

José María Merino es un hombre de una normalidad apabullante. Es tan acabada y meticulosamente normal, en fin, que no cabe la menor duda de que tiene que ser un tipo rarísimo. Porque no hay individuo más raro que aquel que se esfuerza por ser normal. Y uno no puede ser tan primorosamente normal como lo es Merino si no se lo trabaja denodadamente, dado que la esencia del ser humano es la contradicción, el caos y la rareza. Cosa que Merino conoce a la perfección, por su propia experiencia de raro camuflado y por la observación de los demás. Por eso se dedica, justamente, a escribir cuentos y novelas que hablan de la rareza de las cosas. Es muy sabio, Merino. Es un verdadero maestro de la extrañeza del mundo. Con su perfil de general romano, sus trajes impecables, sus corbatas; con su aire civilizado y sosegado; con su gesto educado de profesor amable, se dedica a alternar con los súcubos e íncubos del inframundo. De primeras podría pasar por un individuo convencional y aburridamente racionalista, pero en realidad es un audaz explorador de los confines mentales. Esta es una de las razones por las que me encanta José María Merino: porque la vida le vuela dentro de la cabeza, pero mantiene una modesta actitud de señor sensato.
Sólo es un poco más viejo que yo, pero como siempre se ha esforzado en parecer tan serio (luego no lo es nada), cuando le conocí, hace dos o tres décadas, me dio la sensación de que era mayor, mucho mayor. Vamos, que le vi casi como a un padre. Después han ido pasando los años y él ha seguido igual, sin envejecer ni una pizca. El tiempo no le hiere, ya digo que es muy raro (puede que sea un gnomo). De manera que ahí está, cada vez más inmarcesible, cada día más joven, yendo para atrás en la escala del deterioro al contrario que todos, hasta el punto de que yo ya estoy empezando a verlo como a un hijo. Esa es otra de las causas por las que me gusta Merino: porque es un ser mágico. Este hombre tan circunspecto es un niño eterno.
Pero la razón principal por la que adoro a José María Merino es pura y simplemente porque es adorable. Es una de las mejores personas que he conocido en mi vida, la exacta definición del hombre bueno. Me recuerda al soldadito de plomo de Hans Christian Andersen, a ese juguete callado, digno, siempre erguido y formal pese a la ausencia de una pierna (una perfecta metáfora de la rareza), tumultuosamente sentimental bajo su coraza de soldadito serio, y que al final, tras el incendio que siempre es la vida, deja entre las brasas, como resumen y huella de sí mismo, un sólido y hermoso corazón de plomo.
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(Madrid, 1951) Estudió periodismo y psicología. Colaboró con grupos de teatro independiente, como Canon o Tábano, a la vez que empezaba a publicar en diversos medios informativos (Fotogramas, Pueblo, Posible). Desde finales de 1976 trabaja de manera exclusiva para el diario El País, en el que fue redactora jefa del suplemento dominical durante 1980-1981. En 1981 ganó el Premio Nacional de Periodismo para reportajes y artículos literarios. Ha publicado las novelas: Crónica del desamor (1979), La función Delta (1981), Te trataré como a una reina (1983), Amado Amo (1988), Temblor (1990), Bella y Oscura (1993), La hija del caníbal ( Premio Primavera de Novela en 1997), El corazón del Tártaro (2001), La Loca de la casa (2003), Premio Qué Leer al mejor libro del año y Premio Grinzane Cavour al mejor libro extranjero publicado en Italia en el 2005, Historia del rey transparente (2005), Premio Qué Leer al mejor libro del año y Premio Mandarache, e Instruciones para salvar el mundo (2008). También ha publicado el libro de relatos Amantes y enemigos y dos ensayos biográficos, Historias de mujeres y Pasiones, así como cuentos para niños y recopilaciones de entrevistas y artículos. Su obra está traducida a más de veinte lenguas.