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¿Eres parte de una generación perdida?
No creo que perdida, sí frustrada, fastidiada. Nada se pierde, en eso soy un poco budista, pues nuestros fracasos alumbrarán los alcances de otros. No lo veremos pero será.
¿Se puede uno arrepentir de ser escritor?
Solo si no eras en verdad escritor.
¿Tienes algún compromiso como intelectual cubano con la sociedad o la política?
Tengo un compromiso con mi tiempo y con mi obra. Mi tiempo porque nadie escapa a él y solo tienes esa posibilidad. Mi obra porque es la que me extiende y me defiende en el tiempo. Lo demás es circunstancial y circunstanciado. Claro que estoy atento a lo que pasa a mi lado y con suma honradez participo. Uno no puede evadir la sociedad ni la política. Te encierras en tu casa pero en un anuncio de la radio, un apagón, lo que te pertenece por racionamiento, lo que te limita por una resolución, siempre te alcanza la política. No puedes escapar. Entonces debes asumirla, pero no como un político, sino como un paciente, alguien que padece una enfermedad y quiere curarse.
¿Cuál es tu concepción de la poesía y tu relación con ella?
Esa es la pregunta que nadie inteligente se atrevería a responder. Yo, aunque no soy tan inteligente, no lo haré. Solo repetiré lo que muchos dicen. La poesía es creación a partir de las interrogantes que el misterio de vivir nos impone. Es una manera de entender la vida. Mi relación es esa, vivo en la poesía. Todo trato de hacerlo con la limpidez y la gracia que ella invoca.
Entre tus libros publicados tienes una novela que además fue Premio de novela José Soler Puig ¿Háblame de ella?
Es un libro que disfruté mucho haciéndolo. Tenía en mente toda una gama de personajes, que representan un poco a las gentes que conocí en mi niñez y que, de cierto modo conforman el tejido humano de estas islas, la nuestra y las otras del Caribe. En el pueblo metafórico de La Cruz, en Isla Yagruma, doce personajes salen un día que consideran decisivo a definir su felicidad. Ahí empiezan los tropiezos, los encontronazos y los giros de la fortuna. Es una novela muy caribeña. No tiene una época histórica definida, sino un tiempo mítico. Además, hay varias circunstancias que han atravesado nuestros pueblos: los caudillos, el abuso, la pobreza, pero también los ritmos, las ansias de vivir, la sensualidad más abigarrada… Es una epopeya de la búsqueda de la felicidad. Me ha rendido muy gratos momentos con los lectores.
¿Puedes hablarme de los proyectos en los que trabajas ahora?
Siempre ando como la lechera de la fábula, con mil adelantos en la cabeza, pero casi siempre se me rompen con el tropiezo de “la maldita circunstancia”. Más fermentados, pues tengo una novela en apuntes. Es sobre un hombre que espera, no tiene otra cosa que hacer. Además quiero escribir un ensayo sobre el erotismo en la novela cubana. Y poemas que vienen a mí como fogonazos que me envía el destino.
¿Qué opinión te merecen los dictadores y los regímenes totalitarios?
Una desgracia y una pérdida de tiempo para la humanidad en su marcha hacia el mejoramiento.
¿Y la censura?
Una impotencia para la cual no hay Viagra. Desdice mucho del censor y su entorno. Pero a la creación la estimula y la hace buscar cauces de expresión. Sería interesante estudiar cómo ayudó la censura a desarrollar los recursos del arte y la literatura. Lo que sí es definitivo y está sancionado por la historia es que siempre se imponen los censurados y se desechan los censores. Giordano Bruno es más visible que todos sus censores juntos.
Para concluir ¿cómo definiría Manuel García Verdecia a Manuel García Verdecia?
Un hombre honrado que solo quiere vivir en paz según sus ideas.