

Desde su primer libro, Novela de Andrés Choz (1976), José María Merino ha construido un universo narrativo propio donde lo fantástico y lo real se confunden en un mismo plano. Sus relatos, que lo han convertido en uno de los cuentistas indispensables de la Literatura española, recopilados en Cincuenta cuentos y una fábula (1997), son una investigación constante en el esfuerzo por ampliar más y más los límites de esa cohabitación entre la fantasía y la realidad, lo que ha hecho de Merino un auténtico virtuoso en el dominio de ese instrumento tan complejo y difícil que es la lengua.
La orilla oscura (1985), con la que consiguió el Premio de la Crítica, lleva ese realismo fantástico hasta horizontes inquietantes y tenebrosos. Los trenes del verano / No soy un libro (1993), Premio Nacional de Literatura Juvenil, se decanta por el humor y la ironía. En esos casi diez años que separan a estas dos obras, la prosa de Merino se fue aclarando, hasta conseguir depurar los elementos narrativos para contar más con menos, como esos pintores que limpian y limpian las masas de óleo del lienzo para conseguir expresar la idea inicial con las mínimas pinceladas posibles.
Si el realismo mágico es un ejercicio barroco y modernista, un juego metafórico, el realismo fantástico de Merino, que tal vez tenga sus antecedentes más próximos en autores como Kafka y Papini, sin olvidar a Borges, es una depuración de estilo, una fórmula para contar con técnica naturalista lo que él mismo ha dado en denominar realidad virtual [Ficción continua (2004)], construida en la imaginación del autor gracias a la sucesión de palabras escritas donde los objetos y los conceptos universalmente aceptados conviven con símbolos y mitos extraídos de otras lecturas y de la propia experiencia del narrador, que los ha ido almacenando en su inconsciente particular.
Un inconsciente emparentado con el mundo de los sueños, tan reales para quien los vive dormido como la realidad a la que se enfrenta en la vigilia, aunque al despertar lo soñado se desvanezca y resulte tan abstracto que paulatinamente, en pocos segundos, se va evaporando hasta el olvido. Volviendo a Ficción continua, en el primer ensayo de este libro (El narrador narrado), Merino se considera “narrador de ciertas sombras invisibles”, porque la literatura –añade– “tiene la gran virtud de poder infiltrarse con naturalidad en todas las zonas oscuras e invisibles que rodean las apariencias más serenas de lo cotidiano, y utilizar los sueños como material creativo de la misma solidez y dignidad que los elementos más razonables de la vigilia”.
Merino es un prodigioso cazador de sueños, como demuestra con una de sus obras menos conocidas aunque tal vez más originales e interesantes, Tres semanas de mal dormir (2006), auténtico libro de estilo del realismo fantástico de su autor. Durante veintidós días (veintiuna noches y una noche), redactó el diario nocturno de un insomne, registrando los sueños que asaltaban su duermevela y sujetándolos a la realidad en ese instante de lucidez que permite apresarlos antes de que se desvanezcan con el despertar total.
En la primera semana recogida en el libro describe la realidad del insomne, el cansancio de enfrentarse a un “libro de la noche” donde cada salto de página es un despertar: “El insomne tiene sed de sueño como el vampiro de sangre”. La crónica de la vigilia se mezcla con la narración de los sueños que la interrumpen, junto a reflexiones que van situando en un mismo plano –¿el de la literaria?– lo real y lo soñado: “…pienso en lo difícil que resulta la verosimilitud en literatura y cómo, sin embargo, los sueños, por muy absurdos que sean, están cargados de verdad. Es que los sueños, como la realidad, no necesitan ser verosímiles”.
Según avanza el libro, los sueños roban espacio a los momentos de vigilia, pero Merino no incurre en técnicas abstractas para narrarlos, los describe como un cronista objetivo de esa otra realidad, en ocasiones absurda, aunque no menos real a ojos del insomne que lo vivido durante la vigilia.
Acaba el libro con un relato hilvanado con fragmentos de sus sueños, en el que el soñador protagonista cree al final caer en otro sueño, lo que parece convertir esta ficción en esas muñecas rusas que encierran en su interior otra y otra, hasta el punto de que parece que jamás va a encontrarse la última. Es como la fotografía de alguien mirándose en un espejo que lo refleja, y en el reflejo del espejo se ve a la misma persona reflejada en otro espejo más pequeño que vuelve a reflejarla, y así sucesivamente… hasta que la vista es incapaz de distinguir por su mínimo tamaño el último espejo con su correspondiente reflejo que, sin embargo, debe estar ahí y seguirá repitiéndose hasta el infinito, reflejo tras reflejo.
El realismo fantástico de Merino, como los sueños, se alimenta del universo real. Una realidad que, una vez convertida en ficción literaria, se transforma en “realidad imaginada” y es capaz de dar coherencia “a los más extremados productos de la locura”.
![]() |
Ponferrada, León, 1959) Es editor y periodista. Actualmente dirige la editorial Rey Lear y anteriormente fue redactor jefe de Diario 16 y del semanario Tribuna. Ha dirigido publicaciones como Madrid Económico y ha colaborado en los principales medios de comunicación españoles: ABC, Tiempo, Interviú, Cambio 16, Capital… Como crítico literario ha colaborado con Leer y Revista de Libros.