

Estoy perdido. Estoy de paso. Hay un personaje de Merino que se nos presenta bajo la densa lluvia, empapado y oscuro, solicitando alguna indicación para ir a la estación del norte, donde a las doce tiene que coger un tren. Desde ese comienzo, en uno de los cuentos arquetípicos del autor, precisamente titulado El viajero perdido, tenemos la impresión de que los elementos que ambientan la aparición del personaje, el extravío, la contingencia de su situación, la lluvia que lo oscurece y una búsqueda angustiada, adensan la atmósfera de una incertidumbre irreal, casi podríamos decir que también metafísica.
¿Quién demonios es este viajero desolado, sin destino predecible, que se perdió estando de paso con su pequeña maleta en la mano derecha y en la otra una bolsa de lona?
Cualquier lector avisado en seguida sospecha del carácter fantasmal de este ser de expresión despavorida que deambula por una ciudad desconocida, un hombre atemorizado que vaga por una ciudad que no conoce. Pero la sospecha no está bien orientada, lo fantasmal no deja de ser un recurso de conveniencia para que el lector alivie su propio desasosiego y pueda desentenderse del asunto, lo que Merino no va a consentir.
Entre el viajero y el lector hay alguien que escribe o quiere escribir un cuento, con impensables resquemores y vicisitudes y al que, según nos percatamos, le suceden y van a suceder cosas imprevistas, en un hilo de extrañas incitaciones y hostilidades, como si el viajero fuese, entre otras cosas impensables, un intermediario que desde alguna orilla oscura desordena lo que que como personaje expande y le compete.
Desordena, por ejemplo, la propia realidad, hasta la doméstica y conyugal, hasta la que pudiera ser el resquicio de lucidez desde donde el escritor, un trasunto del Merino que en lo imaginario asume sus zozobras con inquietante desvelo, cuenta y recuenta, escribe, descubre y administra los estremecimientos.
Son muchas las ocasiones en que Merino nos ha ofrecido textos donde el misterio de la composición imaginaria, lo cierto y lo incierto, lo vivido y lo soñado, lo trivial y lo extraño, procrean los sustratos de una aventura creadora, la de la ficción propiamente dicha. Una aventura que tiene en sí misma cargas de profundidad impregnadas de asechanzas y riesgos, inadvertidos desvelamientos de lo que proviene de lo más umbrío y aflora, en la escritura, como materia de esa fascinante oscuridad.
No en vano es Merino el gran renovador de lo fantástico en nuestra literatura contemporánea, y quien con mayor hondura y asiduidad nos ha dado pistas, desde la invención misma de tantos de sus relatos y novelas, de ese ímpetu de lo misterioso e irracional como resorte de un grado muy importante de la imaginación, como si fuese dueño de una extraordinaria capacidad didáctica para explicar lo inexplicable o, al menos, para iluminar en lo posible el friso de las irrealidades de la realidad.
EL viajero perdido es, además de una pieza maestra, un cuento inquietante. Un fábula sobre las zozobras de la ficción, de quienes en ella se ven apresados por los inesperados restallidos de la imaginación, propensos a que el progresivo desánimo de los imprescindibles descubrimientos les lleven a la consideración implacable de la propia soledad.
Pocas imágenes más simbólicas y patéticas que las del viajero perdido, como trasunto de la propia perdición de quien escribe, de la soledad en que el acto de la creación se suscita, cuando no hay otro amparo que el que encamina las propias decisiones, sabiendo que escribir es descubrir, que la única alternativa de la escritura es la escritura. La soledad de un viaje apasionante. La soledad del viajero. Y como sucede en este maravilloso cuento la sensación extremadamente compartida del escritor y el personaje, de quien se remueve en lo real contaminado por la zozobra de la irrealidad, la materia siempre misteriosa de lo imaginario.
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(Villablino, León, 21 de septiembre de 1942) es un escritor y académico español. Tras trabajar durante algunos años en el grupo empresarial familiar, obtuvo plaza como funcionario, en 1969, convirtiéndose en jefe del servicio de documentación jurídica del Ayuntamiento de Madrid. Un año después solicitó la excedencia para convertirse en director general de Editorial Anagrama, recién fundada, de la que fue además consejero delegado hasta 1984. Es miembro de la Real Academia Española: elegido el 22 de junio de 2000, tomó posesión el 20 de mayo de 2001. Su primer libro de cuentos, Memorial de hierbas, apareció en 1973. Publicó luego las novelas Las estaciones provinciales (1982), La Fuente de la Edad (1986), con la que obtuvo el Premio Nacional de Literatura y el Premio de la Crítica, Apócrifo del clavel y la espina (1988), Las horas completas (1990), El expediente del náufrago (1992), Camino de perdición (1995), La mirada del alma (1997), El paraíso de los mortales (1998), Días del Desván (1999), Fantasmas del invierno (2004) y las fábulas reunidas en El diablo meridiano (2001) y en El eco de las bodas (2003), así como los libros de relatos Brasas de agosto (1989) y Los males menores (1993). Con La ruina del cielo (2000) obtuvo el Premio Nacional de Narrativa y el Premio de la Crítica. Es patrono de honor de la Fundación de la Lengua Española.