Qué bien se sienten los integrantes de un grupo escénico, cuando los espectadores, complacidos, salen de la sala teatral —donde han presenciado y disfrutado una valiosa puesta— y, por lo general, solo recuerdan a los actores que al final aplaudieron a rabiar y, de pie, les gritaron el clásico ¡Bravo! por su calidad.
Ah, entonces, están tan satisfechos, que llamarán a algún amigo —como ellos, fans de la escena— para sugerirles que asistan al estreno del nuevo espectáculo, de paso subrayándoles el destacado desempeño de tal o cual intérprete, ignorando olímpicamente que uno de los pivotes decisivos de la calidad de lo presenciado, depende de un señor o una señora que, solo en ocasiones mostrará el rostro, si lo solicitan los actores en medio del aplauso general de los espectadores. Leer más…
