Los enamorados de Limone

Limone en el Lago GardaLimone es un pueblo pequeñísimo que está situado en la margen occidental del lago Garda, a unos veinte minutos en barco desde Riva del Garda. Aquí las casas están construidas entre la roca y el agua, incrustadas, literalmente, en la falda del monte. En ellas, la pared del fondo es casi siempre la piedra viva del macizo. Con tan poco espacio disponible, la vía pública se resume en una urdimbre de callejones que serpentean entre las cuestas, formando una complicada red de escaleras, pasadizos y túneles que uno debe andar si quiere conocer el pueblo. Desde las terrazas y portales de Limone la imagen dominante es la del lago, con el espejo de sus aguas azulosas perdiéndose de vista en la bruma lejana y el ir y venir de las embarcaciones que llegan todo el tiempo cargadas de turistas. Porque Limone vive del turismo, de los cientos y cientos de personas que recorren sus callejuelas, compran en sus tiendas de productos típicos o comen en sus restaurantes.

Mi esposa y yo, que estábamos de vacaciones en la zona, cenábamos aquella tarde en uno de esos establecimientos, en la terraza del hotel Le Palme. Era la hora la hora del crepúsculo, y mientras la resaca farfullaba bajo el tablado, la niebla vespertina caía sobre el lago y ocultaba suavemente los picos de la orilla de enfrente. De repente, desde un ángulo de la terraza se oyó el metal de un saxofón. Y muy pronto el mismo músico que lo tocaba despegó los labios de la boquilla del instrumento y empezó a cantar. Se oyeron las canciones italianas de toda la vida, las más hermosas. Son las melodías que uno lleva siempre dentro y aparecen un día para recordarnos que siguen ahí, eternamente vivas y prestas a hablarnos de otros tiempos, de tiempos que fueron también los más hermosos.

En la cena compartíamos mesa y mantel con un grupo de noruegos que iban en la excursión. Gente buena de verdad, sociable y conversadora como yo no lo habría imaginado nunca. Ellos, desde luego, no leerán estas líneas. Si pudieran hacerlo, me extendería más y les diría lo mucho que nos gustó su compañía en el viaje a Limone. Pero del amplio paisaje humano que me rodeaba en la terraza de Le Palme, lo que más me llamó la atención fue la presencia de una pareja de jóvenes enamorados que cenaban en una mesa vecina a la nuestra. No sé si sería porque Verona se encuentra muy cerca de allí, pero aquellos dos chiquillos me recordaron vivamente la estampa de Romeo y Julieta. Me parece estar viendo todavía el rostro ovalado de la muchacha, sus grandes ojos oscuros y su pelo castaño; y también, cómo no, la sonrisa ilusionada del muchacho cuando susurraba frases al oído de la chica. Eran, seguramente, frases de amor. Frases y promesas, que van siempre juntas. La luz del crepúsculo cayendo sobre el lago y la música que sonaba en la terraza completaban el cuadro. Era tan fuerte la impresión, tan bonita la imagen de aquella pareja cenando, tal el arrobamiento de sus miradas y, en general, tanto el amor que irradiaban desde su mesa,  que me hice el propósito de mantenerlos fijos en la memoria, muy cerca de la lumbre donde se gestan y crecen mis ficciones.

Esa tarde me dije que algún día reconstruiré la escena (que no podré olvidar en mucho tiempo) y escribiré un relato sobre los enamorados de Limone. Espero que Dios me dé aliento para hacerlo, suerte para ver el cuento en un buen libro y algún lector a cuyo juicio someterlo.

Bukowski, ese viejo indigno y bárbaro

Charles Bukowski. Foto: AndersenCon toda seguridad no era el tipo al que uno invitaría a cenar. Hasta es muy posible que ni usted ni yo le abriéramos la puerta de la casa con semejante aspecto. Y, si se la abríamos, lo más probable es que nos lo encontráramos luego tendido en el diván, roncando con la boca abierta y con una botella de coñac en el suelo, vacía, que se habría soplado.

Bukowski vivió y murió chapoteando en alcohol —como muchos escritores malditos, desde Poe a Lowry, sin que sepamos a ciencia cierta si su ingesta desmesurada sirve para algo más que para alcanzar el delirium tremens—y con la bragueta abierta. Paradigma del perdedor alcohólico, promiscuo y vagabundo—se redimió gracias a la literatura, como Jean Genet o Chester Himes—fue la voz de la otra cara de América, la opuesta al american way of life, la de los desposeídos que no aspiran a ser presidentes de la nación.

Bukowskis hay unos cuantos cientos de miles en Estados Unidos, acampados en parques, cobijados en cajas de cartón, bajo puentes, que se debaten entre la indigencia, la soledad y el alcohol, que han perdido todos los trenes y han roto el último puente con la sociedad, pero sólo a uno de ellos le dio por escribir con transparencia sobre su día a día con mañana incierto.

Gracias a la literatura, Charles Bukowski salió de su infierno. Más profeta fuera de su tierra, pronto se convirtió en un escritor de talla al literaturalizar su propia existencia. En sus relatos y novelas tipos como él, bajitos, feos, con la cara picada, viejos y borrachos—Chinaski, su alter ego, como él mismo, parecen sacados de una historieta de Robert Crumb—se comportan de una forma impresentable, beben hasta desfallecer y follan sin saber bien con quien. A medio camino entre la beat generation y Henry Miller—de aquella, el viaje como fin; de éste, el sexo por el sexo—su literatura resulta inclasificable. Tras la aparente vulgaridad de su léxico, late la autenticidad de un escritor de fondo que se expresa con un lirismo bárbaro siempre alrededor del mismo binomio: la mujer y el alcohol como paliativos para olvidar la mísera existencia. Con materiales deleznables, de deshecho, y con un lenguaje despreocupado y muchas veces pornográfico, Bukowski nos acerca con indudable maestría y de una forma amena a su mundo. Poemas, novelas y recopilaciones de relatos con títulos tan expresivos como Cartero, Factótum, Mujeres, Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones, La máquina de follar, Escritos de un viejo indecente, Se busca mujer o Música de cañerías hicieron de él un auténtico francotirador de la literatura.

De las aproximaciones cinematográficas a su obra sólo cabe decir que han sido detestables salvo una honrosa excepción: un film francés de sketches, L’amour est un chien de l’enfen de Dominique Deruddere, que recreaba algunos de sus más polémicos relatos—uno abiertamente necrófilo—y salía airoso de la prueba, pues ni la adaptación firmada por Marco Ferreri—Ordinaria locura—ni la que realizara Barbet Schroeder—Barfly con un Mickey Rourke que física y narcóticamente se le parecían—lograban recrear el mundo vital de su autor.

Bukowski murió en Malibú, rico y bebiendo buen vino, quizá  echando de menos los puentes de todas las ciudades por los que anduvo vagabundeando hasta que fue tocado por la gracia de la literatura. Puede que muriera de un empacho de vivir holgadamente.

A veces no somatizamos bien el éxito.

Lino Novás Calvo: así en el cielo como en el cieno

Lino Novás CalvoLino Novás Calvo, como Carlos Montenegro, nació en Galicia a inicios del siglo XX, fue a dar a Cuba a muy temprana edad y desde allí escaló a la cumbre de las letras isleñas y, también como Montenegro, tuvo una vida dura en los márgenes de la sociedad, simpatizó con el comunismo, estuvo en la Guerra Civil Española de 1936, regresó a la patria adoptiva, se desengañó de los comunistas y, cuando estos tomaron el poder en la isla en 1959, también como el autor de Hombres sin mujer, puso pies en polvareda, millas de por medio, y arribó a Miami. Pero, mientras Montenegro permanecía en la ciudad del sol, Novás Calvo se radicaba en Nueva York. Lo mismo que Montenegro, Novás Calvo sufrió la indiferencia, el ostracismo y hostilidad por parte de sus antiguos cofrades del republicanismo español. Leer más…

Historia de una muñeca

Oskar Kokoschka y Alma Mahler, según Oskar Kokoschka.Quien fuera el niño terrible de la pintura vienesa, Oskar Kokoschka, conoció en 1912 a Alma Mahler. Por ese entonces ella era la viuda del célebre compositor Gustav Mahler y una suerte de femme fatale de la época. En su currículo amoroso estaba el haber sido besada por primera vez por Gustav Klimt, otro pintor célebre y no menos pasional Oskar. El romance entre Alma y Oscar duró tres años como tal. La relación fue muy tormentosa –la psiquis de Oskar era bastante frágil- y pintaba a Alma todo el tiempo. La leyenda dice que estaba con ella en la cama todo el tiempo, y sólo se levantaba para pintarla. Alma se había convertido en su obsesión. La madre de Alma, desesperada, le escribió: “Si vuelve a ver a Oskar, ¡le dispararé!”. Poco después, Alma quedó emabarazada de su amado, pero abortó a la criatura y esto lo hundió aun más en el desequilibrio.Finalmente, Alma rompió la relación con él y testimonio de estos momentos es el cuadro La novia del viento. Temiendo la persecución y la locura de Kokoschka, Alma se casó en 1915 con el arquitecto Walter Gropius y al año siguiente nació la hija de ambos, Manon.

Kokoschka se hundió en la depresión. No sabía cómo ni con quién reemplazar a Alma, así que tuvo una idea muy singular para hacerlo. Escribió a una frabricante de muñecas en Munich, Hermine Moos el 18 julio de 1918, y le encargó una muñeca de tamaño natural que en todo se pareciera a Alma Mahler. Probablemente, el objetivo de Kokoschka trascendía el sexual: él no quería tener una muñeca infable, sino que quería una mujer en todos los sentidos. En su carta decía: “Ayer envié un dibujo a tamaño real de mi amada y le pido que lo copie con el máximo cuidado y lo transforme en realidad. Preste especial atención a las dimensiones de la cabeza y el cuello, al pecho y las extremidades. Y tómese en serio los contornos del cuerpo, por ejemplo la línea del cuello a la espalda, o la curva del vientre. Por favor permita a mi sentido del tacto disfrutar de los lugares donde capas de grasa o músculo dan lugar a una sinuosa cubierta de piel. Para la primera capa (dentro), por favor use, pelo de caballo fino y rizado; debe comprar un viejo sofá o algo similar y tener el pelo desinfectado. Entonces, sobre esa, una capa de cojines rellenos con lana para las posaderas y pechos. El objeto de todo esto para mí es una experiencia que debo ser capaz de abrazar.” Hermine Moos, como si hubiera sido una émula de Gepetto construyendo a Pinocho, se puso manos a la obra. El día 22 vuelve a escribirle: “Si usted es capaz de hacerla tal cual la deseé, y engañarme con su magia de tal manrea que cuando la toque me dé la sensación de que tengo a la mujer de mis sueños enfrente mío, entonces, querida señorita Moos, yo le estaré eternamente en deuda por sus habilidades y creatividad y por su sensibilidad femenina, que puedo deducir rápidamente por las discusiones que hemos tenido.” Hacer la muñeca llevaba su tiempo, y en diciembre, ansiosísimo, Kokoschka escribió a la fabricante preguntándole: “¿Puede abrir la boca? ¿Hay dientes y lengua? Espero que sí!”

La muñeca llega a manos de Kokoschka en febrero de 1919. Se trata de una muñeca tamaño natural con piel muy fina al tacto y rellena de plumas. La desilusión de Kokoschka es enorme: “…en lugar de una loca ilusión, en vez de una seductora criatura de ensueño con la que estuve fervientemente obsesionado hasta ahora, lo que me mira fijamente es un fantasma … un esfuerzo lastimoso, un muñeco articulado … Fue un golpe terrible…”

No obstante la desilusión, Kokoschka decidió conservar la muñeca y usarla como modelo para sus pinturas, como por ejemplo para Frau in Blau de junio de 1919, en la cual la muñeca vistió sus mejores galas para él.  No obstante, Kokoschka la tiene en su salón, vestida con las mejores galas ya que le compra ropa de París. Un periódico de la época cuenta cómo se presentó con ella en el palco de la Ópera una vez, cada uno en sus respectivos asientos, pero ese objeto del demonio ni siquiera pudo satisfacer sus deseos sexuales.

En marzo de 1919, Alma Mahler se reunió con el barón Victor von Dirsztay, suerte de emisario de Kokoschka. A través de la boca del barón, Kokoschka le pide a Alma “restablecer algún tipo de vínculo humano con ella”. Alma se niega, porque sospecha que su ex amante vive ahora con otra mujer. Y el barón asiente, sin aclararle que la mujer con quien vive ahora él es la muñeca basada en ella misma.

La Alma de juguete es la modelo ideal: Koskoscha la pinta una y otra vez, a modo de exorcismo personal, hasta que se harta de la muñeca. Una vez hastiado de la muñeca, acabó con ella. Kokoschka planeó dar una fiesta orgiástica y allí eliminarla. El mismo escribió sobre el suceso: “Finalmente, después de dibujarla y pintarla una y otra vez, decidí deshacerme de ella. Me ayudó a curarme de mi Pasión. Por eso le brindé un gran fiesta con champaña, con música de cámara, mientras mi ama de llaves, Hulda, exhibía a la muñeca con sus bellas ropas por última vez. Cuando amaneció –yo estaba bastante borracho, como todos en la fiesta- la decapité y rompí una botella de vino tinto, que le volqué en la cabeza.” Kokoschka recibió una acusación por homicidio en esos días, hasta que quedó claro que la mujer ensangrentada era su fetiche y no una mujer real. Aquellos que han leído Wilt, la novela desopilante del inglés Tom Sharpe, conocen todos los líos que trae practicar cómo matar a la esposa en una muñeca inflable: a Wilt se le cae en cemento fresco y varios días después, los albañiles encuentran una figura bañada en cemento, a la que suponen una mujer asesinada. También Lawrence Durrell cita a hombres aficionados a las muñecas: en Justine una muñeca es la compañera de burdel de un viejo rico, que la viste y enjoya como si fuera una persona de verdad y en Tunc la Corporación Merlin, un ente abstracto y poderoso, maquina una mujer artificial, una muñeca experimental, inconsciente de su propia realidad, que es creada sobre un molde real y desaparecido en el que se encarna la memoria recuperada de la especie.

Aunque la historia de Kokoschka con su muñeca está impregnada de tristeza y de locura, se le deben numerosos retratos y pinturas del que fuera, junto a Egon Shiele y Gustav Klimt, un renovador del arte pictórico moderno. Al parecer, a la muñeca de Kokoschka se la llevó el basurero. De ella, de recuerdo, como del lobo de Tasmania, quedaron apenas unas pocas fotografías.

Carpentier el recuperado

Alejo CarpentierLa mayoría de los escritores estamos destinados a desaparecer de la memoria de nuestros lectores, de la memoria de la cultura y, por supuesto, de las estanterías. Me atrevería a decir que muchísimos de nosotros desaparecemos en vida, pero no nos damos cuenta o no queremos darnos cuenta. Algunos siguen evocando viejas glorias,  batallas perdidas,  cierta autoridad en los círculos del poder que al final no es otra cosa que manipulación: el poder nos usa haciéndonos creer que nos presta atención.  Otros seguimos produciendo con la esperanza de no perecer.  Esa muerte puede resultar muy personal, algo así como la pérdida de la voz para un cantante o del sentido del timing y el ingenio para un comediante.  La amenaza de muerte también puede aparecer como la necesidad de estar presente en el espacio público. En este caso el escritor sigue la disciplina de escribir, piensa que tiene algo que decir, lo dice y luego cruza los dedos para que haya una respuesta.

Pero hay otra muerte que viene luego de la desaparición física un autor.  En uno de mis primeros talleres, allá al inicio de los ochentas, se mencionaba a Ernest Hemingway como uno de esos escritores olvidados y muy recientemente recuperados.  Desde entonces oí la cifra mágica y maldita de diez. Diez años para desaparecer, luego un regreso o el olvido definitivo. Se me ocurre entonces lanzar un nombre: Jerzy Kozinski, un polaco emigrado a Nueva York, que se suicidó en su bañera cubriéndose la cabeza con una bolsa plástica.  ¿Quién lee ahora los libros de Kozinski?  ¿Qué tal el más famoso de todos, Being There, que circuló en español bajo el título Desde el jardín?  Hubo una película, por supuesto, que en su momento fue muy popular.  Fue el último trabajo del actor Peter Sellers, con Sherley MacLaine y Melvin Douglas. Hace poco la renté y aún se dejaba ver, sobre todo por el final, el cual es distinto al del libro.  En español un caso paradigmático sería José Donoso,  el más célebre de los jugadores de la banca del equipo del boom.  Para aclarar las cosas pienso en baloncesto y en cuatro titulares: Vargas Llosa, García Márquez, Fuentes y Cortázar. Pero ojo, este último también sufrió su periodo de ostracismo, más o menos entre 1984 y 1994, cuando empezó la campaña “Queremos tanto a Julio”.   José Donoso no ha topado con la misma suerte.  Me parece que primero desapareció de la memoria de España, pues una vez leí un artículo que lamentaba el hecho de que el autor chileno no hubiera sido publicado de nuevo en ese país.  Después Roberto Bolaño lo ninguneó.  Paradójicamente fueron las memoria de su hija Pila—Correr el tupido velo, Alfaguara 2010—las que trajeron a José Donoso de vuelta a la actualidad. Sin embargo, el personaje que surge de esas páginas es atormentado, egocéntrico, tacaño y hasta envidioso.

El olvidado al que quisiera referirme en esta columna es el cubano Alejo Carpentier (Suiza, 1904 – París, 1980).  Al morir se le mencionaba como un eterno candidato al Premio Nóbel, luego casi no se volvió a saber de él.  Todavía hay estudiantes que deben leer El reino de este mundo y existe una edición americana en español de Los pasos perdidos. ¿Pero y el resto de su obra?  En 1980 leí El arpa y la sombra para mi curso de humanidades de la Universidad de Costa Rica. Lo recuerdo como una experiencia fundamental, pero nunca releí más allá del principio pues Carptentier se fue convirtiendo en una de esas viejas amistades que es mejor mantener de lejos.  Tenía miedo de decepcionarme, de no encontrar lo que estaba allí cuando yo tenía 18 años. Hace poco encontré en Quito nuevas ediciones de varias de sus novelas, lo cual me sorprendió.   Después, en un viaje a Houston, entré a la mítica librería Española, un lugar que en sí mismo parece salido de un cuento.  Lo administra una pareja de ecuatorianos ya mayores, llenos siempre de historias de sus viajes y de personas que han conocido. La Española tiene dos secciones.  Al fondo se venden libros piadosos y al frente libros nuevos-viejos.  Me explico: todo lo que se halla en los estantes es nuevo, pero cada una de las ediciones es de mucho tiempo atrás.  Ahí, en La Española, encontré una edición de 1979 de La consagración de la primavera y una de 1996 de Los pasos perdidos.

Así que sin más excusas me hice de un par de libros del olvidado Carpentier, pero le di prioridad de lectura solamente a Los pasos perdidos,  quizás porque corresponde a la época de las grandes novelas de su autor, o porque fue publicada originalmente antes del boom, o porque era la más corta de las dos.  En fin, la tenía en mis manos, estaba dispuesto a disfrutarla, pero me costó entrarle al texto y tuve que hacer un esfuerzo para finalmente sentir un placer y no un desafío al empezar cada uno de esos densos capítulos, bloques compactos donde pueden ocurrir muchas cosas, o donde simplemente se puede encontrar la descripción de un paisaje, un estado de la naturaleza en cierto modo suspendido en el tiempo.  La novela me recordó uno de los mejores cuentos de Carpentier, “El viaje a la semilla”,  en el que se narra la historia desde el final hasta el principio. En Los pasos hay una preocupación también por encontrar el origen, pero esta vez de lo que sería una América Latina esencial,  ubicada en lo profundo de la selva, en un punto histórico donde se fundan aldeas, donde se toma posesión de una naturaleza aún no nombrada.

Carpentier se sirve de un narrador también innombrado, pero claramente distinguible.  Es un erudito urbano, quien intelectualiza el pasado aborigen y lo ve desde una distancia en la que se valida la superioridad del conocimiento gestado por las élites.  A ese hombre se le encarga adentrarse en la jungla hasta encontrar unos instrumentos “primitivos”.  Así su viaje implica un ir despojándose de cosas, de comodidades y de certezas, mientras trata de cumplir su misión.  Por eso mismo debe pasar por una serie de pruebas, las que le permitirán acceder a esa esencia que le dará sentido a su vida.  En Los pasos perdidos hay, como en libros similares, un río a remontar,  desafíos físicos y descubrimientos, y finalmente la fundación mítica de una ciudad, es decir el triunfo de la idea de civilización occidental.

El narrador podría considerarse un moderno cronista, pero también un saqueador. De hecho los instrumentos musicales que busca estarían destinados a ser exhibidos en un museo totalmente despojados de su contexto, uno que el narrador y su mecenas perciben como antiguo o primitivo cuando en realidad es contemporáneo. El narrador también es un conquistador.  En su visión la real amenaza es la naturaleza, mientras que las personas “incivilizadas” son nebulosas, principalmente los indígenas, que aparecen como seres esquivos, misteriosos, pero a la vez pasivos ante los proyectos del hombre blanco.  En un nivel un poquito superior se hallan las mujeres.  Si vienen de la ciudad son demandantes, frívolas y manipuladoras. Si son del campo llegan a tener control de su cuerpo (como las citadinas), pero al mismo tiempo son un seres silenciosos que básicamente siguen al hombre, y van de macho en macho por su necesidad de protección.

Esa voz narradora es además la que nombra y establece relaciones que los aldeanos no son capaces de hacer.  Establece, por ejemplo, referencias bíblicas, o ve el sexo desde un mundo reflexivo que le quita toda la carnalidad al amor y lo convierte en ejercicio.  Tiene tanto control sobre lo contado que no permite respirar a los otros personajes, y el mismo sentido de maravilla (las referencias bíblicas, los detalles del principio del mundo y de las mariposas amarillas que luego retomaría García Márquez) queda provisto de emoción y encanto.

Carpentier representa una forma de escribir que ya no se da en nuestros días. Leerlo implica pensar de modo distinto la literatura, y al lector mismo. Y he de admitir que me ha gustado volver a él.   Una vez terminado Los pasos perdidos he puesto esa vieja-nueva edición en un estante.  Miro los lomos de los libros y no puedo dejar de pensar que nuestras bibliotecas están llenas de fantasmas.

Las razones de Mariano

La lectura según Botero.En la primera de las críticas reunidas en Las razones de un lector el crítico chileno Mariano Aguirre (1940-1998) se refiere a Juan Emar y raya la cancha de su propio oficio. “Los escritores valen por sus textos”, dice, “no por sus andanzas”. Claro que a renglón seguido puntualiza que, bueno, que en algunos casos valdría la pena echar un vistazo también a la vida del autor. No por mera curiosidad sino porque la experiencia podría irradiar, de vez en cuando, algunas luces sobre el destino de la obra. Leer más…

Tratado sobre Mario Bellatin

Mario Bellatin - Foto: cortesía Cátedra BolañoHace unos quince años viajé a Lima en busca de un chamán que me librara del espíritu de un amigo muerto. El amigo se había suicidado, y su fantasma, o lo que yo creía que era su fantasma, se me aparecía todas las noches. Lima, me recomendaron, es la solución, y yo partí. El chamán vestía de negro, llevaba botas militares, era calvo y le faltaba el brazo derecho. Se llamaba Mario Bellatin e iba con sus perros a todas partes. También era escritor. Me contó que escribía novelas, aunque en realidad los géneros eran más bien difusos para él. Quería llegar a un punto de libertad que le permitiera escribir simplemente libros. En la primera sesión de terapia me pidió que escribiera durante una hora. Sobre qué, pregunté. Tema libre, como cuando eras niño. Así lo hice, algo nervioso porque no estaba acostumbrado a tanta informalidad. Yo admiraba a Vargas Llosa, eso de las estructuras bien cuidadas, eso de la arquitectura narrativa. Mario se rió cuando le mencioné a Vargas Llosa. Me dijo que la escritura era pura intuición, y me pasó algunos de sus libros. Me impresionó Salón de belleza, me impactaron Flores y La escuela del dolor humano de Sechuán, me dejó frío Poeta ciego. Le pregunté por mi amigo muerto. Por toda respuesta, Mario se puso a girar como un derviche. Pertenecía a la religión sufí, me dijo, y eso le había enseñado que no debía tenerle miedo a mi amigo. Más bien debía disfrutarlo. Los muertos están vivos y siguen con nosotros, dijo. Viven en otra realidad, quizás más interesante que esta. Me fui de Lima con cierta tranquilidad; aunque el amigo no dejó de aparecer, yo ya sabía qué hacer con él, o al menos eso creía. Cinco años después viajé a México y me encontré en el metro con un hombre que vestía de negro, llevaba botas militares, era calvo y le faltaba un brazo. Mario, susurré. Me dijo que por pura coincidencia se llamaba Mario, pero que no me conocía. También se apellidaba Bellatin por pura coincidencia. Vendía sus libros en la puerta del metro. Eran libros artesanales, bien cuidados. Quería llegar a escribir cien libros, y si editaba mil de cada uno llegaría a vender cien mil. Le compré varios, todavía sorprendido por el encuentro, seguro de que él era quien yo decía aunque lo negara. Leí en casa libros que no entendí, con títulos que mencionaban a liebres muertas y un gran vidrio, libros escritos con un hermetismo que me negaba la entrada. Con todo, volví al metro al día siguiente, a saludarlo. No lo encontré. Pensé que quizás Mario Bellatin se había muerto hacía mucho y que me había topado con su fantasma. Poco después, en Ithaca, ciudad donde vivo, se iniciaron las apariciones. Un día, en el centro comercial, Mario Bellatin se puso a caminar conmigo y robó un gorro de beisbol de una tienda Old Navy. Otro, hizo una presentación a mis estudiantes, sobre Salón de belleza, en la que no abrió la boca. Los estudiantes escuchaban una grabación de Mario sobre los orígenes autobiográficos de Salón de belleza, extasiados. Bellatin dejó de aparecer, pero igual siguieron llegando los libros. El último, el más impresionante de todos, se llama El libro uruguayo de los muertos (Sexto Piso). “Así que a partir de lo intuitivo me parece que se crea una de las imágenes más propias posible”, dice el narrador de ese libro magistral, que se llama Mario Bellatin, aunque esa intuición, claro, también se rige por una estructura bien cuidada, una arquitectura narrativa impresionante. ¿Cuál Mario es el narrador? Ya no importa. Ahora veo con claridad que, desde sus años en Lima, a partir de su práctica en apariencia inicua, él había estado formando una realidad fantasma. Un espacio donde las normas son otras. Tan ajenas a las habituales que se creaba incluso en ese momento de mi madurez la posibilidad de ir tras un Mario Bellatin que deambulaba por las estaciones del metro de la Ciudad de México vendiendo, uno a uno, los libros que, ironía de ironías, lo han ido convirtiendo en uno de esos seres imprescindibles que nunca estará muerto.

El gran tema de la literatura

La censura según Mafalda, por Quino.En unos días hará 7 años que salí de Cuba. Y allá siguen los amigos. Casi todos escritores. De modo que, aparte de todos esos otros lazos que me unen a mi isla, existen esos puentes personales y literarios que, sentimentalmente, me importa preservar a pesar del tiempo y la distancia. Por eso les escribo y recibo sus respuestas, sea a través de emails que responden cuando pueden conectarse a internet, sea por medio de cortas llamadas telefónicas o sea a través de cartas personales que viajan en USB de memorias transportados hacia la isla por alemanes amigos que van allá de paseo o de trabajo.

Y esta semana, organizando algunos de esos mensajes en las carpetas que, como hombre exageradamente metódico y organizado, he creado para conservarlos, he disfrutado de nuevo leyendo esas palabras que ellos, a lo largo de estos años, me han enviado.

Podría hablar de muchas cosas nacidas en esa lectura, es cierto. Porque en esos mensajes hay una Cuba contada con ellos exclusivamente para mí. Y ya eso es un lujo. Pero quiero referirme a una referencia que he encontrado curiosamente repetida por algunos de esos amigos, seguro estoy, sin haberse puesto de acuerdo: cómo se ha percibido el gran tema de la literatura en los medios culturales de la isla en estos siete años.

Yo mismo, hace unos tres o cuatro años, había leído en un medio literario digital generado por el Ministerio de Cultura en la isla (Cubaliteraria.com) algo que me llamó mucho la atención: hacían referencia a una escritora cubana, muy joven, que había obtenido un importante premio nacional y aseguraban que lo importante de su literatura era que no se fijaba en la “banal realidad que vivimos los cubanos” pues el gran tema en sus cuentos era “ella misma”.

Esa misma era la referencia repetida en los mensajes de mis amigos: “les han hecho creer que nuestra realidad social es tan disparatada y variable de un día a otro que un escritor tendrá que hacer milagros para encontrar allí la esencia de una buena historia que se salve al cambio de esos tiempos”, leí en uno de esos mensajes, en referencia a las ideas que se le ofrecen a los jóvenes escritores en un taller habanero; “la literatura de los 80s y 90s es tan apegada a la realidad que es más periodismo que literatura y por eso su perdurabilidad es dudosa”, dice otro mensaje, llegado desde Manzanillo, al otro extremo de la isla; “escribir es un acto tan íntimo que uno debe olvidarse del entorno social cambiante y buscar aquello que queramos preservar de nuestra vida, pues escribir es desnudarse ante uno mismo”; escribió, molesto, uno de esos amigos, reproduciendo las palabras de un Premio Nacional de Literatura en un encuentro con jóvenes escritores en Santa Clara; y “Fuera de la isla, lo cubano ha pasado de moda. Pasaron los tiempos en los que ciertos escritores mediocres se hicieron ricos y famosos atacando las conquistas de la Revolución y ahora lo que buscan los editores es una historia que hable desde el interior del ser humano”, casi declamó un antiguo escritor, reciclado desde hace muchos años en funcionario de cultura desde que la autocensura le impidió escribir esa monumental obra, crítica y profunda, que tanto nos prometió.

Son, es evidente, mensajes engañosos. Nosotros también tuvimos que escucharlos en ese proceso de lavado cultural de cerebro constante al que es sometido todo joven que aspira a entrar en el escenario de las letras y la cultura nacional. Un lavado de cerebro que funciona por una razón sencillísima: al escritor cubano le falta confrontación con las verdades y las mentiras externas. Reciben a través del filtro de las instituciones y de sus personeros una visión adulterada de cómo esa la vida cultural e intelectual fuera de la isla. Y se cumple así, una vez más en otra de las esferas de la vida de los cubanos, la sentencia encerrada en aquellos versos de Virgilio Piñera cuando nos hablaba de “la dura circunstancia del agua por  todas partes”.

Y es que el encierro afecta, obnubila, ciega. Y así, bajo esos efectos, sigue funcionando el viejo esquema tapabocas de los dictadores: aquella censura directa dictada por el hoy expresidente cuando en 1961 estableciera los límites de lo que podía escribirse o crearse dentro o fuera de la Revolución, se convirtió para la generación siguiente en “sugerencias de comprensión de la compleja problemática de la Revolución” que, gracias a castigos ejemplarizantes muy sutiles en cuanto a no ser tan escandalosos como el llamado “Caso Padilla”, les hizo padecer una autocensura brutal de la que, dentro de la isla, sólo han logrado salir Leonardo Padura y Pedro Juan Gutiérrez muy recientemente. Y esas “sugerencias” se transformaron con mi generación en consejos paternalistas que nos repetían a toda hora y en todo lugar: “escribir de la realidad es un riesgo y ustedes se empeñan en hacerlo, por eso lo que están haciendo no es literatura, es periodismo” ó “un escritor necesita su país para que su obra perdure, por eso todos los escritores que se han ido de Cuba se han muerto literariamente”, controlando así nuestra rebeldía natural y manteniéndonos anclados en el status de “promesas de la literatura” incluso cuando ya algunos de nosotros pasaba de los 40 años.

Ahora a las dos nuevas generaciones que han aparecido en Cuba luego de la nuestra les hacen creer, a través de numerosos mensajes, consejos, represalias e incluso represiones directas, que la verdadera literatura, que el gran tema de la literatura es “mirarse por dentro”, asegurándoles que la realidad en cualquier país siempre será cambiante y que sólo perdura aquello que está dentro de ser humano en esa eterna búsqueda ontológica del ser que cada persona vive, consciente o inconscientemente.

Y el resultado ha sido curioso: ante la imposibilidad de imponerse a ese grotesco sistema de mentiras, la respuesta ha sido el exilio. De mi generación, poco más de cincuenta en nuestros comienzos, quedan hoy sólo seis o siete escritores en la isla. De la generación siguiente permanecen muy pocos y, muchos de ellos, son considerados “contestatarios” o, aún peor, “mercenarios pagados por el imperio”, ya que han insistido en escribir sobre ese vínculo natural que existe entre “ellos mismos en su interior” y la convulsa y cambiante realidad social que los rodea. Y de los más jóvenes, como puedo confirmar en mensajes que me envían desde la isla o desde esos lugares del mundo adonde ya han emigrado, la inmensa mayoría sólo piensa en escapar de la mordaza e irse a probar suerte a otras partes, aunque algunos de ellos sigan engañados creyendo que es un suicidio intelectual. ¿Cuántas veces he tenido que escribirles diciéndoles que esa, la de su segura muerte como escritores si escapan al exilio, es una mentira más de la perfecta “política cultural de la Revolución”?

La realidad de todo es simple: mientras en Colombia, Argentina, Chile, México, para citar a los países con más fuertes movimientos escriturales, se produce una fortísima literatura a partir de miradas muy críticas sobre las realidades sociales de esos países, en Cuba se les dice a los escritores que deben meterse dentro de ellos mismos y no andar cuestionando la realidad porque eso, aseguran, “no es perdurable, no es literatura”. Les ordenan muy sutilmente hacer como el avestruz: meter la cabeza bajo la tierra. ¿No es esa una política cultural signada por una vergonzosa censura?

La naturaleza es de todos

El marMientras nos alistábamos en el backstage para presentar una adaptación del “Gato con Botas” en una escuela de la ciudad de Panamá, jamás imaginamos que los niños nos dejarían fuera de base con su creativa respuesta. Es que los pequeños son tan sabios, conservan esa necesaria capacidad de asombro y te sorprenden cada día con sus inesperadas ocurrencias. Aquel jueves durante el show, el gatito que actuaba solito en una de las escenas, empezó a interactuar con los niños y a implorarles un ineludible alcahueteo para perpetrar su hazaña. Seguramente ya conocen la historia: el trato consistía en que los pequeñines se comprometerían a decirles a la princesa y a su padre, el rey, que todas esas tierras eran patrimonio de un supuesto marqués de renombre, amo del intrépido gato con botas. Sí, el travieso felino les suplicó decir una diminuta mentira. Esto no me preocupaba, pues el fin de la obra era mostrarles las consecuencias de ocultar la verdad. Pero, al parecer quienes recibimos una lección fuimos nosotros. A los pocos segundos entra la princesa, el rey, un conde y el marqués. La princesa asombrada al ver la colorida escenografía, pregunta a todo el kínder:

-¡Wao! ¿De quién son todas estas tierras tan hermosas en donde habitan mariposas y crecen flores esplendorosas?

El intrépido felino guiña un ojo a los chiquitines, esperando una contestación a favor de su amo, pero inopinadamente todos respondieron a viva voz:

-¡DE DIOS! ¡DE DIOS!

El gatito improvisa hábilmente, intentando que los niños nos “dieran el pie”[1] al responder que las tierras eran del marqués.

-Creo que estos habitantes no han escuchado bien la pregunta, hermosa princesa. A ver, amiguitos ¿de quién son estas preciosas tierras? Ya ustedes lo saben.

-¡DE DIOS! ¡DE DIOS! ¡DE DIOS!

Todos permanecimos anonadados, aunque logramos reparar la escena de alguna forma. Al mismo tiempo cavilaba tan contenta ¡Qué maravilla! Sus mentecitas no logran concebir cómo pudiese alguien adueñarse de las flores, las mariposas y la naturaleza; esa que Dios nos ha regalado a todos. ¿Cuándo perdimos esa inocencia? ¿Cuándo permitimos que nos engatusara la avaricia?

Esta aventura volvió a revolotear en mi cabeza cuando un viernes manejando hacia Chitré (una ciudad localizada a unas tres horas y media de la capital) aflora mi acostumbrada espontaneidad y se me antoja darme un chapuzón en una de nuestras deliciosas playas. Luego, me detengo en la garita y le pregunto al cuidador:

-Señor, ¿qué camino debo tomar para entrar a la playa?

-¿A quién visita?

-A nadie. Bueno, al mar.

-Lo siento, señorita. Esta playa es privada.

-¡¿Cómo?! ¿Quién lo ha engañado de esa forma?

En ese momento mi estupefacción se desbordó por mis pupilas y automáticamente empezaron a aflorar de mi subconsciente, pensamientos fugaces de algunas lecciones estudiadas sobre derechos posesorios y otras regulaciones constitucionales. No pretendo aburrir a nadie con citas textuales, pero nuestra Carta Magna en su artículo 255 claramente lo señala: …no pueden ser objeto de apropiación privada: el mar territorial y la aguas lacustres fluviales; las playas y riberas de las mismas…Por otra parte nuestro código civil en su artículo 329 establece que son bienes de dominio público:

  1. Los destinados al uso público como las riberas, las playas…

 

 El 20 de febrero de 2005, Benjamín Colamarco, ex Director Nacional de Catastro (ANATI, hoy día) declaró “Las islas, playas y servidumbres costaneras no pueden ser objeto de títulos de propiedad, ni de derechos posesorios”

Existe una gran diversidad de libros que abarcan el tema. Uno muy explícito a mi parecer es el titulado “Derechos Posesorios” cuyo autor es el ilustre panameño Ovidio Díaz. Pero, no es mi intención dar una clase de leyes (que de hecho, muchas veces son ignoradas) ni mucho menos ir en contra de la propiedad privada. Por el contrario, me encanta que la gente trabaje honradamente para ganarse sus bienes. Por lo tanto, los dueños de las casas aledañas a las costas están en todo su derecho a prohibir que se utilice su vivienda como shortcut hacia el mar. Lo que no pueden impedir es que el resto de la población utilice las servidumbres para entrar a disfrutar del maravilloso océano.

A algunos les molesta esta verdad, otros prefieren no hablar del tema y seguir permitiendo que todo siga siendo igual. Recuerdo que le comenté a un colega que escribiría acerca de ese asunto, a lo que me contestó:

-¡Estás loca! No escribas sobre eso. Lo que vas a provocar es un atraso en el turismo, pues los extranjeros podrían pensar que si viajan a Panamá les impedirán la entrada a nuestras playas.

Ver el vaso medio lleno o medio vacío es opción de cada quién. En lo personal, lo percibo como una oportunidad para recordarles a todos que aunque la tenencia de la propiedad privada está debidamente regulada, existen a su vez bienes fuera de comercio de los que nadie puede apropiarse.

 

¿Qué nos hizo olvidar a ese filósofo presocrático que llevamos por dentro y que nos impulsa a observar con conciencia la maravillosa naturaleza? ¿Por qué no aprendemos un poco de nuestros campesinos? Cuando voy a mi finca y no tengo alguna fruta que otro vecino sí se tomó el trabajo de sembrar, más me vale que no le ofrezca dinero por ella, pues ya varias veces me han manifestado que no saben si interpretarlo como un chiste o como un insulto.

-¡¿Cómo no voy a compartir con usted una papaya o una naranja, muchacha de Dios?! ¡No sea zoqueta! Las frutas son para todos y aquí todos las compartimos. Es una ley no escrita.

El hombre del campo no manejará mucha información, pero cómo le brota la sabiduría. Comprenden mejor que muchos estudiosos que la naturaleza es un regalo de Dios para la humanidad y por consiguiente, todos debemos amarla y cuidarla.

Es en ocasiones como esta cuando mi mente vuelve a recordar lo vivido en la presentación de aquella obra de teatro. Esos pequeñuelos no se imaginan el sabio consejo que me obsequiaron. Gracias a ellos, la próxima vez que me detenga en alguna de nuestras preciosas playas y a alguien se le ocurra obstaculizar mi paso con la excusa de que es privada, le responderé tal cual esos chiquitos me enseñaron. Ni siquiera sustentaré mi postura con alguno de los artículos precedentes. No es necesario. Simplemente me pararé firme, con seguridad y a todo pulmón contestaré: Olvídese de eso. El MAR ES DE DIOS ¡DE DIOS! y a todos libremente, nos lo permite usar, gozar y disfrutar.


[1] En teatro, decir un actor la palabra o frase con la que termina la intervención de su personaje, necesaria para que otro actor le dé la réplica o entre en acción.