

Cuenta el Génesis que una de las primeras cosas que hizo Adán en el Paraíso fue poner nombres a las cosas, conceder identidad a los animales. Dios no actuó más que como simple alfarero, fue llenando su taller del universo de criaturas indistinguibles unas de otras dentro de su especie y –lo que resulta más sorprendente-, al final esa obra informe le satisfizo.
Plantas por un lado; animales que se arrastran por el otro, más allá los que pueden volar; aquí los que se sostienen sobre dos patas; dentro del agua los peces y, en la orilla de los mares, los anfibios… Montañas y lagos, praderas y ríos, desiertos y barrancos, allá en lo alto unas luces parpadeantes que todavía no eran estrellas porque nadie las había llamado así…
Un enorme disco blanco, pálido y cambiante, iluminaría los periodos de oscuridad.
Y, como remate final a esa obra amorfa, puso a Adán, que miró a su alrededor y no entendió nada, no supo distinguir entre el mineral y el latido, entre el vuelo y el agua burbujeante de las fuentes, entre la mirada huidiza del corzo y la altivez susurrante de los robles en las noches de viento. Ignoro si, a esas alturas del relato, Adán ya sabía que él también era una criatura de Dios, que había surgido de la misma mano o mente que todo cuanto le rodeaba; pero, de ser así, se llevaría su primera decepción.
El Hacedor se presentaría ante él, ante ellos –introduzcamos ya a Eva en la fábula- todo ufano, en plan Señor Absoluto, todo esto lo he hecho yo, mirad cuán poderoso soy, qué demiurgo tan extraordinario, y, muy probablemente, percibiría en las miradas de Adán y Eva una sombra de desprecio. Es muy posible que, como en la película El Rey León cuando Mufasa, desde lo más alto de una roca, presenta a su hijo y heredero Simba, todo el entorno, toda la Creación, se postrara de rodillas y le adorara. Habría resultado interesante, desde un punto de vista estético, asistir a aquella primera aparición en público de Yahvé: todo el orbe inclinado a sus pies, rindiendo pleitesía a su soberano. Únicamente los dos humanos permanecieron de pie, decepcionados ante aquella amalgama de cosas y de criaturas que no tenían nombre.
-¿Y cómo se llaman? –preguntaría Adán, o Eva o cualquier otro de sus congéneres.
Seguramente que Eva, o alguna de sus iguales, mirase a su alrededor y, en silencio, se preguntara qué había pasado ayer, qué misterio se encontraba detrás de este hoy tan insípido que tanto parecía satisfacer al Dios que se pavoneaba ante ellos.
Y llegó la noche, el sol se ocultó, nubes viajeras mostraban y tapaban una luna que creaba sombras movedizas y todo lo surgido de la palabra divina se retiró a sus guaridas.
Los hombres se reunieron en torno al primer fuego, formaron un círculo compacto y descubrieron que no tenían nada que recordar. Más allá de esa primera visión de Dios, no había más que oscuridad, vacío e incomprensión.
Noche y aullidos lejanos. El mundo y la vida, aunque estén recién estrenados, son siempre viejos en el cerebro del hombre.
Alguien dijo me habría gustado más ser el último que el primero.
Entonces, uno de ellos, o quizás fue una mujer, qué más da, se levantó y rompió el círculo. Se acercó hasta la entrada de la cueva en la que estaban y observó la oscuridad.
La noche siempre es noche.
En algún lugar remoto estaría Dios.
Dios, murmuró el hombre. Dios, llamó.
Volvió al cabo de un rato y ocupó su lugar en el círculo.
¿Qué hay ahí fuera?, preguntó alguien.
Y, entonces, el hombre comenzó a hablar. Hace mucho, mucho tiempo, en un lugar lejano…Contó, durante toda la noche contó; durante toda la noche sus semejantes le escucharon extasiados desgranar historias que todavía no habían sucedido, pero que en su boca ya eran pasado, y así permanecieron hasta el amanecer, hasta que los rayos de sol penetraron por la boca de la cueva y avisó a todos que había llegado el día, el primer amanecer.
Y, al salir de la gruta, con las palabras del narrador dándoles vueltas en sus cabezas, todos miraron al mundo y se les antojó que había cambiado, que era distinto al que, la jornada anterior, el Creador había expuesto ante sus ojos como una sábana tendida.
Y comprendieron.
El primer pecado no fue, como dice la Biblia, el de la sabiduría, sino el de la comprensión. De pronto, como por arte de magia, con un poder más grande que el del fiat primigenio, el mundo y ellos mismos adquirían un sentido en su interior. Y todo porque alguien les había narrado su primera historia alrededor de un fuego.
Dios se enfadó mucho ante aquella insubordinación –os he creado para que me adoréis, no para que comprendáis- y hasta los expulsó del Paraíso, pero eso no viene ahora a cuento. Lo importante es, como cree José María Merino, que todo empezó hace mucho mucho, hace cientos de miles de años, con alguien inventando una fábula que ayudara a comprender y a explicar el mundo.
Y así, a la vez que la fantasía, nació la memoria, en el mismo instante en que unas palabras pronunciadas con la intención de contar alumbraron un universo nuevo en la mente de los oyentes. No es posible narrar más que desde el pasado: la fantasía se convierte en memoria, recuerdo, al hacerse palabra.
Desgraciadamente, resulta imposible descubrir qué mecanismos misteriosos se activaron en el cerebro de aquel primer narrador; si era consciente de que su relato servía para ahuyentar el miedo; si descubrió, antes de acabar su cuento/relato/fábula/mito, que comenzaba a desentrañar el manual de instrucciones de la vida y del mundo.
¿Qué llevó al ser humano a inventar, a ser transmisor y portavoz de una realidad inexistente pero mucho más subyugante y comprensible que la tangible? ¿La memoria de quién quería perpetuar?
Lo que sintió será para siempre un misterio.
¿Se repite su experiencia en todos los escritores o la tradición y el uso de las herramientas del oficio han pervertido esa emoción?
Lo que experimentaron los oyentes, los iniciales depositarios de aquel relato, es fácil de averiguar: exactamente lo mismo que nosotros. Oyentes contemporáneos, lectores de las novelas y de los cuentos de José María Merino, somos idénticos a los que en su día tuvieron Phantasia, Homero, Serezade, Cervantes, Borges… El placer de escuchar, de leer una buena historia, nunca se pierde porque, en el más remoto rincón de nuestras almas, existe la necesidad de desvelar el misterio.
Y es que el mundo es misterioso: esa certeza, que Merino conoce tan perfectamente, procede sin duda de aquella primera noche y desde entonces nos mostramos convencidos de que la verdad, el Ábrete, Sésamo que nos franqueará el acceso a la comprensión total, se encuentra oculta bajo fórmulas mágicas o fantásticos velos. Da igual que la Ciencia avance en su desarrollo y que la técnica nos permita hacer cada vez más cosas hasta ayer consideradas imposibles: siempre –nuestro cerebro está así organizado- habrá un caldero de oro enterrado que nos hable de las estirpes que vivieron junto a un río misterioso; la memoria y el sueño alumbrarán una orilla oscura, frontera entre el pasado legendario y el presente; habrá poderosos que pretendan mantener a narradores cautivos; trenes que nos conduzcan al verano; libros mágicos que contengan a la noche y al sueño; habrá un reino secreto en cada imaginación y crónicas de otras gentes y lugares, crónicas mestizas; existirá una raza de invisibles y vendrán días raros en los que todo se trastoque; mujeres como Lucrecia seguirán teniendo visiones del inquietante futuro; barrios en los que buscar refugio; herederos a los que legar nuestros secretos y mentiras; los fugitivos se reunirán en una particular glorieta y hasta transitaremos por días imaginarios. Y nuestro caminar siempre estará jalonado de simas en cuyo fondo se ocultan nuestros más pavorosos fantasmas.
El misterio acompañará siempre al hombre porque es una criatura dual que se mueve entre lo sagrado y lo tangible a partes iguales. Mientras una parte de nosotros mismos profundiza en el conocimiento racional y desarrolla incesantemente las llamadas ciencias de la vida, existe otra que sigue conservando como oro en paño la certeza de que lo misterioso es el auténtico umbral del conocimiento, aunque la proximidad de esa sabiduría, que intuimos peligrosa, nos arranque un temblor de inquietud. El otro lado del espejo, Frankenstein, doctor Jekyll, los sueños de los que José María Merino toma notas adormiladas sobre la libreta que reposa en su mesilla de noche.
Cometeríamos un error si pensáramos que ese aspecto de nuestras vidas -que algunos llaman esotérico pero que yo prefiero denominar misterioso o sagrado- es una rémora del más remoto pasado; un vestigio de aquella lejana edad en la que nos asomábamos titubeantes a la humanidad, cuando aún no éramos hombres propiamente dichos. No es, por decirlo llanamente, secuela del miedo y la indefensión, un recurso más o menos eficaz para huir del pánico de la cueva oscura. Es probable que Dios naciera en una gruta de Atapuerca, en una noche de tormenta, cuando el Homo Antecesor necesitó pensar que alguien, un ser superior, movía los hilos de aquella naturaleza desatada. Ese pudo ser muy bien el origen de lo religioso, que poco o nada tiene que ver con lo sagrado, tampoco con el misterio y fantasía que llena las obras de José María Merino. No es, pues, enfermedad animal ni ancestral esquizofrenia que perdure en las más antiguas células de nuestro cerebro.
El mito, lo fantástico, es una puerta de acceso a una realidad diferente que no entiende de edades y que siempre está ahí, sea cual sea el tiempo que vivimos.
Si, en sus inicios como escritor, Merino, con El caldero de oro y La orilla oscura, parecía sugerir que esa faceta miseriosa de la vida nos retrotraía a etapas anteriores; que consistía en una especie de stargate que unía pasado y presente, cualquier lector de su obra actual percibirá que la más rabiosa modernidad no se escapa de su influjo. Sobre todo en sus últimos cuentos –Las puertas de lo posible- y en los microrrelatos –La glorieta de los fugitivos-, Merino incorpora la actualidad y los últimos adelantos científicos y tecnológicos a su universo particular. Los viajes espaciales, las máquinas y robots, los más modernos medios de comunicación son herramientas tras las que puede esconderse lo intemporal –que no antiguo- y lo misterioso. La liebre, en la imaginación de Merino, salta cuando menos se la espera, ya sea en el sueño, al abrir un microondas o contemplando un programa de televisión.
El hombre viajará hasta las estrellas, pero nunca derribará la distancia que le separe de la inquietud del más allá que se agazapa en su interior. El ser humano, aquel narrador que inició su andadura en los albores de la Creación, podrá, merced a científicos como Einstein, conocer el futuro, pero el mundo y la realidad seguirán asombrándole como a nuestro primer cuentista que observaba la noche y ese sentimiento se plasmará siempre en novelas y cuentos como las que Merino escribe.
Y sabrá que la explicación se halla en las palabras, que Adán hizo bien al poner nombres a las cosas, que la ficción es la mejor y quizás la única vía para construir un andamiaje convincente a nuestra existencia de hombres. Lo supieron Homero y Cervantes, Borges y Merino, Sófocles y Graves, Ovidio y Stevenson… Hechos de células de carbono, ese material que nos compone fue antes, literalmente, polvo de estrellas. Al mirar al universo, la memoria y la fantasía se unen; vemos una realidad de luz que desapareció hace millones de años pero que alimenta nuestras fábulas futuristas. Somos criaturas raras que necesitan del símbolo y el mito para sostener sus vidas; nos alimentamos de pan y de historias como las que escribe José María Merino. Una búsqueda inacabable, un mapa secreto envuelto en el misterio. Un universo, al fin, merinesco.
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(Marcillo de Bureba, 1961) Comenzó su andadura periodística en Diario 16 Burgos, en su suplemento de Cultura, y posteriormente pasó al Norte de Castilla, periódico vallisoletano donde se incorporó como articulista político en 1992. Colaborador habitual de diversos medios, su firma es habitual en revistas especialiadas como Delibros, La Clave, Mercurio, La Página… También ha participado en diversas tertulias radiofónicas y televisivas, como Espejo Público de Antena 3 tv. Ha publicado las siguientes novelas: La herencia de Ayala, Premio Ateneo de Valladolid en 1992; llegada para mí la hora del olvido (Alfaguara, 1997); Palabras de madera (Espasa, 2001), El secreto del agua (Alfaguara, 2004) y los libros de relatos Cuentos del nunca más y El rastro de la ficción.