

La capacidad de narrar de José María Merino es inagotable. Estoy seguro de que en otra reencarnación fue chamán de una tribu primitiva, porque refiere historias como el chamán recitaba mitos que explicaban el mundo y hablaban del origen de las cosas. El acto de narrar es, en Merino, tan prístino, tan espontáneo, tan entusiasta que se proyecta hacia el que lee o escucha con la intensidad terapéutica de un fármaco vigorizante, estableciendo una complicidad entre narrador y lector sólo comparable a la existente entre John Silver y Jim Hawkins, o entre Merlín y Arturo, o entre Batman y Robin. He mencionado complicidades literarias que proceden de campos muy paseados por José María: la novela de aventuras, las grandes sagas míticas, los tebeos. Esos territorios comunes, además de las letras fantásticas sensu stricto —que tanto y tan bien ha practicado—, nos unieron para siempre hace ya más de veinte años.
Mediaron, luego, otras casualidades (¿o tal vez fueron causalidades?), como que nos concedieran a ambos, a él por La orilla oscura y en narrativa, y a mí por La caja de plata y en poesía, los Premios de la Crítica correspondientes a 1986. Como que me presentara, en el Círculo de Bellas Artes madrileño, mi libro Poesía 1970-1989. Como que lepresentara yo en León, allá por 1992, su extraordinaria trilogía de ambientación americana Crónicas mestizas (compuesta por El oro de los sueños, La tierra del tiempo perdido y Las lágrimas del sol). Como que almorzáramos con frecuencia en el restaurante Edelweiss cuando él era Director del Centro de las Letras Españolas y yo trabajaba en el CSIC de la calle del Duque de Medinaceli. Como que él me propusiera como sucesor suyo en dicho Centro, sin que las autoridades de entonces le hiciesen el más mínimo caso. Como que siempre estemos ahí, yo para él y él para mí, en cualquier situación en que uno u otro necesitemos apoyo o, simplemente, cariño, en calidad de miembros de una fraternidad dual que sólo se extinguirá cuando nos extingamos nosotros.
La obra de José María es de una solidez literaria apabullante, tanto en lo que concierne a la inventio —es un formidable urdidor de plots— como en lo que atañe a la dispositio —es habílisimo a la hora de estructurar los elementos conceptuales dentro del discurso— y a la elocutio —es un maestro cuando verbaliza esos conceptos y los convierte en bellísima prosa castellana.
A Robert Louis Stevenson los indígenas de Samoa lo llamaban Tusitala, que viene a significar “el que cuenta historias”. Nuestro José María Merino se ha pasado la vida contándonos historias de todo tipo a sus lectores, y lo ha hecho desplegando una escritura que es, sin duda, una de las más importantes de la literatura española contemporánea. Podríamos llamarlo “el nuevo Tusitala”, en la estela de su admirado Stevenson, con quien coincide en esa mágica y elegante flexibilidad narrativa que caracteriza la obra de ambos. Si Stevenson tuvo un hijastro, Lloyd Osbourne, que colaboró con él y siguió sus huellas literarias, José María tiene una hija, Ana, que, desde la poesía, el cuento infantil y la erudición tebeística, está llevando a cabo una tarea creativa de primer orden. Me gusta confundir en un mismo y estrecho abrazo al viejo amigo, al narrador admirado, al funcionario ejemplar, al Académico de la Española, al entrañable poeta de Cumpleaños lejos de casa, al cómplice de Alicia Mariño en tareas de divulgación fantástica y, last but not least, al padre de Ana. Gracias por ser todas esas cosas, querido José María. Y un fuerte abrazo de tu fiel amigo.
![]() |
Doctor en Filología Clásica. En el número 08 de nuestra Revista OtroLunes puede consultarse el dossier de autor que le dedicamos: Click aquí