

Atendiendo a razones, uno tendría que decir siempre de José María Merino todo lo que debiera escribirse en cualquier semblanza que pretendiera pasar por seria. Ya saben, escritor, académico y todas esas cosas. Otros las dirán con mayor rigor en este dossier especial. Pero no es el que sigue un texto de solapa o una entrada de Wikipedia, sino la deuda subjetiva de un cuentista y lector de cuentos para con un maestro ineludible.
Aunque es autor de varias novelas, de libros infantiles, de libros de viajes y de algún poemario, desde hace ya casi tres décadas y, poco después, con su obra en el campo del microrrelato1, José María Merino ha desempeñado una labor impagable en favor del cuento desde diversos flancos: estudioso, antólogo, ponente, defensor, docente, crítico, jurado, impulsor y, sobre todo, cultivador incansable del género.
Si nada es casualidad, no lo sería tampoco el hecho de que a uno de los autores más reputados de la fecunda escuela leonesa le nacieran, precisamente, en Galicia. Algo de esa bruma atlántica, mágica y mítica, había de quedar impregnado en el mapa genético-literario de José María Merino. Y es que tal vez, de entre todos los leoneses, sea Merino el escritor que más finamente ha explotado la veta de lo fantástico en su narrativa. León ha dado a las letras hispanas un linaje de narradores de una solidez casi mineral, como Luis Mateo Díez, Julio Llamazares o Juan Pedro Aparicio, entre otros, encontrando a su más digno continuador en el escritor Pablo Andrés Escapa.
Pero es en el autor de Las puertas de lo posible o Las crónicas del mito2, donde uno descubre una síntesis más atinada entre diversas corrientes. Así, la literatura de Merino se nutre de las singularidades de lo fantástico, embebida de lecturas como Poe o Kafka. Atiende también a fabular con la realidad a través de reelaboraciones de esa inagotable cantera de arquetipos que siempre será la mitología clásica. Y, por supuesto, recoge la tradición oral del narrador puro, quintaesenciada en la costumbre leonesa del filandón, tan propicia para el alumbramiento de historias fantásticas al amor del fuego y del trabajo. Más pendiente de la historia misma que del esqueleto formal o del andamiaje estético -aunque sin descuidar en ningún momento ni uno ni otro-, los cuentos de Merino convocan al mismo tiempo lo real y lo imaginario, la opacidad de la rutina y la luz de lo insólito en una visión singular: entre "lo sobrenatural de lo cotidiano y lo doméstico de lo horrible"3, en palabras del autor.
Para cualquier lector de cuentos y para cualquier cuentista, José María Merino es todo un referente. Poco importa el camino que uno escoja en sus lecturas o, sobre todo, al sentarse a escribir un relato, si sus formas serán clásicas o vanguardistas, si los modos canónicos o postmodernos, porque los motivos suelen ser universales -y en Merino giran a menudo en torno a la identidad, el doble y la memoria- y la narrativa de este leonés, de cuna gallega y proyección panhispánica, ejerce desde hace tiempo y quedará por mucho como esa incombustible locomotora que deja tras de sí una estela de vapor reconocible desde la distancia para todos los amantes del cuento en castellano.
Notas del artículo:
1.- Compilada en La glorieta de los fugitivos. Minificción completa (Madrid, Páginas de Espuma, 2007).
2.- En este volumen (2000) se reúnen sus novelas El caldero de oro, La orilla oscura y El centro del aire.
3.- José María Merino, "El cuento: narración pura", revista Ínsula, nº.495 (1988), p. 21.
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(Barcelona, 1971) Escritor, editor, crítico literario y profesor de la Escuela de Escritores de Madrid y de l'Escola d'Escriptura de l'Ateneu Barcelonès. Participa en dos antologías de relatos en preparación junto a conocidos escritores hispanoamericanos y trabaja en su primer libro de cuentos en solitario. Es el responsable de la edición y el prólogo de diversos proyectos para varias editoriales, que verán la luz en 2010.