

Nacido en La Coruña en 1941, José María Merino se dio a conocer en 1976 con obra cervantina y exigente, La novela de Andrés Choz, configurándose después como un notable relatista (Véasela colección 50 cuentos y una fábula, 1997) y un no menos interesante novelista y nouvellista, como demuestran La orilla oscura (1985), Cuatro nocturnos (1999) y El heredero, una novela sólida y técnicamente impecable, que quizá no fue destacada como mereciese en su momento.
Si tuviera que resumir en una frase la literatura de José María Merino, lo haría con el título de uno de sus cuentos: La casa de los dos portales. En este relato, unos niños que juegan en la calle deciden entrar en un caserón abandonado, que cuenta con dos portales en vez del único natural. Una vez dentro, buscan la segunda puerta, pero no la encuentran. Extrañados, revisan la estancia minuciosamente, hallando un pequeño portillo por el que apenas caben sus cuerpos. Por ahí se accede a otra realidad –quiero decir, a una escalera–, en cuyo final aguarda la puerta. Cuando salen por ese segundo portal, no pueden evitar el terror más absoluto: la ciudad a la que han salido no es la misma. Han retrocedido en el tiempo, y las casas de esta ciudad alternativa están habitadas por gente desconocida. Regresan aterrados al caserón, entrando por la segunda puerta y, al día siguiente, al salir por la primera, por aquella a la que accedieron el día anterior, la ciudad familiar y veraniega ha vuelto como por encanto. Creo que este cuento resume muchos de los temas de Merino, que siempre marca un límite difuso y fácilmente superable entre la ciudad actual y esa otra “ciudad inmóvil, corroída, infinitamente triste, que acompaña a la otra como una sombra”1. Jungiano convencido, su narrativa siempre está un paso más allá de lo que vemos, tendiendo líneas de fuga a un exterior extraño y penumbroso que no es otra cosa que nuestro interior.
El heredero es un libro, como su mismo nombre indica, que explora las consecuencias que dejan en la propia vida las anteriores vidas familiares, un tema también presente en un inquietante relato de Merino, titulado El museo. Novela circular pero no cíclica, presenta a un personaje, Pablo Tomás, que tras una visita a una casona familiar asturiana comienza a preguntar y preguntarse por la historia de sus ancestros, en quienes comienza a ver crecientes correspondencias con la suya propia. Para ello recorrerá, como en un trayecto prefijado (la potestad de injerencia del destino es otro de los temas capitales de la novela) los escenarios que su abuelo Tomás y su bisabuelo indiano transitaron, intentando hallar su lugar en el mundo. Dividida en dos partes, la primera habla de la recuperación de la memoria y la segunda de la búsqueda de Pablo por encontrar su lugar propio, ajeno a la carga histórica y sólo dependiente de su propia voluntad, tratando de imponerse sobre una concepción fatalista de la historia. De lo expuesto resulta, como es obvio, un argumento que se desarrolla durante más de cien años y cinco países, retratados los cronotopos con una singular precisión, que demuestra no que Merino haya viajado mucho (que también), sino que es un auténtico maestro en conferir credibilidad a cualquier situación espaciotemporal que aparezca en su relato.
Dentro de esta vocación de verosimilitud hay que destacar el inmenso trabajo de construcción interna de la novela, que se nos presenta (ya al final) como un texto que Pablo escribe en su portátil para no olvidar todo lo pasado, respetando así una de las normas básicas de construcción de identidad: la memoria. Sin embargo, y respetando siempre este principio, el texto se arma como una magistral añagaza cervantina, que, sin despistar al lector, va englobándolo en saltos temporales, cuentos interpolados, una curiosa novela fragmentaria de ciencia-ficción (escrita por el abuelo), asomos de estructura especular2, y hasta cinco tipografías distintas, para resaltar el cambio de registro. En todo momento Merino muestra su rara habilidad para enhebrar una prosa moderna con posmodernismos técnicos, una especie de milagro que funciona literariamente sin apenas ser notado, incidiendo en los cruces de géneros y el trasvase entre pintura y escritura: los adjetivos y descripciones son de una gran plasticidad, y el padre de Pablo, que es pintor, se inventa un heterónimo, a la pessoana manera.
Hay muchas pruebas concretas de la maestría técnica de Merino, pero me detendré sólo en un ejemplo: su capacidad de saltar en la narración por las tres personas del presente singular, según la historia lo exija y, sobre todo, según lo exija el compromiso del narrador con lo que cuenta. Así, en El hechizo de Iris, el largo relato que abre los Cuatro nocturnos, leemos: “la tercera persona me ayuda a ver su partida con lejanía, y el tiempo del presente le quita al suceso actualidad, y con ello ya no parece que sea yo quien la ha visto marchar, sino un ser intemporal y sin nombre, un personaje anónimo, cuyos pensamientos y sensaciones no pueden inquietarme”3. Y en El heredero: “deseo verlo así, con esa distancia de la segunda persona, para comprenderme mejor” (p. 401), en un tono que es a la vez distante y confesor.4 No es más que una muestra de sus muchas complejidades y ambiciones. La prosa de Merino es recargada, pero no por el vocabulario, sino por su barroquismo semántico, que le permite describir ambientes ampulosos y decorados interiores; se remonta al origen del objeto, como el Góngora de las Soledades.
Hemos hablado de muchos aspectos de El heredero, y por falta de espacio renunciamos a entrar en detalle en otros, como la presencia continua del mito (p. 85), la recepción del tema de la Guerra Civil y sus herencias, con imágenes estremecedoras (p. 82), el profundo análisis objetual (p. 173, p. 279), la importancia del sueño y la ficción interior (capítulo 14), caracteres que por lo demás son una constante en toda la obra de Merino. En suma, El heredero no es sólo una novela espléndida, una obra de relojería constructiva (el autor dice haberle dedicado 1500 horas) sino también el cénit cabal de toda una obra narrativa que día a día se presenta como una de las más imaginativas, vigentes y cuidadas de nuestra literatura en castellano. Una obra que demuestra que el autor que no desee traicionar el gran testamento de la novela moderna debe, ineludiblemente, renovar sus esclerotizadas estructuras.
Notas del artículo:
1.- José María Merino, La casa de los dos portales, en Cuentos, Alianza, Madrid, 1997, p. 22.
2.- J. M. Merino, El heredero; Alfaguara, Madrid, 2003,p. 146.
3.- José María Merino, Cuatro nocturnos, Alfaguara, Madrid, 1999, p. 17.
4.- No es el único narrador actual consciente de esa potencialidad. Carlos Castán, en Las rosas de la noche, escribe buena parte del relato en segunda persona, y justo cuando va a cambiar, anota: “no deja de sorprenderme de algún modo que buena parte de las anotaciones últimas estuvieran escritas en segunda persona. Ahora, con más calma y otra perspectiva, me doy cuenta de que amar a lo mejor es eso, es pensar y escribir así”, Museo de la soledad, Círculo de Lectores, Barcelona, 2001, p. 82. Ver también S. Pàmies, Si te comes un limón sin hacer muecas; Anagrama, Barcelona, 2007, p. 26. La teoría de la elocución lírica nos muestra que la poesía es el territorio natural de la primera persona, y la narratología se presentaba como una ciencia de la tercera; entre ambas hay una larga tradición de narrativa escrita en segunda persona. A título de ejemplo, Un hombre duerme, de Georges Pérec; La modificación, de Michel Butor; La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes; Oficio de Tinieblas, 5, de Cela; Labia (2001), de Eloy Tizón, o Hipnos (Lengua de Trapo, 1996), de Javier Azpeitia, entre otros.
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(Córdoba, 1970) es escritor, gestor cultural y crítico literario. En la actualidad dirige el Centro del Instituto Cervantes en Albuquerque (New Mexico, USA). Sus últimos libros son la novela Circular 07. Las afueras (Berenice, 2007), el poemario Construcción (Pre-Textos, 2005) yel ensayo Pasadizos. Espacios simbólicos entre arte y literatura (I Premio Málaga de Ensayo, Páginas de Espuma, 2008). Este año aparecerá el libro de poemas Tiempo (Pre-Textos). Su trabajo de crítica cultural puede encontrarse en http://vicenteluismora.blogspot.com.