

Cuando uno es lector, a veces imagina, o simplemente quiere saber quién es el ser humano real que hay detrás de quien firma una novela, un libro de relatos o un texto poético. Con frecuencia hemos oído a personas cercanas a nosotros que el conocimiento del creador les ha producido, si no una decepción en toda regla, sí desencanto en el grado que sea. Es discutible si esto aporta o no algo a la dimensión estrictamente literaria del personaje. Eso sí, el lector, igual que todos, nunca puede renunciar al reducto de humanidad que compone y moviliza buena parte de sus acciones, intelectuales y de cualquier otro tipo, por más que pretendiésemos despojarnos de tales actitudes. A veces pienso que cierto carácter terapéutico de la literatura reside, como ocurre con los médicos, en que te den una palmada en la espalda, con lo cual parece que te han alejado para mucho tiempo todos los males habidos y por haber.
Confieso que, salvo dos o tres excepciones de para mí mediocres escritores, nunca he tenido esta sensación negativa. Más bien, todo lo contrario. Quizá por ser un mitómano, seguramente por la condición de bondad y disposición del escritor. Y confieso que he conocido a muchos, con los que he podido compartir tiempo, compañía, mantel, incluso algunas complicidades y, desde luego, buenos momentos.
La suerte proporciona en la vida múltiples alegrías. Humanas y literarias. Entre ellas, me siento deudor permanentemente agradecido de haber podido acompañar en no pocas citas que los/nos reunía en un Filandón, a Juan Pedro Aparicio, Luis Mateo Díez y José María Merino. Tres amigos. Tres voces literarias distintas. Tres enfoques vitales con ópticas que ofrecen diferentes melodías. Tres magníficas personas, desde luego, como conclusión esencial y como entendimiento definitivo.
Al regreso de una estancia compartida en Nueva York –inolvidables, por razones literarias, los espacios del Cervantes y el Bronx-, escribí un artículo, “Los laberintos de la memoria”, en el que intentaba rastrear la aventura americana, neyorquina entre otras, de mi abuelo paterno. “El Museo de la Inmigración, en el que tuve como guía excepcional a José María Merino, es un testimonio estupendo de cuantos buscaban en esta ciudad su futuro”.
Esta afirmación, plenamente consciente, venía a corroborar una convicción que me explicaba muchas pautas de entendimiento literario y humano, respecto a la dimensión de un escritor por el que la admiración y el reconocimiento ya vienen de lejos. Viene a confirmar la permanente curiosidad de José María Merino, curiosidad en su sentido aristotélico de búsqueda del conocimiento, de la sabiduría. La sabiduría en el sentido más puro, primigenio y real, como sustento del entramado vital que se encarna también en lo literario. No de otra forma puede explicarse que hayan sido los diccionarios –esos “espacios sagrados y misteriosos”, según sus propias palabras- los primeros libros que haya manejado, ya de niño, y los que despertaron en él la curiosidad y el amor por la literatura. Lo recordó en el discurso de ingreso en la Real Academia Española el pasado 19 de abril: “Y a menudo, consultar el diccionario me deparaba un nuevo viaje mental, una aventura interior que me iba haciendo fondear de palabra en palabra como un bergantín en las islas del más denso archipiélago”.
La chocante curiosidad infantil explica, por una parte, la precisión terminológica de su obra, de una exactitud y riqueza lingüística admirable, avalada por su permanente curiosidad, diccionarios incluidos, y por otra, el efecto lector de mucha intensidad y amplia mirada que siempre ha practicado. Es bueno leer, a pesar de su brevedad, el artículo con que obtuvo el Premio Periodístico sobre la Lectura de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez, “El territorio de lo que somos” (ABC, 19 de diciembre de 2008), del que tomo estas palabras: “Leer nos da acceso al gran espacio de la imaginación reveladora: el país de lo que somos, el territorio de lo que sentimos”.
A la ingenuidad con que uno mira las cosas le sorprendía que un escritor que indaga sobre lo fantástico a lo largo de prácticamente toda su obra narrativa viva con tanta intensidad la realidad. Es verdad que las relaciones entre literatura y vida, entre arte y realidad son hoy enormemente complejas. Es verdad que la ficción no sólo puede esconderse, sino que se esconde con frecuencia detrás de cualquier hecho cotidiano, como refiere con frecuencia nuestro escritor. Pero no deja de ser chocante, o sugerente, o provocador, o seguramente real, quién sabe, que “la buena ficción siempre resulta una revelación, mediante lo simbólico, de lo que la realidad esconde”, idea fundamental que este también teórico de la creación, con especial incidencia en el relato breve (Ficción continua) –y aquí tiene el lector otra derivación más de esa curiosidad- expuso en su discurso de ingreso en la Academia. “La literatura –dijo también-, la ficción, es pues un modo específico, incomparable, de desvelar ciertos aspectos de la realidad”. Se me antoja denominar esta actitud de Merino como la sabiduría de la ficción, que es, como digo, otro de los reflejos de la curiosidad, sólo que, en este caso, con el elemento añadido de la voluntad y capacidad creadora.
Lo dicho parece chocar con el espíritu racionalista que uno advierte detrás del narrador, como si también aquí la problemática de la identidad –otro de sus temas literarios siempre vivos- hubiera de ser despejada. No creo que sea así. José María Merino es persona de rigor, claridad y orden. Y encaja perfectamente en esta aceptación de que la ficción “explica” con frecuencia la realidad. No podemos olvidar, casi como simple hecho anecdótico, pero relevante, que todos recurrimos con más frecuencia cada día a la idea que se esconde detrás del enunciado “La realidad supera la ficción”.
Podríamos llevar hasta los territorios de la casuística –y no sería un estudio vano- este espíritu permanentemente curioso de nuestro narrador. Desde las grandes líneas de conocimiento sancionadas como tal (filosofía, historia, arte, música, actualidad, mineralogía…) hasta aquellas que se entreveran en el fluir de cada día, todo le interesa, nada le es ajeno, recordando aquel viejo axioma clásico. Observa, escucha, lee, ordena, espiga, aprende perfectamente, en un proceso de nutrición intelectual que asombra. La búsqueda de ese conocimiento profundo de la realidad se desvelará, al menos en algunos casos, a través de la ficción. Un empeño duro, sin duda, que explica, en parte al menos, una abundante obra con notable variedad temática. Entre las claves narrativas que hemos de tener en cuenta, las “experiencias mías, procedentes de la persona que soy”. No es de extrañar, en esa línea de coherencia, que el ser humano, “gracias a la narración fue dando orden y sentido al caos del mundo y dotándolo del componente imaginario preciso para poder interpretarlo y sentirse suficientemente seguro ante él” (Ficción continua).
Esa capacidad de orden y reflexión hace –y, por lo mismo, no es un hecho contradictorio- que pocas cosas sean, a mi juicio, producto del azar en la literatura de Merino. Esa curiosidad sustenta, en buena parte, la consistencia de ese hermoso entramado que es su obra literaria. Siento no poder documentar la entrevista –no registré los datos, sólo el contenido-, pero estas palabras del escritor son totalmente esclarecedoras: “No perdáis la curiosidad. La curiosidad es fundamental, en el mejor sentido; el intentar entender las cosas que nos rodean, conocer otros sitios, conocer más gentes, saber cómo es la vida. Y yo es que sigo teniendo mucha curiosidad. El día que pierda la curiosidad, se perdió el motor”.
El motor continúa en marcha, y cómo, y gracias a esta actitud generosa de permanente aprendizaje, el maestro sabio edifica una de las obras literarias más consistentes y atractivas de nuestro actual panorama.
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(Santa Lucía de Gordón, León, 1946) es Profesor de Literatura. En 1985 crea, y coordina desde entonces, el suplemento Filandón de Diario de León, suplemento distinguido en el año 2004 con el Premio Nacional de Fomento a la Lectura. Ha participado en diversas Conferencias Europeas sobre la Lectura, asistido como ponente a varios cursos universitarios sobre Lectura en el Aula, Literatura y Encuentros sobre Nuevos Lenguajes, especialmente vinculados al periodismo estos últimos, e impartido cursos y conferencias sobre Literatura Infantil y Juvenil por buena parte del territorio español y diversos países de América. Ha publicado una docena de libros, de creación (Un colegio redondo de cristal, Paniplús, el elefante... ) y de divulgación (Música y poesía para niños, José Martí. Hombre y poeta, Antología de poetas españoles, Antología de poetas hispanoamericanos, El Siglo de Oro de las Letras Leonesas, Leyendas de León. Pasado mítico de una tierra...), además de numerosos títulos colectivos y miles de artículos.