

Me gustaría poseer el talento de la mayoría de mis colegas para dibujar con cuatro frases irrevocables lo que piensan de un escritor amigo, esa exquisita capacidad que tienen para dejarlas fijadas en la página yo diría que con delicados alfileres como si fuesen bellas y exclusivas mariposas que representan el cariño que sienten por la persona y la admiración que profesan por la obra. En lugar de con ese finísimo genio debo conformarme fatalmente con las manifestaciones aparatosas de un entusiasmo algo primitivo, rudo, hiperbólico, que me temo tiene si acaso su justa gracia en lo oral, en lo hablado, en lo dicho con calor al lado mismo del oído, pero que pierde fuelle y se desvanece casi por completo cuando hay que acomodar ese apasionamiento sobre una superficie plana, por escrito, en papeles o en pantallas de ordenador. Siempre me ocurre lo mismo. Así pues, para homenajear cabalmente a nuestro querido José María Merino tendría que haber instalado aquí qué menos que una ventanilla cibernética de esas animadas y sonoras donde poder entregar la voz en torrente, impetuosa, y en bulto casi tridimensional los gestos del cariño, unos abrazos bien gordos y emocionados que traspasaran la pantalla tan bien custodiada de iconos ocurrentes pero tremendamente fría de estos malditos aparatos donde de últimas más nos encontramos y nos vemos.
Siento un cariño muy grande por José María Merino, por el amigo José María Merino, por el hombre José María Merino, y una admiración también enorme por su obra, en todas sus vertientes. Admiro profundamente sus cuentos, sus novelas, sus poemas, sus trabajos teóricos... Los releo a menudo, y siempre me regalan una nueva luz, una nueva sonrisa, un nuevo extrañamiento. En casa tenemos la costumbre de leer en voz alta los textos que más nos gustan. Si es invierno y la lectura se acompaña del baile de luces y sombras de unas velas y del sonido de la lluvia detrás del ventanal, tanto mejor. Y si esos textos son además microrrelatos de José María Merino, la reunión se convierte ya en un verdadera fiesta. Hay cuentos que más que de José María son ya para siempre cuentos de la familia, regalos maravillosos con los que adornamos de imaginación cada uno de nuestros días, guiños que nos acompañan desde que empieza la mañana mismamente, cuando conectamos la tostadora y metemos en ella el pan del desayuno, recordando con una sonrisa ese relato maravilloso, “La tostadora”, con el que cada mañana se mete José María de nuevo en nuestra casa...
Me fascina, me encanta José María Merino, su manera de ser y de estar, su calidez y calidad de persona. Mentor de varias generaciones de cuentistas, que atiende y mima por igual tanto la obra de nuestros autores mayores como la de los más jóvenes, un autor muy cuidadoso de su obra que no ha descuidado nunca la de sus contemporáneos, su generosidad apabulla y asombra, en los tiempos que corren. Como le he oído decir a Clara Obligado en más de una ocasión en mesas redondas donde hemos participado juntos por esos pueblos de Dios haciendo bolos: “Esta mesa es un lujo, la presencia de José María en esta mesa es un lujo”. Así lo siento yo también: José María Merino es un lujo para la literatura española contemporánea, y un verdadero lujo para la amistad.
Me gustaría, ya digo, tener ese talento de mis colegas para el homenaje sentido, esa capacidad para el delicado testimonio. Me sale sin embargo esta torpeza de la emoción, nada más, así que me limitaré a darle a José María desde aquí las gracias de nuevo por tantas cosas, por tantos buenos ratos, los que pasamos juntos y los que se dan a través del papel, darle a José María unas gracias enormes y un abrazo igual. Gracias, mi querido Merino, nuestro querido Merino, gracias por todo tú entero, por tu obra y por tu persona, por estar siempre aquí, junto a la cabeza y al corazón.
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(Huelva, 1961) es autor de una novela, Las medusas de Niza (Premios Ciudad de Valladolid 2000 y Andalucía de la Crítica 2001), y de los libros de relatos El cielo está López (1990), Manías y melomanías mismamente (1992), El aburrimiento, Lester (1996), Los tigres albinos (2000) y Los últimos percances (Seix Barral, Premio Mario Vargas Llosa NH al mejor libro de cuentos publicado en 2005). Sus relatos, traducidos a varios idiomas, están recogidos en numerosas antologías del género en España y Latinoamérica. La antología El pez volador (Páginas de Espuma, 2008, Premio El Público de Narrativa), preparada por el escritor Javier Sáez de Ibarra, ofrece una cuidada selección de sus cuentos.