

Ni quito ni pongo, pero yo creo que el más caballero de los que bajaron desde León a Madrid para escribirnos a todos los españoles es José María Merino.
Un día, el editor de “Cátedra”, Gustavo Domínguez, me dijo que José María Merino –cuando no nos conocíamos- hablaba bien de mí. Eso fue en 1996, año más, año menos y, por aquel entonces, hablar simplemente de mí era bastante raro y hablar bien era encocorar a los tranquilos inquilinos del tópico. Yo vivía en Escocia y mis escritores amigos de los años cincuenta estaban muy ocupados consigo mismos, aunque bien es verdad que acaso necesitaran estarlo más que yo.
En 1998 apareció en “Pre-textos” mi libro Contrasombras y, al ir a presentarlo en Madrid, miré en mi agenda buscando un nombre que lo presentara y estaba llena de muertos. Recordé lo que me había dicho Gustavo, averigüé el teléfono de Merino y le pregunté si quería presentar mi libro de cuentos. Sin haberlo leído aún y sin dudarlo, me dijo que sí. Hablaba de frente, sin fisuras, con una voz cálida y noble y, oyéndole, me sentí el que yo creía que era, el que años atrás me habían dicho que era.
Un ilustre leonés y amigo bien probado, Antonio Lago Carballo, me propuso impartir un curso de narrativa en la Universidad Menéndez y Pelayo de Santander, en compañía de un paisano suyo, Antonio Pereira, pero éste –al que años más tarde quise y admiré- se había mostrado conmigo, en persona y por carta, brusco y casi arisco sin motivo aparente. Le di vueltas a la elección de Lago Carballo y hablé con Merino. El me recomendó también a Pereira, pero yo le preferí a él.
Fuimos a Santander, cada uno hizo lo suyo sin interferencias, y nuestro curso –según testimonios que todavía perduran- fue memorable. Tanto, que repetimos el año siguiente en Pontevedra y luego en El Escorial dos veces –o quizá tres.
En Santander, el caballero Merino y yo no éramos todavía amigos, aunque nos tratábamos con deferencia y respeto. En Pontevedra empezamos a serlo y, en El Escorial, se consolidó nuestra amistad. Yo había leído Intramuros, sus extraordinarias Memorias, que están pidiendo a voces la reedición en otra editorial y encontré entre sus páginas, de incógnito, un bellísimo cuento que comenté en varias ocasiones con los estudiantes. Había leído también sus tres Crónicas mestizas y creo que no le he dicho aún que él y yo compartimos el entusiasmo, el gusto, la admiración y el orgullo por ese tesoro que es la gran aventura española americana reflejada en el amanecer glorioso de sus crónicas. Había leído sus cuentos, y sabía que nunca para él un buen cuento tendría menos peso que una novela.
Hemos hablado mucho, entre clase y clase, en su casa –con la suerte, a veces, de tener a Mari Carmen con nosotros-, en el Café Comercial de la Glorieta de Bilbao, noviero, literario y menestral. Y cuando estoy con este escritor muy de hoy –desde el primer día- veo en él la gola que llevaban nuestros caballeros en los Siglos de Oro. Merino, que es liberal, pone algunas veces ceño de inquisidor, cuando algo no le parece recto, cuando algo no acaba de gustarle. Se ha pasado la vida en la aventura ejemplar –poco española- de cumplir con su deber, como alto funcionario en Educación, como colaborador en Hispanoamérica de la UNESCO, como español de todo lo que llamamos España y como escritor. Desde niño fue conocedor y amigo de las palabras; ha navegado en canoa por ríos caudalosos, ha buceado en mares de coral, vive en casa de hidalgo y, cuando no frunce el ceño, parece el colonizador sereno nimbado por añoranzas de batallas, que contempla a los indios de su encomienda en una tarde roja y sin límites por la que se va yendo el día.
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(Madrid, 1925) Pertenece a la llamada Generación del Medio Siglo (Aldecoa, Martín Gaite, Sánchez Ferlosio, Matute, Fernández Santos, etc.). Autor de una amplia lista de títulos, de los cuales los últimos son, Contrasombras (1998), Ladrones del Paraíso (1999), La letra con sangre (2001), Escritura y Verdad. Cuentos Completos (2004, Entradas de cine (2008) y El cuento de siempre acabar, Autobiografía y Memorias (2009).