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Querido José Mari: de todo corazón y todo hígado,
celebraré que al recibo de la presente te encuentres bien, es decir,
libre de cálculos badánicos, de elefantiasis y en administración perfecta
de la fosforescencia de tu pensamiento. Por mi parte, yo
no me puedo quejar. Aunque me han visto
por resonancia (fíjate en qué embrollo
electrosensorial andan las ciencias),
cuatro o cinco verrugas cerebrales.
No es nada grave. No aparecen síntomas
pungentes en los cóndilos. Me hurgan suavemente
en los meollos vibraciones canónigas
muy parecidas a las que acontecen cuando uno despierta
de la que dicen siesta del carnero.
En cierto modo, es una felicidad, es como si regresase
de una pereza cargada de flores.
Quiero ahora decirte algunas cosas.
No sé si reflexiones, desvaríos o
profecías pretéritas. Da lo mismo, ya que,
como tú bien dices, todo es falso.
Tampoco sé si son de tu cosecha o
de la mía. Las cosechas se dan patrimoniales
y también esto da igual. Vamos a ello.
Por lo que sé de ti en cronologías,
es decir, en hogaños y calendas,
tú naciste berrando felizmente,
en el año del hambre, en A Coruña,
mil novecientos y cuarenta y uno.
Probablemente, tú
fuiste correctamente amamantado. Lo celebro.
A mí también me amamantaron
con calostros legítimos, surtidos
de ubres de Morcín republicanas.
Tuve un ama de cría analfabeta,
gorda, babaya, cariñosa y fea.
Pero en mil novecientos cuarenta y uno, ay, José Mari,
el menú universal era abadejo
precedido, si había precedencia,
de muelas o gabrieles. Por entonces,
no había llegado aún la leche en polvo.
Pasemos a otra cosa. Cierto día
que no sé si es un fue o es un será, pues verás, yo,
entro en tus ojos y advierto
que en los vaivenes de los hierros buscan,
con la mirada fija hasta el cansancio,
un no sé qué: ¿”ranas adúlteras”,
pan de higos, gaseosa, “cacagüeses”?
No era esto. Lo sé. Estoy de broma.
Me han tentado el despropósito y la hipérbole.
No me hagas caso. Tu asunto
sería en el mercado, en el que llaman
de la Plaza del Conde. Rebolledo,
para mayor ilustración.
Yo, por entonces,
en horas vespertinas, ya andaría
en merodeo temeroso con
quince pesetas franciscanas, es decir, con quince
pesetas de Francisco Franco,
por San Lorenzo o por Santana, predios
donde honorables putas melancólicas
se teñían con agua oxigenada
y cultivaban las jaculatorias
que protegen del chancro y de la sífilis.
Tú no, claro está, tú, aún impúber,
dotado de permiso hasta la siete,
tendrías tu solaz (cromos, canicas)
en la Condesa o en Papalaguinda.
Pero, a lo que iba (se me van las cosas
por el furaco de la vejez. Discúlpame).
Tú sobre la romana de los números;
yo contra los balcones oxidados,
buscábamos el no sé; no, no eran ranas.
ni algarrobas ni chochos. Me avergüenzo
de haber escrito más arriba estas
mayúsculas memeces.
¿Qué sería
el no sé?, ¿Un sueño insomne?
Un equilibrio, dices tú. ¿Qué es
un equilibrio? ¿Un dios, un meigo, una ecuación, un credo,
la contradanza del perpetuo olvido?
He entrado sin querer en gravedades
excesivas quizá. No tengo arreglo.
Perdóname otra vez, José María,
no puedo remediarlo. Me parece
que hemos muerto ya un poco, que se han ido,
uno tras uno y sin remedio, todos
aquellos días grandes de tu infancia.
Y de la mía, claro está. No atino,
no alcanzo a comprender por qué tú dices
con magra seriedad: “Y nadie ha muerto”.
Ante estas causas
es bueno enloquecer. Organicemos
una fiesta por tanto. Mira, canta,
en allegreto, si es posible, canta
aquella melodía:
“La española cuando besa /
es que besa de verdad...”
Pero no. Vas a ver. Se me ha ocurrido
otra cosa mejor. Es un conjuro
totalmente infalible. Fíjate:
¡Baila, Nicolás!
Baila sobre las cifras subjuntivas.
Sobre mil novecientos treinta y seis especialmente. Danos
tu tenaz mansedumbre, el poderío
de tu infelicidad.
Eso: vivamos
como las fuentes manantiales que
desconocen su amor, su regadío.
Ignoremos la vida, este accidente.
Con látigos (...) y cruces y coronas,
con heridas de plata, sin saberlo, vamos
de una inexistencia prenatal a otra.
Todo es falso.. Me extraña que escuchemos
los primeros sonidos de la vida..
¡Baila, Nicolás!
Hay otro asunto incomprensible: ¿vimos
los dos carne dispersa? ¿Tú,
en el arroyo claro, en los alrededores
de los ríos secretos que conducen
sangre invisible? Madrugaste. Yo
hube de verla sobre mostradores
y en los zaguanes sucios. Con frecuencia,
en la ferretería de Silvino.
También me extraña en gran manera la
causa urbanística: los aldabones,
las papeleras y, en particular,
las encendidas, las deshabitadas,
lejanas galerías amarillas.
¿Qué viste tú que yo no viera? ¿Viste
el gallo inmóvil, su metal, su bronce
y su vértigo azul? En los relojes,
¿viste las horas policiales y
contraseñas de pérdida y olvido?
Yo pasé miedo. Y tú, ¿cómo llevabas
aquellos días nacionales? ¿Qué
opinaba mi amigo Bonifacio
de tus visiones imposibles?
Vas
a ver. Voy a contarte una
visión incandescente. Yo
era aún muy niño por entonces.
Desde morales circuncisos, vi
cinco conejos y, en la cercanía,
la ruina en el adobe inmobiliario
del señor Rafael, segundo cónyuge
de mi tía tercera, la que amaba
al verdugo oficial, intrauterino
de su olvidada juventud. (No hablemos de este
que me pongo fatal).
Pero fue así
como yo comprendí la situación: conejos,
tortura judicial, adobes fúnebres.
Aquel día lloré, mas la ternura
de mi tía tercera se interpuso:
con pan negro y partículas celestes
de tocino invernal, con tres palabras
cariñosas y crudas (no serían
en todo caso más de cinco), mi
tía tercera desecó mi llanto,
mi comprensión y mi sabiduría.
Con ternura y pan negro, con tocino.
Aún te diré algo más, José María.
El tiempo que vivimos nos extingue
mientras nos atraviesa. ¡Qué moldura,
qué condición más huérfana la nuestra!
Vivir, “vivir honradamente”, dicen,
en Padre Isla o en Cantamilanos,
para llegar a la inmovilidad perfecta
de nuestro corazón. ¡Qué tontería!
¡Baila, Nicolás!
Baila hasta que se enciendan los carburos
y las luciérnagas, y los resplandores
del Mari, el Alfageme, el Avenida.
Hasta que despierten con sus alpargatas
los fusilados de Villamañán.
¡Baila, Nicolás!
Hay un olor a madre, conocemos
las nueces de Azadinos, el fardel silvestre
y hasta el sabor de la raíz cuadrada.
Hay muchas cosas todavía. Tu
reino es el verano y, además, conoces
las lentas horas del otoño triunfante,
Quizá enloquezcas
debida y felizmente, en la eminencia fría.
Como las cumbres de Vegacercera.
Una juerga secreta, un regodeo
recorre nuestras venas. Las figuras inmóviles
de nuestros pobres ojos acreditan
que estamos vivos a pesar de todo.
Algo hiede, es verdad,
a palomina. No te preocupes, que
la mierda no es mortal.