

He titulado esta semblanza de José María Merino así, queriendo dar la sensación del despojamiento a que ha ido sometiendo su estilo a lo largo de los años, pero lo cierto es que no se contempla en él la intensidad creciente de éste, que va a la par con dicho despojamiento, léase también esencialidad.
Conocí a José María Merino en el año 1981, también a Luís Mateo Díez, también a Juan Pedro Aparicio, en un tren que fletó con destino a Oviedo Jaime Salinas, entonces responsable de las publicaciones de Alfaguara, con motivo de la presentación de la nueva colección de narrativa que inauguraba la editorial. A Merino le editaban El caldero de oro y recuerdo aún, después de tantos años, la sensación gozosa de encontrarme ante un texto distinto a lo que se hacía hasta entonces en nuestra narrativa y, a la vez, haber conocido a un escritor que me parecía un tipo cabal, un tipo cabal como persona, sí, pero también como escritor. Tengo que decir que estas sensaciones no se han movido un ápice de aquella primera impresión, tanto en lo referente a su obra como a su persona, también a su faceta como escritor. Quizá solo se han ahondado, cosa que pasa con los años, con los de él, claro, y también con los míos, pues el tiempo ha sido implacablemente objetivo con los dos.
De su amistad poco puedo decir aquí porque sólo debo abundar aquí en afirmaciones sobre su obra, pero debo dejar constancia de algunos momentos maravillosos, hace ya muchos años, en comidas que se prolongaban horas y horas alrededor, casi siempre, de alguna vianda leonesa. También de otro tipo de conversaciones en tierras más lejanas, Caracas y la costa venezolana andan por ahí, y, desde luego, momentos fascinantes como su discurso en la Real Academia. Lo dejo aquí.
De su obra afirmaré que es una de las más excelentes de su generación. Hay escritores que mantienen a lo largo de su obra un solo registro y los hay que se expanden al modo del estuario de un río en múltiples brazos. Merino pertenece a esta categoría y ese rasgo es uno de los más sobresalientes entre muchos otros suyos. De la inmersión, con vocación de forjarla como moderna, en las raíces míticas de una tierra, la de un noroeste reconocible pero no fiel a la fotografía naturalista, pasó a lo que yo llamo su aventura americana, un modo de concebir la narrativa que abrió vastos horizontes pero que por desgracia no ha sido secundada por casi nadie, dando la sensación de una aventura solitaria que tiene mucho que ver, en su paralelismo, con la épica extraña de tantos conquistadores narrados en las Crónicas de Indias, una literatura fascinante que ha conquistado a menos de lo que debería y, desde luego, sí a José María Merino. Las crónicas mestizas, no podía ser de otro modo.
Luego, se dice que la cosa surgió de un encargo para una antología por parte de Alfonso Fernández Ferrer, La mano de la hormiga, José María Merino, que siempre tuvo al relato como un género mayor y al que de deben cuentos de una enorme excelencia, ha frecuentado con enorme placer el universo constreñido y fulgurante del microrrelato, un género que no sólo ha revitalizado sino que, me atrevería a decir, ha fundado en lo que concierne a su vertiente más seria, más dotada de excelencia, más artística, dejando a un lado su aspecto de falso oropel, de ocurrencia brillante, de chiste a medias, de greguería un poco larga.
¿Debería también referirme a su obra como poeta? No se si tengo el derecho. No porque sea un mal lector de poesía sino porque he frecuentado mucho más su narrativa y creo que para él libros como Cumpleaños fuera de casa y Mírame Medusa poseen la misma importancia que, pongamos por caso, El centro del aire o que Cincuenta cuentos y una fábula. Hay en José María Merino una coherencia tal en su manera de concebir la obra de arte que bien podríamos decir que los géneros literarios en él son complementarios: poesía, cuento, novela, microrrelato… un mundo estético que se abre en múltiples modos de plasmarlo. Nada menos.
Con el mínimo bagaje la mayor expresión. No hay otro modo de resumir su obra.
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Escritor, crítico y periodista español. Nacido en Madrid en 1951. Su obra narrativa se caracteriza por un consciente alejamiento de ciertas corrientes literarias en boga, bordeando los géneros, por ejemplo, el histórico y el thriller en su primera novela, Detrás del sol, para, lejos de inmiscuirse en ellos, ahondar con cierta distancia e ironía. Comienza su labor como periodista en el diario Información, de Alicante para, luego, incorporarse al suplemento de cultura de Pueblo, que dirigía Dámaso Santos. Más tarde colabora en El País, dirige la revista literaria El Urogallo y se incorpora como jefe de cultura en El Independiente y, más tarde, en El Sol. Fruto de su paso como crítico de La Esfera, suplemento cultural del diario El Mundo fue su libro, Ni mirto ni laurel, donde reflexiona sobre la nueva narrativa española teniendo como excusa las reseñas que durante tres años escribió para ese suplemento. Más tarde se incorporó a La Razón y actualmente colabora en ABCD las Artes y las Letras. Blog: juanangeljuristo.nireblog.com