

Cuando supe de José María Merino por primera vez mi universo era sustancialmente distinto al actual. Lo delimitaba aquello que dan en llamar adolescencia, y así, entre sinsabores mujeriles y el improbable gusto de las primeras cervezas, me topé con un libro suyo cuyo título no recuerdo –con el tiempo me inclino por Cuentos del reino secreto, pero ¿quién puede asegurarlo?-. Sucedió en la biblioteca del instituto, un espacio enjuto que, sin embargo, me ofreció las lecturas inaugurales de Poe o Ambrose Bierce. A Merino lo descubrí el último. Las epopeyas cotidianamente macabras que se narran en La casa de los dos portales o El nacimiento en el desván, por poner dos de mis relatos favoritos, hicieron tambalear la idea, por entonces nada contrastada, de que entre los autores españoles el gusto por lo fantástico era poco menos que un pecado. En particular, me recuerdo algunos días después saliendo de casa y deteniéndome, suspicaz, antes de atravesar el portal y saltar a la calle para imaginar cómo sería si tras el umbral aguardase una ciudad oscura y acartonada, el reverso meriniano de la mía, con unos vecinos que en realidad no eran mis vecinos y una mujer con dos abismos por ojos mirándome desde el rostro de mi madre. Muy pocas historias tienen el poder de causar en uno un impacto como este.
Supongo que, con los años, olvidé a Merino como se olvidan a los primeros amigos, es decir, poniéndolos en cuarentena en algún rincón cálido de la memoria, siempre a favor de otros. No olvidé, en cambio, sus ideas, pero durante un tiempo fui incapaz de asociarlas a nombre alguno. Descubrí a Richard Matheson, a Hoffman o a Lovecraft, y volví a la vieja creencia de que los autores españoles no podían, por naturaleza, imaginar más mundos, más situaciones que las que palpaban. Así, la segunda vez que tropecé con el autor de El caldero de oro mi universo era ya el de casi un treintañero más o menos decidido a escribir, a leer y a ser leído. Mi primera novela se encontraba ya en proceso de edición, y estaba convencido de que las nuevas generaciones de autores e investigadores teníamos el poder y el deber de situar el fantástico autóctono en el lugar que siglos de realismo le habían negado. Reencontrarme con José María Merino en el marco del I Congreso de Literatura Fantástica y Ciencia Ficción celebrado en la Universidad Carlos III de Madrid supuso un golpe a mi vanidad y, al mismo tiempo, un revulsivo irremediable. Yo había acudido para leer una ponencia sobre el muerto viviente en el cine español, y él pronunciaba la conferencia de clausura del evento. Escucharle derivó en una experiencia atemporal como la del protagonista del cuento Bifurcaciones, que es incapaz de distinguir el “fue” del “podría haber sido”. Merino defendió aquella tarde el uso de la imaginación no como arma arrojadiza contra nada, sino como sistema para entender el mundo. Y esta convicción me retrajo a una biblioteca de instituto donde, más o menos quince años atrás, otro, que aún no era yo, sentaba los cimientos de un universo que aún no era el de ahora. Desde entonces lo tengo muy claro cada vez que alguien vuelve a poner sobre la mesa el asunto de la ausencia de verdaderos artesanos del género en nuestra literatura. Pero el mérito no es mío. Resulta que José María Merino hace muy fácil su defensa.
Aquel día, la última jornada del congreso, regresé a casa de madrugada y, por un instante, antes de atravesar mi portal, consideré la posibilidad de encontrarme un mundo transmutado al otro lado del mismo. Un mundo donde aún nadie me había besado y donde algunos libros todavía permanecían desconocidos para mí. Supongo que dos universos se tocaron entonces: el del adolescente que yo era y el del adulto que podría ser hoy. Porque la literatura de Merino, creo yo, no se sustenta en universos diferentes, ni tan siquiera paralelos al nuestro, sino, como en aquella película de Edgar Neville, La vida en un hilo, en la existencia de distintas posibilidades. La posibilidad de que sin José María Merino la literatura fantástica española hubiera alcanzado la madurez que promete en estos tiempos, por ejemplo, me parece de las más inviables.
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Profesor e investigador en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Sus líneas de investigación abarcan el cine y la literatura de género fantástico, ámbito en el que ha escrito diversos artículos. Como escritor ha publicado Los huéspedes (Finalista Premio Drakul, 2009), novela entre el género negro y el terror.