

Igual que hoy puede guardarse la voz y la imagen, algún día habrá un artilugio capaz de reproducir a voluntad las impresiones que la proximidad de una persona deja, sus movimientos, su mondo de andar y de moverse, su entusiasmo, su mirada, su vivacidad, su capacidad de repentizar y de fabular, sus jadeos y hasta sus sueños. Porque mi problema con Merino es inverso al que, según se dice, ocurre con el mayordomo, ese ser tan cercano a su señor que se distrae ante sus virtudes para ver magnificados sus defectos. Ya me gustaría a mí saber recrear en muy pocas palabras tantas y tan complejas impresiones positivas como me ha dejado durante casi cincuenta años la cercanía de Merino, aunque más me gustaría todavía que hubiera esa máquina de la que hablaba más arriba -muy de su mundo de ficción por otra parte-, un artilugio holográfico o cosa parecida, que fuera capaz de recoger y trasmitir luego, a quien no lo conociera o lo hubiera tratado personalmente, toda esa gracia y energía que emite su persona. Yo he disfrutado de ese privilegio desde la primera juventud, he admirado y disfrutado siempre de su inmensa capacidad fabuladora, algo que a buen seguro no sorprenderá al lector de estas líneas, familiarizado sin duda con sus libros.
Todo el mundo sabe que Merino es eminentemente un homo literario o un homo narrans, como a él le gusta decir, Pero hay algo mucho menos conocido sin embargo. Merino tiene una cualidad, natural, espontánea, que no es rara entre escritores, pero que en él llega al virtuosismo. Me refiero a su capacidad refabuladora. Quien no haya tenido la suerte de oírle no puede comprender de qué le hablo. Yo, antes de haber leído la trilogía faulkneriana de los Snopes, ya la conocía por Merino. Es verdad que el estilo, el lenguaje, la morosidad narrativa quedaban reservadas para el texto, pero todo lo demás: argumento, personajes, mundo emocional, ciertas sensaciones físicas, incluso afectivas llegaban a tal excelencia en la narración de Merino, que uno quedaba embelesado y rendido, presto a encerrarse cuanto antes para leer aquellos libros.
Y lo mismo, con el cine. Nadie ha sido capaz de contar mejor que Merino una película. A veces, si salíamos de ver juntos alguna, le pedíamos que nos la recontase, lo que no hacía inmediatamente, pues algo de broma había en la petición; solía hacerlo unas pocas horas más tarde en medio de una noche de estudio que inevitablemente derivaba en charla desaforada. Había que verlo entonces: sus movimientos corporales enérgicos y medidos, sus pasos rápidos, su alzamiento de brazos, sus retrocesos. Aquí un travelling –decía, como si tuviera la cámara en sus manos-, aquí un primer plano o un plano medio, y caminaba por el pasillo o por la acera, luego un contraplano. Así contaba Merino la película, el argumento, la historia, pero también los movimientos de la cámara, los sonidos de fondo, la música, y hasta la reacción de los espectadores. Ni aquel personaje de Manuel Puig de El beso de la mujer araña, el presidiario que contaba a su compañero de infortunio las películas que más le habían gustado, siendo como era un excepcional narrador, superaba el modo de contar, mejor dicho, de recontar, de Merino.
Y hay más, pero eso será para otro día. Porque de la maestría de Merino para contar sus propias ficciones están ya muy al tanto sus lectores desde aquella primera excelente “Novela de Andres Choz” a esta recién sacada del horno, La Sima, una reflexión necesaria sobre el ser de los españoles en forma de trepidante narración.
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(León, España, 1941). Estudió Bachillerato en su ciudad natal y Derecho en las Universidades de Oviedo y Madrid. Realizó también algunos cursos de Periodismo en la antigua Escuela Oficial. Ha vivido durante algunos años en Inglaterra, donde ha sido director del Instituto Cervantes de Londres. Como narrador se dio a conocer en 1975 con El origen del mono y otros relatos . Posteriormente ha publicado las novelas Lo que es del César (1981), El año del francés(1986), finalista del Premio Nacional de Literatura, (ambas recientemente reeditadas en Espasa Bolsillo), Retratos de ambigú Premio Nadal de Novela en 1989, La forma de la noche (1994), Malo en Madrid o el caso de la viuda polaca (1996), El Viajero de Leicester (1997), "Qué tiempo tan feliz" (2000), La Gran Bruma (2001), Tristeza de lo finito (2007), los libros de cuentos La vida en blanco (2005), Premio Setenial al mejor libro de relatos de ese año, La mitad del diablo (2006) y El juego del diabolo (2008). Su obra El Transcantábrico (1982) ha inspirado la puesta en marcha del tren turístico con el mismo nombre.