OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Enero 2010. Antilde;o cuatro. Número once

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Datos de la revista, enero 2010, año 4, número 11
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La casa de Merino

 

Cristina Fernández Cubas

Conocí a José María Merino allá por 1986, en Verines, en uno de los encuentros literarios que en aquellos años organizaba Víctor García de la Concha. Los encuentros, entonces, tenían algo de mili o de ejercicios espirituales. Horarios estrictos, obligaciones a tiempo completo, desplazamientos en grupo, y la imposibilidad más absoluta de escaquearse, descansar o echarse una siesta. Nunca he ido tan falta de sueño como en aquellos días. Ni nunca tampoco, probablemente, me haya reído tanto. De todo eso hablaría más de una vez con Carme Riera y Montserrat Roig, inolvidables compañeras de fatigas y dueñas ambas de un maravilloso sentido del humor, agudo, inteligente, contagioso. Y también, aunque mucho más tarde, lo recordaría con Merino, escritor al que, como he dicho, conocí precisamente allí, en Verines, pero del que, por aquellas fechas, no había leído aún una sola línea. Digo bien. Conocí antes a José María que su obra, pero la carencia fue rápidamente solventada nada más regresar a Barcelona. A los pocos días me hice con “Cuentos del reino secreto”. Y ya no paré. Pero volvamos a Verines.

Lo primero que me llamó la atención de Merino fue su voz. Y también, casi en seguida , sus dotes de narrador oral, su cercanía y su notable físico de hidalgo, de hombre honesto y apuesto en quien, según todos los indicios, se podía confiar con los ojos cerrados. Ya sé que muy a menudo, pese a que un famoso dicho pretenda lo contrario, los rostros no tienen demasiado que ver con las personas. Pero no es éste el caso. Merino responde a lo que parece y parece lo que es. Así lo decidí en Verines, sin pensarlo dos veces, y el tiempo, implacable y sabio como él solo, se ha encargado de demostrarme que aquella primera impresión era la acertada. Porque Merino es hombre de fiar, cierto. Pero, además, un excelente compañero de viajes, seminarios y mesas redondas. Un caballero, en fin, de la mesa redonda.

Todos los que han participado en unas cuantas sabrán a lo que me refiero. Algo tienen esas intervenciones compartidas para que a veces se desaten los demonios, se agiganten los egos, se olvide la existencia de un artefacto precioso llamado reloj y la velada se salde con vencedores y vencidos, victimas y verdugos , verbosos desatados y udos accidentales o , cuando menos, balbucientes retraídos e incómodos. Con frecuencia son éstos, los parcos en palabras, quienes tendrían bastante que decir. Pero o no les dejan o se retiran voluntariamente o son demasiado tímidos o, en definitiva, no se encuentran a gusto y solo esperan a que el acto termine cuanto antes y se acabe el suplicio. En otras ocasiones nada de todo esto ocurre -o, mejor, no ocurre nada digno de mención- y es el espíritu de la pesadez el que toma las riendas del evento. Y en alguna que otra oportunidad, para acabar -y porque no todo ha de ser catastrófico en esta vida-, el acto se desarrolla conforme a los mejores deseos; a pedir de boca. Debo decir que siempre que he compartido mesa con Merino ha ocurrido lo último. Y, también, que no me parece casualidad. A no ser que esa coincidencia, ese azar intangible y caprichoso, se haya empeñado en repetirse tenazmente a lo largo de los años. Y, para colmo de rarezas, en tantos lugares y en tan variadas circunstancias que ya no deba sorprenderme el dato de que, a pesar de la cantidad de gente atravesada que puebla el mundo, no haya conocido yo todavía a nadie a quien le caiga mal Merino. Entonces ¿se trata de una cuestión de cordialidad? ¿De imaginación? ¿De empatía?¿ De capacidad para abrir nuevos frentes ? ¿De encanto personal? ¿De lo que se conoce como buena onda, buen rollo o, con perdón -y en el más puro estilo años sesenta-, de “buenas vibraciones”? Tal vez sí. Tal vez podríamos hablar de todo lo citado y de mucho más. Meterlo en una coctelera y agitarlo. Pero como es muy posible que, pendientes del resultado, olvidáramos más de un ingrediente, prefiero acudir a lo que, desde hace ya un tiempo, define para mí lo indefinible. Y pienso en casas. O mejor, en una casa en concreto. Su casa.

Porque todos llevamos nuestra casa a cuestas y Merino, desde luego, no es un excepción. Hay casas luminosas, casas oscuras, casas que ni se ven, ocultas como están por una densa niebla, casas tan parecidas unas a otras que, se diría , no son más que viviendas adosadas o chalets gemelos, aunque sus propietarios no se conozcan entre ellos y vivan en los puntos más alejados del planeta. Hay casas de mentira; puro decorado. Casas, también, cerradas a cal y canto, con ventanas y puertas tapiadas, perros guardianes en las cancelas, pinchos afilados rematando las verjas y todo tipo de artefactos disuasorios distribuidos en el pequeño jardín -suponiendo que exista- como en un campo minado. Ni ganas de franquear el umbral o atravesar el pequeño jardín; tampoco se nos deja. Algunas en cambio, te invitan a pasar desde el primer momento. Son cálidas en invierno, frescas en verano, acogedoras siempre. Casas, en fin, de las que no se llega a conocer jamás los planos, ni el número de habitaciones ni habitantes, pero poco importa, ni tampoco nadie lo pretende. Queda la sensación. Y eso es lo que cuenta.

No sé si la casa de Merino, que me sentiría incapaz de dibujar, se parece en algo a la de la calle Oruro, en Madrid, a la natal de La Coruña o a la de su infancia y primera juventud en León. Pero sí -y de esto estoy segura- tiene muchísimo que ver con las treinta y ocho páginas de su impresionante “Ficción de verdad”, el discurso de ingreso en la Academia que no me canso de disfrutar y recomendar. Allí está Merino, con su casa a cuestas, abriéndonos las puertas de par en par. Allí está su imaginación, su fantasía, su arte. Y convertido en cicerone de sí mismo, nos invita a un recorrido por infinidad de estancias, nos encandila con su habilidad de mago o nos conduce, por caminos secretos e invisibles, hasta el destino final que sólo él conoce. Una delicia. Y, sobre todo, una casa de verdad. Tan de verdad como su ficción. O también -pero eso es ya del dominio público- como él mismo.


Cristina Fernández Cubas

(Arenys de Mar, 1945) estudió Derecho y Periodismo. En I980 se dio a conocer con un libro de relatos, Mi hermana Elba, género que siguió cultivando en Los altillos de Brumal, El Angulo del horror, Con Agatha en Estambul y Parientes pobres del diablo, títulos reunidos y ampliados en Todos los Cuentos. Ha escrito asimismo dos novelas , El Año de Gracia y El Columpio, una obra de teatro, Hermanas de sangre , un libro de memorias narradas, Cosas que ya no existen, y una biografía de Emilia Pardo Bazán. Ha recibido los premios Ciudad de Barcelona, Cálamo, Salambó, Setenil, Xatafi-Cyberdark, NH de relatos y La tormenta en un vaso. Está traducida a diez idiomas.

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José María Merino

Fotografía

Sumario

Este Lunes

Las lenguas prohibidas

Rafael rojas

El flamenco y América Latina: un habla de ida y vuelta

Fernando Iwasaki

Condenado por tener hambre: Pánfilo, el estado peligroso y la situación de los cubanos negros

Leonel A. de la Cuesta

Contra la impunidad

Sanjuana Martínez

Por una nueva concepción de la Sociedad, el Estado y el Derecho cubanos

Faisel Iglesias

¿Quién es Herta Müller?

Esther Andradi

La nueva utopía: Un día sin mexicanos & A wonderful world

Alfredo Antonio Fernández

Unos escriben

José María Merino

Otros miran

Gustavo Acosta

OtroLunes conversa

con Alejandro Aguilar

“No soy un escritor de academia”

con Alberto Chimal

“Renunciamos a nuestro libre albedrío para eludir responsabilidades”

con Lina de Feria

“No me arrepiento de nada”

con Manuel García Verdecia

“Nací en Marcané, en el batey de un central azucarero”

con Armando León Viera

“Viví diecisiete años como exiliado en mi ciudad natal”

con Juan Aparicio-Belmonte

“Mi fuerte no está en lo romántico”

Punto de mira

Ese imaginario llamado América Latina

 

Antonio Caballero
Antonio Skármeta
Eduardo Antonio Parra
Fernando Butazzoni
Javier Reverte
Leonardo Padura
Moacyr Scliar
César Verduguez

Cuarto de visita

Literatura Guaraní

En la misma orilla

El Diván, de Narrativa
a cargo de Amir Valle

Volar y Casting

José Lorenzo Fuentes

Relatos

Radio Puente

Héctor Huerga

Fragmento de Novela

Porcelana

Mariela Varona

Relato

Cine y literatura

Ricardo Bada

La lluvia que trajo el viento

Alcides Rafael Pereda

Relato

La tragedia de Regina

Roberto Quesada

Relato

Hasta el fondo

Yoenia Gallardo

Relato

La marmita, de Poesía
a cargo de Alberto García-Teresa

Manual para niños rusos

Rolando Jorge

Poemas

Claudio Bertoni

Dama del exilio

Oscar Kessel

Haikus

Rafael Álvarez Rosales

Otras voces hispanas

A cargo de Luis Rafael

El Caribe de Antonio Benítez Rojo

Ignacio Padilla, las búsquedas del presente

Las «cuatro estaciones» de Leonardo Padura

Elia Barceló y los mundos imaginarios

Recycle

La Revolución Cubana y el golpe en Chile: Jorge Edwards

Jorge Edwards

El Socialismo es Inviable, según las propias leyes de la Dialéctica Marxista

Roberto Álvarez Quiñones

De lunes a lunes

Anunciados en La Habana los Premios Alejo Carpentier y Nicolás Guillén

Actividades de cierre del 2009 en la editorial Iduna

Anatomía de un instante, de Javier Cercas, libro del año 2009 en España

Círculo de Bellas Artes de Madrid acoge la poesía de Juan Antonio Villacañas

Biblioteca de OtroLunes

Librario

A cargo de Recaredo Veredas

Última rumba en La Habana

Fernando Velázquez Medina

Traiciones de la memoria

Héctor Abad Faciolince

Vivir en otra lengua

Esther Andradi

Los huéspedes

Rubén Sánchez Trigos

Invisible

Paul Auster

De mecánica y alquimia

Juan Jacinto Muñoz Rengel

Un poco de crematística

Juan Valera

Una revolución pequeña

Juan Aparicio-Belmonte

Los últimos días de Michi Panero

Miguel Barrero

Comunión

Eloy M. Cebrián

Pero sigo siendo el rey

Carlos Salem

A cargo de Alberto García-Teresa

Semilla insólita

Lydia Zárate

Una mirada diversa

Xuan Bello

La pasión según Georg Trakl: Poesía y expiación

Hugo Mújica

Pájaro relojero. Poetas centroamericanos

Mario Campaña

Sustituir estar

Julián Cañizares Mata

Última función

Marcelo Uribe

La casa que habitaste

Jorge de Arco

A cargo de Lorenzo Rodríguez

Los libros y los días

 

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