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–A mí no mi importa que mamá tenga amigos –dije, después de un rato–. Seguro que Jesús es muy simpático, ¿no?
El niño siguió en silencio. Tenía la cabeza agachada. Miraba fijamente el dibujo del baryonyx, con expresión triste, muy serio.
–¿Se conocen desde hace mucho mamá y Jesús?
Nada. Completamente mudo.
–¿Me estás escuchando, David?
–Sí.
Durante un buen rato, hemos ido callados. Sólo se oía el chirrido monótono de las gomas del parabrisas y el de la lluvia contra la chapa del coche. A pesar de que no eran ni las doce del mediodía, parecía que era noche cerrada.
El yacimiento más importante de icnitas (según vi en internet) era el de las tenadas de Castrolomo. Para llegar había que tomar una pista forestal que tuve que pintar a mano en mi mapa de carreteras, porque allí no aparecía. Ahora temía que la lluvia hubiera dejado el camino impracticable, así que me he desviado antes de llegar a Salas de los Infantes y he avanzado por una carreterucha local. Si no recordaba mal, cerca había otro yacimiento menor pero más accesible. Casi por sorpresa, entre dos chopos gruesos, ha aparecido un cartel artesanal donde alguien había pintado la silueta de un dinosaurio. El primero en verlo ha sido David, que ha gritado:
–¡Para, papá! ¡Es aquí!
Hemos salido de la carretera y he avanzado por un camino sin asfaltar, lleno de hierbajos que cepillaban los bajos del coche. En la cuneta, había otro cartelón derribado.
–Espera, voy a ver qué pone ahí.
He abierto el paraguas y he salido al exterior. El viento hacía que la lluvia volara en todas las direcciones, como si fuera un oleaje, y al instante me he calado. Las prendas se me han pegado al cuerpo, muy frías. El cartelón, también pintado a mano, decía: «Ruta de los dinosaurios. Yacimiento de Las Lagañas, a 700 m.»
Las Lagañas. No me sonaba nada ese nombre, no era el que yo estaba buscando. Durante unos segundos he dudado qué hacer, si volver a la carretera, acercarme a Salas y preguntar a alguien o, directamente, regresar a Burgos y dejar la excursión para otro día más propicio. Esto último era lo más juicioso, pero, ¿cómo hacérselo entender a un niño de siete años? Cuando he entrado en el coche, David me ha preguntado:
–¿Estamos cerca?
–Falta casi un kilómetro.
–¿Eso es mucho?
–No.
He avanzado por el camino, lentamente.
Tras una bifurcación donde no había ningún indicador y cuando ya creía que había tomado el camino incorrecto (habíamos avanzado mucho más de setecientos metros), hemos llegado a un pequeño descampado rodeado por una cerca de mampuestos.
–¿Es aquí? –ha preguntado el niño.
–No lo sé.
La lluvia había amainado. Hemos descendido del coche. La valla tenía una abertura estrecha por la que cabía una persona. Allí nacía un sendero.
–Tiene que ser por aquí –ha dicho David, y ha echado a andar el primero por la vereda. Llevaba a sus espaldas una mochilita donde carga con su material básico de arqueólogo: un cuaderno de dibujo, varios libros, una cantimplora, una linterna y una piqueta.
–¡Aquí, papá, aquí!
Poco pasos más allá se veían hundidas en la roca dos improntas de garras, con aspecto de tridente. Estaban llenas de agua.
Yo esperaba algo más espectacular y me he sentido decepcionado. Miraba los charquitos en silencio, con las manos en los bolsillos. David ha metido su manita extendida dentro de la huella.
–Igual por allí hay más.
El sendero se adentraba en un robledal. David ha empezado a correr. Le he seguido con desgana. Empezaba a cansarme de aquella excursión.
El paisaje era muy bonito. Estábamos en el fondo de un cañón cada vez más estrecho, por el que discurría un arroyo que avanzaba golpeándose contra las piedras, como si fuera un animal ciego en plena huída. De repente, el cielo ha vuelto a velarse del todo, ha empezado a tronar y un rayo ha caído en la cresta de roca, sobre nuestras cabezas. Nunca había oído un estampido así. Inmediatamente, ha comenzado a llover con fuerza, con unos goterones fríos que golpeaban la piel como taladros. David y yo hemos corrido hacia una gruta que se abría en la pared de arenisca, que, por lo demás, estaba llena de agujeros.
–¿Te has mojado mucho, David?
–No. Me ha dado tiempo de ponerme la capucha.
Nos hemos quitado los abrigos para sacudir el agua que llevaban encima. Estaban empapados.
–Menos mal que hemos encontrado esta cueva, ¿verdad?
–Sí, hemos tenido suerte.
El agua caía como una catarata y nos impedía ver más allá de la boca de la caverna. Los rayos seguían cayendo muy cerca y sonaban como explosiones de artillería. David encendió su linternita y se dedicó a iluminar las paredes.
–Mira, igual son pinturas prehistóricas.
Eran pintadas y grabados de excursionistas, con su nombre, la fecha que habían pasado por allí, mensajes de amor, un «Gora ETA» y varios dibujos obscenos. El resto del paisaje era aún más deprimente: por los suelos había basura, preservativos usados, papel higiénico, latas oxidadas, botellas de cerveza, periódicos húmedos, ropas sucias. David ha cogido un palo del suelo y ha comenzado a hurgar en los montones.
–No toques nada de eso.
Vuelve a mi lado. Rebusca en su mochila y saca el molde en escayola de su piececito.
–Mira lo que he traído –me dice.
–¿Para qué quieres eso?
–Si lo dejo aquí enterrado y luego lo encuentra alguien, dentro de mucho tiempo, cien o mil, o mil millones de mil millones de años, dirán: son las huellas de un niño del siglo XXI. Lo llevarán a un museo, ¿no? Dirán: es la huella del Niño de las Legañas.
–De las Lagañas. El yacimiento se llama Las Lagañas.
–El Niño de las Lagañas.
David ha cogido su piqueta y ha empezado a hacer un agujero en mitad de la cueva. No deja de llover. Yo me siento abatido y triste, con una infelicidad difusa que me llena por dentro, como una marea alta que me inundara poco a poco. Había hecho el propósito de no fumar delante del niño, pero he encendido un cigarrillo.
–Déjame el mechero, papá.
–¿Para qué lo quieres?
–Podemos intentar hacer fuego. Mira cuántos papeles hay.
–No se te ocurra tocarlos. Ahí se ha limpiado el culo la gente.
–Son periódicos.
–Están llenos de mierda.
Los ha mirado, incrédulo, y luego se ha acercado otra vez a mí.
–Papá, ¿y tú crees que todos los dinosaurios se extinguieron?
–Claro.
–¿Todos, todos?
–No quedó ni uno.
–No puede ser. Yo creo que no. Alguno se salvó. Alguno que se escondió muy, muy bien.
–No basta con que se salve uno, David.
Me mira con expresión de triunfo y exclama:
–¡Ya lo sé! Se necesita un dinosaurio chico y un dinosaurio chica para que tengan hijos.
–Claro.
–Vale, se salvaron dos, sólo dos. Dos no es mucho, ¿verdad? Cayó el meteorito, pero ellos estaban en una cueva como esta, muy escondidos, y se salvaron. Si otros animales escaparon del meteorito, también puede ser que ellos lo hicieran, ¿no?
–Supongo que sí.
–Quizá sigan viviendo al fondo de esta cueva, ¿no? Un dinosaurio chica y un dinosaurio chico, con su hijito. ¿No puede ser?
–Quizá –he respondido, por decir algo. Discutir con un niño es una de las cosas más agotadoras que existen, sus opiniones son inamovibles. Luego se me ha ocurrido que quizá podía preguntarle otra cosa:
–Entonces tú ya sabes cómo se hacen los niños, ¿no?
Parece que el asunto le avergüenza, porque ha agachado la cabeza. Finalmente ha respondido.
–Sí. Me lo ha dicho mamá. Y también que voy a tener un hermanito. Pero es un secreto.
Me he quedado mudo. He dado una calada al cigarrillo y luego otra, hasta consumirlo por entero. He arrojado la colilla hacia la catarata de agua.
David se ha retirado al fondo de la cueva.
–¡Es enorme!
Ha comenzado a iluminar las tinieblas del fondo con chispazos de mi mechero.
–Usa la linterna, David, que me vas a gastar el gas.
De repente, me he sentido agotado. Se me ha venido encima todo el cansancio de la noche sin apenas dormir. He cerrado los ojos. Me he dormido. He empezado a soñar.
Lo siguiente que recuerdo es una sensación de náusea y un tufo. He empezado a toser. Del fondo brotaba una humareda densa que buscaba la huída hacia el exterior por la boca de la cueva.
–¡David!
Al gritar el nombre de mi hijo se me ha llenado primero la boca, luego la garganta y más tarde los pulmones de humo, un humo sólido, harinoso, que sabe a telarañas, que pesa y se afirma en el cuerpo como hormigón. Aunque me siento aturdido, he corrido hacia el interior de la gruta, medio ahogado, desesperado, con el corazón desbocado, las sienes palpitantes, los ojos escocidos. El cuerpo tiznado del niño está junto a montón de trapos y periódicos que escupen nubes negras. David parece inconsciente. Intento tirar de él, pero sólo consigo perder el equilibrio y caerme. Estoy mareado, sin fuerzas, noto cómo la cabeza oscila como una campana, mi cuello no puede mantenerla erguida, firme. Trato de arrastrarme. Me ahogo: abro la boca involuntariamente, como un pez fuera del agua, doy mordiscos en el aire, las mandíbulas están fuera de mi control. Aspiro más y más humo, me enveneno, mi cuerpo ya no me obedece, las piernas y las manos comienzan a agitarse espasmódicamente.
Me muero. Me muero y no puedo hacer nada para evitarlo.
Entonces he sentido que David me clava su dedito en la mejilla.
–Ya no pinchas.
Abro los ojos. El humo ha desaparecido por completo.
–Tenía yo razón–exclama, muy ufano–. Si te escondes bien, te salvas.
–¿Pero qué dices, David?
–Ven.
Me pongo en pie y empiezo a caminar hacia el interior de la gruta, siempre cogido de la mano del niño, que ilumina el paso con su linterna. Las paredes se van estrechando: tienen dibujos de búfalos, mamuts y caballos, de hombres emplumados, de lanceros. El espacio cada vez es más angosto, el techo va descendiendo y llega un momento en el que tenemos que reptar.
–¿Dónde vamos, David?
No responde. La galería nos conduce a una gigantesca cavidad de granito que, pese a su gigantesca bóveda de roca, está iluminada, como si en algún lugar hubiera un sol propio escondido. Corre una brisa fresca, limpísima, que parece perfumada, como si llegara desde un cuento oriental, cargada de especias y polen. Paseamos debajo de un bosque de setas, enormes como cedros. En una ciénaga vemos como unos baryonyx machacan con sus fauces de cocodrilo los pescados que acaban de sacar del agua. Una especie de lagartijas aladas vuelan sobre nuestras cabezas. Finalmente llegamos a una playa. Las olas lamen nuestros pies con la docilidad de un perrito.
–Es el mar de Lidenbrock. Sube a la balsa, papá. Tenemos que hacer un viaje muy, muy largo.
Coda
La Guardia Civil nos encontró inconscientes, junto al río, a diez metros de la cueva. Yo no puedo recordar cómo llegamos hasta allí, cómo pude hacer la llamada al 112, cómo fui capaz de arrastrar de una pierna a David y salvarnos así los dos. No creo en los milagros, pero siempre que cuento este episodio digo: fue un milagro.
También suelo contar mi delirio, las estampas de Julio Verne que pasaron por mi cabeza, el mar de Lidenbrock y todo lo demás. Cuando cito lo del viaje «muy, muy largo» siempre hay alguien que dice: eso es la muerte.
Pues claro.
Este accidente, junto a las denuncias de los vecinos por mis ruidos nocturnos, más varias multas de tráfico, las amonestaciones por llegar tarde al trabajo, ciertos impagos, mis depresiones y algunos incidentes absurdos (como las tarjetas rojas del fútbol cuando juego con el equipo de la fábrica), hábilmente manipulados por el abogado de mi ex mujer, que con artes de brujería sacó todos los papeles a bailar el cancán en la mesa del juez, hicieron que se desestimara mi pretensión de conseguir la custodia del niño (aunque no me retiraron la patria potestad, como pretendía Inma).
Ella no me perdona mi irresponsabilidad. Yo tampoco.
David continúa con su afición por los dinosaurios. Él tiene su teoría para explicar cómo salimos de la cueva. Asegura que en el río, junto a nosotros, vio las huellas frescas de las patas de un baryonyx, la impronta de sus gigantescos dedos hundidos en el lodo. El dinosaurio nos sacó en volandas, sobre sus bracitos.
Eso es lo que dice David. A la gente le parece algo tan divertido y encantador como mi alucinación de las lagartijas voladoras y los champiñones gigantes.
Seis meses después de todo esto, Inma tuvo un niño y, de acuerdo con el padre, permitió que David escogiera el nombre de su hermanito. No lo dudó un instante:
–Julio, como Julio Verne.
Así se llama la criaturita (que yo, por supuesto, no conozco). Aún me pregunto si es verdad que David pensaba en Verne y por qué Inma aceptó. Yo también me llamo Julio.
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(Burgos, 1972). Ha publicado las novelas Jerjes conquista el mar (Ediciones del Viento, 2009), El suelo bendito (Algaida, 2000) y la trilogía compuesta por Inquietud en el Paraíso (Ediciones del Viento, 2005), La ciudad del Gran Rey (2006) y Viene la noche (2007). Junto al fotógrafo Asís G. Ayerbe ha editado el libro de artículos La ciudad de plata (El Pasaje de las Letras, 2008), En el secreto Alcázar (monólogos teatrales; Los Duelistas, 2008) y Secretos xxs (Los Duelistas, 2008). También ha publicado novelas para jóvenes en la editorial Edelvives: Huye de mí, rubio (2002), Mi hermano Étienne (2007) y Étienne el Traidor (2008). Su libro de cuentos La marca de Creta (Ediciones del Viento, 2008) ganó el Premio Setenil.