

Conocí a José María Merino en mayo de 2001. Justo un año antes, un relato mío, Ojos Tristes, había ganado el premio Max Aub y, según las bases, la ceremonia de entrega era doce meses después, en Segorbe. Mis publicaciones entonces se reducían a dos o tres cuentos editados por aquellas instituciones que convocaban los premios que había tenido la suerte de ganar. Muy poco antes de salir para Segorbe me contaron que José María Merino iba a estar tres días por allí también, porque era jurado ese año. Cogí un par de esos cuentos que tenía publicados y los guardé en la maleta.
No esperaba su opinión, ni siquiera que me dijera nada, pero nada más conocerlo me di cuenta de que José María Merino era un tipo sencillo y amable al que me apetecía regalarle un par de cuentos míos. Sólo eso. Pese a ello, los cuentos los tenía en la habitación de hotel y no me atreví a dárselos hasta el último día.
Ya digo. Aquello fue hace ocho años, y el pasado abril mi querido José María leyó su discurso de ingreso en la RAE. En enero me llegó un correo suyo invitándome a asistir, y no miento si digo que, en todos estos años que llevo peleando en este oficio tan raro de inventar historias, aquel rato que pasé en la Academia ha sido uno de los más felices. Feliz por mi querido Merino, y feliz también por mí, orgulloso ?sí, mucho, por qué no decirlo? de que me invitase.
A veces me preguntan qué premio de los que he tenido la suerte de ganar ha sido el más valioso, y siempre respondo, sin dudarlo, que el Max Aub. Y cada vez estoy más convencido de que no es por el prestigio que entonces tenía el premio ni por el estímulo que significó para mí ganarlo, sino por viajar a Segorbe y haber tenido la suerte de conocer a José María Merino. Durante las horas tan pesadas del viaje en tren me dediqué a pulir el original de La clave Pinner que daría por concluido pocas semanas más tarde y que José María Merino acabaría presentándome en Madrid tres años después.
Siempre ha sido muy bueno conmigo. He procurado molestarlo muy poco, pero desde que lo conozco no ha habido una sola llamada mía que no haya atendido o devuelto, un correo o una carta que no haya respondido. No sé si José María Merino es consciente de cuánto ha significado su amistad y su cariño para mí durante estos años, y ya tenía ganas de decírselo y de que se entere todo el mundo.
Desde aquel mayo de 2001 he tenido la suerte de publicar cuatro novelas y un libro de cuentos. Y uno de las primeras personas a las que siempre mando mis libros recién salidos de la imprenta es a José María Merino. Al cabo, no es muy diferente a cuando le regalé aquellos relatos en Segorbe: quiero que él tenga mis libros, y si los quiere leer bien, y si no, no pasa nada. Entre amigos escritores nunca se preguntan estas cosas.
En Segorbe tampoco le pregunté su opinión, pero Merino, al despedirse, no sé si se acuerda, hizo un aparte conmigo y me dijo que le habían gustado mis cuentos. Pocos días después me llegó un libro suyo dedicado y me contaba que Ojos Tristes, mi cuento que había ganado el Max Aub, también le había gustado mucho. Lo escribo y no puedo dejar de sonreír, agradecido. La primavera pasada publiqué un libro de cuentos, El centro de la Tierra, que ha sido finalista del premio Setenil. Aquellos dos cuentos que le regalé a Merino cuando superé la vergüenza se pueden leer en esta colección. Pero lo que más me satisface es haber podido dedicar El centro de la Tierra al Excelentísimo Señor ?creo que por ser académico éste es el tratamiento que le corresponde? José María Merino."
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Nací en Sevilla el mismo día que Neil Armstromg ponía el pie en la Luna. Hace algunos años lo dejé todo para dedicarme a inventar historias. Muchos pensaron que estaba loco, otros que era un valiente, pero a lo mejor es que no tenía otro sitio adonde ir. Todavía no me he arrepentido. Desde entonces he ganado algunos premios y he publicado varios libros: las novelas El violinista de Mauthausen (2009, Premio Ateneo de Sevilla) El síndrome de Mowgli (2008, Premio Luis Berenguer), El factor Einstein (2008) y La clave Pinner (2004); las novelas cortas Los mejores años (2002, Premio José Luis Castillo-Puche) y Duarte (2002, Premio Tierras de León); las colecciones de cuentos El centro de la Tierra (2009, finalista del premio Setenil) y Estado provisional (2001, Premio Ciudad de Coria), y el relato Ojos Tristes (2001, Premio Internacional de Cuentos Max Aub) .