

Pocos autores de ficción se atreven a enunciar su propia poética. La mayoría suelen seguir la costumbre bien arraigada entre nosotros de dejar que la crítica adivine sus ideas al respecto. José María Merino ha sido una excepción, tanto en sus escritos como en sus conferencias, donde siempre deja claro qué es para él la literatura, y la importancia que desempeña la imaginación, por poner un ejemplo, en sus creaciones. Es un acto de valentía y además uno de importancia simbólica para los críticos y narradores contemporáneos, pues indica con enorme convicción sus propósitos, que nunca coinciden con los señalados por la crítica aficionada a hacer de aduanera del gusto. En las páginas que siguen tomaré el discurso pronunciado por Merino con motivo de su entrada en la Real Academia española, Ficción de verdad,1 al que intentaré poner en el contexto de la narrativa española actual.
Para quienes nos iniciamos en el estudio de la literatura guiados por profesores como Fernando Lázaro Carreter y Ricardo Senabre, hay una crítica literaria de novela, de hecho la predominante en el panorama español, que nos ha sido totalmente ajena, la que ha llevado a cabo una defensa a ultranza del texto como una realidad puramente inventada. Sus paladines recurren con frecuencia a frases como ‘aquí encontramos literatura pura y dura’, pronunciamiento que blanden a modo de enseña para enfrentarse a la literatura de corte realista del presente, de la que, según tales aduaneros, emana un fuerte olor a garbanzos, y que cuando se trata de degradar aún más se la denomina costumbrista. Curiosamente, Merino, al igual que sus íntimos amigos, Luis Mateo Díez y Juan Pedro Aparicio, son clasificados desde esa perspectiva de humanismo radical dentro de la corriente de literatos idealistas que situamos dentro del modernismo, no el del color azul y los cisnes, sino el modernismo europeo del primer cuarto del siglo XX, de Proust, por citar un autor, es decir, los colocan junto a quienes postergan la realidad palpable, cotidiana, como fuente de inspiración creativa. Como si tal cosa fuera posible. Quienes hemos leído y escuchado conferencias de Merino sabemos de su sempiterna defensa del carácter mítico de la literatura, pero que tampoco deja de mencionar entre sus maestros literarios a nuestros Benito Pérez Galdós o Leopoldo Alas Clarín, lo que en principio parece disonar de otras ideas suyas. A deshacer este entuerto o supuesta disonancia, y valiéndome de lo dicho por Merino en su discurso, dedico las siguientes páginas.
El discurso de Merino es iluminador por diversas razones, y no es la menor el que la explicación de sus ideas sobre la ficción vienen acompañadas de un ejemplo, de cómo se crea un cuento. Paso a paso, Merino nos va relatando el proceso creador de una sugerente historia. Lo que en el título denomino poética bien podría pensarse como modernista, por diferentes aspectos de la misma que vienen enunciados, y que son 100% modernistas en el sentido más puro. Pero como digo hay algo más.
El territorio Merino
Una conversación con el autor trasmite enseguida la riqueza de una mente curiosa por todo lo humano, de una persona que posee un verdadero arsenal de experiencias, adquiridas por una infinita curiosidad y dotadas de significado por una potente inteligencia. Su verbo las envuelve de un calor y entusiasmo muy Merino. Por ello, a nadie sorprenderá que el discurso comience aludiendo a las connotaciones que la palabra M, la del sillón que le corresponde en docta casa, siendo la principal que coincide con la de su apellido y de palabras tan significativas como “madre y música, pasando por madurez, magia, manantial, mar, melancolía, memoria, mestizaje, metamorfosis, montaña, mito o muerte, hacen resonar para mí un eco singular en la literatura y en la vida. ¿Puedo decir más en el campo de lo simbólico? (p. 10) Así sabe acotar Merino su territorio, uno en que las palabras ocultan su verdad anudada por un símbolo.
Unas pocas páginas después leemos esta frase que viene en letra bastardilla: No fue el ser humano quien inventó la ficción, sino la ficción lo que inventó al ser humano” (p. 16). Aquí claramente vemos que se revela heredero, partícipe de una de las premisas del modernismo literario, y que a los españoles no deja de recordarnos a Miguel de Unamuno, quizás incluso a su novela Niebla (1914), donde una frase similar no desdeciría de otras que allí encontramos. Esta aparente paradoja tiene mucho que ver con la lectura, pues viene a decir que el hombre al leerse en la ficción aprendió a conocerse, a descubrir los lados en sombra de su persona, de su personalidad.
Otra frase igualmente reveladora es: “la ficción siempre es un camino distinto del de la pura crónica y no pretende adscribirse a la mentira o a la verdad, porque la buena ficción siempre resulta una revelación, mediante lo simbólico, de lo que la realidad esconde.” (p. 19) De nuevo, la coherencia de su pensamiento se muestra en que no habla de vedad o invención, sino de encontrar lo simbólico de la realidad allá donde se esconda. Vemos, pues, que Merino toma la ficción y como si fuera un reloj de arena lo da la vuelta. No es el hombre el que crea la ficción, sino al revés. Y el autor es un buscador de sentidos allí donde se hallan agazapados. Y añade inmediatamente algo especialmente significativo, “la ficción narrativa como la poesía, hay que sentirla” (p. 19), que viene a situarlo en la órbita del modernismo, la de relacionar la ficción con la poesía, a aceptar ese legado de la novela modernista, que en efecto absorbió a la poesía en un texto de prosa, como magistralmente muestran las prosas de José Martí, Rubén Darío, Juan Ramón Jiménez (Platero y yo) y Ramón María del Valle-Inclán (las Sonatas).
Por eso, en “la ficción, desde aquellas primitivas historias orales hasta las sujetas a los diversos requerimientos de la Literatura, está la historia más segura de nuestros sueños. (p. 25). El sueño y la poesía, nos confirma, vienen a ayudar a mostrar esa cara oscura de la realidad creada por Merino.
Ahora, hay un elemento esencial de su poética (de Luis Mateo Díez, de Juan Pedro Aparicio2) que complementa esta vertiente que a falta de mor denominación llamo modernista, que es la realista. Demasiados críticos, como ya apunté no han entendido que la evolución del género no ha prescindido en ningún momento de los grandes hitos de la narrativa, como puede ser Galdós o Clarín, y no prescinde porque no hace falta. Defender una manera de escribir novelas, que prefiere, como en el caso de Merino, desvelarnos lo que el mito, el sueño, la poesía, la sensibilidad, puede descubrí en la realidad no significa que el componente realista desaparezca. Cito al autor leonés: “las hermanas Brontë, Dickens y Thomas Hardy; Pushkin, Chéjov y Tolstói; Balzac, Stendhal y Zola; Emilia Pardo Bazán, Clarín y Galdós nos muestran, a través de sus ficciones, unos panoramas sociales y familiares, urbanos y rurales, inmediatamente accesibles, más allá de las estadísticas y de las reseñas puramente históricas, con las claves certera de la urdimbre social y del componente moral. Porque la novela, la ficción, la verdad poética de la literatura desentraña la realidad de una forma que, por muy imperfecta que pueda ser, jamás podrá llevar a cabo el estudio más refinado de los puros datos y de los meros hechos, (p, 28). ¿Cómo se explica esto?
Muy sencillo, y Thomas Pavel acude en nuestra ayuda.3 Los destacados escritores realistas saben presentar la realidad desfamiliarizada. Cuando leemos un texto de Galdós no encontramos allí la realidad tal cual es, sino que los verdaderos autores le saben dar un giro, hacerlas extrañas, para podamos hallar los recovecos en sombra, donde yacen. Así, como hace Merino, el realismo viene a sumarse al modernismo, y la ficción a adquirir ese carácter que tan bien describe, “una forma exclusiva de verdad” (p. 47).
La novela, que cada día se revela más difícil de definir, cuando se manifiesta en las páginas de un buen narrador siempre sabe sumar, aprovecharse la excelsa trayectoria del género, aunque, por supuesto, siguiendo la propia preferencia, como hace Merino.
Notas del artículo:
1.- Madrid: Imprenta T.G.Vigor, 2009.
2.- Los tres son admiradores de la narrativa española del XIX. Juan Pedro Aparicio ha dejado recientemente testimonio de aprecio en un excelente artículo, “Benito Pérez Galdós, Un voluntario realista. Episodios nacionales”, en Revista de Libros, 139-140, julio-agosto, 2008.
3.- Me refiero al libro de Thomas Pavel, Representar la existencia, Barcelona, Crítica, 2005.
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Es catedrático de Literatura Española en la Universidad de Amsterdam e investigador en el Amsterdam School for Cultural Analysis. Ha sido Presidente de la Asociación Internacional de Galdosistas. Ejerce además como crítico literario en El cultural del diario El mundo, y como miembro y secretario del jurado del premio Nadal (2000-2009). Sus tres últimos libros de ensayo son Los mercaderes en templo de la literatura (2004), La modernidad silenciada: La cultura española en torno a 1900 (2006), y Una venus mutilada: La crítica literaria en la España actual (2008). Ha publicado también numerosas ediciones de Galdós , entre otras, Miau, Tristana, Doña Perfecta, La desheredada, y Cuentos de Galdós . Las dos últimas ediciones han sido El 19 de marzo y el 2 de mayo (Biblioteca Nueva, 2008) y Fortunata y Jacinta (Espasa Calpe, 2008). Ha prologado asimismo textos galdosianos como La Fontana de Oro y Torquemada en la hoguera. Completa su perfil crítico y académico su faceta como creador, pues es autor de una novela Querida hija (Destino, 2000) y dos libros de cuentos Adios, Helena de Troya (Destino, 1997) y Azulete (Destino(2000).