Días contados

Cuento

Manuel Ballagas

Manuel-Ballagas-OtroLunes39Manuel Ballagas nació en La Habana, Cuba, en 1948. Publicó su primer relato a los 15 años, en la revista Casa de Las Américas. Dos años después, se integró a la directiva de Ediciones El Puente, editorial cubana con la que se disponía a publicar el libro de cuentos Con temor, cuando fue clausurada por orden expresa de Fidel Castro. Obtuvo primera mención, con un voto para premio, en el Concurso David de 1967 con el libro Lástima que no sea el verano. Trabajó cinco años como crítico de cine en la radio cubana, antes de ser arrestado por la policía política en 1973. Guardó prisión durante cuatro años bajo acusaciones de diversionismo ideológico. Reside desde 1980 en Estados Unidos, país del cual es ciudadano y donde ha ejercido el periodismo en medios como The Wall Street Journal, The Miami Herald y The Tampa Tribune. Fundó y codirigió entre 1981 y 1984 la revista literaria Término. Entre 2000 y 2003 fue consultor editorial de la revista Foreign Affairs en español. Ha publicado relatos, reseñas y poemas, además, en las revistas Gaceta de Cuba, Escandalar, Mariel, Linden Lane Magazine, Contratiempo, Sinalefa y Revista Hispano Cubana. Es autor de dos novelas, una colección de relatos y un libro de memorias: (Newcomer, memorias, 2010; Descansa cuando te mueras, novela, 2010; Pájaro de cuenta, novela, 2011; Malas lenguas, relatos, 2015). Reside actualmente en Miami. Obras suyas han sido traducidas al inglés, francés, alemán y polaco. Es hijo del poeta cubano Emilio Ballagas.

— * —

 

Para Olalla Novoa

 

Nada me infunde más pavor que pasearme de noche por una ciudad desconocida. Aun ahora, después de lo que pasó, no puedo evitarlo. Pensándolo bien, no es precisamente miedo lo que siento; es la certeza escalofriante de que alguien sigue mis pasos con intenciones malignas.

La sombra que husmea mis huellas tuerce conmigo en cada esquina o se detiene a mitad de una cuadra mientras hago que mato el tiempo ante cualquier vidriera. ¿Sabrá acaso que, según me mira, la miro? No creo. Pero da igual. Al cabo del tiempo, la sensación de su aliento bañándome el cogote acabó por dotarme de una especie de sexto sentido que delataba el asedio casi antes de empezar. Por eso no consiguió acorralarme… hasta hace unos años.

Me acababa de mudar a Nueva York, o trataba de hacerlo. Mi patrocinador, un importante periódico que me contrató como editor, me hospedó en pleno distrito financiero, en un hotel minúsculo pero suntuoso a un tiro de piedra de Wall Street. De día, acudía a la redacción, abriéndome paso entre el gentío del bajo Manhattan hasta alcanzar Battery Park, casi a la sombra de las Torres, o me desplazaba ansioso de borough en borough, en busca de apartamento. Mis diligencias eran inútiles; nadie quería alquilarme en Brooklyn, ni en Queens, ni en el Bronx, ni en ninguna parte. Parece que me veían cara de malhechor. De noche, cuando las calles se ponían como boca de lobo y se me antojaba imprudente salir, me refugiaba en mi habitación y rogaba a Dios por un pronto amanecer.

Pero las plegarias no bastaban para conciliar el sueño. El retumbar continuo de los trenes subterráneos, cual rumor de sepulcro inquieto, acababa por arrancarme de todo sopor. Mi aposento se remecía, como agitado por un sismo leve. Tenía que taparme los oídos para no gritar. Afuera –lo presentía– se gestaba el sempiterno acoso.

Resignado al insominio pero incapaz de trasponer las puertas del hotel, me echaba ropa encima y llegaba por la taberna que había en la planta baja, colmada a esas horas por bulliciosos corredores de bolsa en plan de happy hour. Si no te cuidabas, te embestían en medio de su borrachera. No en balde el lugar se llamaba Bull Run y tenía por adorno un mural de toros en desbandada.

No hice buenas migas con aquellos energúmenos. Con sus corbatas sueltas y animados por el licor, ignoraban olímpicamente a cualquiera que no encajase en su estrechísimo círculo. A veces incluso me parecía oírles hacer, sin demasiada discreción, alusiones burlonas a mi presencia en la larga barra de caoba oscura. Yo fingía no prestarles atención.

El bartender, un puertorriqueño de nombre Maldonado, se percató de mi estado de ánimo. Cuando supo que hablaba español, empezamos a echar pestes, en nuestro idioma, de todos aquellos antipáticos. Sacando brillo al mostrador, me contó que raras veces le dejaban propina, y que no bien me marchaba yo, llovían los solapados comentarios racistas. En pocos días, entre el boricua y yo se forjó un vínculo de cómplice solidaridad.

Maldonado era un virtuoso del scotch a la roca; me administraba dos o tres cada noche como somníferos contundentes. Ahora que lo pienso, tenía otro don. Cuando se enteró de dónde trabajaba, me auguró éxitos; dijo que ascendería y ganaría mucho dinero en el Journal, pero dio por seguro que acabaría por aburrirme, y que a la postre regresaría al grato calorcito de la Florida en pos de un destino y un sueldo más elevados. ¡Era clarividente!

Llevaba poco más de una semana en aquel hotel, casi arrepentido de mi aventura neoyorquina, cuando Maldonado me contó que alguien había venido preguntando por mí. Yo acababa de regresar del periódico y de andar buscando casa sin encontrarla, y me quedé de una pieza. ¿Quién podía ser? No conocía un alma en Nueva York. Sólo la gente del Journal y mi esposa sabían dónde me hospedaba. Me dejé caer en un asiento junto a la barra y para variar, pedí un scotch.

–¿Dijo cómo se llamaba? –pregunté cuando Maldonado me sirvió el trago.

No le había querido decir quién era. Sólo aseguró que volvería, sin dar otra explicación. Indagué después la pinta que tenía aquel extraño; pero cesé de hacer preguntas en cuanto Maldonado le empezó a describir. Enseguida, apuré el último buche y corrí al elevador, dispuesto a encuevarme antes que los corredores de bolsa invadieran el lugar.

Pese a los malos presentimientos, me quedé dormido pronto.

Al día siguiente, Manhattan amaneció sumido en una de esas tormentas pasajeras pero implacables que a menudo padece. Como a una señal, en medio del torbellino de lluvia y viento, legiones de chinitos emergieron de no se sabe dónde vendiendo paraguas que la furia de los elementos desguazaba sin compasión. Al cabo de una jornada semejante, los toneletes de basura en las calles y estaciones del subway rebosaban restos de alambre y tela oscura.

Me hallé empapado y furioso, deambulando y maldiciendo aquel clima. Al fin, acabé por arrojar mi maltrecho paraguas a una alcantarilla cerca del hotel. No bien crucé sus puertas, fui a pedir cuentas a Maldonado; quería precisar lo que me había dicho de aquel extraño que preguntaba por mí, la cara que tenía, pero no le encontré. En su lugar, un muchacho escuálido y pelirrojo atendía la barra. Me informó que el puertorriqueño –the Spanish gentleman, le llamó– ya no trabajaba allí, y por más que insistí, no supo –o no quiso– decirme qué había sido de él. Me sugirió que preguntara al gerente, pero no lo hice.

Aunque la súbita desaparición de Maldonado me dio mala espina y hubiese querido indagar su paradero, no podía enfrascarme en una pesquisa semejante en ese momento. No es que me faltara ánimo, pero cada día se me hacía más apremiante hallar un domicilio definitivo, un sitio adonde trasladar todos los muebles, libros y cachivaches que Juanita y yo habíamos acumulado en Miami. Mi alojamiento en el hotel de William Street era sólo provisional, y la gente del Journal ya me había advertido que en breve el diario cesaría de cubrir mis costos de hospedaje, que eran astronómicos. Tenía que mudarme de allí cuanto antes.

Yo estaba citado esa noche en el hotel con una húngara anciana y estrafalaria que gestionaba apartamentos en el Upper West Side. Me había mostrado el día antes un estudio amueblado, bastante gracioso, el segundo piso de un brownstone cerca de la 72 que podía servirme de barato trampolín mientras cuajaba una oportunidad más seria de vivienda en los suburbios.

No me pregunten cómo la conocí. Creo que fue en una iglesia del Village donde conmemoraban algo una nochecita de esas, me parece que el natalicio o la muerte de Rimbaud. Casi nos dimos de narices disputándonos un sobrecito de edulcorante para el café durante un breve intermedio. Le causó mucha gracia mi apellido, que en húngaro quiere decir algo así como “vagabundo”. Ella tenía un nombre hermoso pero impronunciable, como casi toda palabra magiar.

Esa noche había quedado en traerme al hotel la llave del estudio, y yo en pagarle por adelantado el alquiler de una semana; pero con la tormenta que nos azotó más temprano, dudaba mucho que la mujer acudiera. La ciudad estaba patas arriba; el tren subterráneo, paralizado; la electricidad, cortada en muchas partes. Así que me senté a una mesita, pedí un scotch con hielo y me eché a esperar pacientemente.

La húngara, empero, llegó más o menos a la hora acordada. Me entregó enseguida una llave extraña, con forma de crucifijo, y cuando le ofrecí una tarjeta de crédito para pagarle, se negó a tomarla. Quería que le firmara un cheque.

–Los bancos no confían en mí –explicó. Y echando su pelo hacia atrás con un cómico gesto, agregó entre carcajadas: ¡Creen que a mi edad voy a darme a una vida de fraude y pillaje!

Todas las miradas en la taberna se volvieron de golpe sobre nosotros. No era para menos. Además de una risa de ultratumba, la húngara tenía catadura de bruja, con unas gafas de sol que le cubrían la mitad de la cara como un antifaz de carnevale. Afortunadamente, se marchó enseguida, pretextando unas fiebres crónicas que habría contraído en un largo viaje por el mundo. Me quedé mirando aquella llave.

Al día siguiente, el gerente del hotel no acogió de buen grado mi partida. Cuando le anuncié que me iba, montó en cólera. Amenazó primero con demandar al Journal y después, con retener mis pertenencias hasta que le pagara toda una semana de estancia, de mi propio pecunio. “Esto es inaceptable”, masculló varias veces. “Inaceptable”. Aparentemente, no sabía qué hacer con la habitación que quedaba vacía. Se puso como una fiera, pero al fin se calmó.

Mientras esperaba que alguien bajara mi equipaje al vestíbulo, me fui al Bull Run y pedí un último scotch. El chico pelirrojo empezó a preparar el trago, y de pronto se puso a hablarme disimuladamente, casi entre dientes, como un ventrílocuo. Supuse que por alguna razón no quería que le pillaran conversando conmigo, de modo que volví la vista hacia las ventanas y la calle mientras le escuchaba.

Me contó que Maldonado –the Spanish gentleman– no se había marchado de su puesto sin dar aviso. Le despidieron luego de un altercado con un extraño que vino a indagar por alguien. La cosa acabó a puñetazos, nunca se supo bien por qué. Y temeroso de que se tratara de una vendetta entre hampones o algo peor, el gerente le echó a caja destemplada. Ahora que me iba del hotel, el muchacho creyó justo hacérmelo saber.

–¿Y ha tenido noticias de él? –le pregunté.

Lo único que pudo decirme era que Maldonado ni siquiera había regresado a cobrar la última semana de sueldo. Por alguna razón, aquello no me causó sorpresa y de nuevo intuí lo peor. Iba a preguntarle qué cara tenía el extraño con quien el boricua se fue a los puños, pero vimos al gerente acercarse y como por mutuo acuerdo, decidimos cambiar de tema abruptamente. Un taxi me esperaba ya a la puerta, con mi equipaje guardado en el maletero.

No bien me hube instalado en el estudio del West Side, me percaté de que era más amplio y antiguo de lo que me había parecido antes, con puntales altísimos y pisos de madera crujiente. Estaba lleno de recovecos, clósets y escondrijos. Los ventanales del frente, grandes como vidrieras, se abrían a una calle que, después que descorrí las cortinas por primera vez, no me cansaba de contemplar. Había a lo largo de aquella cuadra tiendas con flores y frutas frescas a la puerta, niñeras que empujaban cochecitos, patinadores, mimos que entretenían a los viandantes… El único inconveniente de aquel lugar eran las voces que se escuchaban allí de noche, cuando uno apagaba las luces.

Parecían provenir de todas partes, de cualquier rincón, hasta del techo. Era una especie de clamor imposible de acallar, mezcla de timbres broncos, agudos y hasta infantiles; sin duda el concierto de las pláticas continuas de muchas almas que allí se daban a penar. Ni poniéndome tapones en los oídos lograba escapar a la bulla; así que para distraerme encendía la luz y me ponía a curiosear en aquella casa ajena, a ver si me dormía.

Di así una noche con un baúl de madera, largo y profundo, que había debajo de la cama. Primero, no hallé cómo abrirlo. No cedía por más que halaba; hasta que al fin me di cuenta de que estaba resguardado por una cerradura que no había advertido, oculta muy cerca de uno de sus extremos. Se me ocurrió de repente que la peculiar llave que la húngara me había dado podía servir para abrirlo, de la misma forma que abría la puerta del estudio. Probé, y zas, la tapa se levantó de golpe, como disparada por un resorte oculto.

Tenté dentro de él por todas partes. A juzgar por las paredes lisas que mis dedos encontraban a su paso, llegó a parecerme que, a excepción de algunas pelotitas de naftalina, estaba completamente vacío. Entonces, hacia el fondo mismo, tropecé con algo, un objeto frío, liso, de contornos más o menos romos. Lo saqué, le di vueltas, cabía perfectamente en una mano.

Era un frasco de cristal verde constelado de letras en grueso relieve, muy parecido a unos pomitos antiguos que mi abuela conservaba en un escaparate de su casa en La Habana. Mirándolo a trasluz, me di cuenta de que debía contener lo mismo que aquellos: sales aromáticas que las mujeres de otra época usaban para conjurar un vahído o la simple fatiga. Smelling salts. Jamás logré abrir ninguno de ellos, porque el tiempo parecía haber soldado sus tapas para siempre; pero la de éste, aunque un poco recia, se dejó arrancar con poco esfuerzo.

Iba a llevarme el frasco a la nariz, ebrio de recuerdos, cuando un timbrazo me taladró los tímpanos. Del susto, casi lo dejo caer. Nunca imaginé que en aquel pisito pudiera haber un teléfono, mucho menos que sonara. ¿Dónde estaría? El timbre, muy estridente, parecía venir de cerca. Miré para todos lados: el comedorcito, la entrada de la cocina, los libreros del pasillo, el sofá… Pensé que si lo ignoraba dejaría de atormentarme, que quienquiera que llamaba desistiría de puro aburrimiento; pero un rato después seguía clamando, implacable.

Pegué un brinco, atravesé la saleta de un par de zancadas y me arrojé sobre el sofá. De entre un montón de revistas, guías telefónicas y mantas desenterré el inoportuno aparato –un modelo viejísimo, de disco– y enseguida aferré el auricular. Pensé que sería algún equivocado, o una de tantas encuestas, pero no: era Juanita, increíble. De alguna forma, se había hecho con el número de aquel sitio. Me dijo que acababa de tener un sueño conmigo pero no me lo quiso contar. Estaba bastante alarmada, la voz le tembló. Dígole: ¿Tan malo fue? Y ella: Hazme caso, no vayas a salir de noche, acuérdate.

No me lo tenía que recordar. De sobra sabía que afuera aguardaba, al ponerse el sol, un peligro más horrendo que cualquiera de sus pesadillas. Algo fatal, irremediable y malo que me perseguía sin tregua y que tarde o temprano me daría alcance. Pero no le hablé de eso. ¿Para qué? Por fortuna, tenía mejores noticias que ofrecerle. Y antes que mi esposa volviera a hacerme otra de sus advertencias, se lo dije de sopetón: Ya encontré donde mudarnos. Con eso se puso feliz, creo. Y entonces, mientras la escuchaba hacer planes, en un gesto mecánico, me llevé el frasco a la nariz, y la vista se me nubló de pronto…

Una semana después, para celebrar que había encontrado un sitio donde vivir, mi jefe me invitó a cenar en su casa.

Se me antojó algo precipitado, porque nada es menos seguro en Nueva York que un apartamento que aún no ocupas y del cual apenas ostentas la tenue promesa de un lease. De modo que hubiera preferido no cantar victoria a destiempo, porque soy un poco supersticioso para esas cosas y muchas otras. Pesimista, dirían algunos. Siempre pienso que a última hora algo va a salir mal, y lo peor del caso es que a veces sucede. Pero no pude rechazar el agasajo, porque la mujer de mi jefe, una cubana, era la gestora de aquel banquete.

No bien llegué a la casa, un piso renovado por la 83 o la 82, más cerca de Columbus y el Central Park que de Amsterdam y Broadway, la buena señora me anunció que esa noche había preparado una cena especial, a la que describió, no sin cierta prosopopeya, como una “interpretación” de la comida cubana. Supuse que lo hacía todo por halagar a un paisano, y con muy buena voluntad, por supuesto, pero enseguida que oí aquello los pelos se me pusieron de punta.

Y no fue para menos, con la ingrata semblanza de alimento que a poco empezó a circular por nuestros platos, desde una sopa de frijoles negros rebosante de catibía y un cuarto de pollo insípido guarnecido de cuscús, hasta una deconstrucción de los cascos de guayaba, bautizados como guava helmets y cubiertos de granitos de ajonjolí, en lugar de perniciosa almíbar.

Para fingir que daba rápida cuenta de tales manjares, me afané en hacer los relatos más espeluznantes que se me pudieron ocurrir: sábanas que cobraban forma humana, recuerdos de otras vidas, ruidos inexplicables, premoniciones cumplidas… Pensé que aquellos disparates distraerían a mis anfitriones y sus hijas, tornándoles inatentos a los malabares con que escupía disimuladamente en mi servilleta los bocados que poco antes me había llevado a los labios con teatral fruición.

La mujer de mi jefe se impresionó mucho cuando le hablé de las voces misteriosas que me asediaban en el estudio. Le hizo recordar historias de aparecidos que oyó de algunos labriegos en la finca que su padre poseyó en Cuba. Me explicó que en Nueva York, sobre todo en Manhattan, había lugares donde nunca faltaban esas presencias acústicas. Eran casas antiguas, y casi siempre tan hermosas, que las almas de quienes las habían habitado se negaban a abandonarlas del todo. No había que temer; eran inofensivas como mariposas. Ella misma las había escuchado.

–Se quedan ahí, hablando y hablando, como si mataran el tiempo en la sala de espera de un dentista y nadie acabara de llamarlas… –dijo.

A sus hijas, un par de pollanconas que entendían poco español, la cháchara de ánimas y misterios parecía causarles la mar de gracia. Casi no podían disimular las risitas, mientras su madre les reconvenía y pedía disculpas por su conducta majadera. Mi jefe, un americano larguirucho y circunspecto, les miraba por encima de sus lentes sin decir media palabra. Apenas hizo una leve mueca de desaprobación mientras masticaba sus guava helmets. Se echaba de ver que todo aquello le habría importado un rábano si no hubiera estado yo de por medio. Y viendo que las chicas no hacían caso a su madre y se extremaban en sus chanzas delante de una visita, dio de pronto un manotazo sobre la mesa. Fuerte. Yo mismo me sobresalté, no lo esperaba.

–Enough –dijo.

Pero ni así: había algo que no dejaba quietas a las muchachas. Se daban con los codos, cuchicheaban maliciosamente, hacían señas, sus ojillos se extraviaban más o menos en mi dirección…

–Creo que es esto –me atreví a decir al fin.

Todos se quedaron mirando.

Enseguida expliqué que pese a llevarla colgada del pescuezo no era un crucifijo, ni siquiera un talismán o algo parecido. Mi jefe me pidió entonces permiso y la tomó en sus manos. Le dio varias vueltas y después de cabecear un poco, mirando sus relieves y contornos, declaró zanjado el asunto: “It’s just a key”, dijo con su habitual parsimonia. Las chicas se miraron y pestañearon, incrédulas. Una, la más alta y mayorcita, le arrebató la llave de un tirón.

–No, it’s not! –chilló.

Mi jefe y yo nos encogimos de hombros. Dejamos a las muchachas disputándose la extraña llave de mi estudio y nos fuimos a la sala a conversar.

Era tarde ya, y me inquietaba la caminata que me esperaba para volver a casa esa noche. A mi jefe le hizo mucha gracia cuando se lo dije. Se negaba a creer que alguien como yo, que había navegado aguas muy traicioneras para llegar a Estados Unidos, tuviera miedo a la oscuridad. ¿Cómo explicarle que no me precavía de las sombras, sino del adversario que se ocultaba en ellas? Empecé a decírselo, iba a advertirle que alguien no me perdía pie ni pisada; pero no me dejó terminar.

Manolo, there’s something I meant to tell you earlier…–dijo mi jefe, dando de repente otro giro a la conversación.

Por el tono, creí que iba a regañarme. Me sorprendió, eso sí, que hubiese hablado en inglés, porque casi desde que me contrató prefería reprenderme usando su trastornado español. No sé cómo se las arreglaba, pero a cada paso encontraba algo que le parecía un terrible defecto en nuestro periódico. Dedicaba un tiempo precioso a esos reproches. Convocaba reuniones a diario. Si no era esto, era aquello. A mí no me cabía la menor duda: estaba obsesionado.

Su obsesión era ese elusivo castellano universal en que pretendía que lo redactáramos todo, desde una nota puntual hasta un simple pie de grabado. Podía pasar horas fustigando un adjetivo que se le antojara “muy gringo”, o ponderando seriamente si alguna palabreja sería comprensible en México lo mismo que en Ecuador, o sólo en Argentina y Paraguay. Era exasperante. No parecía tener otro tema de conversación, ninguna otra pasión en la vida…

Así que pensé que iba a lamentarse por enésima vez del poco cuidado que poníamos al editar el contenido que el Journal enviaba a Latinoamérica cada noche. Me dispuse a soportar el inmerecido rapapolvo; pero de repente, para asombro mío, mi jefe empezó a hablarme de otra cosa.

Me contó que hacía años era presa de pesadillas angustiosas. Empezaron después que escapó de una emboscada en Vietnam, cuando aún no soñaba con ser periodista. Por más terapias que había intentado, todavía despertaba a veces bañado en sudor frío, con sus oídos a punto de estallar y un tufo de sangre vieja en el paladar. Los fantasmas de sus compañeros de patrulla resucitaban en la maleza cubiertos de mugre y llagas. Se arrastraban moribundos hasta él, uno de ellos le tendía algo que resultaba ser una llave enorme… Servía para abrir una puerta, ¿pero cuál?

No supe qué contestar. Por más delirante que me había parecido a veces, jamás hubiera sospechado que mi jefe lidiaba con demonios semejantes, mucho menos que fuera a revelarme una herida tan triste de su alma. Hacía sólo meses que nos conocíamos; no había podido contarle todavía que yo huía de un monstruo más real que un sueño malo, que no había llave para la puerta que yo necesitaba abrir. Iba a murmurar unas palabras de consuelo, sólo por salir del paso, cuando de pronto escuchamos aquella cantinela horripilante:

“Oh, my God, oh, my God, oh, my God…!”

 

 

Las chicas habían irrumpido en la sala dando gritos. Primero, la más pequeña y gordita, con los ojos exorbitados. Trataba de enseñarnos algo. Traía una parte de mi llave en una mano y la otra mitad, que parecía la afilada hoja de una pequeña daga, en la otra. La mayor venía bañada en lágrimas, con la diestra levantada en el aire. Un hilillo rojo se escurría entre sus dedos temblorosos y salpicaba el piso.

–It’s a knife! –chilló.

Con razón o sin ella, mi jefe me pidió que me marchara inmediatamente. Yo no hubiese querido irme con semejante carga de disgusto y sospecha a cuestas, incluso temía por mi empleo, ¿pero qué iba a hacer? Hasta cierto punto comprendía que me culpara de haber traído a su casa aquella peligrosa navaja; pero por más que me disculpé, se empeñó en llamar al ascensorista para que me pusiera de patitas en la calle. Era éste un viejo de muy malas pulgas y uniformado como un almirante. Vino enseguida, servil, obsequioso. Con los labios zurcidos en una mueca socarrona, me condujo hasta la puerta del edificio y después que salí, puso el cerrojo. Alguien montaba guardia ya del otro lado de la calle.

Le reconocí pese a la máscara de plástico opaco. Maldonado le había descrito demasiado bien. Era la cara que había visto repetirse sospechosamente a mi paso en otras partes: mientras paseaba distraídamente por Chueca; atravesando una madrugada el Zócalo de una punta a otra; de copas en una discoteca de Bellavista; jugando una partida de dominó en Little Havana; contando árboles en las ramblas; o sorbiendo tranquilamente un cafecito en la Piazza San Marco… Siempre en pos de mí. El mismo atuendo también, negro como el de un verdugo.

Empezó a seguirme. Sus pasos eran casi un eco de los míos. Donde pisaba yo, pisaba él. Parecía un oscuro desprendimiento de mí. Pasamos bajo la luz de sucesivos faroles, sobre humeantes alcantarillas. Era como si no nos moviéramos. De pronto la distancia de Broadway, Amsterdam y otras vías seguras se me antojó insalvable.

Traté entonces de apurar la marcha. Si al menos lograra alcanzar Columbus, pensé. Con suerte podía dar allí con un taxi, entrar a alguna fonda de sushi, indagar por el baño y desaparecer. Miré atrás y le vi más cerca. Avanzaba ahora con paso deliberado, implacable. Se me ocurrió en ese momento que tenía los días contados. Quién sabe si también los minutos. Pero no paré.

Hileras de coches bordeaban la calle, culo contra nariz. Di un brinco, resbalé por encima de un capó, caí del otro lado y con la misma, eché a correr hacia la acera de enfrente. Mi pirueta ha de haberle tomado por sorpresa. Trató de imitarme, pero al caer perdió el equilibrio y rodó sobre el pavimento. Se levantó despatarrado. Para cuando pudo divisarme, yo ya iba lejos, jadeando.

A mi izquierda se abrió de pronto un hueco. El tipo de pasadizo que abunda entre los edificios de Manhattan, húmedo, tenebroso y conveniente. Por ahí doblé. Tentando con mis dedos, me escurrí luego entre las paredes de ladrillos ásperos, saltando sobre charcos inmundos. Creí que estaba casi a salvo; pero en cuanto mis ojos se acostumbraron a la oscuridad, comprendí que había caído en una trampa.

Una reja bloqueaba el fondo de aquel túnel. Vi los barrotes un poco más adelante. Volví la mirada entonces y pude distinguir su figura, recortada como una sombra chinesca en el otro extremo del pasillo. Quizás había previsto acorralarme así, espantándome hacia aquel atolladero sin que yo lo supiera…

Se iluminó después el contorno de su silueta. Fue un chisporroteo azuloso, bastante fuerte. Provenía de una cajita negra que traía en una mano. Uno de esos artilugios que emiten una descarga eléctrica que atonta. Alzó el aparatito sobre su cabeza y lo empezó a accionar una vez, y otra, y otra… El pasadizo se tiñó de luces y sombras. Poco a poco se fue acercando así, sin dejar de provocar los chispazos. Me pregunté si habría llegado la hora de ajustar cuentas a ese fantoche.

–¿Por qué? –grité. Empecé a retroceder sin dar la espalda: ¿Por qué?

–Tú lo sabes mejor que yo –contestó él.

Resbalé. Tropecé luego con algo y me caí de fondillo. Era una alfombra enrrollada, tendida de un lado a otro del pasadizo. ¿Cómo iba a verla? Le oí reírse a la sordina, viendo cómo forcejeaba para levantarme. Me apoyaba en las manos y daba patadas al pesado fardo, tratando de alejarlo de mí. A veces perdía impulso, los codos y las rodillas no me respondían.

Un olor a podredumbre vieja se me metió por la nariz. Peste a carroña y tumba rancia. Cuando al fin logré ponerme de pie, la alfombra se había abierto. El cuerpo hinchado que salió rodando tenía un rostro familiar, muy pálido: el de Maldonado. Sus ojos sin pupilas parecieron mirarme entristecidos, antes de volverse al suelo. ¿Qué habría visto con ellos, qué pudo descubrir que le arrebató la luz?

En eso, sentí aquellos golpecitos contra el esternón. Era la condenada llave que giraba colgada de mi pescuezo, como una medallita de la Virgen. Sin pensar, la aferré y desarmé de un tirón. Apenas quedaba ya espacio para recular. Le vi abalanzarse sobre mí. Sólo pude encogerme. Iba a pegarme un chuchazo en la yugular, cuando alcé el puñalito. La caja cayó al piso enseguida, regándolo de chispas. Sombra y asombro se cruzaron en su mirada. Después, se llevó una mano al cuello.

Trató de taponearlo, pero el agujero que se abría y cerraba como una segunda boca, justo encima de su nuez, siguió vomitando un torrente viscoso y prieto. La sangre se le escapaba por los bordes de su máscara. Tiró desesperadamente de ésta entonces, como si le asfixiara, y siguió trastabillando hasta caer de rodillas; luego, se desplomó del todo, retorciéndose. No me atreví a dar un paso hasta percibir a distancia lo que me pareció el último y más débil de sus estertores.

Me acerqué poco a poco, seguro de que, como en muchas películas, el cuerpo inanimado cobraría vida para arrojarse sobre mí en un inesperado rapto de furia. Todavía parecía tirar de la máscara con sus dedos tiesos. Le di unas pataditas, pero no se movió. Me acuclillé después a su lado. En ese momento se me ocurrió que lo más prudente sería alejarme cuanto antes. Pero me refrené: necesitaba confirmar mis sospechas. Se lo debía al pobre Maldonado.

No me dio tiempo. Se oyó enseguida aquella sirena, primero lejos y después cerca. Un aullido largo, doloroso, bastante frecuente en Nueva York, sobre todo de noche, cuando parece que ocurren todos los hechos de sangre, y las casas, viejísimas, son a menudo pasto de las llamas o se desploman de pura fatiga. Me enderecé de un brinco. La policía o los bomberos llegarían pronto y querrían saber por qué me encontraba allí, cubierto de sangre y haciendo compañía a dos cadáveres. Pero no podía irme así. De modo que hice acopio de valor y tendí al fin una mano para halar el plástico ensangrentado.

Fue entonces que abrí los ojos y vi el frasco verde.

Hice memoria, pero no acerté recordar completamente el rostro que había encontrado debajo de la máscara. Era como si un rato antes me hubiera asomado a un estanque de aguas turbias sin reconocer en ellas mi propio reflejo, y sólo me quedara de suvenir aquella botellita de sales viejas para los mareos. Me vino a la mente entonces algo curioso que me había dicho Maldonado: “No sé a quién se parece, pero lo voy a averiguar”. ¿Sería a mí?

En ese momento precisamente, las manecillas del reloj de Grand Central marcaron las nueve. Hacía rato debía estar en la redacción. No podía darme el lujo de llegar tarde. Alguien estaba enfermo ese día, o había renunciado intempestivamente, qué sé yo. Olalla, la encargada de nuestra edición para España, contaba conmigo. Por la diferencia de horas, el cierre era tempranísimo. Aquel periódico era un manicomio, a cada paso había una emergencia. Para colmo, tenía que aclarar unas cuantas cosas con mi jefe, el demente principal. Dudaba mucho que fuera a entender, en medio de todas sus pesadillas, pero al menos debía tratar de limar las asperezas con él.

Así que arrojé el pomo en mi maletín y corrí entre la multitud mañanera, primero por los resplandecientes pasillos de la estación, luego escaleras abajo, dando codazos a la redonda, rumbo al transbordador y los andenes del subway. Pude, por suerte, sortear de un brinco los torniquetes de la entrada y engancharme en el tren 4 justo cuando iba a cerrar sus puertas. De milagro no me trozaron como tijeras. Entonces las ruedas chirriaron y empezamos a arrastrarnos hacia el bajo Manhattan.

Broté sano y salvo, al cabo de un rato largo, por el boquete de Wall Street, mordisqueando un bagel con queso crema. Me saludaron las mudas lápidas de la iglesia de la Trinidad, y después de bajar dos o tres cuadras por Church y alcanzar Liberty Street, vi asomar por la esquina del Deutsche Bank al vendedor ambulante de pinchos morunos, con su alborozado clamor de todos los días: “God is great!”. Como siempre, le contesté: “Wassup?”. Y seguí sin detenerme. No veía la hora de llegar al Journal. En Madrid serían ya como las tres. O las quince, como dicen en Europa. Apreté otra vez, con impaciencia, el botón del elevador.

Arriba, encontré todo el noveno piso bloqueado con cintas amarillas. Un policía me salió al paso. Hizo un gesto con la cabeza y me dijo: This way. Recordé el par de muertos que había dejado en aquel callejón y tragué en seco. Otros dos guardias atosigaban a Olalla en un cubículo. Uno más, de mono blanco, fotografiaba el cadáver de mi jefe desde distintos ángulos. Conseguí verle a través de los cristales de su oficina, de bruces contra el escritorio. Un revólver en una mano crispada. Los espejuelos, destrozados. Sangre por todas partes. Un detective me explicó que se había volado la tapa de los sesos mientras estaba al teléfono. Quería que le dijera con quién podía haber estado hablando antes de matarse. Le contesté que con Dios, un poco escéptico, y enseguida pedí ver a un abogado.

De todas maneras, me confiscaron el pomo verde y la llave con forma de crucifijo. El detective me advirtió también que era persona de interés, y hasta que se aclarara aquel suicidio no podría ausentarme de Nueva York. Tenía mis datos, mi teléfono, iba a llamarme a cualquier hora. Era casi un prisionero, pero al menos, con la cara de sospechoso que siempre tengo, no había dado con mis huesos en la cárcel. Daba igual, yo no pensaba irme a ninguna parte. Hambriento y asustado, me dejé tomar una muestra de ADN. Tuve que firmar después una especie de declaración. Cuando al fin salí era tardísimo y unos camilleros se estaban llevando el cadáver. No sé qué se hizo de Olalla.

Anduve por las calles mirando atrás, de cuando en cuando, en la oscuridad. Pero nadie seguía mis pasos esa noche con intenciones malignas. Nadie husmeaba mis huellas tampoco. Por lo menos no tenía esa certeza escalofriante todavía. Pensé que era buena señal, no presentir aquella vieja sombra tras la mía. Respiré hondo y me detuve después a contar los coches amarillos que pasaban. Eran demasiados. En eso, mi móvil empezó a vibrar. Lo abrí: era mi mujer. Iba a murmurar alguna excusa por la demora y preguntarle si quería que comprara algo de comer en Citarelli’s cuando tuve que cerrar el telefonito abruptamente.

Había cruzado deprisa delante de mí, tapándose media cara con una bufanda blanquinegra, de esas que los entendidos llaman kufiya. Me dio mala espina, pero tenía que estar seguro. Podía ser otro. Dobló la esquina media cuadra más arriba y de repente le perdí de vista. Algo me decía que podía ser él, pero media cara no bastaba para reconocerle. Cuando volví a verle se estaba escabullendo por el boquete del subway. No daba la impresión de evadirme ni ocultar su semblante a propósito; sólo se apuraba, como si temiera perder el tren, pero de todas maneras me precipité escalera abajo detrás de él.

Una pequeña multitud se apiñaba en la estación. Miré a uno y otro lado. Todos parecían haberse confabulado para ponerse kufiyas. No daba con él, era imposible. Hasta que creí verle asomar en un rincón, recostado a una columna y en medio de un corrillo que le contemplaba mientras rasgaba, ensimismado, las cuerdas de una guitarra imaginaria. Eléctrica posiblemente, pero de cualquier manera invisible. Y como tampoco podía escuchar la música que sus dedos debían arrancar al instrumento, me sorprendió que sus admiradores, reunidos en un círculo, no cesaran de dar palmadas. ¿Qué podían oír, que no escuchaba yo?

Me fui arrimando al grupo, alelado, hasta alcanzar casi la primera fila. Necesitaba cerciorarme, pero se seguía escondiendo. Cada vez que parecía que iba a dar la cara, terminaba mirando hacia otra parte. No parecía adrede, pero al fin me esquivaba. La maldita kufiya le cubría hasta la nariz. Vamos, descúbrete, me dije. Hazlo por Maldonado, que te vio demasiado bien. Pero fue él quien me descubrió a fin de cuentas. Ahora sé que no debió hacerlo. Un tren se acercaba.

No bien oyó las paredes retumbar y alzó la mirada, cayó en cuenta de las muchas veces que mi cara se había cruzado en su camino últimamente. Le salía al paso hasta en sueños. No podía ser simple casualidad. También en la memoria, vestido de negro como un verdugo. En todas partes, al oscurecer. Y de sólo reconocerme, comprendió igualmente por qué me daba a seguir sus pasos de manera tan implacable cada noche, pero sobre todo por qué nunca cesaría de hacerlo. Me había vuelto tan encontradizo como su sombra o su reflejo. No en balde palideció al ver quién era, y enseguida volvió a taparse. Pero ya era tarde.

–¡Espera! –grité. Algo quería decirle, pero no me dio tiempo.

Soltó de golpe la guitarra imaginaria y rompió a empujones el cerco de sus admiradores. No sé cómo logró abrise paso luego entre tanta gente. Parecía tener la fuerza incontebible de un demente. Por más que intentaba alcanzarle, se me escurría. Entonces, al borde mismo del andén, dio un patinazo y perdió el equilibrio. Hizo una pirueta después, agitando los brazos como aspas, y con el mismo impulso se desplomó de frente sobre las vías férreas, justo cuando el tren llegaba.

Nadie pudo oír sus alaridos ni el crujir de sus huesos, pero el gentío me miró de pronto con horror, como si en vez de atajarle, me hubieran visto darle un empujón. Empezaron a arremolinarse, uno incluso habló de llamar al nueve-once. Creían, sin duda, que era uno de los tantos pushers que pueblan el mundo subterráneo neoyorquino, siempre prestos a arrojarte a la muerte si no te cuidas. ¿Qué podía hacer? Sólo faltaba que viniera la policía haciendo preguntas. Así que escapé, a puros trompicones y traspiés, escaleras arriba y a las calles. No quería tener que explicar dos suicidios en un mismo día.

Tampoco quería tener que explicar mi asombroso parecido con la víctima, ni tuve que hacerlo afortunadamente. Varios meses después, el Journal nos puso una nueva jefa, una brasilera que se entendía con nosotros por señas. Un día, sin proponérmelo, descubrí que tenía una cría de tarántulas en su despacho, y decidí que era hora de marcharnos. Se cumplió el vaticinio: un periódico de Tampa me contrató entonces para lanzar su primera edición en español, y semanas más tarde nos largamos de Nueva York sin previo aviso. A poco de llegar, comenzó de nuevo el asedio. Me precaví, como siempre, y llegué a tener escarceos peligrosos con aquella sombra. Pero no tuve que matar a nadie más. Ni allí ni en ninguna otra parte.