

Mi primer problema con Merino fue un poco antes del Tercer Congreso de la Lengua de Rosario. Aprovechando que yo asistiría, el sello Alfaguara de Buenos Aires me propuso hacer un diálogo en público con Juan José Millás, a quien leía desde hacía tiempo, cosa que acepté de inmediato, por la oportunidad de conocerlo. Poco después me anunciaron que aprovecharían a su vez esa situación para agregar a José María Marino. Pedí ver por lo menos algo de él, porque hasta ese momento no solo tampoco lo conocía, sino que no lo había leído. Por último se sumó Carme (aprendí que decir Carmen en catalán era sacarle una n) Riera. Pronto me llegaron libros de esos dos autores adicionales.
Ese primer libro, Cuentos de los días raros, fue para mí, incluso ahora que lo conozco mucho mejor, mi puerta privilegiada para acceder a la obra de José María Merino. Para emplear una conocida metáfora rioplatense, me caí de culo. Considerándome hasta cierto punto un relativo especialista en el campo de la literatura fantástica y de ciencia ficción, no podía creer que se me hubiera escapado hasta entonces semejante autor. Me sorprendió que el modo en que mezclaba fineza y complejidad en los numerosos mejores cuentos del libro, se pareciera al modo en que se ejercía (famosamente) el género en el Río de la Plata. Aunque me fascinó sobre todo que su capacidad de urdir tramas que entraban al otro lado de lo real no se pareciera tanto a los sempiternos Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, como a una corriente más existencialista, por así llamarla, que había florecido sobre todo en Uruguay, con autores como Felisberto Hernández, y en particular Mario Levrero.
El cuento que acabo de releer para volver a disfrutarlo, porque era el que más me había impresionado por su originalidad, es “Papilio Síderum”, que une, en un solo relato largo genial, tanto teoría en práctica sobre el cuento, como alucinaciones probables, y el repetido destino del personaje principal de no poder volar (como pasaba en la novela París, de Levrero). De memoria en cambio recuerdo la penetración con que se trataban algunas faunas familiares, o el desplazamiento de los lugares y del tiempo en la percepción de los personajes.
Por suerte aquella mesa cuatripartita de autores más un servidor se realizó (a pesar de la relativa cantidad de público) con bastante éxito, y todos respiramos aliviados. Trasladados de inmediato a un buen restaurante para cenar, casi de sopetón fuimos muy buenos amigos con Merino y con Millás. Como me enteraron en seguida, ellos lo eran desde hacía tiempo, y así lo demostraban con una andanada de títulos de películas vistas, de marcas y efectos secundarios de somníferos, y de ágil y fácil manejo de diversos puntos de la enorme ciudad de Madrid.
Merino no solo me deslumbró antes de haberlo conocido en persona. Después, en la charla, me hizo aún más consciente de la dificultad de ser un cuentista en España, cosa que en cambio resulta muy llevadera en Argentina o Uruguay, los dos países en que más he vivido. Allí ser novelista es una tarea esforzada, paciente y a veces recompensada por un éxito relativo o no, mientras que el cuentista suele quedarse con los laureles tal vez menos visibles pero imperecederos de la inventiva, la variación completa de tonos, la sumatoria de un público pequeño pero fiel a lo largo de los años.
Con Merino en cuanto persona, todos los problemas terminaron en cuanto nos conocimos. Oírlo hablar era, para usar una expresión montevideana, “un lujo francés”. Tenía algo que no abunda: la curiosidad permanente, la capacidad de hacerte ver lo que tú mismo no veías en tu propia ciudad. Me hizo notar, por ejemplo, que sobre las anchísimas aguas del Paraná (el río que pasa por mi aldea) había grandes bandadas de gaviotas. “¿Gaviotas?, ¿aquí?”, pregunté, escandalizado. Pero lo eran, clara, visiblemente, por la forma de las alas y por los gañidos que soltaban sus picos. Después me enteré de que la emigración de gaviotas desde el mar hasta el gran río era un fenómeno de entonces. Hay algo adicional: sin que él mismo se dé cuenta, Merino es una usina necesaria. Baste subrayar que desde esa vez no volví a fijarme si había gaviotas sobre el Paraná, aunque he estado muchas veces en Rosario.
Visité Europa solo una vez. Estuve en Madrid unos pocos días, y el doble o más en Barcelona, donde vive un hermano. El lujo francés se redobló cuando nos juntamos a almorzar con Merino y Millás en un restaurante que se llamaba “de la Ópera” o algo por el estilo. Conversamos con Juanjo hasta quedarnos roncos de Philip K. Dick, y de su padre (que luego aparecería en El mundo) y con Josema, sencillamente de todo. Tras cartón (uruguayismo por “de inmediato”) me llevaron en una visita guiada por toda la zona histórica de la ciudad: los palacios, las callejuelas, un par de bares famosos.
En los días siguientes (dos) ambos estuvieron ocupados y no volví a verlos. Había una forma fácil de llevármelos en la valija: comprar sus últimos libros. Fui a una sucursal del Fnac, y di con un problema menor: como cualquier usuario del idioma sabe, Merino y Millás están cerca en el orden alfabético. Así que encontré libros de ambos entremezclados a veces de a uno en un tramo de las estanterías.
De pronto he oído prácticamente la voz de Merino en mi oído. Salíamos de una conferencia del Congreso de la Lengua, y mientras nos encaminábamos hacia el Paraná (que lo fascinaba), con cierta timidez le comenté que me había desconcertado la seguridad con que varios exponentes habían mencionado como al pasar que el hombre era el “único animal provisto de lenguaje, de idioma”. Con la mirada ardiente, tanto para enfurecerse como para reír, que tiene Josema exclamó: “¡Eso es una estupidez, hombre! ¡Si hasta las bacterias tienen lenguaje!”. Calmándose apenas, agregó: “Lo que no tienen es capacidad de armar historias. Eso sí lo hace solo el hombre”. Y de inmediato empezó a contarnos a mi hermano Mario y a mí los mitos de los cuentos folklóricos de los pigmeos del África. Para ellos, dijo, la Vía Láctea era la mezcla de menstruación y piedrecillas o arena que alguna mujer ancestral y mitológica había lanzado al espacio.
Mi problema con Merino en los últimos años fue la extraordinaria vastedad de su obra. Fui recibiendo de su parte o comprando sus numerosos libros de cuentos. Fui recopilando también sus numerosas novelas. Tuve al fin su extraordinaria antología de un siglo de cuento español. Siempre tuve la intención decidida de irlo leyendo todo. Y siempre me fueron interrumpiendo otros libros, y los miserables subterfugios que usamos para justificar nuestra propia vagancia. Cuando fui a España, aproveché para llevarme 50 cuentos y una fábula, casi sus cuentos completos hasta los ‘90. Leí más o menos la mitad en los dos largos viajes en avión.
Me asombró la cantidad de épocas que Merino abarca en su modo de escribir. Hay cuentos que parecen escritos propiamente en el siglo XIX, por ambiente, lenguaje y hasta gramática espacial fantástica (viejos barrios, castillos, cerros y bosques). Otros, en cambio son del todo contemporáneos. Hasta donde llegué, seguía prefiriendo fanáticamente los tonos de Cuentos de los días raros, quizás por ser mi primera vez. Pero también leí, después, Días imaginarios y Ficción continua. Comparativamente, lo que había leído de sus 50 cuentos... era más español, más clásico. Aquí en cambio me daba una gran satisfacción ver hasta qué punto Merino, muy rioplatense en eso, hacía lo que se le cantaba: cuentos breves, brevísimos, juegos con el lenguaje, con el tiempo, visiones fugaces. Ahora, a la distancia, me queda la sensación de la frescura, de la variación. Varios de ellos fueron a parar a la contratapa de un suplemento cultural donde trabajo, ideales para dinamizar el conjunto cada vez.
El asombro sigue, una y otra vez, y me problematiza, también. ¿Cómo puede ser que todavía no haya leído La orilla oscura, considerada por muchos su mejor novela? ¿O que no termine de una buena vez los 50 cuentos...? No hace mucho recibí, de parte de un amigo de Salamanca, un ejemplar de Las puertas de lo posible. Todos cuentos de cincia ficción. Y gracias a OtroLunes me enteré en un reportaje que Merino, como yo, leyó montañas de títulos de la colección Nebulae, y tiene buena parte (como tuve) de los números de la revista Nueva dimensión. Los cuentos de ese volumen me parecieron mucho más previsibles que los fantásticos, más esperables dentro de una generación (la nuestra), más “de género”. De buena gana le hubiera dirigido una filípica, conminándolo a escribir menos ciencia ficción. Porque desde que lo conozco, Merino ha sido un amigo, y cada vez que me encuentro mentalmente con él, hablo como con un amigo, como hablaba con Levrero, como hablo hoy con Rodolfo o con Felipe cuando nos vemos.
Entretanto, mi principal problema (todo lo que ha escrito Merino que aún no he leído), sigue mirándome desde los estantes de dos bibliotecas estrictamente rioplatenses: una en Montevideo y otra en Buenos Aires. En el incierto, brillante futuro está la eterna posibilidad de volver a encontrarnos y conversar hasta quedarnos roncos, sin que necesariamente haya terminado de leer todo. En todo caso, pase lo que pase, una recomendación: no dejen de leer Cuentos de los días raros. Yo sé lo que les digo.
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(Argentina, 1947). Vivió en Rosario, Piriápolis (Uruguay), Buenos Aires y actualmente en Montevideo. Publicó como narrador La reina de las nieves, Caminando alrededor, Dos mujeres, Cuando Lidia vivía se quería morir, Ómnibus, Real en el Rosedal (cuentos y nouvelles), y Boomerang (novela). Como cronista Parece mentira, como crítico El libro de los géneros. Compiló numerosas antologías y tradujo a autores como Laclos, Prévost, Lovecraft, Mailer, Ginsberg, Kerouac, y muchos otros. Tiene un libro inédito de poemas: El año de Stevenson. Primer trimestre, que aparecerá en 2010. Integra el equipo editor del suplemento Cultural del diario El País de Montevideo.