OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Enero 2010. Antilde;o cuatro. Número once

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Datos de la revista, enero 2010, año 4, número 11
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Una tarde de buceo

(Tres variaciones)

 

 

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Pocas brazadas después, justo al llegar al recodo, se encontró cansado, con la respiración muy agitada por el esfuerzo, y buscó un rincón bien conocido por él aquellos años pasados donde era posible salir a tierra firme, una breve plataforma,  porque las rocas formaban allí un sucesivo escalonamiento de superficies planas, aunque a estas alturas de la vida era incapaz de hacerlo con las aletas puestas y debió emplear mucho tiempo en quitárselas, colocarlas en lugar seguro y elegir los espacios  limpios de erizos donde poder pisar. Logró salir por fin: resollaba, sentía grandes calambres en las piernas y en los brazos y se había intensificado en su espalda ese dolor que solamente los masajes conseguían paliar.

Colocó las aletas sobre la áspera roca, se sentó encima y permaneció largo rato quieto, tiritando mientras recuperaba el aliento. Desde allí  podía contemplar la línea de la costa que continuaba hacia el sur, las crestas de los acantilados llenas de sol, el mar brillando ante la luz de la tarde, igual que lo hacía algunas veces tantos años antes, cuando Mónica vivía y los hijos eran niños y adolescentes y jóvenes. Para el lugar y para la luz seguía siendo el mismo día, el mismo tiempo, pensó, y comprendió que su propósito de ir a la cala aquella tarde para bucear había sido un disparate, porque allí ya no había para él nada que encontrar.

Acaso había intentado, sin atreverse a imaginarlo claramente, que su inmersión, tan complicada de llevar a cabo a su edad,  tuviese  la fuerza de un verdadero regreso, como si en su recorrido bajo los acantilados pudiese recuperar cierta cercanía sensible de Mónica nadando al lado suyo entre las escolleras transparentes, inmutables, pero aquella intención no formulada había sido una completa quimera, él era solamente un viejo en la disposición final de la decrepitud, de la  extinción de las fuerzas, y hasta sus recuerdos no eran otra cosa que figuras desvaídas, fantasmales, escurridizas entre la opacidad blanquecina de un mar interior que no necesitaba moverse para estar turbio y exento de vida visible.

Tardó bastante tiempo en recuperar la capacidad física para colocarse de nuevo las gafas con el tubo y calzarse las aletas, y cuando se echó a nadar la aspereza de las rocas había arañado sus espaldas y la frialdad del agua atenazó de nuevo su cuerpo, pero puso todos sus esfuerzos en acompasar los movimientos de las piernas y los brazos a su anhelante respiración, poco a poco fue regresando al lugar del que había partido, y al salir estuvo un rato secándose el cuerpo aterido antes de vestirse, guardar en la bolsa la toalla y los objetos de buceo y regresar a la playa.

Hacía unos días que había dejado el reloj en algún lugar olvidado y no podría saber la hora que era, pero la playa, vacía, había sido ya totalmente invadida por la sombra. Intentó localizar con la vista el autobús, pero tampoco estaba en el lugar donde lo habían estacionado.

Mario permaneció un rato quieto y confuso. Al fin pensó que en aquel lugar no había nada que hacer y que lo mejor sería acercarse al pueblo, y buscó el punto en el que desembocaba el viejo camino, al otro lado de la entrada de aquella carretera nueva que lo había llevado hasta allí con sus también decrépitos compañeros. El camino estaba ahora cubierto de vegetación e incluso invadido en algunas zonas por las zarzas, pero su rastro se mostraba claramente y desde él se podían descubrir las viejas huellas familiares en el paisaje, aquel cobertizo en un espacio despejado de pinos, el súbito amontonamiento de rocas cubiertas de musgo.

La bolsa le pesaba tanto que acabó por soltarla, sintiendo que ya nunca más iba a necesitar esos objetos que habían conocido tantas horas gratas de su vida. Iba andando despacio, y le servía de bastón una gran rama seca que había encontrado junto a la sebe. Sin embargo, el caminar no le trajo más cansancio, sino una progresiva recuperación, como si sus fuerzas de los años antiguos volviesen a su cuerpo, hasta que llegó a dejar de sentir las molestias de su espalda e imaginar que estaba volviendo a casa una tarde de aquellas en las que, muchos años antes, se quedaba solo buceando y regresaba cuando ya Mónica se había marchado con los niños para ir preparando la cena.

La imaginación se convirtió en certeza, porque el bastón improvisado no era un báculo, sino una especie de mandoble con el que tronchaba las zarzas y los matorrales. Estaba volviendo a casa después de una tarde muy deleitosa, había encontrado un par de preciosas caracolas, y por la noche, ya dormidos los niños,  él y Mónica tendrían uno de aquellos encuentros amorosos lentos y abundantes en caricias que a los dos les daban tanto placer. Sin embargo, cuando el camino desembocó en la carretera, tras un trecho en que el andar se hacía mucho más dificultoso por lo enmarañado del terreno, descubrió que no era capaz de reconocer el panorama de las casas que lo rodeaban, mucho más altas que las recordadas, sin trazas ya de la que le había servido de cobijo durante tantos veranos.

Al fondo, donde la carretera se ensanchaba en una especie de placita, pudo divisar el autobús, y junto a él un vehículo verdoso de aire militar. Sin duda la celadora, alarmada por su desaparición, había subido al pueblo con todos los demás ancianos y estaba hablando con los guardias civiles. No era cierta pues su sospecha de que estaba viviendo el regreso a casa de una de aquellas tardes de los años jóvenes, y de repente sintió que la espalda le dolía mucho y que solo por la ayuda de aquel palo recogido del suelo su cuerpo no se desplomaba.

Estaba a punto de resignarse y echar a andar hacia el autobús pero no lo hizo. Volvió al camino, atravesó con esfuerzo aquella parte tan asilvestrada que limitaba con la carretera y, poco a poco, se fue acercando al lugar en el que el pinar se espesaba, hasta encontrar un punto donde el acceso al bosque era más fácil. Recorrió el bosque lentamente, hasta encontrar esta pequeña calva entre los pinos, y se ha sentado antes de tumbarse de espaldas. Ha visto llegar la noche, aparecer las estrellas. Ha decidido quedarse aquí, sin saber muy bien por qué, acaso esperando el milagro de recobrar ese tiempo tan vivo en su memoria, tan vivo que no puede aceptar que se haya esfumado del todo.

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