OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Enero 2010. Antilde;o cuatro. Número once

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Datos de la revista, enero 2010, año 4, número 11
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En nombre del faquir

 

Gustavo Martín Garzo

En uno de los cuentos más celebrados de José María Merino, La casa de los dos portales, tres niños se cuelan a escondidas en una casa abandonada. Exploran sus habitaciones, el pequeño huerto, los desvanes polvorientos y, al regresar a la calle, se encuentran con una ciudad opresiva y triste,  que es a la vez otra y la misma que la suya. A partir de este instante las escenas se suceden con la lógica implacable y sombría de las pesadillas, pues los niños van recorriendo los lugares conocidos, las calles, las plazas de la ciudad propia, pero en medio de un sentimiento creciente de extrañeza y desposesión. Uno de ellos, por ejemplo, regresa a su casa, y al entrar en su cuarto se encuentra a un hombre de pelo gris, que duerme en la cama; y, un poco más allá, en la galería, a su propia abuela. Sólo que ésta ha muerto hace dos años, y su presencia tiene por tanto el brillo oscuro de la locura y el delirio. Huye aterrado y, en su deseperación, regresa con sus amigos a la casa abandonada, donde buscan refugio para pasar la noche. Vuelven a recorrer sus sótanos, sus habitaciones sombrías y, cuando más angustiados están, dan inesperadamente con el acceso que les conduce a las calles de su ciudad de siempre, al reino reconocible y cálido de lo familiar. Algo habrá cambiado para ellos, sin embargo, pues a partir de entonces la inquietud y la zozoobra se habrán instalado para siempre en el corazón mismo de lo real. “Aquel recuerdo, anota el narrador del cuento, ha teñido todos los hechos de mi vida. Y cuando salgo a la calle tras abrir la única puerta de mi casa me asalta menudo el temor de encontrarme en esa ciudad inmóvil, corroída, infinitamente triste, que acompaña a la otra como una sombra invisible”.

Una ciudad que acompaña a otra como una sombra, inmóvil, infinitamente triste... La infancia transcurre siempre en ciudades así. Ciudades, a la vez  próximas y remotas, que doblan y se sustraen al imperio de las que conocemos y en las que hemos levantado los planos de nuestra existencia de adultos.  Y el ejercicio de la memoria no es sino el de la búsqueda de los accesos que nos permitirán regresar a ellas, aunque ya no sea sino para encontrarlas  en toda su dolorosa y vibrante desposesión. Pues la infancia es un reino que se abandona para siempre, y el niño que fuimos sólo podrá regresar a nosotros como fantasma, como habitante de esa ciudad paralela. La ciudad, como ha escrito José María Merino, donde nadie ha muerto, pero que tampoco cabe abandonar. Una ciudad sólo habitada por sombras, por la que Merino nos conduce con el pulso de los verdaderos narradores. O dicho en otras palabras, con el convencimiento de que no puede ofrecerse una copa de vida sin convocar a los que una vez la tuvieron en los labios ante nosotros, y que un día la perdieron para siempre.

En uno de los capítulos iniciales de Intramuros, su libro de memorias,  ese niño que es José María Merino ve un desfile de Semana Santa. Sus ojos se fijan en un romano. Le fascina el brillo de su armadura, su porte, pero a la vez reacciona con temor, pues teme dejar de ser el niño que es, y llegar a descubrir que también él oculta bajo sus ropas una armadura semejante. Ser ese mismo romano, y tener que desfilar junto a los que son como él,  portando en sus manos tanto los clavos y las espinas, como su significado terrible. Teme, en definitiva ser absorbido por ese mundo, el que representan los adultos. Un mundo que desconoce, lleno de secretos, de extraños e inapelables pactos, de vergonzosos silencios. Pactos y silencios que no tienen que ver con la vida, sino con su oscura y eterna manipulación. Como si todos los niños llegaran al mundo demasiado tarde, y como si el mundo del adulto fuera el mundo de los secretos, de las traiciones, de la oscuridad, donde todas las decisiones importantes ya se han tomado, y al que solo cabe someterse, acallando el flujo de las preguntas.

Pero las preguntas vuelven una y otra vez, porque forman parte del movimiento de la vida. Vuelven ante la pobreza de las chicas de servicio, y ante el asombro del niño porque tengan tan pocas cosas, apenas una maleta de cartón amarillo cuya joya principal es un pañuelo de colorines. Vuelven ante la desgracia y la miseria de los mendigos, los enfermos, en el descubrimiento de que la desgracia no se agota en la pura apariencia de pobreza, sino que se extiende su poder a un espacio, para ti invisible pero verdadero, en que están las viviendas, los retretes, las camas, los platos, lo que se cuece en las cazuelas, y unas enfermedades horribles que, al parecer, no pueden siquiera imaginar quienes sólo padecen anginas de vez en cuando. Pero la desgracia no está sólo en este mundo de objetos destartalados, de anhelos confusos, de impotencias y de esperanzas malogradas, sino también en los relatos de la juventud de la madre, en aquellos hombres asesinados que tenían que retirar de la carretera para que el coche de línea, que la traía desde la Coruña, pudiera seguir adelante. Entre aquellos hombres una vez su madre vio un niño como él, y la desgracia está en esos hombres y en ese niño insepulto, como lo está en los pollos y los conejos que se llevaban vivos a casa y que había que matar para cocinar, y en los que nuestro pequeño narrador ve la imagen de su abandono y de su propia impotencia ante el mal. Eres tú mismo el único motivo de tu pena, porque mientras el gancho golpea una y otra vez la noca del conejo o el gran cuchillo de cachas de madera busca tras la cresta del pollo la fuente de la sangre, sientes tu propia nuca amenazada por el golpe y el corte, eres también el pollo que aletea y el conejo que mueve sus patas, ceñido a ese miedo inerme por una secreta y horrible hermandad.

Una horrible e ineludible hermandad que volverá a hacerse visible en la escena del faquir. Le vemos devorando bombillas fundidas, cuchillas de afeitar y docenas de clavos, en plena calle, ante los ojos divertidos de la gente, exhibiendo su torso desnudo como un despojo que el horror de su arte vuelve aún más delicado y atroz, mudo ante un ensimismamiento en que no ves embeleso ni lejanía, sino ese gesto impasible de quien ha asumido la desesperanza, más allá de la condena e incluso la costumbre, como una forma de orgullo. Escenas todas ellas que tienen que ver con el descubrimiento insidioso del mal, del dolor, de la pérdida y la desposesión. Con la sospecha de, como dijera Lorca en aquel memorable verso, la vida no es hermosa, ni buena, ni sagrada.

Y frente a todo ello, el mundo de las cosas pequeñas, el garbanzo que germina en un grieta de la tabla de lavar, la caldera de la calefacción con sus ojos brillantes y su boca de fuego, el sabor de las migas de pan en el tazón de café con leche, las palabras gallegas, llenas de melancolía, de las canciones maternas. Pero también las historias, las cosas que se cuentan, pues el tiempo en que nadie ha muerto es el tiempo donde tuvieron lugar todas las historias que existen, las historias en que se habla de un reino secreto, un reino donde se mezclan para siempre los sentimientos y las fábulas. Las historias veladas de la guerra civil, y sus acontecimientos silenciosos, vedados, pero también las otras, las que tienen lugar en el mundo de todos los días, como esas flores súbitas que brotan cuando el desierto recibe la visita de la lluvia. La de la visita de la mujer de Franco a un joyero de Ordoño para llevarse gratis el mejor aderezo, la  del huido Ramos que anduvo por la ciudad vestido de mujer, y que antes de regresar al maquis deshizo a tiros las garras de aguila de piedra con el escudo del estado que preside la puerta del cuartel, la de la novia que dijo no quiero en plena ceremonia nupcial, la del dueño de un taller de reparación de bicis que se marchó de la ciudad siguiendo a una actriz, o aquellas otras en que se afirmaba que en Gilda Rita Hayworth salía de un baúl completamente desnuda, y que los americanos pagaban muchísimo dinero por las alas de mosca, para hacer medicamentos. Historias que  Jose María Merino irá desgranando ante nuestros ojos con apenas contenida emoción, consciente de que no basta con contar las cosas, sino que, como decía el abuelo muerto del niño de su relato, hay que hacerlo bien, revelando ese vínculo secreto que hace del faquir, los mendigos, los huidos, los pobres muertos, los animales sacrificados, una única e insustituible historia. Una historia que habla del dolor pero también de esa belleza extraña que es la belleza de las flores en los desiertos, de los animales en los desfiladeros, de todo lo que es capaz de arrancar música o luz de los abismos de la existencia. Tan patente, por ejemplo, en la escena del mendigo, que es en uno de los pasajes más conmovedores de un libro en que por otra parte abundan los pasajes así. El niño narrador acompaña a Trini, una de las criadas de la casa, mientras dan de comer a un mendigo. Y podemos leer lo que sigue: El pobre está sentado en los últimos peldaños, junto al descansillo, y Trini y tú le miráis comer. Ha migado el pan en el potaje y cada cucharada acarrea un pedazo en su cima. Come con ansia absorta, los ojos fijos en el plato. Al terminar los alza hacia Trini. Tú encuentras en esa mirada huraña y opaca la segura señal de un desvalimiento irremediable, y te acurrucas temeroso contra el cuerpo de Trini. Ella le pregunta algo y él se levanta, devuelve el plato y la cuchara, musita unas palabras, rehúye la conversación. Desciende las escaleras arrastrando los pies, y a ti te parece una gran figura de madera disfrazada con ropas harapientas. Trini cierra la puerta. Estás ahí otra vez, y la ves cerrar la puerta mientras sujeta sin aversión el plato y la cuchara destinados a la comida de esos transeúntes miserables, ¿Tú te fijaste en los ojos tan bonitos que tiene?, te dice Trini, antes de que regreséis a la cocina, y tú te quedarás para siempre rumiando su pregunta.

La literatura es esa rumia. El gesto de Trini sujetando sin aversión el plato en que acaba de dar de comer al mendigo, al tiempo que se vuelve hacia el niño y le hace notar su belleza. Basta esa pregunta, ¿tú te fijaste en lo bonitos que tiene los ojos?, para fundar el arte de narrar, que como escribió Nabokov es belleza más compasión. La literatura es ese reino extraño en que nadie ha muerto, los mendigos son dioses disfrazados y donde es preciso contar bien las cosas para que los gestos que sostienen el mundo no pasen desapercibidos. Todas esas cualidades las tiene Intramuros, el libro en que José María Merino nos narra sus memorias de infancia.


Gustavo Martín Garzo

(Valladolid, 1948) Así se define en su sitio web: Psicólogo de profesión, cuando recibió en 1994 el Premio Nacional de Narrativa por su novela " El lenguaje de las fuentes", ya gozaba de prestigio en los ambientes profesionales gracias a sus tres novelas anteriores, pero también debido a sus críticas literarias y a su vinculación con la revista "Un ángel más". Sin embargo, Martín Garzo se volvió un autor popular en 1999, tras la obtención del Premio Nadal por "Las historias de Marta y Fernando". Se confiesa hombre metódico y sin prisas. Nunca ha abandonado su ciudad. "Cualquier lugar, ha escrito, contiene el mundo entero, los mismo conflictos, los mismos anhelos. Basta con saber mirarlos". Su novela más reciente es La carta cerrada (Lumen, 2009).

www.clubcultura.com/clubliteratura/clubescritores/garzo/home.htm

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José María Merino

Fotografía

Sumario

Este Lunes

Las lenguas prohibidas

Rafael rojas

El flamenco y América Latina: un habla de ida y vuelta

Fernando Iwasaki

Condenado por tener hambre: Pánfilo, el estado peligroso y la situación de los cubanos negros

Leonel A. de la Cuesta

Contra la impunidad

Sanjuana Martínez

Por una nueva concepción de la Sociedad, el Estado y el Derecho cubanos

Faisel Iglesias

¿Quién es Herta Müller?

Esther Andradi

La nueva utopía: Un día sin mexicanos & A wonderful world

Alfredo Antonio Fernández

Unos escriben

José María Merino

Otros miran

Gustavo Acosta

OtroLunes conversa

con Alejandro Aguilar

“No soy un escritor de academia”

con Alberto Chimal

“Renunciamos a nuestro libre albedrío para eludir responsabilidades”

con Lina de Feria

“No me arrepiento de nada”

con Manuel García Verdecia

“Nací en Marcané, en el batey de un central azucarero”

con Armando León Viera

“Viví diecisiete años como exiliado en mi ciudad natal”

con Juan Aparicio-Belmonte

“Mi fuerte no está en lo romántico”

Punto de mira

Ese imaginario llamado América Latina

 

Antonio Caballero
Antonio Skármeta
Eduardo Antonio Parra
Fernando Butazzoni
Javier Reverte
Leonardo Padura
Moacyr Scliar
César Verduguez

Cuarto de visita

Literatura Guaraní

En la misma orilla

El Diván, de Narrativa
a cargo de Amir Valle

Volar y Casting

José Lorenzo Fuentes

Relatos

Radio Puente

Héctor Huerga

Fragmento de Novela

Porcelana

Mariela Varona

Relato

Cine y literatura

Ricardo Bada

La lluvia que trajo el viento

Alcides Rafael Pereda

Relato

La tragedia de Regina

Roberto Quesada

Relato

Hasta el fondo

Yoenia Gallardo

Relato

La marmita, de Poesía
a cargo de Alberto García-Teresa

Manual para niños rusos

Rolando Jorge

Poemas

Claudio Bertoni

Dama del exilio

Oscar Kessel

Haikus

Rafael Álvarez Rosales

Otras voces hispanas

A cargo de Luis Rafael

El Caribe de Antonio Benítez Rojo

Ignacio Padilla, las búsquedas del presente

Las «cuatro estaciones» de Leonardo Padura

Elia Barceló y los mundos imaginarios

Recycle

La Revolución Cubana y el golpe en Chile: Jorge Edwards

Jorge Edwards

El Socialismo es Inviable, según las propias leyes de la Dialéctica Marxista

Roberto Álvarez Quiñones

De lunes a lunes

Anunciados en La Habana los Premios Alejo Carpentier y Nicolás Guillén

Actividades de cierre del 2009 en la editorial Iduna

Anatomía de un instante, de Javier Cercas, libro del año 2009 en España

Círculo de Bellas Artes de Madrid acoge la poesía de Juan Antonio Villacañas

Biblioteca de OtroLunes

Librario

A cargo de Recaredo Veredas

Última rumba en La Habana

Fernando Velázquez Medina

Traiciones de la memoria

Héctor Abad Faciolince

Vivir en otra lengua

Esther Andradi

Los huéspedes

Rubén Sánchez Trigos

Invisible

Paul Auster

De mecánica y alquimia

Juan Jacinto Muñoz Rengel

Un poco de crematística

Juan Valera

Una revolución pequeña

Juan Aparicio-Belmonte

Los últimos días de Michi Panero

Miguel Barrero

Comunión

Eloy M. Cebrián

Pero sigo siendo el rey

Carlos Salem

A cargo de Alberto García-Teresa

Semilla insólita

Lydia Zárate

Una mirada diversa

Xuan Bello

La pasión según Georg Trakl: Poesía y expiación

Hugo Mújica

Pájaro relojero. Poetas centroamericanos

Mario Campaña

Sustituir estar

Julián Cañizares Mata

Última función

Marcelo Uribe

La casa que habitaste

Jorge de Arco

A cargo de Lorenzo Rodríguez

Los libros y los días

 

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