

Conocí a José María Merino un día de abril o mayo de 2006 en un café de Buenos Aires. Hace apenas tres años, es cierto. Pero el tiempo de los relojes tiene poco que ver con el tiempo interno de las personas. Tengo la sensación de haberlo conocido mucho antes. Quizá sea porque ya había disfrutado de su literatura, especialmente de su libro Días imaginarios, o porque una sensación de complicidad recién estrenada supone un conocimiento anterior. Las afinidades literarias no son fáciles de explicar. Merino, extrañamente, me remite a Don Juan Manuel, a quien llegué en mi juventud a través de Borges y su magnífica versión de El brujo postergado. Es que ese texto fue para mí la revelación de lo fantástico, y lo fantástico emerge con luz nueva en la obra de José María Merino. Su imaginación, que vuela por cielos muy diferentes de los del macizo realismo que predominó en España durante tanto tiempo, lo aproxima a los narradores latinoamericanos y, por supuesto, a aquellos españoles de quienes creo que es, saltando siglos, heredero y continuador. Tal vez sea esa predilección por lo imposible lo que me lo hace tan próximo. Pero no es lo único. Él y yo gustamos de la narrativa brevísima; ambos admiramos “El sueño de Chuang Tzu” (el famoso microrrelato chino de hace 23 siglos), y ambos juzgamos que “El dinosaurio”, de Augusto Monterroso, vuelve decidible el hermoso dilema que Chuang Tzu plantea.
Ciertamente, es una felicidad encontrarse en los libros. No lo es menos hacerlo personalmente, sobre todo con un café o vino de por medio. Madrid, Buenos Aires y Neuchátel nos reunieron y siempre fue grato. Merino no es sólo un conversador brillante y un interlocutor atento, es alguien que alimenta y cuida la amistad, cualidad que aprecio y le agradezco.
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Narrador, antólogo, crítico y ensayista argentino. Ha publicado los libros de cuentos Las aguas madres (Buenos Aires, 1994), traducido al italiano con el título L’edonista e altri racconti (Reggio, 2006) y Últimos juegos (Madrid, 2005); el libro de microficciones Todo tiempo futuro fue peor (Barcelona, 2004 y Buenos Aires, 2007) y doce antologías, de las cuales diez son de microficciones Su obra microficcional fue publicada, además, en antologías, revistas y suplementos literarios de Argentina, Alemania, Brasil, Colombia, España, Italia, México, Perú, Portugal, Serbia, Suiza y USA. Lo premiaron en su país el Fondo Nacional de las Artes y la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires. La Universidad de Carabobo (Venezuela) le confirió la Orden de Alejo Zuluoga, máximo galardón con que distingue a personalidades de la cultura. Fue ponente y conferencista en congresos internacionales, ha dictado clases magistrales, talleres y seminarios en varias universidades europeas y americanas y se desempeñó como jurado en certámenes literarios nacionales e internacionales. Colabora con ensayos en revistas de varios países y con bibliográficas en ADN, revista de cultura del diario La Nación.