

Conocí a José María Merino allá por 1986, en Verines, en uno de los encuentros literarios que en aquellos años organizaba Víctor García de la Concha. Los encuentros, entonces, tenían algo de mili o de ejercicios espirituales. Horarios estrictos, obligaciones a tiempo completo, desplazamientos en grupo, y la imposibilidad más absoluta de escaquearse, descansar o echarse una siesta. Nunca he ido tan falta de sueño como en aquellos días. Ni nunca tampoco, probablemente, me haya reído tanto. De todo eso hablaría más de una vez con Carme Riera y Montserrat Roig, inolvidables compañeras de fatigas y dueñas ambas de un maravilloso sentido del humor, agudo, inteligente, contagioso. Y también, aunque mucho más tarde, lo recordaría con Merino, escritor al que, como he dicho, conocí precisamente allí, en Verines, pero del que, por aquellas fechas, no había leído aún una sola línea. Digo bien. Conocí antes a José María que su obra, pero la carencia fue rápidamente solventada nada más regresar a Barcelona. A los pocos días me hice con “Cuentos del reino secreto”. Y ya no paré. Pero volvamos a Verines.
Lo primero que me llamó la atención de Merino fue su voz. Y también, casi en seguida , sus dotes de narrador oral, su cercanía y su notable físico de hidalgo, de hombre honesto y apuesto en quien, según todos los indicios, se podía confiar con los ojos cerrados. Ya sé que muy a menudo, pese a que un famoso dicho pretenda lo contrario, los rostros no tienen demasiado que ver con las personas. Pero no es éste el caso. Merino responde a lo que parece y parece lo que es. Así lo decidí en Verines, sin pensarlo dos veces, y el tiempo, implacable y sabio como él solo, se ha encargado de demostrarme que aquella primera impresión era la acertada. Porque Merino es hombre de fiar, cierto. Pero, además, un excelente compañero de viajes, seminarios y mesas redondas. Un caballero, en fin, de la mesa redonda.
Todos los que han participado en unas cuantas sabrán a lo que me refiero. Algo tienen esas intervenciones compartidas para que a veces se desaten los demonios, se agiganten los egos, se olvide la existencia de un artefacto precioso llamado reloj y la velada se salde con vencedores y vencidos, victimas y verdugos , verbosos desatados y udos accidentales o , cuando menos, balbucientes retraídos e incómodos. Con frecuencia son éstos, los parcos en palabras, quienes tendrían bastante que decir. Pero o no les dejan o se retiran voluntariamente o son demasiado tímidos o, en definitiva, no se encuentran a gusto y solo esperan a que el acto termine cuanto antes y se acabe el suplicio. En otras ocasiones nada de todo esto ocurre -o, mejor, no ocurre nada digno de mención- y es el espíritu de la pesadez el que toma las riendas del evento. Y en alguna que otra oportunidad, para acabar -y porque no todo ha de ser catastrófico en esta vida-, el acto se desarrolla conforme a los mejores deseos; a pedir de boca. Debo decir que siempre que he compartido mesa con Merino ha ocurrido lo último. Y, también, que no me parece casualidad. A no ser que esa coincidencia, ese azar intangible y caprichoso, se haya empeñado en repetirse tenazmente a lo largo de los años. Y, para colmo de rarezas, en tantos lugares y en tan variadas circunstancias que ya no deba sorprenderme el dato de que, a pesar de la cantidad de gente atravesada que puebla el mundo, no haya conocido yo todavía a nadie a quien le caiga mal Merino. Entonces ¿se trata de una cuestión de cordialidad? ¿De imaginación? ¿De empatía?¿ De capacidad para abrir nuevos frentes ? ¿De encanto personal? ¿De lo que se conoce como buena onda, buen rollo o, con perdón -y en el más puro estilo años sesenta-, de “buenas vibraciones”? Tal vez sí. Tal vez podríamos hablar de todo lo citado y de mucho más. Meterlo en una coctelera y agitarlo. Pero como es muy posible que, pendientes del resultado, olvidáramos más de un ingrediente, prefiero acudir a lo que, desde hace ya un tiempo, define para mí lo indefinible. Y pienso en casas. O mejor, en una casa en concreto. Su casa.
Porque todos llevamos nuestra casa a cuestas y Merino, desde luego, no es un excepción. Hay casas luminosas, casas oscuras, casas que ni se ven, ocultas como están por una densa niebla, casas tan parecidas unas a otras que, se diría , no son más que viviendas adosadas o chalets gemelos, aunque sus propietarios no se conozcan entre ellos y vivan en los puntos más alejados del planeta. Hay casas de mentira; puro decorado. Casas, también, cerradas a cal y canto, con ventanas y puertas tapiadas, perros guardianes en las cancelas, pinchos afilados rematando las verjas y todo tipo de artefactos disuasorios distribuidos en el pequeño jardín -suponiendo que exista- como en un campo minado. Ni ganas de franquear el umbral o atravesar el pequeño jardín; tampoco se nos deja. Algunas en cambio, te invitan a pasar desde el primer momento. Son cálidas en invierno, frescas en verano, acogedoras siempre. Casas, en fin, de las que no se llega a conocer jamás los planos, ni el número de habitaciones ni habitantes, pero poco importa, ni tampoco nadie lo pretende. Queda la sensación. Y eso es lo que cuenta.
No sé si la casa de Merino, que me sentiría incapaz de dibujar, se parece en algo a la de la calle Oruro, en Madrid, a la natal de La Coruña o a la de su infancia y primera juventud en León. Pero sí -y de esto estoy segura- tiene muchísimo que ver con las treinta y ocho páginas de su impresionante “Ficción de verdad”, el discurso de ingreso en la Academia que no me canso de disfrutar y recomendar. Allí está Merino, con su casa a cuestas, abriéndonos las puertas de par en par. Allí está su imaginación, su fantasía, su arte. Y convertido en cicerone de sí mismo, nos invita a un recorrido por infinidad de estancias, nos encandila con su habilidad de mago o nos conduce, por caminos secretos e invisibles, hasta el destino final que sólo él conoce. Una delicia. Y, sobre todo, una casa de verdad. Tan de verdad como su ficción. O también -pero eso es ya del dominio público- como él mismo.
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(Arenys de Mar, 1945) estudió Derecho y Periodismo. En I980 se dio a conocer con un libro de relatos, Mi hermana Elba, género que siguió cultivando en Los altillos de Brumal, El Angulo del horror, Con Agatha en Estambul y Parientes pobres del diablo, títulos reunidos y ampliados en Todos los Cuentos. Ha escrito asimismo dos novelas , El Año de Gracia y El Columpio, una obra de teatro, Hermanas de sangre , un libro de memorias narradas, Cosas que ya no existen, y una biografía de Emilia Pardo Bazán. Ha recibido los premios Ciudad de Barcelona, Cálamo, Salambó, Setenil, Xatafi-Cyberdark, NH de relatos y La tormenta en un vaso. Está traducida a diez idiomas.