En líneas generales, la crítica literaria, especialmente la crítica proveniente de la Universidad, no goza, en Guatemala, del aprecio y del peso que posee en otros lugares. Hay muchas causas para ello. La falta de una tradición consistente, la escasa importancia dada a la filología, las condiciones generales de la cultura y en particular de las letras podrían ser enumeradas y estudiadas. Quisiera detenerme en una: la falta de un lugar específico para el crítico literario dentro de nuestra sociedad, como espejo y corolario de otra falta mayor, la de un lugar específico para el escritor.
La sociedad guatemalteca, por lo que respecta a las letras, tiene particularidades muy concretas que todos conocemos y que están cuantificadas. El índice de analfabetismo, en el 2003, era del 44.4%. Si a ese dato le añadimos los analfabetos de retorno, esto es, aquellos que, sabiendo leer, no hojean un libro nunca, y si lo hacen es para asuntos relacionados con profesiones técnicas o para leer las instrucciones de instalación de un electrodoméstico, podemos sospechar que tal índice podría aumentar considerablemente. Guatemala es el país de lengua española con mayor número de analfabetos en todo el continente americano. Y ello nos conduce a otra consideración: el número de hablantes de lengua española. Una estadística del Instituto Cervantes señala que, después de Paraguay (55.1%), Guatemala es el país de América Latina con el menor número de hablantes del español (64.7%).
Si combinamos ambas estadísticas (mayor número de analfabetos y menor número de hispanohablantes) comprenderemos las dificultades objetivas para un escritor que publica libros en idioma español. A esto hay que añadir la inexistente política cultural de las clases hegemónicas, o si se quiere, una política cultural basada en el profundo desprecio de la cultura guatemalteca. Y una actitud rayana en la veneración hacia culturas metropolitanas, en particular la norteamericana.
El resultado de todo ello es la inexistencia de un público lector estable que certifique o menos la posición del escritor dentro de su sociedad. Guatemala es un país de escritores de gran categoría, pero sin lectores, excepto los mismos literatos, o los estudiantes de escuela o universidad que se ven obligados, para superar una materia, a leer un libro una vez en la vida. Y si no se leen las fuentes primarias: las obras, mucho menos se leerán las críticas sobre ellas, empresa épica y autoreferencial.
Por ello, realizar un trabajo crítico de alto nivel, como el que ha elaborado Francisco Méndez sobre las vanguardias en Centroamérica, implica una vocación a toda prueba y, al mismo tiempo, una apuesta sobre el futuro, en donde se supone que espera un mundo mejor, con los lectores que este libro merece.
Durante muchos años, creación y crítica literaria estuvieron alejadas, no tanto por una especialización de país extremadamente desarrollado, sino por una actitud romántica, que veía en el creador una especie de vate, de sacerdote de la palabra, de “voz de los que no pueden hablar”. Su relación con la crítica era la misma que con los otros aspectos de la vida material: el poeta convertía la marginación a la que lo somete la sociedad en una elección de aislamiento y se veía obligado a adoptar la pose del malditismo, vieja herencia también del modernismo, como ya ha sido estudiado. Luego, nuevas generaciones han enfrentado la tarea de la escritura desde una perspectiva más consciente y más moderna, y ya no es raro el binomio creador/profesor universitario, como en los casos de Arturo Arias, Luz Méndez de la Vega o Margarita Carrera. Lo mismo sucede con Francisco Méndez, que se ha dado a conocer como narrador de sólidas cualidades y que ahora nos muestra, sin contradicción ni estridencia, el resultado de su labor académica.
Dentro de nuestra sociedad, es un paso más hacia la madurez de la profesionalidad del escritor, en un acto de conciencia que no limita sus posibilidades, sino que las ensancha. Una importante proyección hacia el futuro.
