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José María:
tú eres esta ciudad, tú la electrizas
cuando va anochecer. De otra manera,
haces girar el blanco remolino
de la primera luz.
Lo que te digo:
siempre es ayer. Un día de estos,
emporcándonos de júbilo y de arena,
vamos a jugar al guá.
Ya ves, ya ves: yo, con setenta y ocho tacos,
siete meses y un día, estoy perfectamente
loco de atar: digo blanco y
digo negro. Súbitamente, digo
que hemos muerto ya un poco, y después, digo
que estamos fenomenal.
Yo no me entero, no sé nada ni
falta que hace.
Verás,
ahora, tampoco sé
por qué, para terminar,
te escribo una toponimia
lírica y municipal:
Armunia, Lope de Vega,
Descalzos, Pardo Bazán,
Tarifa, Lancia, Bernesga,
Puertamoneda, Encinar,
San Mamés, Santo Domingo,
el Espolón, San Guisán,
Barillas, la Hoz, Omaña,
la Calle Particular,
Cervantes, Era del Moro,
Pícara Justina, San
Pelayo, la Calle Ancha,
Suero de Quiñones, las
Cercas, la Puentecilla,
Trobajo de Abajo, las
Fuentes, Misericordia,
Rollo de Santana, San
Claudio, Cascalería,
Ordoño Segundo, la
Bandonilla, Cardiles,
la Serna, Colón, Guzmán,
la Venatoria, Renueva,
Sierra Pambley, San Adrián,
San Esteban, Monja Etheria,
Azabacherías, la
Chopera, Juan Ferreras
Astorga, Pedro Cebrián,
Padre Isla, Pablo Flórez,
Puerta Castillo, Bernar-
do del Carpio, Corredera,
Losada, Nocedo, San
Tirso, la Valdería,
Platerías, Rebollar,
Bordadores, Panaderos,
Rodríguez del Valle, las
Carbajalas, Tejo, Babia,
la Hoz, Ramón y Cajal,
Julio del Campo, las Médulas,
Cuchilleros, Jorge Man-,
rique, Peña Labra, Sal,
las Carreras, Monasterio,
Lucas de Tuy, Fontañán,
Corrida, la Corredera,
la Tercia, la Corta, la
Cabrera, Caño Badillo,
Dos Hermanas, Carbajal,
Moisés de León, la Cuesta,
Alférez Provisional,
Gil de Ontañón, Juan Madrazo,
y Abad de Santullán.
Se acabó la toponimia,
cuento de nunca acabar.
Hoy es jueves, treinta y uno
de diciembre, dos mil nueve,
año perpendicular,
con el Ibex treinta y cinco
crítico y circunstancial.
Pásalo bien, José Mari
Un abrazo y a mandar.
* Las frases y palabras escritas en cursiva están tomadas del libro de José María titulado Intramuros, lo que ocasionará, seguramente siempre, destrozo de su sentido y su coherencia estética. Es una pena, pero no he sabido resistir la tentación de este capricho fraternal y literario. Hay también dos pequeñas frivolidades léxicas: los entrecomillados de “ranas adúlteras”, inciso perfectamente prescindible y hasta inconveniente, que, quién sabe por qué, no he sido capaz de retirar (se trata del título de un librito cuyo autor me parece, sólo me parece, que es Leonides Fresno, natural de o profesor en Mansilla de las Mulas), y de “cacagüeses”, corrupción adoptada por mí a las puertas del Alfageme
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(Oviedo, 1931). Su padre, de nombre Antonio, fue un poeta modernista que publicó un único libro, Otra más alta vida, en 1919. En 1934, ya huérfano de padre, se trasladó con su madre, Amelia Lobón a León. La presencia de su madre como refugio ante el horror y la miseria de la guerra y la postguerra es recurrente en toda su poesía. En 1936, con las escuelas cerradas, aprendió a leer gracias a la lectura del libro de su padre. Mientras trabajaba en el banco tomó contacto y fue parte de la resistencia intelectual al franquismo. Se dio a conocer poéticamente con Sublevación inmóvil (1953-1959), publicado en Madrid en 1960, obra que consiguió un accésit del premio Adonais de poesía, y que supuso una ruptura con las tradicionales reglas realistas de la época. En 1969 pasó a crear y dirigir los servicios culturales de la Diputación Provincial de León y, a partir del 70, la colección Provincia de poesía, intentando promover una cultura progresista con el dinero de la dictadura. Fue privado de su condición de funcionario, y posteriormente recontratado, mediante sentencia judicial. Durante estos años comenzó a colaborar asiduamente en diferentes revistas culturales. A esta etapa pertenecen La tierra y los labios (1947-1953), no publicado hasta la aparición del volumen Edad, que recoge su poesía hasta 1987; Exentos I (1959-1960), poemas no aparecidos hasta Edad; Blues castellano (1961-1966), obra no publicada por motivos de censura hasta 1982 y Exentos II (Pasión de la mirada) (1963-1970), publicada con múltiples variaciones en 1979 con el título León de la mirada. A esta primera etapa siguió un silencio poético de siete u ocho años, significativamente marcados por la muerte del dictador Francisco Franco y los inicios de la llamada transición. Esta tiempo marcado por la crisis existencial e ideológica se hace sentir en su siguiente obra Descripción de la mentira, León 1977, un largo poema que marcó un giro hacia una total madurez poética. Posteriormente publica Lápidas (Madrid, 1987) y Edad, el volumen que recoge toda su poesía hasta 1987, revisada por el autor, y que le valió el Premio Nacional de Literatura. En 1992 apareció Libro del frío, que le consagra como uno de los poetas más importantes en lengua castellana. En el año 2000 vio la luz la versión definitiva de esta obra, que incluía Frío de Límites, obra procedente de una colaboración con Antoni Tàpies pero que, desgajada de la pintura, adquiría el carácter de addenda necesaria de Libro del frío. Previamente habían aparecido los poemas de Mortal 1936, acompañando a unas serigrafías de Juan Barjola sobre la matanza en la plaza de toros de Badajoz durante la Guerra Civil, y no llegaron a publicarse Exentos III (1993-1997). Arden las pérdidas es publicado en 2003, libro que culmina la madurez iniciada en Descripción de la mentira, de una poesía en la perspectiva de la muerte en la que lo perdido (la infancia, el amor, los rostros del pasado, la ira…) aún arde en el tránsito hacia la vejez con mayor lucidez, con mayor claridad, con mayor frío. Tras él vendrán Cecilia (2004) y Esta luz: poesía reunida: (1947-2004), (2004). En 2006 año obtuvo el Premio Reina Sofía y el Premio Cervantes.