La frivolidad y los ideales

Sobre la novela Completamente Inmaculada

Por Sébastien Rutés

Su primera novela.

Francisco Alejandro Méndez – Dossier, 31

No por nada es de Charles Bukowski uno de los epígrafes de Completamente Inmaculada:la de Francisco Alejandro Méndez es una novela en la que se toma, y mucho. Caen botellas de ron, vino rosado, etiqueta negra… Imposible contar cuántas cervezas se beben los protagonistas, pero sin lugar a duda más que en cualquiera novela de Bukowski.

En Completamente Inmaculada, también se consuman drogas: hachís, marihuana, hongos. Desde pesadillas posmodernas a apariciones de héroes mayas, las visiones etílicas y las alucinaciones toxicómanas se suceden más vertiginosamente que en cualquier novela de Philip K. Dick, fuera de la psicodélica Una mirada a la oscuridad, ya que la de Francisco Alejandro Méndez es al contrario absolutamente luminosa.

Y, last but not least, en Completamente Inmaculada, se folla. En prostíbulos o en la calle, entre dos o entre seis, viendo pelis porno o en sueños eróticos, incluyendo masturbaciones con calzones robados a las vecinas: se folla tanto como en una novela de Anaïs Nin, sustituyendo París por la Ciudad de Guatemala.

Sin embargo, a pesar del alcohol, la droga y el sexo, nunca título fue más justificado: Completamente Inmaculada es una novela acerca de la pureza.

Habrá quien tenga una lectura política: en plena guerra civil –aunque publicada por primera vez en 2003, la novela se escribió en los años noventa–, las preocupaciones del narrador y su grupo de amigos resultan obscenamente frívolas. Aunque solapada, es acerba la crítica de una juventud entre clase media y burguesa, la mirada volcada hacia Europa como para no ver el horror que asola su propio país, errante de fiesta en fiesta, sin propósito ni identidad, únicamente comprometida con la búsqueda de un placer intrascendente, carente de toda forma de consciencia política: parásitos en el país, al fin y al cabo, como lo son en las fiestas en las que suelen colarse para emborracharse gratis y ligar con extranjeras.

Sin embargo, más allá de la sátira social y a pesar de la ironía mordaz con la que Francisco Alejandro Méndez se empeña en llevar hacia lo trágico la superficial pretensión al gozo –las ansias sexuales de Alfonso, burlescas en un primer tiempo, resultan patéticamente enfermizas y la inocente broma que los amigos gastan a la prostituta Connie provoca su muerte–, la novela supera la simple crítica de clase. El caos orgiástico en el que se pierden los protagonistas no es sino una alegoría del caos que estraga el país. Los barrios protegidos en los que se mueven son un refugio de futilidad y lujuria en medio de la violencia, la cual acecha a los protagonistas apenas se alejan: los militares encapuchados que asaltan el coche en la carretera de la playa, los “alevosos policías” que sorprenden a las parejas desnudas en el mirador o incluso los metafóricos Dóberman, perros “matones” y “asesinos” según el narrador, que lo atacan en Livingstone. Pero más allá, se impone una lectura alegórica: el mundillo dorado –no tan dorado– es una metonimia de la situación nacional, y las torpes tentativas de los personajes por salvarse de la intrascendencia de su vida inútil se aparentan a una forma de redención.

Por eso se puede afirmar que Completamente Inmaculada es una novela acerca de la pureza, esa pureza que los protagonistas van buscando de forma errática y alocada, como aquel Andrés “amante empedernido de las prostitutas”que se enamora de Conie y, cuando esta se muere, se deja estafar por una cubana antes de casarse con una portentosa búlgara conocida por internet: a pesar de la lujuria, en medio de la lujuria, la búsqueda desesperada de la redención por el amor, negada a todos y particularmente al narrador.

Es una búsqueda espiritual la que lleva a cabo Inmaculada Montero y Guerrero, perdiéndose lejos de su España natal para volver a encontrarse, una iniciación que culmina con la visión de Tecún Umán en el Cerro del Baúl. El quetzal mágico que la sigue a partir de entonces es señal de redención por esa compatriota del conquistador Pedro de Alvarado, con apellido además tan bélico, y la escena se lee como la promesa de una reconciliación cultural entre la América a la que viaja la joven española y la Europa por la que vaga el guatemalteco: el fugaz encuentro amoroso entre ambos representó un inesperado remanso de paz en una larga historia de desamor.

Búsqueda de pureza es, al fin y al cabo, la odisea europea del narrador, en la que se ve despreciado y ninguneado, sea cual sea su posición social en su país. De París a Madrid, se enfrenta con una realidad que tiene poco que ver con el espejismo europeísta con el que soñó en Guatemala, y las chicas que lo fascinaban cuando no eran más que ilusiones pasajeras ahora lloran con él su soledad. Se acabaron la vida ociosa sin preocupaciones materiales, la obsesión por gozar, el derroche y la impunidad: en esa España en la que no es nadie, pobre al fin y solo, en busca de una nueva identidad después de quitarse el disfraz aparatoso que solía ostentar en su país, el narrador convierte la búsqueda vana de Inmaculada en viaje introspectivo en busca de un ideal de pureza inalcanzable en el período y el mundo en el que le tocó vivir.