

A José María Merino lo descubrí pronto, en la librería Alberti, al lado de mi colegio, y desde entonces me ha fascinado. Poseía una de las habilidades que más me han interesado en las personas: la capacidad de pasar, de una manera natural e integradora, de lo cotidiano a lo extraordinario. Y es que su escritura es un ¡Ale hop! circense en el que lo vivido, lo oído, y lo imaginado se transforma en la misma cosa: relatos tan sugerentes como bosques encantados.
Tengo una especial predilección por su cuento “El niño lobo del cine mari” y confieso los motivos: las pantallas, por cumplir los diecisiete trabajando de actor en un rodaje, ejercen sobre mí una fuerza de atracción tan potente como especial, volviéndome especialmente sensible a la posibilidad de que una de ellas pueda llegar a engullir a alguien, en este caso a un niño, el cual, tras el derribo del edificio que albergaba la sala donde ocurrió el mágico acto, aparece, con la misma edad y a pesar de que hayan pasado treinta años, de pie entre el polvo de los cascotes. Con total naturalidad la familia lo acoge, tal y como regresa, sin hacer preguntas y aceptándole tal y como es. ¿El desenlace? A pesar del ejemplo de aceptación, el niño, de la mano de la doctora que lo atiende, vuelve al universo que es verdaderamente suyo: el cine. En este cuento hay generosidad por parte de todos, y es que José María Merino otorga a sus personajes la grandeza de aceptarse. Los crea flexibles ante las contradicciones de la propia existencia en un ejercicio magistral de tolerancia que le revela como un hombre optimista, confiado y bueno.
Tengo viva la imagen del día que leyó su discurso en la academia y su entrada entre aplausos; caminaba solemne sobre la alfombra roja vistiendo un frac. Me hubiera gustado adivinar que interpretación daba a lo que ocurría ante su mirada (sabia y receptiva como una luna), la ficción que forjó de esa realidad.
Para mí, su camino sobre la alfombra era el reconocimiento por haber conseguido dar voz a tantas historias contadas al calor del fuego, en su mayoría de prodigios y de perdedores, historias que se hubieran diluido en el silencio impuesto por tantos ruidos. Para él, ese paseo era, en cierto modo, como volver a casa, a la casa de las palabras que es la Real Academia de la Lengua, siendo su diccionario el aliado del que se ayudó para aprender a leer, como el mismo confiesa, por esa fortuna hemos podido disfrutar del frescor de su bosque y de ese árbol que es su voz, donde se alberga el sentido común de lo cotidiano que permite soltar el hilo de la imaginación, cometa de estímulos de vida, de realidad irreal, que con sus movimientos fecunda a quién se deja engullir por uno de sus libros.
Ha escrito para cine, televisión, teatro y ha publicado novela.