

Hace más de diez años, en 1998, salió a la luz Intramvros, “un viaje al pasado en la máquina de la memoria”, que José María Merino quiso compartir con sus lectores. Así describe él mismo esta aventura, y añade: “Un viaje a un tiempo tan lejano, que yo mismo sentí mucha extrañeza al hacerlo”. Extrañeza quizá porque fue un viaje de retorno a la vez que de nuevos descubrimientos. O porque el viajero, sin apartarse de su tiempo actual, deja partir hacia un tiempo perdido al personaje que la memoria y la imaginación conciben para ir en busca de aquellos tesoros guardados en arcas y desvanes.
Intamvros - “con la letra U en forma de V, como la escribían los romanos”- es una evocación lírica en que la narración se constituye como una serie discontinua de momentos vinculados por lazos sutiles, suma de intuiciones y emociones asociadas a las anécdotas, los personajes y el espacio. Consta de cincuenta capítulos, cada uno de los cuales tiene la unidad del instante evocado que acopla lo sucedido entonces con la sensación experimentada ahora. En el poema del último capítulo JMM resume esta idea de tiempos simultáneos que se proyectan unos en otros:
Ocupamos lugares, pero los lugares
nos ocupan también
y por fin los lugares y nosotros
formamos un aliento simultáneo
de espacios y de esperas.
Porque no sólo es el tiempo, sino el tiempo-espacio, lo que se confunde en ese aliento. El adverbio de lugar intramuros, que quiere decir ‘dentro de una ciudad o en el interior de un lugar’, nos sitúa en el espacio metafórico de un ámbito interior y nos abre las puertas de un campo verbal que abarca múltiples niveles significativos.
La ciudad es León. El lugar, la memoria que trasciende en todas direcciones por los territorios de la propia biografía. Porque tras los muros de piedra se adivina, luminosa y asombrada, la otra edad, la intraedad, que desde los intramuros del pasado emite lecciones de sabiduría y de vida. El autor rastrea en las atmósferas de la memoria las imágenes del niño que va creciendo y, al querer recuperarlas en el presente, sólo permanece la evidencia del lenguaje que transmite y sugiere mucho más de lo que explica. Porque ya todo se sumerge en las brumas de la irrealidad y los sueños.
Y todos los días de tu infancia, todos los días de tu crecimiento primero, los inicios de la ciudad que has venido a ser y la que nunca has sido del todo, de la que irá cambiando y creciendo sin cesar, para que no puedas acabar de conocerte, esos nueve o diez años que son como pequeños siglos apretados de sucesos minúsculos, extienden bajo tus ojos sus parcelas de asfalto y piedra, de aliento y de memoria, de pérdida y de olvido, con zaguanes desiertos y puertas cerradas y ventanucos en que un rostro te mira pasar de reojo.
Y nadie ha muerto.
Así se declara la identificación del yo con el espacio de la ciudad, sustancia íntima limitada por la piel de los muros donde permanecen ecos de voces lejanas y reflejos de sensaciones recuperadas cuando el “viajero antiguo regresa a la ciudad primera, a la casa originaria”.
Este viajero, el narrador, para indagar en los mundos de la memoria erigidos dentro de sí mismo, necesita distanciarse, verse como en un espejo donde el escenario y el yo lleguen a esa fusión inconmovible que sólo puede suceder en la poesía y en el lenguaje: el yo transmutado en tú, invención de una segunda persona que asume todas las posibilidades de existencia metafórica, en la forma verbal del presente:
Eres esta ciudad y tu enorme lengua áspera, felina, lame las piedras y los recuerdos una y otra vez. Pues la ciudad, tú mismo, oculta otra ciudad, otras ciudades que no son solamente su sombra, la tuya, sino materia palpitante, alborotada por tantos latidos simultáneos. Y tú, que eres todas esas ciudades, eres también su habitante, el solitario que las pasea, el deambulador que recorre sus calles para reconocerlas, en un regreso que va buscando la casa originaria.
En el viaje hacia la ciudad, hacia “la casa originaria”, donde están alojados los recuerdos y los olvidos, el viajero busca el camino para habitarse a sí mismo, y reconocerse en cada una de las vislumbres de ese cuerpo con el que se confunde su propia sombra.
Es tu mirada borrosa de ciudad escarchada, y es al mismo tiempo un reverbero estrellado, fulgurante en los colorines de infinita gama, bajo las bóvedas que tiemblan por efecto del levísimo resuello. Porque esas vidrieras son tus ojos y esas bóvedas el hueco exacto de tus pulmones.
La catedral gótica, como todos los edificios, casas, calles y callejuelas de León, respiran en el lenguaje del buscador de tiempo, tiempo perdido y recobrado, imágenes que también conciernen a quienes exploran en los paisajes de la infancia “el hueco exacto” donde puede estar el tesoro escondido. A los lectores y su mundo.
Los juegos, los amigos, las lecturas, los descubrimientos, la familia, las travesuras, los estudios, todo va apareciendo a lo largo del libro, en el cual encontramos, además de la belleza de la prosa y del fluir narrativo y poético, muchas de las claves de la obra narrativa de JMM. La vocación del narrador de cuentos y de novelas; el mundo mágico en el que se esconden esos misterios que las palabras convocan pero que siguen quedando ahí, como una llamada y una tentación, o el universo fantástico de sus cuentos, sobre todo sus nano, mini, micro relatos, tan próximos a los gérmenes y formas de la poesía; sus reflexiones sobre temas literarios, especialmente el cuento y los demás géneros narrativos; su palabra dicha con justeza y con ese ritmo de oralidad, que convierte muchas de sus conferencias y clases en verdaderos filandones. Porque
Las cosas contadas con nuestro único patrimonio, y con ese murmullo permanente de la ciudad, nosotros, yo, tú, construimos casi todos los edificios de nuestra imaginación cotidiana.
(Permítenos, José María, que nos apropiemos de esos murmullos de tu ciudad, que nos regalas en tus escritos, a fin de armonizarlos con los murmullos de nuestra memoria y de nuestros paisajes, para seguir construyendo edificios poéticos.)
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Nació en Buenos Aires y reside en Barcelona desde 1983. Licenciada en Filología Hispánica. Profesora de técnicas de escritura (cuento y poesía) y de formación literaria en l'Escola d'Escriptura de l'Ateneu Barcelonès. Ha publicado libros de ensayo, entre otros El tejido del cuento; Caminos de escritura; Vida, secretos y costumbres del mundo encantado de las Hadas. Poemarios: Mínimo equipaje, Lecciones de ausencia y Del tiempo y la sombra (Prólogo de José María Merino).