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Para José María Merino, gran Lidenbrock
Uno
Hoy se ha inaugurado la circunvalación que rodea Villatoro y comunica la urbanización donde vivo con la carretera del polígono industrial de Villalonquéjar. Esta noche, cuando he salido de la fábrica, he recorrido esta ruta por primera vez. Apenas había circulación, se ve que los conductores no la conocen aún o quizá la evitan, porque está mal señalizada y el paisaje tiene un aire tenebroso, sobre todo de noche: no funciona una sola farola, en el asfalto abundan las rodadas de barro de la maquinaria pesada que sigue trabajando por los alrededores y las rotondas parecen jorobas de escombros, con algún ciprés recién plantado que da al lugar un aire decididamente fúnebre. Sólo me he cruzado con los camiones que la Guardia Civil desviaba de la carretera de Santander. Esos vehículos pasaban húmedos y rugientes, como grandes fieras que escaparan de una tormenta. Sus largos remolques, cubiertos de lona, parecían la piel de un reptil que brilla a la luz de la luna, sobre todo cuando giraban en las glorietas con diligencia de serpientes. La noche era muy fría y los cúmulos de escombros y barro que rodeaban la carretera parecían escarchados, casi luminiscentes. En la radio sonaban las Lamentaciones de Lasso y eso (no sé por qué) aumentaba mi sensación de frío, quizá por el desamparo que transmitían las voces que lo cantaban. Cambié de emisora, pero todos los locutores que se sucedían en el dial hablaban con desgana, como si estuvieran adormilados; en otras cadenas, por el contrario, sonaba una música tan chirriante de trompetas y maracas que preferí volver a la intemperie con Lasso y su polifonía tejida con corrientes heladas.
En la última rotonda, justo al lado del pueblo, he visto por fin el dinosaurio. Es una figura de tamaño real de no sé qué bicho prehistórico (he leído el nombre en el periódico, pero ya no me acuerdo), modelada con poliéster sobre un armazón metálico, que han colocado hoy mismo, horas antes de la inauguración. Es enorme, quizá tenga diez o quince metros de largo, y su estampa no puede ser más teatral: parece correr con sus potentes patas traseras mientras extiende unos bracitos con garras y abre las fauces. He dado tres vueltas completas a la glorieta para apreciarlo mejor, aunque con tan poca luz apenas se distingue otra cosa que su perfil. He pensado que a David le encantará cuando lo vea. Seguro que él sabe el nombre exacto del animal.
Mañana, precisamente, he prometido llevarlo a la Sierra de la Demanda a ver alguno de los yacimientos de huellas de dinosaurios que hay por allí. Cuando se lo dije por teléfono, hace unos días, me replicó muy serio:
–Son icnitas, no huellas.
A mí me da mucha ternura que mi hijo, con sus siete añitos recién cumplidos, hable así, con esa precisión. Hace un par de meses visitó con su colegio las excavaciones de Atapuerca. Volvió entusiasmado, rojo de la emoción: me quería contar todo lo que había aprendido, se atropellaba, no sabía por dónde empezar. Nunca le había visto tan excitado. Les habían enseñado cómo desollaban animales los hombres primitivos, cómo tallaban el sílex o prendían fuego. También habían aprendido a hacer pinturas sobre la pared y les habían sacado el molde de sus pies para explicarles cómo se forma una huella fósil. A partir de entonces empezó a jugar en el jardín de casa a frotar palos, golpear pedruscos y a hacer trincheras, cuyo perímetro delimitaba con cuerdas bien tensas. Según las tardes, David descubría bajo tierra un cementerio de mamuts, una ciudad amurallada o la tumba de un emperador egipcio. De esta manera tan inesperada, la arqueología ha estrechado durante estos dos meses nuestra relación. Mejor dicho: la arqueología y la rigidez de mi ex mujer, que no permite al niño destrozar el césped de su casa (en rigor, mi casa, aunque una sentencia judicial me echara de ella). Gracias a esto, David empezó a desear que llegaran los fines de semana para venirse conmigo y poder embarrarse y dar rienda suelta a su nueva afición por los huesos y los tesoros escondidos, que yo alimenté convenientemente comprándole libros infantiles sobre dinosaurios, hombres prehistóricos y civilizaciones antiguas, sendas adaptaciones ilustradas de El mundo perdido y el Viaje al centro de la Tierra y también (y esto fue definitivo) herramientas: un pico, una pala, una azada, un cedazo y una carretilla «de verdad», como dice él con orgullo; le entusiasmó que fuéramos a una ferretería, esto es, a un comercio de adultos, con unos empleados viejos y uniformados que nos trataban de usted, y no a una juguetería. Me alegraba ver a David tan alegre, y mi satisfacción no era menor al comprobar que había arrebatado a Inma parte del ascendiente que tenía sobre él. Hoy, inesperadamente, el alcalde se ha aliado conmigo en mi guerra conyugal y ha plantado a medio kilómetro de mi casa un gigantesco dinosaurio de poliéster. David se va a volver loco mañana, cuando lo vea.
Es la segunda vez que me levanto de la cama y enciendo el ordenador del despacho. No puedo dormir. Estoy nervioso. Hay mil pequeños problemas que no hacen más que dar vueltas en mi cabeza: ninguno de ellos es muy importante, pero consiguen pincharme como un alfiler cada vez que cierro los párpados e intento conciliar el sueño. Por ejemplo, me preocupa que esta noche la puerta de mi garaje (quizá por la humedad) haya chirriado más que nunca, pese a que engrasé la cadena anteayer. Temo haber despertado a los vecinos, que cumplan su amenaza de denunciarme y que eso tenga consecuencias en mi lucha por conseguir la custodia de David (desde hace unos años mi vida es una novela kafkiana llena de juzgados, salas de espera, abogados y enredos infinitos: una puerta de garaje, pasada por la chistera de mago del abogado de mi mujer, puede convertirse en la prueba definitiva de mi irresponsabilidad como ciudadano y de mi incapacidad para educar a mi hijo). El caso es que el garaje se ha abierto con un quejido metálico estridente y, uno tras otro, han empezado a ladrar todos los perros de la urbanización. «Lo siento», he dicho en voz baja, y al punto me he sentido ridículo por hablar a solas dentro del coche y por disculparme por algo de lo que no soy responsable. Yo le pedí al casero que cambiara esa puerta y se negó en redondo. «No me joda, funciona perfectamente; los que molestan son los perros de los vecinos, que los maten ellos primero y todos en paz».
Son las cinco y media. Mañana he quedado en recoger a David a las diez. Eso quiere decir que dormiré poco más de tres horas. Eso, si consigo pegar ojo.
Apago el ordenador dejando una conversación a medias en el gélido chat erótico y me acuesto. Las sábanas se han quedado frías, han perdido el calor de mi cuerpo. Oigo cómo los perros siguen ladrando aquí y allá. Doy una vuelta y después otra. Cruje el colchón.
Me sobresalta el sonido del despertador.
Dos
Tengo prohibido acercarme a la casa de mi ex mujer (o sea, a mi casa). En realidad, tampoco puedo aproximarme a Inma. Entre ella y yo debe haber siempre al menos trescientos metros de distancia. Dar un paso dentro de ese radio significa caer en su telaraña y pisar el umbral del calabozo. Si veo a Inma por la calle, debo cambiar de acera y alejarme. Si estoy en una cafetería y entra, yo tengo que salir inmediatamente. Un día, cuando se encendieron las luces del cine y me levanté de mi butaca, me di cuenta de que ella estaba sentada justo detrás de mí. Ambos nos quedamos mudos por la sorpresa, paralizados. No sé lo que sintió Inma, pero a mí se me paró el corazón. Más que eso: el estómago me dio un vuelco y me cubrí de sudor frío. Nunca había tenido una convulsión igual. No fui capaz de articular palabra. Hacía más de año y medio que no la veía.
Ella recogió su abrigo y se fue, sin decir nada, sin mirar atrás.
Yo permanecí quieto en mi sitio, de pie, sin saber qué hacer. Un empleado entró para barrer la sala y se acercó para preguntarme si me sentía bien. Yo le dije que sí y luego, al instante, empalidecí y tuve una arcada. El muchacho me acompañó hasta los servicios, donde vomité. Le asusté tanto que salió corriendo al pasillo y empezó a gritar: «¡Un médico! ¡Un médico!». Por fortuna, no le oyó nadie. Yo me repuse en seguida, me volvió el color, le aseguré que me encontraba perfectamente y salí.
Tenía miedo de encontrarme a la policía en la puerta del cine, pero no había nadie. Me alejé corriendo, con palpitaciones.
No podía quitármelo de la cabeza. Inma había ido a la primera sesión, a esa hora en la que se juntan en la sala oscura las viudas, los deprimidos y los jubilados. Era martes. David estaba en el colegio y luego tenía varias clases extraescolares: primero de inglés y después de kárate. Mi ex mujer había aprovechado esas horas desocupadas para ir al cine sola. Durante dos horas habíamos estado a menos de un metro de distancia. Seguramente habíamos reído en las mismas escenas de aquella comedia idiota empeñada en demostrar, contra toda evidencia, que el amor eterno existe. Y cuando todo había terminado y los espectadores pensábamos que habíamos escamoteado dos horas de amargura, nos vimos cara a cara Inma y yo y eso fue como recibir una bofetada.
El caso es que no puedo acercarme a mi ex mujer y para recoger a mi hijo acudo (por orden del mismo juez que ha regulado escrupulosamente mi vida) a una asociación de mediación familiar que tiene sus instalaciones en las traseras de la estación de autobuses, en un piso destartalado cedido por el ayuntamiento. A este local lo llaman, eufemísticamente, «punto de encuentro», aunque más bien es todo lo contrario, porque su función es que los padres no se encuentren jamás: uno llega un cuarto de hora antes con el hijo, espera en una salita, llega el otro padre después, espera en otra distinta, y un empleado se encarga de llevar el niño de una habitación a otra para «hacer la entrega» (esa es la expresión que usan, como si uno fuera a recoger un paquete a Correos). El punto de encuentro me deprime, sobre todo por el contacto con los otros padres en la sala de espera: todos estamos allí hacinados y rabiosos como perros, llenos de bilis y rencor, obsesivos, dispuestos a contar al primero que se nos ponga a tiro los agravios que hemos padecido. Siento que me contamino allí, que se me mancha el alma, que desarrollo malos instintos.
Todo se esfuma cuando, por fin, se abre la puerta y aparece David de la mano de un trabajador social. El niño viene corriendo y me da un beso:
–¿Vamos a ver los dinosaurios? –me pregunta mientras empieza a frotarse la mejilla.
–¿Te pasa algo en la cara?
–Pinchas –responde, y hunde su dedito en mi barba.
Esta mañana me he levantado tan apurado de tiempo que no me ha dado tiempo de afeitarme ni de ducharme: he saltado de la cama, me he colocado unos pantalones y un jersey sobre el pijama y he salido sin desayunar.
–¿Nos vamos? –ha insistido David.
–Todavía no. Tenemos que esperar un poco.
No puedo abandonar el punto de encuentro hasta que no pasen veinte minutos de la marcha de Inma.
El niño se ha sentado a mi lado, con expresión aburrida. No ha querido coger ninguno de los muchos juguetes que hay en la sala y espera en silencio, columpiando las piernas.
Un rato después, otro empleado nos dice que podemos marchar.
La primera parada ha sido en la rotonda del dinosaurio. He aparcado en el arcén, he dejado los pilotos de emergencia del coche encendidos y he cruzado la carretera con David para que pudiera acercarse a la figura. Nos hemos situado en el borde, en la estrecha acera que rodea el perímetro de la glorieta. David se ha quedado sin palabras. Miraba al bicho con fascinación y no parecía importarle el frío ni el viento húmedo que nos escupía y nos daba empujones.
–¿Sabes cómo se llama este dinosaurio? –le pregunto.
Niega con su cabecita y, por un momento, ha apartado su mirada del bicho y me ha clavado los ojazos, expectantes, con una expresión iluminada.
–¿Y tú? –me dice.
–Yo tampoco lo sé.
–Oh.
A David se le ha escapado un gesto de decepción y ha vuelto a dedicar toda su atención al animal. Me ha agarrado de la mano y ha empezado a tirar de mí hacia el interior de la glorieta que, como todas las de la circunvalación, es una joroba de tierra en la que han plantado cipreses. En esta ocasión, el suelo está cubierto con una especie de tela de saco cosida con remaches cuya función se me escapa (quizá sea algún truco de jardinería, o quizá la arpillera haya servido para que los obreros maniobraran mientras instalaban la figura); el caso es que hemos podido caminar sobre ella sin hundirnos en el barro y nos hemos situado bajo las mismas fauces del bicho. David seguía mirándolo todo con la boca abierta; luego se ha acercado hasta las patas traseras y las ha tocado con precaución, como si quisiera cerciorarse de que realmente todo era artificial.
–Tiene brazos –ha dicho luego, señalando a lo alto, a las patitas delanteras que surgen del pecho del animal.
–Sí. Este dinosaurio caminaba erguido.
–Parece muy fuerte. Seguro que podía coger a una persona.
–Los dinosaurios y las personas no convivieron.
–¡Es verdad! ¡Qué tonto!
Cada vez que David comete un error, se da un coscorrón en la cabeza. No sé dónde ha aprendido esa costumbre, pero no me gusta nada. Es un niño muy perfeccionista y no se tolera ninguna equivocación. Ha desarrollado el sentido del ridículo hasta extremos preocupantes. Me gustaría hablar directamente con Inma sobre todas estas cosas, pero no puedo hacerlo. Siempre tiene que ser a través de una persona interpuesta, un trabajador social, un pedagogo, un psicólogo, un mediador, un profesor, un monitor de natación, un abogado, un juez.
El viento cada vez soplaba con más fuerza. Las aspas de los aerogeneradores situados en lo alto del páramo giraban a toda velocidad. Los camioneros que pasaban por la rotonda saludaban a David con un bocinazo. Seguramente les parecíamos la viva imagen de la felicidad familiar: un niño pequeño, fascinado a los pies de un dinosaurio, y su padre allí, muerto de frío, aguardando pacientemente a que su hijo decidiera terminar su visita al Cretácico.
Pero David no se cansaba y he sido yo el que se ha acercado a él y, acuclillándome, le he dicho:
–¿Vamos al coche? Tenemos que aprovechar las horas de luz si queremos ver las huellas de dinosaurios.
–Vale.
Hemos pasado por casa. Yo quería ducharme, no sólo porque me sentía sucio sino también porque me había destemplado y pensaba que era la manera más rápida de volver a entrar en calor. David ha ido a su cuarto y ha cogido uno de sus libros de dinosaurios. Después, se ha encerrado en al aseo conmigo.
No sé por qué, pero me ha dado un poco de pudor desnudarme delante de mi hijo. Tengo la sensación de que me miraba con curiosidad, que había en sus ojos una intención que no tenía en otras ocasiones, como si hubiera en mi cuerpo algo que le intrigara. Yo hace tiempo que he descubierto que él, por las mañanas, se levanta a menudo con su colita erecta. Yo le he explicado que eso es algo natural que les sucede a los hombres y él mismo no parecía darle ninguna importancia. Algo, sin embargo, ha cambiado.
He cerrado la mampara transparente de la ducha y le he dado la espalda. Me estaba enjabonando, cuando he oído su voz.
–Baryonyx.
–¿Qué has dicho antes? –le he preguntado cuando he terminado de lavarme, ya con el grifo cerrado.
–Que el dinosaurio se llama baryonyx. Mira.
Me señalaba una ilustración del libro, en la que se veía a un enorme bicho en mitad de una ciénaga, con un gran pez entre las fauces.
–Sí, es el mismo –he corroborado.
David miraba atentamente mi sexo. Me he cubierto con el albornoz y le he dicho con la mayor desenvoltura que he sido capaz:
–Anda, sal del cuarto de baño, que se te va a estropear el libro con la humedad.
Ha obedecido al instante.
Hemos cogido la carretera de Soria. Según avanzábamos, el cielo se ha ido entenebreciendo y pronto ha empezado a diluviar. David iba en el asiento del copiloto, con su libro de dinosaurios sobre las rodillas. Le he pedido que sacara el mapa de carreteras de la guantera.
–Aquí no está.
–Mira bien.
–No está, papá.
Entonces he recordado que ayer lo subí a casa, para marcar con círculos rojos los yacimientos. Me lo había dejado olvidado sobre la mesa del despacho, y ya era demasiado tarde para regresar por él. Tendría que confiar en mi memoria para encontrar las icnitas.
–Jesús tiene GPS –dice entonces David.
–¿Quién es Jesús?
–Un amigo de mamá.
–Ah, un amigo. Y tiene GPS, qué bien. Entonces... ¿has montado en su coche?
–Alguna vez.
–Jesús, tú y mamá, los tres juntos, ¿verdad?
–Sí.
–Ya. ¿Y dónde vais?
–Por ahí.
–¿A su casa?
–Alguna vez.
–¿Y dónde vive?
–No lo sé.
–¿Te ha pedido mamá que no me lo digas?
David no respondió.