

La capacidad fabuladora de JM Merino tiene como punto de partida una realidad que de pronto se desordena, se desdibuja o se desmorona, o simplemente se desvanece, deja de ser. De ahí la tensión que recorre el texto, esa lucha entre lo que debe ser, lo que se sabe que es -el orden establecido, convencional- y lo que se ve, lo que se percibe. En un momento dado de la narración, el extrañamiento de la realidad lo tiñe todo de perplejidad: las cosas ya no son, o no parecen ser, lo que eran.
JM Merino explora el rico y complejo camino del extrañamiento con inigualable maestría. Sus narraciones breves están formadas por piezas maravillosamente ajustadas unas con otras y donde todo funciona como un reloj. Un reloj que, de pronto, marca una hora extraña. Esa hora extraña es, precisamente, lo que hace que el cuento funcione con la precisión de un perfecto reloj.
Tomemos como ejemplo al niño que protagoniza el relato “El niño lobo del cine Mari” (Cuentos del reino secreto, l982), que no se sabe de dónde sale ni quién es y que finalmente pasa al otro de la pantalla. Ha habido una confusión, un cruce de carreteras pertenecientes a mundos distintos. Lo llamativo es que, en el ínterin, todos los habitantes del pueblo aceptan la presencia del niño con la máxima normalidad, probablemente, porque, como nos dice el narrador, el hecho “era tan extraño, tan fuera del normal acontecer, que a partir del momento en que se le atribuyó aquella identidad, ni la prensa si la radio volvieron a hacerse eco de la noticia, como si el voluntario silencio pudiese limitar de algún modo lo monstruoso del caso”.
Esta es, efectivamente, una de las características de la narrativa de Merino: lo extraordinario encaja en el normal acontecer.
Hay muchas formas de hacer frente a lo extraño y una de ellas es la de actuar como si todo fuera perfectamente normal, negando la evidencia. Es tal la necesidad de normalidad, de no salirse de las normas pautadas, que la negación de lo extraordinario se produce de forma natural, como en una especie de consenso social. La sociedad, de forma instintiva, sin tener que decir nada, se defiende de lo extraño.
Como en los cuentos clásicos, que se encaminan hacia el final con un propósito secreto, en los relatos de Merino intuimos que al final se nos dará una clave para la interpretación. La mayor parte de las veces, la interpretación queda en nuestras manos, pero existe, casi siempre, una suerte de revelación final, una conclusión de peso.
Lo que no significa que se resuelva el enigma. No es lo mismo el final del cuento que el desvelamiento del misterio. Como en la vida, el enigma permanece, se hace nuestro. Una vez más, podríamos decir, porque ya era nuestro. Nosotros somos el enigma.
Así, el relato del niño lobo concluye con estas palabras: “La búsqueda fue completamente infructuosa”. Un final concluyente. Así fue como terminó el extraño episodio del niño lobo del cine Mari.
Pero, naturalmente, el lector se queda pensativo.
En “La noche más larga” (del mismo libro), el extrañamiento se produce en la percepción que tiene de la realidad el personaje central. Relatado -como el anterior- en tercera persona, el narrador se circunscribe a dar detallada cuenta de la sensación perturbadora que invade al protagonista cuando visita, sin premeditación, su ciudad natal. El aturdimiento y el pasmo -en palabras del narrador- definen sus sensaciones. Y al final, se produce la revelación, una nítida y gozosa visión de una chica vestida de amarillo. Así termina el relato: “Porque era sábado, y verano, y tenía cinco duros en el bolsillo y toda la tarde, junto a ella, por delante”.
Aunque el enfoque sea diferente aquí, el proceso es en este relato muy similar al que se da en el cuento del niño lobo. La normalidad acepta, como parte esencial de ella, lo extraordinario.
Expresado al revés: lo raro, las visiones, las alucinaciones, la vida que quizá proceda de otros mundos, convive con nosotros en el día a día de nuestra existencia. ¿Cómo no vamos a sentirnos aturdidos, perplejos, cuando sobrepasamos la línea que separa lo ordinario de lo extraordinario? De estas ocasiones nos habla la obra de Merino.
En “Imposibilidad de la memoria” (de “El viajero perdido”, 1990), la sensación de extrañeza se apodera de la narración, que, en tercera persona, parece emanar del punto de vista de una mujer que regresa a su casa de un viaje unos días antes de lo previsto.
Un nuevo olor muy sutil es el inicio de una indagación que tiene mucho de policial y que finalmente aboca en la entrega, en la aceptación del oscuro suceso que se presiente, la desaparición del otro y de ella misma. “Pues todo rastro visible de sí misma había también desaparecido”, así finaliza el relato. ¿Qué ha de pensar el lector ante esta frase concluyente? Se queda, como el narrador, a solas con el enigma.
“Las palabras del mundo” (del mismo libro) explora en la misma línea, la desaparición. El personaje que desaparece, el doctor Souto, era persona, se nos dice, de hábitos rígidos. Conociendo las preocupaciones que recorren los textos de Merino, no podemos por menos que ponernos alerta ante este calificativo, la rigidez, sospechando que, tarde o temprano, habremos de hacer frente al desorden que subyace allí. En esta ocasión, son las mismas palabras las que empiezan a acusar el sinsentido. Las palabras que el doctor habla se vuelven un cúmulo de sonidos absurdos. En consecuencia, la comunicación verbal con sus semejantes se quiebra. Pero la palabra escrita también se desmorona cuando el doctor olvida las letras. Poco después, se produce la última desaparición, la del cuerpo mismo.
Pero el relato no concluye aquí, porque, como en un juego de muñecas rusas, la desaparición del doctor Souto está incluida en la investigación de Celina Vallejo, su ayudante. Celina acaba por captar la naturaleza del extraño y terrible proceso que sufrió su profesor, basándose es el misterioso orden de la ropa que llevaba puesta antes de desaparecer. Es como la huella de un fantasma. Celina imagina al hombre extinguiéndose, abandonando la ropa que le cubre, mientras se esfuma en él la última memoria de las palabras.
Eran las palabras las que daban consistencia, cuerpo.
Finalmente, sabemos que Celina “ahora está entregada afanosamente a la tarea de rematar su tesis doctoral”. Es decir, que en el último relato, donde el primero relato queda englobado, se ha vuelto a la normalidad. La tesis doctoral, hecha de palabras con sentido, se reanuda. Y, previsiblemente, tendrá su final, su remate, como nos dice el narrador.
Celina, que ha intuido con precisión lo extraordinario, sigue su camino. El extraño y terrible episodio de la desaparición del doctor Souto se olvida y, por tanto, deja de existir, en una nueva vuelta de tuerca. Como sucedía en el relato del niño lobo, la negación de la evidencia es la mejor forma de defensa contra lo extraordinario.
Olvidar, seguir como si nada hubiera ocurrido.
En “Tres elementos sobre la locura de J.L.B” (1993) se vuelve al tema de la memoria y el sentido de las palabras. En el documento núm.1 el narrador asume la perspectiva de la primera persona. Se hace hincapié en el carácter metódico del personaje –rasgo omnipresente en la narrativa de Merino- y se describe el proceso del cambio de sentido en las grandes obras literarias, iniciado con la obra de Marcel Proust y finalizado con el Quijote. “He venido a dar a un mundo donde no existe la ficción literaria”, declara, horrorizado, el narrador. En el documento núm. 2 se hace recuento de ciento cincuenta novelas que han sido escritas, según se deduce, por el narrador del documento núm.1 y que son clasificadas como material extremadamente singular y peligroso. En el documento núm.3 se da cuenta de la grave enfermedad mental del primer narrador, ahora recluido en un centro de salud mental.
Ha triunfado una perversa normalidad. Lo extraordinario, lo que se contiene en las obras literarias, no puede ser aceptado por los órganos de poder. Imaginamos una sociedad parangonable a la descrita por Orwell en Farenheit 457. La frase final del tercer documento, como sucede en los relatos de Merino, es clave: “El afectado estaba desempeñando el cargo de director de la Biblioteca del Estado”, y damos en imaginar que el constante contacto con los libros ha sido, posiblemente, la causa de la demencia.
El narrador consigue, una vez más, dejarnos pensativos. Nos instala en ese momento de perplejidad en el que atisbamos el desmoronamiento, el abismo que se abre bajo el orden riguroso de las cosas. Hemos intuido un mundo donde las horas están desacompasadas. Hemos percibido, al mismo tiempo y con idéntica intensidad, el esfuerzo sobrehumano que los mantenedores del orden deben de realizar para que el abismo vuelva a cerrarse.
En esta tensión -lo que puede suceder de un momento a otro, la revelación lo que ya ha sucedido sin que nos hubiéramos dado cuenta- reside la fuerza magnética que desprenden los magistrales relatos de JM Merino, que atrapan la atención del lector, le transmiten sus inquietudes y perplejidades y le dicen, finalmente, que la literatura está hecha, en muy buena parte, de sucesos extraordinarios. De todo lo que acontece en la extraordinaria vida.
Pozuelo de Alarcón, octubre 2009
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Comenzó a estudiar Ciencias Políticas en Madrid, pero por problemas políticos se le impide continuar los estudios. Fue a estudiar Ciencias Económicas a Bilbao pero no terminó la carrera. Finalmente estudió periodismo. Se casó a los 21 años y se fue a vivir con su marido, con una beca adjudicada a éste, a Trondheim (Noruega). Tras su vuelta a España, con otra beca, se trasladaron a California donde obtuvo un M.A. en Lengua y Literatura Española y Portuguesa por la Universidad de California, Santa Bárbara y donde nació su primer hijo, el también escritor Diego Pita. En 1974, al tercer año de estancia en California, volvieron a España. Ganó el Premio Sésamo en 1979 con El bandido doblemente armado; el Premio Planeta 1989 con Queda la noche, y el Premio Anagrama de Ensayo 1993 con La vida oculta. Fue galardonada con el Premio Aragón de las Letras.