Cuentos cuánticos:
una teoría sobre el microrelato

Juan Pedro Aparicio

No soy aficionado a las disquisiciones teóricas. Mi querencia es la narración, no el análisis. Me he dedicado a narrar como otros se dedican a teorizar. Pero, este mundo de los microrrelatos, o minificción, me ha empujado hacia la divagación. Y así, al tiempo que los escribía, elaboraba una pequeña teoría cuyo soporte práctico eran precisamente ellos mismos. No quiero, sin embargo, dar una falsa impresión, pues siempre fui consciente de que, como quien camina por el desierto, lo que se me aparecía en el horizonte podía ser sólo un espejismo. Pero el hecho de ser capaz de verlo -esa ilusión de un oasis o de un palacio, donde no hay más que triste arena- me hizo tan gozosa la tarea como si me hubiera dedicado a escribir la narración más excitante.

En mi elucubración me he atrevido a tomar prestados conceptos de la astrofísica y de la física cuántica. Así, hablo de materia oscura y del cuanto narrativo, con la intención de resaltar ciertas particularidades de la literatura y, algo mucho más ambicioso, acercarme lo más posible a la esencia de lo narrativo.

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Como ocurre con la mayoría de los escritores mis comienzos están ligados al cuento. Aunque, si me remito más atrás en el tiempo y llego a la infancia, tendría que mencionar mi afición a los diarios, asistemáticos y con enormes lagunas temporales, pero continuados a lo largo de los años. Lo cuento en mi libro ¡Qué tiempo tan feliz!

Siempre quise defenderme contra el paso del tiempo mediante la escritura, lo hacía de un modo intuitivo, poco razonado, pero persistente. Hay quien se sirve de la fotografía para ello. Yo me servía de la escritura. Quería eternizar determinados momentos.

De ahí pasé a construir pequeñas historias que relacionadas con las experiencias que vivía, tenían un punto de divergencia en el que por primera vez se introdujo la ficción. Si una de aquellas indómitas bellezas de mi adolescencia, tan huidizas y graves, me rechazaba, lo que ocurría con demasiada frecuencia, yo alteraba mediante una pequeña trama el desenlace de mi requerimiento, casi siempre torpe e insuficiente, para mejor acomodarlo a mis sueños.

En la universidad empecé a escribir cuentos, es decir, fui consciente por primera vez de que lo que quería hacer tenia intención literaria. Claro, eso exigía muchas lecturas previas. Uno de los libros que empecé a frecuentar por entonces y que me ha acompañado siempre, es la “Antología de la literatura fantástica” de Borges, Bioy y Ocampo.

Una noche supuestamente dedicada al estudio de la asignatura de Derecho Mercantil escribí un cuento, mi primer cuento. Se titula El Gran Buitrago. Curiosamente tiene mucho que ver con mi obra posterior, hay en él relaciones de poder y hay una aproximación al mundo animal muy característica de todo lo que luego escribiría.

Más o menos por la misma época hice también un microrrelato, el primero. Lo escribí en un hotel de Bilbao hace aproximadamente cuarenta años. También lo escribí de un tirón, como empujado por una súbita inspiración. Dice así:

El Presentimiento

La familia rodeaba al abuelo moribundo.
El abuelo habló lentamente:
-Siempre creí que moriría pronto.
Los nietos clavaban en él sus extrañados ojos.
El abuelo continuó tras un suspiro:
-Siempre tuve el presentimiento de que me iba a morir enseguida.
El reloj de la sala dio la media y el abuelo tragó saliva.
-Luego a medida que he ido viviendo, imaginé que mi presentimiento era falso.
Y el abuelo concluyó, apretando las manos:
-Sin embargo, ahora ya veis: con ochenta y seis años bien cumplidos, y tan cerca de la muerte, comprendo que mi presentimiento ha sido la mayor verdad de mi vida.

Este cuento ha tenido fortuna. Internet permite conocer lo que pasa en cualquier rincón del mundo y a mi me ha facilitado el ser testigo de lo mucho que gusta. He comprobado que se ha publicado en un periódico de China, en otro de Pernambuco, que se ha utilizado como material de enseñanza del idioma español para extranjeros, y un largo, larguísimo etcétera, sin que en ninguno de estos casos y otros muchos más, como su inclusión en ciertas antologías del cuento universal, se me haya no ya pedido permiso, sino ni siquiera informado.

Un buen día dejé de escribir cuentos y empecé a escribir novelas. ¿Por qué? No lo sé. Acaso me pasaba como a un periodista amigo mío, muy entregado a su profesión, que veía la realidad en columnas de periódico. No importaba el dramatismo del suceso o acontecimiento del que fuera testigo, sus emociones se canalizaban en forma de columnas de periódico. Este suceso irá en cuatro con foto, éste sólo en una sin foto y así. Las columnas eran lo importante, no veía el horror ni la sangre, sino sólo los espacios a ocupar en el periódico.

Yo, que había dejado de leer cuentos, que incluso había apartado de mi mesilla de noche esa Antología de la Literatura Fantástica, veía la realidad también de otra manera, la veía siempre en gran formato. Y todas esas ideas o experiencias inspiradoras del hecho literario se me presentaban en la imaginación en forma de narración larga. Vivía, pues, olvidado del cuento, entregado casi exclusivamente a la novela.

Pero, otro buen día, un editor nuevo, joven, independiente, enamorado de la literatura, me llamó por teléfono y me pidió una cita. Quería publicar mis cuentos, no los que había sacado en mi primer libro titulado El origen del mono y otros relatos, sino los otros que, según él, yo tenía.

Y es verdad que los tenía, pues sin literalmente darme cuenta, mientras me había dedicado a escribir otras cosas, siempre había habido alguna revista o algún periódico que me había pedido un cuento y aunque en la mayoría de los casos no había aceptado el encargo, había acumulado, publicados aquí y allá, un buen montón de ellos.

Pero ni siquiera entonces me animé a realizar el trabajo de reunirlos. Sólo cuando vi los preciosos primeros libros que el editor, Menos Cuarto Ediciones, había puesto en el mercado, me animé. Escribí entonces algunos cuentos más, cinco o seis, para unir a los ya escritos. El libro se publicó en el 2005 con el título La vida en blanco y tuvo la fortuna de ganar el Premio Setenil al mejor libro de relatos publicado ese año, fue un buen regreso al mundo del relato. Porque efectivamente volví.

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Dije que había escrito El Gran Buitrago y El presentimiento de un tirón, el primero mientras tenia el libro de Derecho Mercantil abierto que, claro, hube de apartar a un lado para volcarme sobre la cuartilla en blanco; el segundo, antes de acostarme una noche de soledad en un hotel de Bilbao a donde había ido por mi trabajo de entonces en algo relacionado con mi profesión de comercio exterior. Ambos los escribí de un tirón, sí, y, sin embargo debo añadir en seguida que todo lo que en literatura se hace de un tirón me inspira desconfianza. Lo que se escribe y lo que se lee. Aquellos dos cuentos los escribí de un solo impulso, es verdad; pero luego, sobre todo el primero, los repasé y los corregí una y otra vez hasta que salieron en un libro.

Soy de la opinión de que no se debe escribir de un tirón. La literatura exige la máxima perfección si es que el autor ambiciona apropiarse para siempre del asunto sobre el que escribe. ¿Cómo se consigue eso? Solo hay un procedimiento: mediante la forma inobjetable de que lo revestimos. De ahí la gran dificultad de volver a escribir un Macbeth, un Rey Lear. Esos temas, por la escritura cuajada y perfecta de Shakespeare, han quedado a resguardo de cualquier otro escritor.

Pues igualmente tampoco me parece muy recomendable leer de un tirón. Muchos lectores abandonan la lectura de una novela si el texto les presenta la menor dificultad. Entre esas lecturas hay libros malos pero los hay también muy buenos. Decía Borges, refiriéndose precisamente a la lectura, que no existe la felicidad obligatoria. Yo no voy a corregirle. Pero, de tener un prejuicio, prefiero tenerlo contra esos libros que se leen de un tirón. No es infrecuente que estén faltos de ambición literaria o de pensamiento o que tengan demasiadas páginas con explicaciones innecesarias, contando aquello que no debe ser contado. Y aquí vamos acercándonos a los terrenos de lo cuántico literario.

Me pregunto a veces por qué existe la convención universal de que entregar nuestro esfuerzo a un pasatiempo de periódico, un sudoku, un crucigrama, merece la pena; lo hace el joven, el adulto, el anciano. Los vemos esforzándose en los aviones o en los trenes, en las mesas de los cafés. Es algo natural, incorporado a nuestras costumbres cotidianas. Todos parecen disfrutar de ese esfuerzo. Y ¿cuál es la recompensa? Matar el tiempo, casi como si dijéramos acortar nuestra vida.

Leer es otra cosa. Leer siempre deja una recompensa. No mata el tiempo, lo duplica. Mientras leemos vivimos nuestro tiempo y el del libro. Por eso, no seamos cicateros con nuestras lecturas, un buen libro probablemente se disfruta más en una segunda y una tercera lectura que todos aquellos que sólo se leen de un tirón. La dificultad suele multiplicar la recompensa.

Los libros buenos ofrecen al lector mucho más de lo que suele creerse. El libro es una máquina del tiempo, la única que existe, pues permite oír las voces del pasado, ese “y escucho con mis ojos a los muertos”, de que hablaba el clásico poeta. Su resistencia a mostrarse no es otra cosa que el premio enorme que esconden, entregado en su momento al lector consciente como el hallazgo feliz del buscador de tesoros.

No, los libros no son para leerlos de un tirón, porque no son cosa efímera, son máquinas del tiempo y máquinas contra el tiempo, las únicas también que pueden guardarlo y conservarlo. Porque la palabra escrita lucha contra el tiempo. Troya y sus héroes se nos hacen presentes en La Iliada con cada lectura del libro. Así, un cuento es como una píldora de tiempo, una cucharada de tiempo.

La lectura es un ejercicio que debe estimular nuestro intelecto, no sólo entretenerlo o aletargarlo para que pase imperceptiblemente el tiempo. “A la búsqueda del tiempo perdido”, tituló el gran maestro francés su ciclo narrativo, una epopeya íntima contra el paso del tiempo, en sus páginas está guardada para siempre la vida del Segundo Imperio, con sus emociones y sus desengaños, con ese pálpito de vida caliente que don Miguel de Unamuno acertó a llamar intrahistoria; o sea, tiempo, un tiempo domesticado por las palabras, capaz de revivir en nosotros con cada lectura.

La literatura es, pues, para mí, expresión de vida. Toda mi obra, salvo acaso mis dos libros de microrrelatos, cumplen ese deseo, desde aquellos pequeños diarios de la infancia que pretendían atrapar en torpes palabras unos latidos de vida que hoy son nebulosa en la memoria cuando no vacío.

Hay quien, sin embargo, entiende las cosas de otro modo. Hay quien cree que la literatura ha de venir de la literatura. Yo tengo al Quijote por el epítome de lo que es la vida hecha literatura. Pero no todo el mundo es de la misma opinión. Hay quien lo considera como modelo de lo contrario, literatura hecha de la literatura, por causa de esos libros de caballería a los que Cervantes supuestamente se propone emular, siquiera irónicamente.

No lo digo con ánimo de polémica para la que siento una invencible pereza, sino para constatar que hay puntos de vista contrapuestos. Tampoco rechazo los libros nacidos bajo esa idea, depende de cómo estén hechos, lo que si digo es que nunca he querido hacerlos o que a mí no me ha apetecido hacerlos. Con alguna notable excepción, me parece que adolecen de manierismo, cuando no me resultan algo presuntuosos.

Si uno hace una fotografía de la vida y sabe captar la sustancia del instante, ya está todo hecho; luego, lo que venga detrás, es decir una fotografía o varias sobre esa primera que captó la vida, será siempre un subproducto, acaso dotado de gracia estética, pero un subproducto. No estoy por hacer fotos de fotos, estoy por hacer fotos de la vida. Con alguna excepción, sin embargo, Y vamos acercándonos ya algo más a la minificción.