OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Enero 2010. Antilde;o cuatro. Número once

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Datos de la revista, enero 2010, año 4, número 11
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Souto o la búsqueda imposible

 

David Roas

En el prólogo a su libro Cuentos de los días raros (2004), José María Merino afirma que “Frente al sentimiento avasallador de aparente y común normalidad que esta sociedad nos quiere imponer, la literatura debe hacer la crónica de la extrañeza. Porque en nuestra existencia, ni desde lo ontológico ni desde lo circunstancial hay nada que no sea raro. Queremos acostumbrarnos a las rutinas más cómodas para olvidar esa rareza, esa extrañeza que es el signo verdadero de nuestra condición”.1 Y lo fantástico, como se percibe en los relatos del autor, es un camino perfecto para revelar esa extrañeza, para contemplar la realidad desde un ángulo de visión insólito. Como sabemos, la narración fantástica sustituye la familiaridad por lo extraño, nos sitúa inicialmente en un mundo cotidiano (el nuestro), que inmediatamente es asaltado por un fenómeno imposible –y, como tal, incomprensible- que subvierte los códigos que hemos diseñado para percibir y comprender eso que hemos dado en llamar realidad. Lo fantástico nos instala en la inestabilidad y, por ello, en el desasosiego.

Ello explica que el propio Merino se autocalifique de “cronista de lo inquietante, narrador de ciertas sombras invisibles”,2 y que defina lo inquietante como “eso que se agazapa al borde lo real”.3 En su literatura –y sigo citando sus palabras- “están inextricablemente unidos lo sobrenatural de lo cotidiano y lo doméstico de lo horrible”.4

Porque lo fantástico –y hablo en sentido general- necesita de lo cotidiano y familiar para funcionar: el mundo del texto es siempre un mundo anodino poblado de seres banales que, inexplicablemente, se ven sometidos a azares y fuerzas que los desbordan y trastornan. Lo fantástico contemporáneo crea un efecto enajenador sobre el individuo y el mundo destinado a revelar que quizá la realidad es algo más de lo que nos dejan ver las herramientas que hemos diseñado para percibirla y comprenderla. Pero, al mismo tiempo, los relatos fantásticos también coinciden en demostrar que la fusión de las diversas y posibles realidades que nos circundan se revela imposible, porque tales realidades no pueden convivir: cuando esos órdenes –paralelos, alternativos, opuestos- se encuentran, la (aparente) normalidad en la que los personajes se mueven (reflejo de la del lector) se hace todavía más extraña, absurda e inhóspita, como también revelan los relatos de otros maestros actuales de lo fantástico como Cristina Fernández Cubas o Juan José Millás.

La desestabilización de nuestra idea de lo real –como eje de lo fantástico- suele ir acompañada de otro de los temas centrales de la literatura contemporánea: la crisis de la identidad. Los relatos fantásticos ofrecen un retrato del individuo actual como un ser perdido, aislado, desarraigado, incapaz de adaptarse a su mundo, tan descentrado como la realidad en la que le ha tocado vivir (eso conduce también a explorar patologías oscuras y comportamientos excéntricos o ridículos que, en ocasiones, bordean lo kafkiano y humorístico). Son seres que buscan una identidad que no se puede alcanzar, pues se hace evidente que ésta es siempre cambiante, provisional. Personajes que, perdidos en ese mar de signos indescifrables que es la realidad, tratan infructuosamente de acomodarla a sus ideas y deseos, de instaurar una apariencia de orden donde poder habitar con cierta tranquilidad. Por eso, en casos extremos, se llega incluso a plantear la total disolución del yo, ya sea mediante la transformación en otro ser o bien debido a la pérdida de su entidad física (su desaparición).

Uno de los personajes de la extensa producción de José María Merino que mejor simboliza la pérdida de la identidad del individuo y de su entorno, el extrañamiento de un mundo repentinamente inquietante al que, pese a todo, trata de dotarse de sentido,5 es, sin duda, el profesor Eduardo Souto,6 protagonista de los relatos “Las palabras del mundo”, “Del Libro de Naufragios” (ambos en El viajero perdido, 1990), “Signo y mensaje” (en Cuentos del Barrio del Refugio, 1994), y La Dama de Urz (una de las novelas cortas que forman Cuatro nocturnos, 1999); también aparece, entre otros, en la novela Los invisibles (2000) y en algunos de los textos recogidos en el volumen Días imaginarios (2002). Sin olvidar que el propio Souto, en un estupendo juego metaficcional, es el autor del prólogo que abre el volumen Las puertas de lo posible. Cuentos de pasado mañana (2008), en el que Merino se interna por los caminos de la ciencia ficción (en dicho libro, el profesor Souto aparece también como personaje en el cuento “El viaje inexplicable”).

Los tres primeros relatos mencionados giran –por vías y modos diversos- en torno a un mismo asunto: la búsqueda del sentido de la realidad a través del lenguaje. En ellos, Souto trata de desvelar el sentido (el orden) que se oculta bajo diversas manifestaciones lingüísticas (sonidos, marcas o dibujos) que parecen simples frutos del azar pero que –según su intuición- encerrarían un mensaje. El problema es que, como se revela en esas tres historias-, tales supuestos mensajes escapan a toda interpretación. Quizá porque lo que ocurre es que no hay ningún sentido en ellos. Detrás de su aparente orden no habría nada, sólo el más puro azar. Por lo que la búsqueda de Souto deviene imposible.

Como ya demostró Borges en muchos de sus relatos fantásticos, todo intento de explicar la realidad en su conjunto está abocado al fracaso: “No hay clasificación del universo que no sea arbitraria y conjetural. La razón es muy simple: no sabemos qué cosa es el universo”.7 Pero ello no ha impedido que el ser humano construya incesantemente esquemas “conjeturales y falsos” (mitos, dioses, religión, filosofía, ciencia, metafísica, literatura) a partir de los cuales ‘entendemos’ el mundo: aplicamos a la realidad unos esquemas a la medida de nuestra mente donde, en cierto modo, y esa es la terrible ironía que también denuncia Borges, vivimos más o menos tranquilos y seguros. En otras palabras, hemos establecido unos límites puramente arbitrarios, pero sin los que nos es imposible vivir, puesto que no sólo dibujan las coordenadas de nuestro mundo sino que, sobre todo, nos aíslan de lo Otro, lo incomprensible, lo desconocido. Imponen un orden artificial al caos del universo. Podemos decir entonces que en lugar de comprender la realidad lo que hacemos en inventarla, acomodándola  a nuestras necesidades.

Las obsesiones lingüísticas de Souto revelarían nuevos intentos por hallar ese sentido detrás de lo que no sería más que puro azar. Vuelvo de nuevo a Borges: como dice el narrador de “La lotería en Babilonia” en la última frase del relato, “Babilonia [es decir, el universo], no es otra cosa que un infinito juego de azares”.8 Y si todo es fortuito, accidental, es inútil tratar de hallar un orden donde no lo hay.

En el primero de los relatos que he mencionado, “Las palabras del mundo”, Souto sufre un extraño trastorno que se manifiesta en una progresiva pérdida de comprensión del sentido del lenguaje oral, lo que le lleva a utilizar el lenguaje escrito como única vía posible (y fiable) de comunicación. Como eso le impide dar clase, decide refugiarse en un pueblo de la sierra y continuar allí sus investigaciones. Pero otra nueva afección –por denominarla de algún modo- le asalta: “En aquellos días, cuando su percepción de los sonidos hablados era incapaz de darles el correspondiente significado, resultaba que algunos ruidos de la naturaleza, igualmente ininteligibles, resonaban de idéntica manera y se iban sucediendo con la misma alternancia fónica que los vocablos de un discurso”.9 Eso le lleva a suponer que los ruidos de la naturaleza son en verdad un código lingüístico, y, por ello, un sistema ordenado y con sentido, aunque, desgraciadamente, no puede acceder a él. Claro que el propio profesor propone otra explicación, opuesta a la primera: ese lenguaje, como el humano (oral), no es más que ruido sin sentido, y que funciona simplemente por el esfuerzo de nuestra memoria en ligar ese ruido a un referente. Algo muy derridiano.

Frente al lenguaje oral y al que compondrían los ruidos de la naturaleza, Souto afirma que la palabra escrita es mucho más fiable: “reflejaba en el interior de cada uno el propósito colectivo de que aquellos signos tuviesen un significado que trascendía inmensamente su forma; un significado que, al convertirlas [a las palabras escritas] en una denominación reconocible y aceptada, era no sólo la verdadera señal de la existencia de las cosas del mundo, sino el propio emblema mágico que las hacía existir. En las palabras escritas está el único indicio de las cosas” (p. 36). Una extraña teoría que deriva en una obsesión rayana –aparentemente- en la locura: “No olvidar las letras o todo desaparecerá” (p. 37). Una conclusión que recuerda a lo que ocurre en la primera parte de El orden alfabético (1998) de Juan José Millás, donde Julio, su protagonista, se ve enfrentado, a través de sus ensoñaciones febriles, a un mundo que, debido a la progresiva desaparición del lenguaje, va perdiendo su consistencia y sentido: “cuando las palabras desaparecen o sufren la pérdida de una letra, el mundo adquiere un grado alarmante de indefinición e inestabilidad y ya no hay un orden argumental ni lógico para asegurar la cohesión del espacio vital y psíquico”.10 Tal y como afirmaba Wittgenstein en uno de sus más conocidos aforismos, “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”. Si desaparece el lenguaje, herramienta fundamental para la comprensión y construcción de (nuestra idea de) lo real, el mundo también lo hará.

Lo fascinante es que, en el cuento de Merino, quien acaba desapareciendo es Souto. Así, después de asistir al progresivo olvido que también sufre del lenguaje escrito (en los textos que se conservan de esa etapa, las letras van perdiendo gradualmente su forma hasta convertirse en simples garabatos: ya no significan nada), el narrador refiere que encontraron, junto a un acantilado de la Costa de la Muerte el coche de Souto; en el asiento trasero estaban sus ropas y sus zapatos ordenados como si los vistiese una persona. Como si finalmente, al olvidar las letras que lo componen, se hubiera volatilizado en el aire, dejando tras de sí la piel vacía de su traje. “Olvido: no existo” (p. 41), dice una de las últimas anotaciones de Souto, antes de que perdiese el control de la palabra escrita.

Esa búsqueda del sentido de la realidad a través del lenguaje se hace más clara en los dos cuentos siguientes protagonizados por Souto.

“Del Libro de Naufragios” aparentemente se centra en el viaje que hace el narrador-protagonista por la costa gallega para escribir el libro que da título al relato. Pero en verdad, el texto, se centra de nuevo en las insólitas investigaciones del profesor Souto. Y como si Merino tratase de hacer explícita la conexión entre los relatos protagonizados por este personaje, la primera vez que el narrador-protagonista se encuentra con él, Souto aparece ascendiendo por un acantilado de la Costa de la Muerte, el lugar de su desaparición en el texto anterior. En esta ocasión, el singular lingüista se dedica a grabar los sonidos de las playas y del agua de los ríos. Tal y como le cuenta al narrador, su objetivo es identificar los elementos acústicos básicos, “paso previo a la definición de lo que se pudiera llamar el lenguaje de cada una de las fuentes”.11 De nuevo, Souto se dedica a investigar el lenguaje de lo inanimado, esperando hallar su (supuesto) sentido oculto.

La segunda vez que el narrador encuentra a Souto, este se ocupa en catalogar y analizar las marcas que aparecen dibujadas en las rocas de las playas, signos de origen natural (no creados por manos humanas) en los cuales el profesor ha descubierto que se repiten “idénticos esquemas gráficos en rocas de estructura y composición diferentes” (p. 146). Así, bajo lo que inicialmente podría tomarse como dibujos producto del simple azar (la erosión provocada por la acción del viento y el mar), Souto cree –una vez más- que hay un orden, un sentido, “Un lenguaje secreto, destinado a no se sabe qué secretos comunicantes” (p. 146).

Transcurridos cuatro años, el narrador visita a Souto en su casa. Allí, encuentra al profesor vestido estrafalariamente como un campesino. Y descubre que no habita en la casa, sino en un pequeño corral anexo, donde lleva a cabo sus nuevas investigaciones sobre esos lenguajes ‘inorgánicos’, en relación a los cuales concluye que “Si realmente se trata de un código, no parece estar elaborado con la razón ni destinado a la comprensión humana” (p. 149). Lo que dicho en otras palabras sería afirmar que no tiene sentido, dado que si escapa a nuestro conocimiento, ¿cómo sabemos que se trata en verdad de un código (y, como tal, un mensaje ordenado e interpretable) y no de simples marcas que por azar se parecen?

Pero sus investigaciones le han llevado todavía más lejos, pues Souto ha desarrollado una teoría según la cual lo inorgánico tendría voluntad, y la está utilizando para adueñarse del mundo: “lo inorgánico nos ha venido utilizando, de manera cada vez más compleja, para organizarse. Del mundo inorgánico ha salido la mayoría de nuestros instrumentos, armas, herramientas. Creemos que las botellas, los relojes, las máquinas de escribir, los automóviles, los bolígrafos, las lámparas, son objetos creados para nuestro servicio y acomodo, y en realidad estamos dando cada vez mayor protagonismo a las cosas, convertidas en un variadísimo soporte de nuestro bienestar. Unos siglos más, y la materia inorgánica habrá salido definitivamente de su inmemorial inmovilidad y se adueñará del mundo” (p. 150).

El narrador, como el lector, empieza a dudar de la cordura del pobre Souto. Más aún cuando éste le cuenta que vive aterrorizado ante la rebelión de los objetos, que ya ha empezado a producirse a pequeña escala: las cerraduras dejan de funcionar, las ollas se desportillan, los vasos le estallan en las manos, la instalación eléctrica falla constantemente, la casa misma a veces se bambolea, las teclas de la máquina de escribir no le obedecen... Signos cuya traducción es, para Souto, evidente: los objetos se han organizado y pretenden conquistar la tierra.12

Una vez expuestos sus temores, le dice al narrador que ha proyectado huir a lo más profundo de la selva tropical “para sentirme inmerso en lo orgánico” (p. 152), lejos de cualquier objeto fabricado por el ser humano. Aunque duda que consiga llegar allí, pues todos los medios de transporte (mecánicos) están bajo el control de lo inorgánico.

El último encuentro del narrador con Souto se produce en Madrid. Éste reconoce al profesor entre los mendigos que pueblan el paso subterráneo de Cibeles. Ante su sorpresa, Souto le comenta que no ha podido realizar el viaje que había previsto como única salvación ante el acecho de los objetos, puesto que, como temía, todos los medios de locomoción escogidos se habían estropeado y se había visto obligado a realizar su huida a pie.

Al final del relato, el narrador regresa a la escritura del libro de naufragios y decide incluir un relato sobre sus encuentros con Souto como homenaje “a su delirio y su persona”, hecho que reafirma que –desde su perspectiva- todo lo ocurrido no ha sido más que una serie de casualidades alimentadas por la delirante imaginación del profesor. Sin embargo, su actitud contrasta con lo que está empezando a suceder en su propia vida: se producen repentinos fallos en el suministro de energía y el ordenador se apaga varias veces con lo que su texto se borra, la máquina de escribir que intenta usar en su lugar tampoco funciona, los aparatos electrodomésticos se descomponen al unísono y el baño sufre una grave avería. Un cúmulo de casualidades que recuerda demasiado a las que ocurrían en la casa del pobre Souto. Como ya advirtiera Freud, “el factor de la repetición no deliberada vuelve ominoso algo en sí mismo inofensivo y nos impone la idea de lo fatal, inevitable, donde de ordinario sólo habríamos hablado de ‘casualidad’”.13 Ese azar repetido reflejaría la irrupción de lo imposible en el marco de lo que consideramos real, lo que provoca el inquietante efecto de lo fantástico. De ese modo, los signos detectados por Souto revelarían otra causalidad, aunque totalmente ajena a nuestro conocimiento y, por ello mismo, incomprensible e incontrolable. Tal y como ocurre con el (supuesto) lenguaje de lo inorgánico.

El último relato en el que quiero detenerme es “Signo y mensaje”. De nuevo, Merino juega con la relación intertextual entre las aventuras de Souto, pues nos encontramos al estrambótico profesor en una situación semejante a la que se muestra al final del cuento anterior: vive con un grupo de africanos en un campamento instalado en la Plaza de España de Madrid.

Souto se dedica ahora al estudio de las pintadas –esta vez son signos de origen (supuestamente) humano- que cubren las paredes de los edificios de Madrid. Según le explica a Moya, el amigo editor que le deja alojarse en el local que ocupa su empresa, aquellos signos en apariencia inocentes son símbolos que ocultan un mensaje dirigido a alguien cuya identidad desconoce. Una investigación que el propio Souto conecta explícitamente con las que ha realizado antes y que se exponen en los cuentos ya comentados: “Un día me harté de inventariar fonemas y me puse a analizar los sonidos naturales. Escuché las voces de los animales y los ruidos del agua. Todo tiene sus códigos. Reflexioné también sobre las formas de las rocas, las figuras y muescas que en ellas va dibujando la erosión. Todo son signos, todo mensajes. El quid está en saber encontrar su significado. Esta sociedad abyecta rechaza y persigue cuantos mensajes no sean publicitarios, mercantiles, y con ello cava su propia fosa cada vez más honda. Pero todo sigue lleno se otras señales y otros signos”.14 Souto no ha renunciado, pues, a su búsqueda imposible.

Conforme avanza en sus investigaciones, el lingüista descubre una pintada que le resulta muy interesante. Se trata de un dibujo de forma circular que se repite en casi todas las estaciones de la línea 2 del Metro, y en un lugar parecido: cerca de la salida y a una altura como de metro y medio. De nuevo, la repetición como indicador de un orden, de un código secreto que debe ser desentrañado. Souto se propone averiguar qué significa aquel mensaje y quién lo envía. Por su parte, Moya, después de oír tales explicaciones, empieza a sospechar –como le ocurre al escritor del Libro de Naufragios- que todo es fruto del progresivo enloquecimiento de su amigo.

Posteriormente, Souto se identifica a sí mismo como el destinatario del mensaje, y comenta a Moya haber recibido signos que lo confirman, en forma de llamadas telefónicas: “¿no te das cuenta de que estoy acercándome a la única verdad de mi vida? He comprendido que soy un signo y que he suscitado en alguien misterioso el mismo interés por descifrarme que en mí lo ha hecho el hallazgo de esa circunferencia irregular” (p. 444). En la excitada mente de Souto, todos somos signos de un código general, y unidos tendremos sentido. La búsqueda de orden (significado) en el universo aflora de nuevo.

En el desenlace del cuento, Souto volverá a desaparecer, aunque de un modo diferente a como lo había hecho en el primer relato comentado. Moya, alertado por una llamada telefónica en la que su amigo se despide como si estuviera a punto de realizar un viaje, va a la editorial a averiguar lo que pasa. Una vez allí, encuentra al profesor en la calle y, aunque trata de detenerlo, no lo logra: “Cuando no le separaba de Souto una distancia superior a los cinco pasos, Moya tropezó con una barrera invisible que no le permitió continuar andando. Al tacto, aquel impedimento que no podía ver no era del todo rígido y por eso el golpe no había sido doloroso, pero como si el aire hubiera de alcanzar una densidad similar a la de un cuerpo sólido, a partir de aquel punto era imposible acercarse al profesor” (p. 445). Ese campo magnético invisible se va volviendo opaco y acaba por engullir a Souto: “hasta que el espacio quedó sustituido por un gran bloque blanquecino que luego se oscureció hasta transformarse en un enorme bulto alargado de aspecto nebuloso. Moya intentó tantear aquella masa compacta pero no se lo permitió la invisible fuerza disuasoria. Luego el gran cúmulo oblongo se desplazó lentamente hasta la pared frontera a la casa donde estaba la editorial y fue incrustándose en ella lentamente, hasta desaparecer, dejando la calle vacía” (p. 445).

A la mañana siguiente, vuelve al mismo lugar, para comprobar si lo ocurrido fue real (y, por tanto, un fenómeno fantástico) o no fue más que un sueño. El signo todavía sigue allí, “único vestigio de Souto, tras su asombrosa desaparición” (p. 446).

Pero el cuento no termina aquí, sino que días después el propio Moya es testigo de otro acontecimiento que lo sume –y con él al lector- en la más irónica perplejidad: al entrar al Metro ve a un operario de la compañía marcando en la pared del vestíbulo, con un pincel, una señal circular semejante a la que había obsesionado a Souto. Fascinado por lo que puede ser la explicación –la racionalización- de lo que ha ocurrido a su amigo, Moya pregunta al operario por lo que está haciendo, y éste le dice que está señalando el sitio para la acometida de agua de los bomberos. “Se va a poner una en todas las estaciones” (p. 446). Con esta frase se cierra el cuento, instalando la historia en la más banal cotidianidad.

¿Cómo explicar entonces lo ocurrido? ¿La pintada encerraba en verdad ese oculto y transcendente mensaje que intuía Souto? ¿O no es más que un signo vacío? La ambigüedad fantástica en todo su esplendor. Lo único cierto es que lo que le ocurre a Souto, su desaparición atrapado en esa especie de campo magnético, es un acontecimiento imposible: no hay causalidad alguna a la que acogerse para explicarlo, para someterlo a los límites de nuestra razón.

Lo mismo puede decirse de todos los signos que persigue el desquiciado lingüista, ya sean naturales, inorgánicos, humanos o incluso no-humanos: si bien los intentos por comprenderlos expresan un anhelo de trascendencia por parte de Souto, lo que acaban revelando –por la imposibilidad de interpretarlos- es que quizá no hay un código ni un mensaje tras ellos. Resulta muy revelador al respecto que Souto, en otra de sus aventuras en la que no me he detenido (la que se narra en la novela corta La Dama de Urz), afirme lo siguiente al contemplar la seductora pintura de una mujer que parece a punto de ponerse a hablar: “No era capaz de imaginar con qué letra o sílaba iba a empezar a decirse aquel vocablo, pero presentía que la palabra que el rostro estaba a punto de pronunciar era la más importante de cuantas podían ser pronunciadas, la que abarcaba y recogía a todas las demás. Y comprendió que, por primera vez en su vida, se enfrentaba a un único signo, también indescifrable, que no podía sin embargo destruirle, pues era el signo, a punto de ser expresado, que podía dar sentido y plenitud a todas las cosas”.15

Pero esa palabra nunca llega, nunca se pronuncia. Como tampoco el sentido de esos signos y marcas que obsesionan a Souto. Una excelente metáfora –como dije al principio- de nuestra propia relación con la realidad: un mar de signos indescifrables que infructuosamente tratamos de acomodar a nuestras ideas y deseos. Que es otra forma de decir –como ya advirtiera Borges- que vivimos sometidos a los caprichos del desordenado azar.

 

Notas del artículo:

1.- José María Merino, “Nota del autor”, en Cuentos de los días raros, Alfaguara, Madrid, 2004, p. 9.

2.- José María Merino, “El cuento: narración pura”, Insula, núm. 495 (febrero de 1988), p. 21.

3.- José María Merino, “El narrador narrado”, en Irene Andres-Suárez y Ana Casas (eds.), José María Merino, Arco/Libros, Madrid, 2005, p. 19

4.- Merino, “El cuento: narración pura”, p. 21

5.- Cf. Asunción Castro, “La orilla oscura de la conciencia: el tema de la identidad en la narrativa de José María Merino”, en Ángeles Encinar y Kathleen Glenn (eds.), Aproximaciones críticas al mundo narrativo de José María Merino, Edilesa, León, 2000, p. 239.

6.- Una aproximación general sobre éste personaje puede leerse en Ángeles Encinar, “Tras las huellas de Souto: el arte de convertirse en auténtico personaje”, en Andres-Suárez y Casas, op. cit., 77-94.

7.- J.L. Borges, “El idioma analítico de John Wilkins”, en Otras inquisiciones, Alianza, Madrid, 1989, p.105.

8.- J.L. Borges, “La lotería en Babilonia”, en Ficciones, Alianza, Madrid, 1989, p. 79.

9.- José María Merino, “Las palabras del mundo”, en El viajero perdido, Alfaguara, Madrid, 1990, p. 35.

10.- Marco Kunz, “La caja, la grieta y la red: la psicopatología del espacio en la obra de Juan José Millás”, en Irene Andrés-Suárez y Ana Casas (eds.), Juan José Millás, Arco/Libros, Madrid, 2009, p. 256.

11.- José María Merino, “Del libro de naufragios”, en El viajero perdido, p. 144.

12.- Merino explora un asunto parecido en su inquietante microrrelato “Acechos cercanos” (recogido en Días imaginarios, Seix Barral, Barcelona, 2002, p. 9).

13.- Sigmund Freud, “Lo ominoso”, en Obras completas. Vol. XVII: De la historia de una neurosis infantil y otras obras (1917-1919), ed. James Strachey y Anna Freud, Amorrortu Editores, Buenos Aires, 1988, p. 237.

14.- José María Merino, “Signo y mensaje”, en Cuentos del Barrio del Refugio, en 50 cuentos y una fábula, Alfaguara, Madrid,1997, p. 435.

15.- José María Merino, La Dama de Urz, en Cuatro nocturnos, Alfaguara, 1999, p. 123.


David Roas

Doctor en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la Universitat Autònoma de Barcelona. Ha publicado, entre otros, Teorías de lo fantástico, Arco/Libros, Madrid, 2001; La recepción de la literatura fantástica en la España del siglo XIX, Servei de Publicacions de la Universitat Autònoma de Barcelona, Bellaterra, 2001; Hoffmann en España. Recepción e influencias, Biblioteca Nueva, Madrid, 2002; De la maravilla al horror. Los inicios de lo fantástico en la cultura española (1750-1860), Mirabel Editorial, Vilagarcía de Arousa, 2006; La sombra del cuervo. Edgar Allan Poe y la literatura fantástica española del siglo XIX, Devenir, Madrid, 2009 (en prensa).

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