

La extensión y complejidad de la obra de José María Merino hace tarea casi imposible cualquier intento de interpretación en unas líneas. Es por ello por lo que mi atención se centrará en uno de sus últimos textos, novedoso in duda. Conjuga el mundo de los tópicos medievales (concretamente el del locus amoenus) con la elaboración de una nueva poética para el género de los microrrelatos, “nanocuentos”, como le gusta denominarlos a José María Merino. A ello hay añadir el hecho de que, de esas reflexiones, surgen los justos e inmediatos frutos creativos: el “Apéndice: Diez cuentos congresistas”.
La obra se incluye como segundo bloque (“Segunda parte: la glorieta miniatura”) perteneciente al libro La glorieta de los fugitivos (Páginas de Espuma, Madrid, 2007). Se trata de un compendio de relatos anteriores que en su primera parte rescata muestras narrativas pertenecientes a Días imaginarios y Cuentos del libro de la noche, así como una sección que incluye “Inéditos y dispersos”.
“La glorieta miniatura”, objeto de estas reflexiones, fue la ponencia con la que José María Merino participó en el IV Congreso Internacional de Minificción, celebrado en la Universidad de Neuchâtel en 2006. Se trata de 25 ficciones muy breves en las que, con participación del profesor Souto (alter ego como en tantas ocasiones del propio autor) José María Merino lleva a cabo curiosas reflexiones sobre los microrrelatos, sin que falten inesperadas divagaciones sobre la creación literaria en general. La muestra es por tanto merecedora de elogios: pocas veces un autor ha presentado en un congreso un trabajo científico de planteamientos alegóricos, lúdicos y metaliterarios. Los microcuentos son, simultáneamente, un juego literario de tono simbólico (al estilo de Gonzalo de Berceo, Lope de Vega y Cervantes) en la primera parte y un juego creativo personal en la segunda (“Apéndice: Diez cuentoscongresistas”) dedicados a cada uno de los compañeros del encuentro universitario.
En la primera secuencia (“De lingüista a lector”) El profesor Souto (de ecos tan queridos de la persona de Sabino Ordás y del crítico maragato don Ricardo Gullón) sale de su delirio irracional al descubrir que…“las palabras no eran otra cosa que el vehículo de aquella ficción que el cuento relataba”. El profesor recupera la cordura pero, sobre todo, “el lingüista se había hecho lector, al fin”. El autor lo había ganado para su causa, resolviendo así uno de los enigmas del ser humano, saber si el lenguaje hace inteligente a la criatura humana o si ésta, inteligente, inventa el lenguaje: “La ficción fue la primera sabiduría de la humanidad”. Es por ello por lo que no caben dudas al respecto: “La ficción fue la primera forma de comprender la realidad”. Desde estos presupuestos, y en su sana razón, el profesor Souto está en condiciones de ordenar el mundo, como observamos en la secuencia 3: “No fue el ser humano quien inventó la ficción, fue la ficción lo que inventó al ser humano, pensó el profesor Souto, y se sintió más cuerdo que nunca”. Tan convencido se encuentra de su hallazgo, que no duda en afirmar que “contamos las mismas historias una y otra vez”. De contar una historia nueva, el hombre habría superado su etapa de homo sapiens sapiens.
El Jardín Literario
El profesor Souto está en condiciones de iniciar su viaje, quijotesco, a pesar de haber en teoría recuperado su cordura. O más bien, es el nuevo Berceo, explicando la primera alegoría de la literatura medieval. “Después de pasar tantas y tantas páginas de ficciones (…) descubrió el Jardín Literario”. Desde estos ecos medievales, José María Merino ofrecerá una versión bíblica, pero no estricta. Al mito del Génesis el escritor añade elementos de otras culturas, sin que falte Satanás y, sobre todo, “ángeles y ángelas (…) con los pechos al aire y libros de versos y rosas en las manos”. El Jardín Literario se convierte para el profesor Souto en el escenario de la humanidad “porque sólo allí está la historia del corazón humano, con todos sus latidos, sus pasiones, sus quimeras, sus infartos”. Se trata por tanto del jardín de la creación literaria, pero también del amor.
El tono alegórico del maestro Berceo se actualiza en la secuencia “8. Orientaciones”. Las estrofas de la Retórica clásica hallan su bella ubicación botánica, sin que falten “los parterres de la poesía de la experiencia”. Flota un extraño clima de armonía y panteísmo, estético lo que explica la presencia de “laberintos, y en ellos pueden encontrarse lectores de mirada extraviada, que, ya ni siquiera recuerdan cómo se pregunta por la salida de emergencia”. En su felicidad estética no la necesitan.
Pero no hay que olvidar que el objeto del trabajo de José María Merino es el análisis de los microrrelatos. Aparecen éstos, recoletos y diminutos, en “La glorieta miniatura”. Allí están, pequeñísimos, pero henchidos de belleza: “lindando con los alcorques de la leyenda, los macizos de la fábula, los parterres y pabellones de la poesía y las paraderas del cuento”. Bella definición alegórica de un género tan breve. Es un mundo en miniatura, “y en él pululan hombrecillos y mujercitas, pájaros casi microscópicos y toda clase de objetos y animales de tamaño también muy reducido”.
Peculiaridades de estos especímenes
El estudio de estos elementos ha sido el objetivo científico del profesor Souto a lo largo de los años, “la obra de una vida”, recogida en “diez mil y uno caracteres (con espacios), es decir ¡casi siete folios y completos!”. La obsesión por la brevedad lleva a los jardineros-creadores a sueños enloquecidos: “conseguir un minicuento que no precise texto, ni título”. El milagro parece confirmarse con los recursos metaliterarios. La secuencia 12,”A primera vista” presenta el perfil inalcanzable por su perfección y equilibrio de estas creaciones: “Uno de los principios de jardinería en la Glorieta miniatura es que el microcuento más largo y el cuento literario más corto tiene la misma extensión, lo que suele confundir incluso a los especialistas”. En la secuencia 18, además de hablar de otras especies, el autor lanza una hipótesis misteriosa: “Un minicuento podría brotar incluso en este mismo texto, si es que no ha brotado ya”. Recuérdese el endecasílabo verso de Lope cerrando su celebérrimo soneto: “contad si son catorce y está hecho”. De entre las diversas clases, “los mejores microrrelatos son los que toman tanto como dan: ellos se fortalecen con la memoria del lector, y él se regocija con la nueva apariencia del mito: un toma y daca tan perfecto y satisfactorio como una buena cópula”.
De ahí la condición de vida orgánica y reproductoras (en la que no faltan las “Hibridaciones” y “Mutaciones”) que presentan. Lo describe con expresivo lirismo el profesor Souto: Después de la polinización dos o diseminación por esporas…”un poema acaba fecundando a una fábula que pone un huevo en forma de aforismo y termina en u n beso ávido o una puñalada entre los protagonistas”. De ahí la sutileza con la que José María Merino alude a la tradición literaria, siempre renovada pero pocas veces nueva. Nihil novum sub sole, a fin de cuentas: “Permite que reencontremos un minicuento nuevo y sorprendente en eso que tantas trazas tiene de aquel relato brevísimo que nos deslumbró una vez, y que acaso escribió un tal Chuan Tzu hace cientos y cientos de años”. De esa simiente secular brotan y “florecen las minificciones: a cualquier hora del día y de la noche, con lluvia y con sol, bajo la helada y contra el viento, abren imprevisiblemente sus pétalos de infinitas formas y colores, y los vuelven a cerrar casi antes de que lo curioso pueda advertirlo claramente. Hay que tener buena vista, y paciencia”.
Dado que la bella alegoría comentada tiene es en el fondo una poética sobre el microrrelato y su diagnosis, la secuencia 22 lleva por título “Tres sentencias lo mínimo de magistrales”.De entre ellas, la tercera es decisiva: III.-En el jardín de la minificción hay que precaverse contra la abominación del clon. Sano consejo.
Final con homenaje cervantino
Si Gonzalo de Berceo y Lope de Vega han recibido su justo homenaje, Cervantes no puede ser menos. Un día el profesor Souto sufre la mordedura de un cuento carnívoro y “la mordedura se infectó y quedó manco. Así fue como se le ocurrió escribir el Quijote más breve del mundo”. Su texto cierra la obra en la secuencia “25.- Historia de don Quijote. En un lugar de La Mancha vivió un ingenioso hidalgo y caballero que estuvo a punto derrotar a la Realidad”.
El homenaje cervantino se completa con el “Apéndice. Diez cuentos congresistas”. Dedicados a los asistentes, sirven de confirmación de cómo el escritor no se limita a dar líricas recetas sino también a ponerlas en prácticas con los jueces más rigurosos, sus amigos y compañeros. Finaliza así un texto cuya brevedad narrativa esconde sorprendentes aportaciones sobre la creación.
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(Amatos de Alba, 1946) Es catedrático de Literatura. Además de obras de divulgación (como Relojes de sol en León, 1997, en colaboración con José Luis Lorente) o Todos los caminos llevan a Santiago, 2005, este último con fotografías de Miguel Sánchez y Puri Lozano) ha publicado en Editorial Anaya Lorca y Valle en el teatro contemporáneo (1991)y Selección nueva de romances viejos (2000). Ha publicado ediciones de Historia del valeroso caballero don Rodrigo de Peñadura (León, 1988) y de la novela de Menas Alonso, Vendimiario (2001). Miembro del equipo del suplemento literario “Filandón” del Diario de León, su actividad de crítica literaria se reparte en cientos de artículos en este suplemento y en otros medios de prensa, especialmente referidos a la narrativa contemporánea. Además de estudios sobre el teatro leonés en el siglo XVII, ha colaborada en obras como El siglo de León e igualmente Los pueblos de León. Es también autor de una Guía de Alba de Tormes (León, Edilesa, 2001). Su última obra ha sido un estudio de la narrativa leonesa en el siglo XX, incluida en El siglo de oro de las Letras Leonesas (2007). Ha sido miembro de múltiples jurados literarios, entre ellos el Premio de las Letras de Castilla y León y el Premio Nacional de Narrativa.