

Conocí a José María Merino en Verines, en las reuniones de escritores que presidía Victor de la Concha. Debió de ser Merino quien puso mi nombre en alguna lista, porque a mí no suelen invitarme a ese tipo reuniones. Nunca había visto tantos egos desmesurados juntos, había que andar con tiento porque en cuanto te descuidabas pisabas uno y el propietario se revolvía como víbora encolerizada. Merino era casi el único a quien el ego no le sobresalía.
A Merino lo conocía de lecturas, pero no en cuerpo mortal y lo primero que me llamó la atención fueron sus ojos, ¡qué ojos, caray! Nada tenían que envidiar a los de Paul Newman. Después me sorprendió la espontaneidad con que soltaba lo que pensaba. Pensé que quizá se debía al cargo que por entonces ocupaba en el Ministerio de Cultura. Quizá los que estaban allí habían sido invitados, como yo, por su decisión, y eso le daba cierta autoridad para decir las cosas sin encomendarse a Dios ni al diablo. Pero no, no era eso, es que él es así, y con cargo o sin él Merino dice lo que piensa y caiga quien caiga. Y no era cosa fácil decir lo que se pensaba en aquel ambiente. Yo comenté: “Que cuento tan bueno el que ha leído Fulanita “, y como Fulanita no pertenecía al grupo, ni por lo visto era amiga de mis contertulios ni escribía como ellos, se hizo un silencio tan espeso que no me quedaron ganas de repetir comentario. Pero aquello a Merino no lo afectaba, ¡hasta les contó a los asturianos un chiste en bable que les supo a cuerno! O sea, que diplomático no es.
Pero de lo que quiero hablar es de la capacidad de Merino para penetrar y narrar ese mundo que está más allá de la realidad visible, que para mi es uno de los rasgos más admirables de su obra. Gracias a esa capacidad suya he podido evitar un error futuro que me produciría gran pesar. Yo estaba decidida, una vez que hubiese muerto, y si es que hay alguna forma de pervivencia más allá del sepulcro, a dar a mis seres queridos alguna muestra de mi nueva existencia. Pensaba que, si hay vida después de la vida, se lo haría saber a los míos y de paso les manifestaría mi intención de acompañarlos y servirles, digamos, de embajadora en el tránsito. Pero leí “La costumbre de la casa”, uno de los cuentos más hermosos, más tristes y más humorísticos que haya leído nunca y abandoné tal propósito. Me he pasado la vida intentando no ser pesada y si no es por Merino echo por tierra tantos años de esfuerzos.
Así que yo a José María le estoy agradecida, por lo de la otra vida y por lo de esta, porque una más de sus buenas cualidades es que no forma capillitas ni grupos, aunque, naturalmente tiene y defiende a sus amigos. Y así, cuando por su cargo le correspondía hacer listas o cuando ahora hace antologías, estas son más amplias de lo que nunca han sido en el mundo cultural español, tan lleno de ignorancia, envidias, compadreos, zancadillas, venganzas, y odios muchas veces inexplicables.
Y tiene otra buena cualidad: es muy generoso con su tiempo. De todos los escritores que conozco es el que acepta más invitaciones de esas que no pagan o pagan una miseria. A mí suelen intentar convencerme diciéndome “Ha venido José Marina Merino”. Y entonces yo lo llamo y le pregunto. Y él me informa: “Son más pobres que las arañas, pero son buena gente” o : “Son unos maleducados y unos tacaños, que ni van a esperarte ni te invitan a un café “. Con eso me he ahorrado muchos viajes inútiles.
Y llego ya por fin lo que quería contarles: Además de su capacidad para penetrar en el mundo del misterio, a Merino le pasan cosas extrañas en la vida. Un día nos contó que una señora le dijo a su mujer, que habían sido amantes. Merino lo negó: ni amantes ni nada. Nunca había visto a tal señora. La otra insistió y le dio a María del Carmen – que además de muy lista es un encanto de mujer– una serie de detalles de la anatomía de su marido (una cicatriz, etc., etc.) y de su forma de hacer el amor, que , dijo Merino, se correspondían con la realidad. A estas alturas del relato alguien dijo ¿No estarías borracho, Merino, y se te ha olvidado?... Merino lo negó categóricamente e insistió en que la señora no parecía una impostora sino que estaba convencida de lo que decía, y que todos los detalles eran reales. Lo único irreal era el hecho mismo, que estaba absolutamente seguro de que nunca había ocurrido. Era tal cual lo que ocurre en sus cuentos ( y en los de Cortazar ): el mundo paralelo, la otra existencia que a veces entra en contacto con la existencia cotidiana y nos trastorna y nos desconcierta. Yo lo creí. Debo confesar que probablemente Merino sea el único hombre en la tierra a quien le creería esta historia, en parte por la debilidad que ya habrán notado que tengo por él – por él como persona, no solo por sus ojos ...- y en parte porque en estas cosas misteriosas yo creo.
Y miren ustedes por donde, años después, viví un episodio parecido: En un congreso de profesores de Universidad – lugar donde también los egos sueltan chispas al rozarse - un individuo afirmó: “Marina Mayoral ha sido mi amante.” Dos amigas mías, aunque no pudieron negar tan categórica afirmación, dijeron a quien quiso oírlas que, conociéndome y conociendo mis gustos, estaban seguras de que nunca me acostaría con un tipo tan feo y tan fanfarrón. Estaban en lo cierto. Ni siquiera lo conozco. Pero quizá en mi caso no haya nada de misterioso sino una simple coincidencia de nombre. Vive en Madrid otra Marina Mayoral de la que solo sé que compartimos cerera, y que ella debe tener mucho vello porque reservó dos sesiones para depilarse. A mi me hubiera gustado asomarme para ver como era mi homónima, pero tenía las pantorrillas llenas de cera y preferí dejarlo para mejor ocasión.
Y con esto acabo. Me alegro de esta publicación de homenaje a Merino, como me alegro de sus ya muchos y merecidos éxitos. Le deseo que siga escribiendo tan bien, que siga teniendo salud, dinero y amor. Y que Santa Lucía le proteja esos ojos, ¡qué ojos, caray!
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Es novelista y Catedrática de Literatura Española en la Universidad Complutense de Madrid. Entre el centenar de trabajos de investigación que ha realizado sobre diversos autores y épocas destacan sus estudios sobre Rosalía de Castro y Emilia Pardo Bazán y los análisis de poesía y prosa contemporáneas. Escribe en gallego y en castellano y algunas de sus novelas han sido traducidas al alemán, italiano, portugués, polaco y chino. Sus cuentos se encuentran en las mejores antologías en lengua española y también en antologías de lengua inglesa y alemana.