

Cuenta la leyenda que para llegar a la otra orilla de ese vasto y presuroso río que es nuestra vida cotidiana, sin correr más riesgos de los debidos, se necesita un buen salvoconducto o, si los tiempos no están para bromas ni estipendios, al menos un óbolo, cuyo escaso o nulo valor para las transacciones comerciales devenga en aval de la ilusión o el desconcierto que un buen día –quizá aún no llegado- nos retó a surcar las procelosas aguas del río y traspasar los muros de niebla sin pronunciar la palabra mágica que da prestancia a la memoria de las cosas y los lugares, sin pronunciar ningún nombre que pudiera romper el hechizo, para alcanzar esa otra orilla donde todo se resuelve en sombras, en su mayoría de dudosa procedencia.
Si hubiera que hacer caso a la leyenda, se diría incluso que hasta para acceder a esa zona umbría donde el sol sólo se atreve a aparecer cuando la luna pone cerco a nuestros sueños y el misterio ancestral lacera nuestras pesadillas, esa zona oscura y presuntuosa, ahíta de secretos, que se extiende más allá de las sombras que nos estimulan con su danza irracional y cuyo mayor peligro no es llegar como náufragos a un lugar inhóspito donde de nada valen los recuerdos ni las lecciones aprendidas, sino encontrar el camino de regreso con la memoria intacta y el capazo pletórico de nuevos descubrimientos: para llegar, insisto, a esa zona oscura del alma y regresar como que no quiere la cosa, sin los recuerdos marchitos, si hemos de hacer caso a la leyenda, se necesita un don muy especial, un don que no tiene nada que ver con la magia, ni con los duendes que habitan el subsuelo de la realidad, ni siquiera con los sueños que se tienen antes de dormir o como consecuencia del insomnio; quizá sí con la mirada cuando ésta va más allá de lo que se puede ver o sólo pueden ver alguno seres privilegiados.
Conocí a José María Merino después de uno de sus primeros regresos de la orilla oscura y, aunque ya presentía que había algo raro en la naturalidad con que exponía los frutos de su innominado viaje, quizá por timidez o por intimidación frente a lo que entonces me parecía un acto de arrojo inusitado, si no de extravío voluntario, no me atreví a preguntarle de dónde había sacado el salvoconducto que le permitía llevar a cabo una travesía que le estaba vedada a tantos escritores.
Poco a poco fui conociéndolo más, leyéndolo, retándolo a que desnudase su imaginación, hurgando en sus manías literarias, perplejo ante su insaciable sed de sabiduría, disfrutando de los secretos y tesoros que le birlaba a los guardianes de esa zona oscura donde realidad y ficción se confunden conformando un ámbito cerrado y perturbador del que, una vez dentro, es casi imposible abstraerse. En ningún momento, sin embargo, di el paso de reconvertir los signos de admiración en los de las recurrentes interrogaciones que me sugería mi contacto con su mundo imaginario, quizá dando por supuesto que muchas de las respuestas anidaban en su curiosidad: una curiosidad que rara vez se ha conformado con lo que podía ver y tocar.
Desde entonces, Merino no ha dejado de viajar al otro lado –un viaje siempre a contracorriente del olvido- y regresar, sigiloso, para compartir con nosotros los resultados de cada nueva aventura mediante novelas, libros de relatos –estos cada vez más cortos e intensos, como si quisiera apurar la esencia de sus hallazgos, llegar a la sima de la ficción- y textos donde la literatura deja de ser un vehículo para convertirse en protagonista y hasta objeto de estudio y reflexión; guardándose para sí los obstáculos e impedimentos que le han surgido durante la travesía, silenciando el valor real del óbolo con el que seduce a las sombras que custodian el lado oscuro para que no lo conviertan en una de ellas.
De tal forma que, desde hace ya tiempo, Merino se ha convertido en el patrón de esa barca que surca el río siempre a contracorriente del olvido: una barca en la que muchos, no contentos con esperar a abrir los regalos que nos trae de cada viaje, nos gustaría subirnos alguna vez y experimentar lo que él experimenta. Quizá porque sabemos que, a pesar de las zozobras del camino y de las amenazas del lado oscuro, Merino siempre vuelve.
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(Olleros de Sabero, León, 1959). Dedicado desde hace 25 años al periodismo cultural y al mundo de la edición desde la Revista LEER, es colaborador habitual de otros medios escritos y audiovisuales. Ha publicado la novela La séptima jornada y los libros de relatos: Secuencias, El sueño cómplice y Delirios. Entre los premios recibidos destacan: El Premio Emilio Hurtado de cuentos, el Premio NH al mejor relato y el Premio Mario Vargas Llosa (NH) de libro de relatos. En la actualidad es Director Literario de la Revista LEER.