo que pasa fuera y dentro de nosotros, de las conductas observables y del mundo de emociones, deseos, pensamientos; de la realidad tangible e intangible; libros que nos ayuden a conocer gentes de diferentes credos e ideologías, libros donde se muestre la complejidad de lo real, en los que descubramos las partes constructivas y destructivas del ser humano. Los psicólogos han demostrado que ya en la infancia tiene un efecto positivo leer libros donde haya personajes de ficción que comenten acciones malas. Entre otros, Bruno Bettelheim, el autor de obras como Psicoanálisis de los cuentos de hadas, Fugitivos de la vida, coautor de Aprender a leer, explica que, gracias al malo de ficción, el niño se libera de la angustia y comprende emocionalmente lo que le pasa. Silenciar, reprimir el lado oscuro puede llevar a lo contrario de lo que se pretende: a estallidos de violencia. Quizás haya que hacer un viaje interior hacia la oscuridad como el que realiza el inolvidable Iván Ilich de León Tolstoi para que al final nos invada la comprensión y la piedad igual que al personaje de Tolstoi.
José María Merino, tanto en su obra de ficción como en sus reflexiones sobre la ficción, nos hace ver que la literatura es una forma de conocimiento que responde de manera más cabal a la realidad de lo que somos. Curiosamente, en la realidad, muchas veces se nos presenta como verdadera una ficción de mala calidad. En nuestra época, la ficcionalización de la realidad es habitual. La mentira se enseñorea de los medios de comunicación y, al mismo tiempo, la vida se convierte en un espectáculo. En muchas tertulias y en los reality shows se nos presenta un simulacro de la vida en el que la intimidad se vuelve exhibicionismo e impostura. Frente a esas mentiras que se presentan como reales se da la paradoja de que encontramos la verdad en la ficción literaria. La literatura nos acostumbra a buscar lo que subyace debajo de las apariencias. Los variados recursos de la lengua poética educan en el desentrañamiento del sentido. En los textos literarios aprendemos que muchas veces lo que parece ser una cosa resulta ser otra. La literatura aporta sabiduría que es una forma de saber que se sabe muy poco y aleja de nosotros cualquier soberbia dogmática. Uno de los memorables personajes de Jane Austen, autora muy apreciada por Merino, Emma, afirma “rara vez, muy rara vez, llega la más absoluta verdad a pertenecer a ningún discurso humano; rara vez puede pasar que no se enmascare algo, o que no se equivoque algo.”
Los libros de José María Merino, son literatura verdadera, por ello cualquier simplificación de lo real le es ajena; además, pasan la prueba de fuego de la relectura fácilmente. Con cada relectura se renueva el goce que produce leer una novela bien estructurada, con una prosa cuidada, impregnada de lirismo en muchos pasajes, donde brilla un lenguaje rico, preciso y sensual. También sus textos de carácter ensayístico figuran en esa lista de lecturas necesarias. En ellos el autor reflexiona sobre el quehacer literario tanto en su vertiente de escritor como en la de fervoroso lector. El aspecto didáctico del ensayo no impide el juego, el humor, la ironía y la belleza del estilo en la que, no pocas veces, se recurre a figuras estilísticas como la metáfora. Lo didáctico se impregna de la pasión por la ficción, pasión por la escritura y la lectura de ficciones. Por ejemplo, su libro Ficción continua -un libro estimulante por muchas razones, entre otras, porque nos contagia su amor por las palabras: las palabras que se escuchan, se dicen, se escriben, se leen-, nos ofrece unas reflexiones sobre la invención literaria que revelan aspectos de su oficio de escritor indisolublemente unidos a su actividad como lector de novelas, cuentos, cómics, poesía y narración fílmica.
En la primera parte titulada Los círculos de la ficción explica que la ficción literaria se mueve dentro de unos círculos compuestos por el círculo del idioma que sería el más amplio, el segundo sería el de la experiencia vivida, incluyendo en esta no solo la realidad sino también las fabulaciones e interpretaciones sobre la realidad y el tercero, el de la propia obra. Cuando se refiere a este círculo cita los temas y motivos recurrentes en su narrativa como son el tema del doble, el apócrifo, el tiempo, el sueño, la memoria, la identidad, el gusto por lo inquietante, la relación con lo metaliterario.
Leyendo detenidamente sus explicaciones sobre las relaciones entre ficción y realidad se entiende por qué Merino adscribe sus novelas al realismo, entendido de un modo amplio en la que los aspectos misteriosos y los sueños forman parte de la realidad. En este ensayo llega a imaginar la realidad como una ficción primaria, silvestre, sin elaboración alguna. Afirma que toda la realidad es susceptible de diferentes miradas, y alejarse de las más convencionales no tiene por qué ser una forma de huida, sino todo lo contrario, una manera de descubrir en ella aspectos más significativos.
En el capítulo titulado Un cuerpo extraño nos muestra cómo nace la semilla de la creación y por qué escribe.Hay dos referencias que nos interesan para el análisis de un aspecto relevante de la novela La sima. Una tiene que ver con la Historia. En ese capítulo aclara: A veces, la lectura de libros, sobre todo de carácter histórico, está detrás de algunas novelas mías: las crónicas de Indias me hicieron imaginar las aventuras de un joven mestizo en la época de la Conquista, como los sueños apocalípticos de una doncella en la época de Felipe II me sirvieron de estímulo para otro trabajo novelesco. ¿Pero no es la historia una forma de memoria, incluso tan impura, vacilante y mítica como lo personal?1
En un artículo publicado en el diario ABC y titulado El país de lo que somos, el territorio de lo que sentimos que ha obtenido el Premio de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez opone la Historia a la ficción calificando la creencia aristotélica de que solo en la Historia está el archivo seguro de nuestras circunstancias, de falacia. Asegura que es en la literatura donde encontramos el más certero registro de lo que caracteriza a la especie humana, donde verdaderamente se encuentra la historia de nuestro corazón a lo largo de los milenios, en la literatura, constituida desde la capacidad simbólica que nos identifica. Y acaba afirmando:
Leer nos da acceso al gran espacio de la imaginación reveladora: el país de lo que somos, el territorio de lo que sentimos.
La ficción supera a la Historia en el conocimiento de lo que somos por eso considera al Psicoanálisis como hijo dilecto de la literatura. Y precisamente en el capítulo Un cuerpo extraño declara: Entre las altas funciones de la literatura está la de servir de instrumento a los psicólogos y otros especialistas más o menos sociales, siempre que sepan valerse de ella -no hay que olvidar que Freud fue un gran lector y que el psicoanálisis nace directamente de la literatura-(...)2.
Psicoanálisis, Historia y Literatura
La sima es una novela que, aparte de su calidad literaria, indiscutible en cualquier libro de Merino, aporta una perspectiva ecuánime y de tolerancia que está relacionada con una indagación donde la escritura de ficción tiene un puesto relevante para ayudar a esa comprensión
Brevemente recordemos que Fidel, el protagonista de La sima, es un historiador que está preparando una tesis doctoral sobre la primera guerra carlista y decide aprovechar las fiestas de final de año para trabajar en ella. Para cumplir con ese propósito viaja al pueblo de la montaña leonesa donde pasó la infancia y se aloja en un hotel. La evolución del personaje se va a realizar a partir de ese viaje. El viaje es un motivo muy querido por el autor que, incluso puso a un libro de cuentos el título de El viajero perdido. El viaje según Jung está relacionado con un anhelo no saciado y según Cirlot implica una evolución, una búsqueda de la identidad a partir de la superación de los obstáculos que nos rodea. Fidel llega al pueblo en un momento en que está próxima la exhumación de los restos de personas que se cree que fueron arrojados a una sima durante la Guerra Civil. Exhumación en la que quiere estar presente ya que, en aquellos crímenes está implicado un abuelo suyo. A lo largo de la novela se establecerá un paralelismo entre la Guerra Carlista que está investigando para su tesis y la Guerra civil cuyo recuerdo vuelve con el tema de la exhumación y el escenario de la infancia. Pero también se establecen paralelismos con otras guerras que demuestran que todas las guerras son la misma guerra en la que se pone de manifiesto el odio fraticida, el cainismo -como el mismo autor ha declarado- como constante en la historia española. La memoria colectiva tendrá también su paralelismo en la memoria individual de Fidel en cuya familia han existido las divisiones propias de los diferentes credos políticos y que solo es posible superar con la comprensión, el amor y la compasión. En la novela hay múltiples correspondencias, por ejemplo, la sima de la que se espera exhumar los restos de los asesinados tiene su equivalencia metafórica en el interior de Fidel, y se hace referencia a ello ya desde el comienzo de la novela: Pienso en mis simas, en mis precipicios, en mis zonas rocosas, como señales añejas de pérdidas que van conduciendo a la disolución3por ello el viaje exterior se convertirá en viaje interior. El propio desasosiego de Fidel lo empujará a escribir un diario. Quiero detenerme en tema de la escritura ya que es de una importancia capital en la novela. Fidel iniciará una búsqueda de la identidad al regresar a los escenarios de su infancia. Durante los días que está en el pueblo escribirá un diario en el que se entrelazará la memoria colectiva con la memoria individual. Los narratarios de ese diario serán: la psiquiatra Valverde, el profesor de Instituto don Cándido y el profesor de historia Verástegui, director de su tesis doctoral. Hay una coincidencia entre la doctora y don Cándido: ambos le aconsejan escribir. Valverde le aconseja anotar lo que le ocurre en sus momentos de confusión y don Cándido explica en sus clases que la escritura es un instrumento de sabiduría, de conocimiento y que, frente al pensamiento evanescente, la escritura es materia. Ambos coinciden en la visión de la escritura como proceso de aclaración pero el profesor da importancia a la belleza y precisión del lenguaje. Les habla de escribir literariamente lo que exige un esfuerzo sostenido.
El protagonista, marcado por los avatares de la historia, con estados de desaliento y depresivos, incluso al punto de haber intentado suicidarse, irá descubriendo que la escritura es también una especie de exhumación de cadáveres que estaban sepultados en una fosa o sima olvidada4.
A través de la escritura aceptará ciertas interpretaciones que la doctora Valverde le había hecho y en las que no creyó. Evidentemente aquí se pone de manifiesto la importancia de la escritura que tiene una repercusión más sanadora que la del psicoanálisis.
¿Qué pasa con el otro narratario? Sabemos que Verástegui matiza mucho la hipótesis de Fidel sobre el cainismo que se manifiesta a lo largo de la historia española y finalmente acaba diciéndole que si quiere hacer un planteamiento en el que la confrontación sea un fatum histórico que mejor escriba una novela. Y aquí aparece la posibilidad de una nueva forma de escritura. De la tesis doctoral en la que la Historia manda, pasando por el diario personal donde se puede alterar la cronología y avanzar con los recuerdos de forma desordenada, sin preocuparse por la estructura, la estética o la verosimilitud a la escritura de una novela y ,precisamente, será esa transformación en materia novelesca la que le permitirá acceder a una comprensión mayor y también a un sentimiento de liberación. En la ficción novelesca puede hacer frente a sus propios conflictos, a su propio cainismo con la tranquilidad de que “en la novela las armas no matan”.
En la parte final de La sima se incrementan las reflexiones sobre la ficción, sobre las reglas de la ficción y la necesidad de verosimilitud pero también sobre las relaciones entre la escritura y la vida. A partir de la ficción, Fidel reflexiona sobre aspectos de sí mismo, se anima a asomarse a sus zonas oscuras y a enfrentarse a ellas, a preguntarse si no tendrá dentro de sí ese núcleo de dureza fraticida ya que con gran facilidad se ha inventado personajes, como él mismo en la ficción, que matan a gente tan cercana como un primo o un hermano.
No es azaroso que las dos citas que se ponen a la cabeza de la novela, una corresponda al padre del psicoanálisis Sigmund Freud y otra, a un apócrifo, alguien que representa el juego de la ficción como es Eduardo Souto. Personaje muy querido del autor que hizo su primera aparición en El viajero perdido y que últimamente se ha erigido en el prologuista de Las puertas de lo posible y en una especie de Virgilio literario en La glorieta de los fugitivos.
La supremacía de la ficción novelesca es clara. Esa escritura es la que permitirá al protagonista entenderse y entender, estar en armonía consigo mismo y con los otros, apostar por la concordia y los lectores recibimos el regalo de la mirada compresiva y moral de un artista como Merino. Esa mirada nos recuerda las palabras de Joseph Conrad con las que el autor de Lord Jim explica que el arte en general y la literatura en particular habla a nuestra capacidad de alegría y de admiración, se dirige al sentimiento del misterio que rodea nuestras vidas, a nuestro sentido de la piedad, de la belleza y el dolor, al sentimiento que nos vincula con toda la creación; y a la convicción sutil pero invencible de la solidaridad que une la soledad de innumerables corazones; a esa solidaridad en los sueños, en el placer, en la tristeza, en los anhelos, en las ilusiones, en la esperanza y el temor que relaciona cada hombre con su prójimo y mancomuna toda la humanidad, los muertos con los vivos, y los vivos con aquellos que aún han de nacer.”
Notas del artículo:
1.- Merino, José María , Ficción continua, editorial Seix Barral, Barcelona, 2004, pág. 147
2.- Ibídem, pág.150
3.- Merino, José María, La sima, Seix Barral, Barcelona, 2009, pág20
4.- Ibidem, pp-179-180
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Licenciada en Filología. Ha sido editora y directora de proyectos y actualmente se dedica a la escritura tanto de libros infantiles y juveniles como a reseñas de literatura para adultos en diversos medios periodísticos. Asimismo da cursos de creatividad literaria y sobre las relaciones entre ópera y literatura. Fruto de su amor a la música son, entre otros, sus libros El misterio de la ópera y Mi amigo Albéniz.