

Todo escritor de nuestro tiempo debería preguntarse qué implica la pequeñez, que no es obviamente una cuestión de tamaño, porque nunca fue antes tan cierto el adagio que afirma que, a partir de cierto punto y en una dirección o en otra, la variación de la cantidad se convierte en diferencia de calidad o naturaleza. Vivimos inmersos en una prisa que no es la velocidad moral del Futurismo, que no nos añade intensidad sino estrés y hastío; en una globalidad que no es el cosmopolitismo exquisito de Valery Larbaud en el Transiberiano y los Grandes Expresos Europeos, sino el turismo sexual y la fabricación con salarios de hambre en los países emergentes. Lo extenso, en el tiempo y en el espacio, equivalen a la degradación de la condición humana, a la insignificancia. La plenitud se ha vuelto vacío; el horizonte lejano no es una apelación, ni una incitación la altura de las cimas ni la profundidad de las simas.
Lo cercano y lo pequeño acaso sean nuestras rutas de salvación. Siempre ha sido lo pequeño rasgo inherente a lo que se vuelve propio y nos acompaña en el afecto, y nos angustia cuando se pierde o traspapela. La fotografía de la mujer amada, que cabe en el bolsillo cerillero de la chaqueta junto al llavín del lugar en que nos encontramos con ella, mientras su dueño legal e institucional la teme, como Boleslao Biegas a su glorioso vampiro, mezcla de Diana de Éfeso y de ciempiés. La cunita tallada en una nuez en la que Salvador Dalí imaginaba a Gala durmiendo, inerme junto a la amenaza del pie ciclópeo de un Guillermo Tell más amenazador con su gorra leninista, dispuesto a devorar al hijo, blando y crudo como chuleta deshuesada.
De esa índole son los microcuentos de José Mª Merino. No están hechos para ser leídos en el metro o el autobús, como destinados al tranvía estaban los poemas de Oliverio Girondo: son breves por voluntad de sugerencia y de intensidad. En ellos ocurren las cosas más insólitas, más inesperadas y más amenazadoras en su certidumbre, de tal modo que su desnudez las legitima en un orden lógico que no es de este mundo. Lázaro pide a Jesús la gracia de volver a morir, tras una hojeada a la hispidez del mundo recobrado; el espejo devuelve una mirada acusadora, más propia en cuanto refleja el cuarto de baño vacío; el hombre es devorado por el capó de su automóvil, y amenazado por el contenedor colgante de una grúa. Lo echan de los bares cuando van a cerrar y los camareros se convierten en la clase dominante, como antes lo eran los serenos y como nunca lo fue la burguesía en el aguachirle marxista de los noctámbulos y los borrachos. Sobre él planean, como la conciencia de un Pinocho malévolo, esos ojos que Remedios Varo pintó flotando en un pasillo espectral o desvelados sobre una mesa, junto a las gafas de Groucho Marx. La realidad y el pensamiento no tienen para él más lógica que la burla de cajas chinas que nadie mostró mejor que René Magritte en Elogio de la dialéctica. Al tomar un baño ve, como Frida Kahlo entre los vapores de la morfina, sus pies atrofiados entre venas arrancadas, rascacielos y volcanes, mientras las arañas funámbulas se acercan a su boca de ahogado. Al vestirse se siente como la mujer de Paul Delvaux, endomingada y encintada, envuelta en seda frente al espejo de la verdad que la desnuda, mientras el papel de la habitación va desprendiéndose en la indiferencia y la atonía del fraude y el fracaso cotidianos.
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Licenciado en Ciencias Económicas. Licenciado y doctor en Filología Hispánica. Catedrático de Literatura Española en la Universidad de Alicante desde 1986. Ha sido profesor en las Universidades norteamericanas de Virginia, Berkeley y Harvard, y asesor de la Fundación Juan March y de la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales. Ha coordinado los vols. 6, 7 y 8 (1700-1868) de la Historia de la Literatura Española fundada por Ramón Menéndez Pidal y dirigida por Víctor García de la Concha. Ha dirigido numerosos cursos en la Universidad Menéndez Pelayo, y pronunciado conferencias en las principales Universidades españolas, europeas y americanas. Ha practicado la crítica literaria en Ínsula, El País, El Cultural de El Mundo , Letras Libres y otros periódicos y revistas. Ha publicado doce libros de poesía desde 1967, y ediciones de su obra poética completa en 1979, 1983, 1998 y 2010. Fue uno de los incluidos en la antología Nueve novísimos poetas españoles (1970) de José María Castellet. Ha recibido el Premio de la Crítica (año 2000), el Premio Nacional de Literatura (año 2000), el Premio de la Crítica Valenciana (años 2000 y 2003), el Premio Fastenrath de la Real Academia Española (año 2002), el Premio Internacional de Poesía Loewe (2005) y el Premio de las Letras Valencianas (2006). Es académico numerario de la Real Academia de Cultura Valenciana. Es especialista en literatura española y comparada del siglo XVIII, del siglo XIX y de la época vanguardista. Ha publicado seis libros de investigación sobre temas de su especialidad, y editado obras de autores del siglo XVIII (Ignacio García Malo, Gaspar M. de Jovellanos, Ignacio de Luzán, Vicente Martínez Colomer, Pedro Montengón, Gaspar Zavala y Zamora), del XIX (Espronceda) y del XX (Juan Gil Albert).