

Para José María Merino,
capaz de hacer un mundo de una mosca
Un zumbido en el baño (el baño donde sigo sentado esperando noticias de mi vientre, un zumbido intermitente como de motorcito averiado) de pronto me distrae, me alerta. Me vuelvo (no me vuelvo: estoy, insisto, sentado en el retrete, lo cual me inmoviliza fatalmente, digamos que giro apenas el tronco y sobre todo el cuello) para localizar su origen.
En un rincón del baño, sobre una baldosa para nada central, muy cerca de la protección benévola del bidé, frente a la sombra abrigadora del cesto de la ropa (ropa sucia, claro está, y por lo tanto atractiva para el caso), alejada de mí, casi escondida, con total discreción o quizá con pudor, agoniza una mosca.
Una mosca.
No sé si percibiendo que la miro, notando que algo o alguien acaba de moverse (aunque poco pueda moverme en el retrete, o mejor dicho sobre él), la mosca igual que estaba, es decir boca arriba (¿tienen boca estos insectos?, ¿puede llamársela así?, ¿humanizar a los bichos es realmente una forma de comprenderlos?, ¿e imaginar a las personas como si fueran bichos?), boca arriba y con las patitas rígidas, cruzadas, manteniendo en lo posible su incómoda postura original, la mosca se retira, no me pregunten cómo, rebotando sobre sí misma, sobre su propia espalda, hacia otro rincón que ya no puedo ver.
Eso hace la mosca.
Me asombra, o me espanta, o me conmueve, o las tres cosas, su reacción. ¿Sería exacto calificarla de instintiva? Cualquier observador de esta minúscula escena (al menos cualquier observador humano) habría sentido, o creído sentir, cierta voluntad íntima en el apartamiento de la mosca. Cierta necesidad de no ser espiada en un momento así. Cierta reivindicación del elemental, admirable derecho de morir a solas. Desde ese punto de vista (o desde este punto que deja de ser vista, que renuncia a seguir siendo visión), la reacción de esa mosca ha sido un contundente manifiesto contra la frivolización mediática de la muerte, contra nuestra costumbre de convertir en espectáculo el dolor de los otros. Alguien podrá pensar que eso es llegar demasiado lejos. Pero más lejos ha llegado la mosca.
¿Donde está?
Extiendo el tórax. Estiro el cuello. Mis ojitos giran. Mi nariz tiembla.
Con dificultad, realizando un extraño esfuerzo físico, manteniendo una postura que probablemente nadie (me atrevo a suponerlo con más bochorno que orgullo) había ensayado antes sentado en un retrete, consigo divisarla detrás del mueble botiquín. La fugitiva mosca (¿intenta huir de mí o de su propia circunstancia?, ¿de esta breve vida o de la muerte que la llama?) sigue zumbando a ráfagas, a pequeños estertores. Me asalta la idea de que esos zumbidos formen parte de algún tipo de discurso, un modesto código morse, el telegrama de despedida de la mosca. En tal caso, yo habría estado cagando mientras, a mi lado, otro ser vivo se despedía del mundo. Ignoro si, tratándose de una mosca, esto constituirá necesariamente una ofensa. Incluso me pregunto si la mosca lo habrá registrado, entre la bruma de su desvanecimiento, como un oportuno, suculento homenaje.
Contemplo una vez más las vibraciones finales, el aletear estático, el removerse ahí. En el instante de nuestra muerte, ¿alguien nos observa así, así como yo estoy observando? Y si así es, ¿quién? ¿Un médico? ¿Algún pariente? ¿Dios? No sé si, en ese trance, todos tendremos la misma dignidad de la mosca, esta (digamos) sobriedad autosuficiente con que parece dispuesta a dejar de existir. Más que identificarme con la mosca (tentación tan fácil como errada: la identificación es un recurso que, a su modo, refuerza inútilmente nuestra vanidad, aunque fundamentarlo nos llevaría casi tan lejos como ha llegado esta mosca), me sorprende la sospecha de cuánto podría aprender de ella.
Más me sorprende la sospecha siguiente: seguro que la mosca, si fuera capaz de emular comportamientos, tendría mucho menos que aprender de mí. No hay ninguna modestia (la modestia es perniciosa) en esta suposición. Más bien una serena convicción científica.
Empiezo a plantearme entonces una última duda que me angustia. Este abstenerme ante la prolongada (prolongada, supongo, a escala suya) agonía de la mosca, mi nula participación en el proceso, ¿es señal de respeto o quizá de indiferencia? ¿Debiera limitarme a hacerle compañía o ayudarla de algún modo? Y en un plano ya práctico, ¿la dejaré ahí?, ¿o la aplastaré?
Tiro de la cadena.
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(Buenos Aires, 1977) Hijo de una familia de músicos emigrantes, terminó de criarse en Granada, en cuya universidad fue profesor de literatura hispanoamericana. Entre sus libros destacan las novelas El viajero del siglo (Alfaguara), Bariloche y Una vez Argentina (Anagrama), los libros de cuentos El último minuto y Alumbramiento (Páginas de Espuma), la colección de microensayos El equilibrista y el volumen Década (Acantilado), que reúne sus libros de poesía publicados hasta hoy. Ha recibido, entre otros, el Premio Hiperión de Poesía, el Finalista del Premio Herralde y el Premio Alfaguara de Novela. A iniciativa del Hay Festival, mediante la votación Bogotá-39, fue elegido como uno de los mejores nuevos autores nacidos en Latinoamérica. Su página web es www.andresneuman.com.