OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Enero 2010. Antilde;o cuatro. Número once

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Datos de la revista, enero 2010, año 4, número 11
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Una tarde de buceo

(Tres variaciones)

 

 

Página 1

I
A DESTIEMPO

 

Hacía años que veraneaban en aquel lugar, la misma aldea de la costa donde se habían conocido cuando eran adolescentes, rodeada de playas y muy cercana a una cala al pie de un promontorio cabezudo que la protegía de los vientos y del oleaje, en la que Mario podía ejercitar cómodamente su afición al buceo con las aletas, las gafas submarinas y el tubo respirador, recorriendo sin temor a los embates de la mar un extenso tramo de abundante roquedal con muchas especies marinas animales y vegetales.

En el momento de comenzar su recorrido,  Mónica solía nadar durante un rato a su lado, también provista de aletas y gafas, para observar los peces de aquella zona: serranos, señoritas, sargos, pequeños cardúmenes de salpas, alguna lubina, algún salmonete, algún mero pequeño, alguna morena, convertidos en huidizos reflejos plateados, amarillentos o verdosos al advertir su cercanía, que pululaban en los pequeños ámbitos que iba conformando el conjunto de rocas pardas donde, entre algas de distintos colores, se multiplican los erizos.

A menudo, Mario hacía  una breve zambullida para recoger del fondo alguna concha poco común, que le entregaba a Mónica como una ofrenda. Al llegar al primer tramo del recorrido, junto a una gran escarpadura rojiza, Mónica le hacía un signo de despedida y regresaba a la playa, donde quedaría a la sombra fresca de los peñascos, leyendo una novela y vigilando los juegos de los niños con sus amigos, aquel día entusiastas constructores de una larga muralla interpolada de torreones moldeados con la arena húmeda por los cubos de plástico.

La excursión duró algo más que otras jornadas porque la mar estaba tranquila y transparente, lo que hacía muy placentera la visión de los fondos durante el recorrido, intensificaba esa intemporalidad que la inmersión produce en el espacio donde se flota y se avanza sintiendo la caricia del agua,  mientras la suave neblina azulada se va disipando para desvelar la precisión de lo inmediato en que ondulan levemente ciertos filamentos, brilla la concavidad de una oreja de mar, se alejan los peces sorprendidos en su incesante ramoneo o explota una nubecilla de arena como única huella de alguna huida invisible.

La llegada a los escollos que señalaban uno de los límites de la cala, el lugar donde las aguas comenzaban a agitarse y las olas marcaban habitualmente el libre dominio de la fuerza del mar,  lo hizo salir de su ensimismamiento y, tras merodear un rato entre las avalanchas del oleaje que creaban en aquel punto momentos sucesivos de visión y opacidad lechosa en las rocas oscuras que continuaban la línea de la costa, comenzó el regreso sin apresurarse.

Cuando volvió a la playa había ya muy poca gente, y nadie en el lugar que habitualmente servía de asentamiento a Mónica, al pie del farallón oscuro. Una mirada más detenida al resto de la playa tampoco hizo que la descubriese, como no pudo ver a sus hijos ni a los niños que habían estado jugando con ellos, y sintió extrañeza al advertir en el suelo la ausencia de la larga murallita de arena que, cuando había empezado su excursión, estaban levantando con tanto afán: la arena estaba lisa como si nadie la hubiese removido, y no quedaban ni siquiera las irregularidades propias de las huellas de un voluntario pisoteo.

Indeciso, recorrió la playa sin dejar de escudriñar todos los puntos donde su mujer y los niños pudiesen haberse instalado, manteniendo la convicción de que su paseo iba a descifrar la aparente  desaparición, pero al fin regresó defraudado al lugar en el que Mónica organizaba cada día el pequeño campamento. Su extrañeza se había convertido en inquietud, y pensó que acaso Mónica había tenido que abandonar la playa e irse con los niños por alguna razón inescrutable, pero con mucha urgencia, con tanta que ni siquiera le había dejado allí su ropa.

Incapaz de imaginar lo sucedido, y por ello invadido por una alarma creciente, decidió regresar de inmediato a casa, y la molestia que sintieron sus pies descalzos al dejar la arena y empezar a pisar la tierra del camino irregular, sembrado de guijarros, fue una señal física, agresiva, de la insólita circunstancia que estaba viviendo, con lo que su alarma se transformó en una desazón cada vez más angustiosa.

El pueblo no estaba lejos, y la casita donde ellos veraneaban, heredada por Mónica y sus hermanos de una vieja tía y testigo de muchos veraneos infantiles de su mujer anteriores al tiempo en que ellos se conocieron, era una de las primeras construcciones que se enfrentaba a la carretera,  cuando el camino de la playa desembocaba en ella. Detrás de la casita había un pequeño huerto con manzanos acotado por una alambrada, y entre los árboles descubrió las figuras fugitivas de unos niños y escuchó sus voces de juego. Imaginó que se trataba de sus hijos y de algunos niños vecinos, pero cuando estuvo más cerca, uno de aquellos niños, que él no fue capaz de identificar, se detuvo para verlo acercarse desde el otro lado de la alambrada, antes de echar a correr hacia la parte trasera de la casa gritando con eco de aviso algo que no fue capaz de entender.

Estaba a punto de llegar  a la puerta cuando del interior salieron dos hombres jóvenes, que se acercaron a él con evidente aire de inquietud, lo que lo hizo angustiarse aún  más.

_¿Qué es lo que ha pasado? –gritó.

Los hombres se detuvieron y se miraron el uno al otro. Del zaguán salieron un niño y una mujer,  aunque ella desapareció de nuevo en el interior de la casa, tras lanzar una interjección que tampoco pudo descifrar, pero en la que había un tono claro de sorpresa consternada. Los hombres echaron a andar otra vez y, cuando estuvieron junto a él, le manoseaban los brazos mientras decían palabras cuyo sentido era poco comprensible, que no había pasado nada, que estaban muy preocupados por él, mientras lo llamaban papá una y otra vez.

_Cálmate papá, no sabíamos dónde te habías metido.

_¿Dónde está mi mujer, dónde está Mónica? _ gritó entonces él, sin poder descifrar aún el significado de aquellas palabras.

La mujer salió otra vez a la calle con un albornoz azul en las manos. Le quitó con suavidad de las suyas las aletas, el tubo y las gafas y le ayudó a ponérselo. Él notó el cuerpo atrapado de repente por un entumecimiento reconocible, como si un tiempo que se hubiese retirado de él por algún motivo poderoso volviese a invadirlo con avidez duplicada tras un acecho implacable. El niño se acercó también, le agarró una mano y le preguntaba por qué se había  ido a la playa otra vez, por qué no les había avisado, y le llamaba abuelito. Salieron de la casa otra mujer y otros niños, y él comprendió que en el grupo de los adultos se manifestaba una gran perplejidad:

_Por Dios, Mario, por Dios, papá, cómo has ido descalzo, y sin ropa, nosotros convencidos de que te estabas duchando, como siempre, y tú escapándote, esta vez a la playa, además.

_¡ He preguntado que dónde está mi mujer ¡ – exclamó, sacudiendo los brazos para que lo soltasen.

O era más que perplejidad, era una suspicacia temerosa, como si  estuviesen descubriendo en él algo nuevo, difícil de afrontar, y en los gestos de los cuatro y en sus palabras había precaución, esa actitud cautelosa que mantenemos ante las personas o los animales  que pueden tener una reacción imprevisible, y se mostraban muy afectuosos y persuasivos  mientras volvían a cogerse de él y lo iban arrastrando suavemente al interior de la casa y le hablaban como se hace con los niños para tranquilizarlos:

_Pero dónde va a estar la pobre mamá, se te ha ido la cabeza, dónde va a estar, en el cielo, voy a darte algo y te acuestas, tú tranquilo, a lo mejor es que has tomado demasiado el sol, tú ya no estás para esas palizas que te das en el agua.

Lo acostaron,  pero no es capaz de tranquilizarse. Son las nueve en su reloj, el reloj automático de siempre, el que marcaba las cinco hace solo unas horas, cuando bajaron a la playa dando un paseo y Mónica le contaba que el próximo fin de semana va a venir la prima Lali con sus niños y lo mejor sería preparar la comida y hacer una excursión a las playas del Cabo,  y él la escuchaba hablar aspirando el olor de los pinos y de las flores silvestres y pensando que tenía medio mes por delante todavía para estos paseos y para bucear entre las rocas y para sentir el gusto del tiempo de verano como si no fuese a terminarse nunca.

 

II
UN PARECIDO

Era el cuarto de los veranos que pasaban juntos en aquel lugar, el pequeño pueblo costero donde se habían conocido, cercano a una cala resguardada de los vientos dominantes en la comarca: allí el fuerte oleaje era menos frecuente y Mario podía dedicarse a recorrer sin cuidado un largo espacio rocoso nadando con las aletas, las gafas submarinas y el tubo respirador. En el inicio de su zambullida, Mónica lo acompañaba durante un trecho, observando también los serranos, sargos, salpas, alguna lubina, algún salmonete, que se escabullían por el roquedal pardo donde se multiplican los erizos entre algas de distintos colores. A veces, Mario hacía  una pequeña inmersión para recoger del fondo una concha, una oreja de mar, una caracola. En un momento de la excursión, Mónica le tocaba, le hacía una señal convenida, y Mario sabía que ella regresaba a la playa, donde quedaría a la sombra de los peñascos espesos como telones, leyendo una novela.

Aquella tarde el agua estaba tibia y la mar muy tranquila. Mónica volvió a la playa y Mario siguió desarrollando su recorrido habitual, con el reencuentro de la nacra incrustada como una peineta en la segunda pradera de las melenudas posidonias, el reconocimiento de la maragota que se cobijaba, el hocico de aire levemente  porcino, bajo una cornisa blancuzca, y del mero que tenía su invariable habitáculo en uno de los entrantes abruptos del acantilado.

Fue al doblar los grandes peñascos oscuros que marcaban la extremidad norte de la cala, allí donde el agua estaba siempre más agitada, cuando percibió el bulto. Enseguida imaginó que correspondería al cuerpo de otro buceador y fue acercándose despacio a él, para darle tiempo a seguir su propio camino, pero el desconocido no se movía. Aquella quietud  suscitó al cabo en Mario una curiosidad que se fue haciendo extrañeza. Llegó junto al buceador y lo primero que le sorprendió fue comprobar que llevaba unas aletas iguales a las suyas, con el palmeado amarillo, gris el alveolo para el pie, un modelo antiguo, en desuso, pero muy cómodo. También el traje de baño del buceador era rojo, y de la misma marca que el suyo, pues lo señalaba la impronta del fabricante en la parte trasera de la cintura, contra la carne desnuda, opalina también por el efecto de la luz en la inmersión.

El buceador estaba apoyado en la cornisa, con los brazos extendidos a ambos lados de la cabeza, permanecía inmóvil, y Mario supo que el tubo respirador era del mismo tipo que el suyo, y también amarillo, pero que no sobresalía del agua. Aquel cuerpo tan familiar en ciertos detalles era el de un ahogado, una figura inerte y tiesa como la de alguna imagen, y en su descubrimiento Mario sintió una inexplicable certeza, como si en todas sus excursiones acuáticas hubiese estado esperando aquel encuentro.

Mario regresó con apresuramiento a la playa y comunicó su hallazgo  a través del teléfono portátil a la Guardia Civil, que no tardó en llegar a la cala en una zodiac.  Mario señaló el lugar de su mortal hallazgo, y la lancha se dirigió allí, para retornar después de un rato. El cabo que había tomado nota de la declaración, a quien acompañaba un paisano con sombrero de paja que era el juez, se acercó de nuevo a ellos y les habló con tono acucioso, quería que Mario los acompañase para reconocer el cadáver, pero Mario repuso tajantemente que no tenía nada que reconocer, que él ni siquiera había visto el rostro de ese cuerpo muerto.

_No quiero verlo y nadie me puede obligar a ello- añadió.

El juez  entonces se lo pidió a Mónica,  y había en la demanda un tono tan raro que ella accedió y se alejó con ellos hacia la gran lancha neumática, varada en la arena, en la que transportaban el cadáver. Al volver, Mónica se mostraba consternada.

_Es igual que tú, como si fueses tú, pareces tú mismo, Mario - exclamó. - El cuerpo, la cara, tiene los ojos abiertos y son los tuyos-.  Y se echó a llorar con mucho desconsuelo.

Mario dejó claro que no tenía ningún hermano gemelo ni pariente alguno que se le pareciese, y por fin no pudo encontrarse ninguna pista que diese la referencia de aquel ahogado que era al parecer su exacta réplica.

No hubo complicaciones judiciales, pero a partir de entonces Mónica se mostró ausente, ajena, de noche la despertaban pesadillas que no le contaba, y quiso abandonar pronto la costa y regresar a la capital, donde su relación con Mario se enfrió mucho.

Un día le dijo que quería separarse de él durante una temporada,  para reflexionar sobre su vida de pareja.

_¿Pero se puede saber qué te ha pasado? - preguntó Mario gritando, perdida la paciencia.

_¿Es que no te has dado cuenta todavía? ¿Es que no comprendes lo que hemos perdido?- gritó a su vez  Mónica, y Mario no fue capaz de descifrar el sentido de aquella alusión.

_¿A quién tengo que echar de menos?

_Allí estabas tirado, ahogado, muerto, no puedo quitármelo de la cabeza.

Ya nunca volvieron a vivir juntos.  Mónica, tras abandonar la casa,  cayó en una depresión y luego se le declararía la enfermedad que habría de matarla en pocos meses, dejando a Mario despojado definitivamente de lo que había sido su mejor compañía, el amor de su vida.

Mientras velaba su cuerpo, la víspera de la incineración,  Mario reflexionaba acerca de aquel extraño parecido que a veces, desde hacía años, le había encontrado la gente con otra persona. “Te vi en Salamanca el domingo” le dijo cierta vez un compañero, pero él no había estado en Salamanca aquel día. “Ayer en el cine te hice una señal y ni me contestaste”, recordó que alguien le había reprochado otra vez, y sin embargo aquel encuentro no fue posible, porque él no había estado en el mismo cine. Hasta Mónica, en los tiempos en que se habían conocido, cuando su relación era solo la propia de una amistad incipiente, se había mostrado molesta por haberse encontrado con él en la calle y advertir una frialdad en la respuesta a su saludo que era casi descortesía, “como si no supieses quién era yo”. Y Mario le había asegurado que no era él, mientras ella le miraba con escepticismo.

De manera que  en varias ocasiones, en el pasado, lo habían confundido con otro. ¿Con ese otro?

También identificó en su recuerdo la consolidación de su amor con Mónica, y cómo la entrega de ella se había ido haciendo cada vez más segura y en su mirada era perceptible una dulzura inequívoca. En aquella época, él debía viajar mucho por ciertas complicaciones de su empleo, pero cuando al regresar a la ciudad volvían a encontrarse, Mónica lo recibía con la amorosa intimidad de quien no ha estado lejos en ningún momento. Sin embargo, aquellos tiempos le hacían revivir la experiencia de la extraña confusión, y había amigos que le comentaban con regocijo un paseo o una fiesta, compartidas al parecer con Mónica y con él, cuando era imposible su presencia, por coincidir precisamente con alguno de aquellos viajes suyos fuera de la ciudad.

_Hay días en los que te adoro, porque eres dulce, cariñoso, estás lleno de alegría, en cambio hay otros en los que te aborrezco, como hoy, tan hosco, tan cardo, tan gruñón. ¿Qué te ha sucedido desde ayer? -le dijo una vez Mónica.

_Ayer estaba en Lisboa -repuso él con fastidio, y Mónica lo miró con una extrañeza que ahora se reproduce exacta en su recuerdo, ofreciéndole un indicio.

Volvió a recordarla gritándole si no se daba cuenta de lo que habían perdido, como si la aparición de aquel ahogado que al parecer era su exacta réplica hubiese sido para ella la constatación de un despojo irremediable.

Este verano ha decidido regresar al pequeño pueblo en el que conoció a Mónica, volver a zambullirse en la cala de sus habituales excursiones acuáticas.

Esta vez un fuerte viento de poniente embravece el agua y en la playa el crepúsculo alarga ya las sombras del acantilado, pero no se amilana. Se coloca las gafas, muerde la boquilla del tubo respirador, se calza las aletas, echa a nadar entre el vaivén del violento oleaje que revuelve la arena dejando ver apenas las rocas, los peces, las ocasionales plantaciones de posidonias. Avanza con dificultad hacia la gran peña que marca el límite de la cala.

Mientras se desplaza, el mar está a punto de aplastarlo contra la orilla rocosa, pero él continúa nadando, empeñado en llegar a ese lugar, el lugar definitivo, el lugar  donde debe extinguirse de una vez para siempre el enigmático, absurdo parecido.

 

III
EL REGRESO

En la residencia habían organizado una excursión por aquella parte de la costa y Mario se había incorporado al grupo porque en el recorrido iban a visitar los mismos lugares que había conocido tan bien a lo largo de su vida, aquellos donde había veraneado en su juventud, en su madurez y hasta en los primeros años de esa edad que llaman tercera, muchas veces junto a Mónica y, después de que ella muriese, algunas con los hijos y los nietos, antes de que estos hubiesen crecido y la familia sufriese su definitiva dispersión, y la casita que Mónica había heredado se hubiese vendido para sufragar los gastos que la larga ancianidad de Mario ocasionaba, sobre todo el de la propia residencia.

Mario había propuesto a sus compañeros que aquella tarde fuesen a merendar a la pequeña cala donde tantas veces había buceado, un paraje singularmente hermoso, con una playita de arena finísima y blanca al pie de un promontorio que la protegía de los vientos y del oleaje y que permitía también encontrar muchos lugares a la sombra, y ellos aceptaron. Descubrió que, con los años, se había construido una pequeña carretera que llevaba hasta el lugar, pero no coincidía con el antiguo camino, porque mientras se aproximaban a la cala no identificó ciertas señales bien conocidas del bosque de pinos que la rodeaba: ni el cúmulo de rocas enhiestas, ni el claro con el cobertizo, ni el pequeño prado cercano a la playa.

Mario había llevado en su bolsa una toalla pero también, disimulado en el fondo, su viejo equipo, aletas, gafas y tubo respirador, porque tenía el propósito de intentar una furtiva  exploración natatoria entre las rocas antaño tan bien conocidas. En aquellos tiempos, cuando comenzaba sus exploraciones, Mónica lo acompañaba durante un rato para observar los peces que se movían entre las rocas oscuras plagadas de erizos, y Mario se zambullía a menudo para recoger del fondo alguna concha poco común, alguna piedra multicolor, humildes presentes marinos para Mónica, y al entregárselos encontraba en la mirada de ella el cálido regocijo con que el amor gratifica el más humilde de los obsequios.

Mientras sus compañeros se iban diseminando en grupos sobre la arena, viejos encorvados de canosas calvicies, viejas arrugadas de piernas y brazos flaquísimos, Mario procuró escabullirse sin que ni ellos ni la celadora que los acompañaba lo advirtiesen,  encaminándose con toda la rapidez posible  a la escollera que cerraba la cala por el extremo norte y que solía servir de inicio para sus antiguas zambullidas, hasta quedar a cubierto de cualquier mirada.

Aquel día la mar estaba un poco revuelta, pero no se amilanó. Tras desnudarse y dejar la ropa al abrigo de una oquedad, se calzó las aletas, aunque encontraba en  las manos y en los pies mucha más torpeza que en los tiempos evocados, se colocó también difícilmente el tubo y las gafas y se echó por fin al mar, sintiendo como un golpe el frío del agua. Enseguida quedó decepcionado, porque la turbiedad apenas permitía ver aquel entorno que durante tantos años había sido tan familiar para él, las primeras rocas abundantes en erizos, el recodo en el que solía permanecer casi inmóvil un cardumen de salpas, la pequeña pradera de posidonias que anunciaba otro largo trecho de suelo rocoso abundante en algas,  peces e incluso algún pulpo con el que, tantos años antes, solía jugar si conseguía atraparlo fuera de su refugio.

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