La comedia ha hecho reír a los públicos más diversos del Oriente y del Occidente, de la Antigüedad y de la Modernidad. Es una forma artística de gran eficacia comunicativa entre los creadores y el público. La comedia, por así decirlo, es un “juego de todo o nada” en el que se apuesta mucho, y al final, se pierda o se gane, el humor “todo lo puede”.
Un subgénero subsidiario de la comedia que tiene que ver con elementos controvertidos de la realidad -verdaderos tabúes o tótems morales de las sociedades antiguas y modernas-, y que goza de amplia popularidad, es el de la comedia de “humor negro”, de tan antigua existencia como las Artes (1).
El “humor negro” encontró pronto acomodo en la literatura y el teatro, pero igual se desplazó con celeridad de la letra impresa y el escenario a las representaciones visuales del cinematógrafo.
En particular, las cinematografías de Inglaterra y Estados Unidos, se han disputado durante décadas el liderazgo de la “comedia de humor negro” en las producciones millonarias de los grandes estudios y en las de restringido presupuesto del “cine de autor”.
Las cinematografías anglo-americanas han producido verdaderas “joyas” del cine de “humor negro” como “The ladykillers”, con Alec Guiness y Peter Shellers en los roles protagónicos, o la célebre “Dr. Strangelove”, de Stanley Kubrick, en la que se mezcla el “humor negro” y la “guerra fría” para producir un inminente conflicto atómico entre las dos grandes potencias rivales de 1960’s, los Estados Unidos y la Unión Soviética.
La cultura hispanoamericana, resultado del entrecruzamiento de variadas tradiciones (romana, árabe, judía, negra e india entre otras), no ha sido ajena ni ha estado exenta de la huella del “humor negro”.
El “humor negro”, entre otras virtudes, ha servido de catalizador de las emociones reprimidas en épocas en las cuales las dictaduras militares, caudillistas o religiosas, han impuesto la censura como método disciplinario y auto disciplinario en los “mass media”, los cenáculos literarios y el cine.
A modo de ejemplo, vale la pena citar a dos directores españoles que han hecho del “humor negro” un icono cinematográfico: Luis C. Berlanga (“Bienvenido, Mister Marshall”(1953) y “El verdugo” (1963) y Álex de la Iglesia (“El día de la bestia” (1995), “Crimen ferpecto” (2004) y “Balada triste de trompeta” (2010).
En los filmes de ambos, abundan las referencias testimoniales e históricas al franquismo (2) durante los años en los que los “ismos” de la derecha política fueron “letra viva” (dictadura franquista 1936-1976) o en los que devinieron “letra muerta” (democracia bipartidista 1976-2015).
Los autores latinoamericanos, que como los de España se han debatido entre largos períodos de oscuridad dictatorial y breves fulgores de libertades democráticas republicanas, igualmente han “echado mano” del humor negro con su carga de ambigüedades, absurdos y juegos macabros, para hacer llegar su mensaje subversivo al gran público (3).
Particularmente, la cinematografía de Argentina, con los directores Alejandro Doria y Héctor Olivera, la de México, con Rogelio A. González, y la de Cuba, con Tomás Gutiérrez Alea, han aportado algunas de las mejores variaciones al tema dominante del “humor negro” en América Latina.
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El filme argentino “Esperando la carroza” (1985), del director Alejandro Doria, inicialmente, no fue aceptado favorablemente por la crítica ni por el público. Pero, con el tiempo, ha ido “in crescendo” el interés por esta obra del “grotesco rioplatense” (4).
Un par de décadas han bastado para que deviniera un “filme de culto”, merecedor de adaptaciones para la televisión, nuevas versiones de cine, conversión al formato DVD, y que la casa que sirvió de locación original a la filmación, en la calle Echenagucía, fuera declarada Patrimonio Cultural de la Ciudad de Buenos Aires.
¿Qué factores concurrieron para que un filme al parecer destinado al olvido “sobreviviera” y “resucitara” con fuerza inusitada?
Como en otras oportunidades, vale la pena examinar la información disponible y realizar algunas conjeturas.
“Esperando la carroza”, es un filme en el que el tiempo deviene un factor principal. La acción transcurre en un “accidentado” domingo en el que una familia argentina –como millones, probablemente- , de tres hermanos, esposas e hijos, se reúnen para compartir alegrías y tristezas durante el almuerzo familiar.
La figura dominante –no siempre presente, pero si como referente en los diálogos-, es la de la singular Mamá Cora (actor Antonio Gasalla), una “mater familia” de más de ochenta años con tres hijos y una hija (5) que vive con la pareja que forman su hijo Jorge (actorJulio De Grazia) y su esposa Susana (actriz Mónica Villa).
De los tres hermanos, es Jorge, precisamente, el de peor situación económica. La vida de pobre que lleva le permite al director Doria mostrar uno de los rasgos que caracterizan a la comedia de “humor negro”: los personajes carecen de poder sobre sus vidas. El interior de la vivienda de Jorge y Susana es un verdadero caos de pañales que cuelgan del techo, llantos de niños y arrebatos histéricos al ver que Mama Cora “se caga” y luego mete la mano en la olla en la que se cuece la comida.
La falta de dinero, de espacio dentro de la vivienda, los conflictos entre la nuera (Susana) y Mamá Cora, y la amnesia de esta última, vienen a agravar una situación familiar de por sí precaria.
La pareja de Jorge y Susana se aprovecha de la reunión familiar dominical en torno a la olla de raviolis para pedirle al matrimonio de su hermano Sergio (actor Juan Manuel Tenuta) y su cuñada Elvira (actriz China Zorrilla), que se hagan cargo de Mamá Cora. Del pedido de urgencia, será testigo la tercera pareja matrimonial: Antonio (actor Luis Brandoni) y Nora (actriz Betiana Blum).
Un ranking económico de las parejas, ubicaría a la de Antonio y Nora –la clase media de éxito- en el vértice del triángulo, a Sergio y Elvira –los pequeños burgueses- en los costados, y a Jorge y Susana- los proles arruinados-, en la base.
A la pareja de Antonio y Nora, se les considera como a los ricos o los “nuevos ricos de la familia, son los únicos que viven en una barriada de lujo y tienen auto de último modelo. La relación entre los cónyuges está gobernada por el cálculo y las convenciones sociales más que por el amor. La hipocresía social llegará al clímax cuando Susana le revela a Nora que sabe que ella mantiene relaciones extramaritales con Sergio, el hermano de Antonio y Jorge.
En la discusión familiar acerca de quién se responsabilizará en el futuro del cuidado de Mamá Cora, “la voz cantante” la llevan las esposas, mientras que los maridos-hermanos, se limitan a pedir respeto para el nombre de la madre.
Y mientras el destino de Mamá Cora se decide entre pucheros de tucos y raviolis, ¿qué es de la sin par ancianita?
Mama Cora, al ver que nadie le hace caso, se ha ido a la casa de una vecina, que le pide de favor que cuide de su pequeño hijo por un rato. Cuando los tres hermanos y sus esposas se dan cuenta que ha desaparecido, la situación, de absurda, deviene trágica; antes, nadie quería hacerse cargo de ella, ahora, todas la buscan en medio de gritos y llantos mientras Mama Cora, desde una azotea situada justo enfrente de la casa de Sergio y Elvira, se pregunta el por qué de tanto alboroto y de las idas y venidas de familiares y amigos (6).
Con la supuesta desaparición de la anciana, el filme da un vuelco de contenido, se acabaron las peleas domésticas entre los hermanos y sus cónyuges, las tres familias, actúan unidas y tienen una causa en común: encontrar a Mama Cora (7).
Solo la pericia de los guionistas -el dramaturgo Langsner y el director Doria-, permitirá que en las casi dos terceras partes que faltan para que el filme concluya, se mantenga la risa interminable del público con las situaciones que irán creando para que no decaiga el interés. Entre los mejores recursos de los cuales se valdrán para mantener la tensión y las risas, estarán algunos de los rasgos que tipifican a la comedia de “humor negro”: la burla a las instituciones y a las costumbres respetables como son la familia, la religión y la muerte.
Muy pronto la desaparición de la viejita dejará de ser el “leit motif” principal, su lugar lo ocupará la muerte de Mama Cora, que no será una presumible muerte por accidente sino un premeditado suicidio arrojándose a las vías al paso de un tren: una muerte divertida y subida de tono como corresponde a los estereotipos de la muerte en la comedia de “humor negro”.
El pandemónium se desata cuando la familia acude a la morgue a identificar a Mama Cora, al verla tan desfigurada e irreconocible, solo les queda el recurso de identificarla por medio de las prendas que viste: el viejo par de zapatos negros que calzaba.
De nuevo es el pandemónium, en las acciones que se sucederán en la pantalla, tan pronto se mezclan las características de la comedia tradicional, como son las incongruencias y disparates de los diálogos intercambiados entre los personajes, con el empleo de los propios personajes no ya como entes dialogantes sino como caricaturas de sí mismos que contravienen en absoluto las normas de convivencia familiares y sociales.
Por ejemplo, los hermanos Sergio y Jorge, rompen con el canon de la fraternidad entre hermanos y se pelean por llevar el féretro a sus respectivas casas para velar el cadáver. Se suceden las entradas y salidas de los vecinos, los abrazos y las lágrimas, la ingestión de comidas y bebidas en torno al féretro. Y, de repente, la gran sorpresa, se recibe una llamada en la que se reporta que se ha producido una equivocación en la identificación del cadáver: la muerta no es Mama Cora, es una húngara a la que Elvira, la esposa de Sergio, no vacila un segundo en calificar de “muerta de hambre y comunista que vino a morirse a la Argentina”.

Concepción Matilde Zorrilla de San Martín Muñoz, conocida popularmente como China Zorrilla (Montevideo, 14 de marzo de 1922 – ibídem, 17 de septiembre de 2014).
Los gritos de dolor quedan en suspenso mientras digieren la noticia, al rato llega otra noticia que contradice a la primera, la policía asegura no tener conocimiento de ninguna húngara muerta por accidente o suicidio. Alguien grita: ¡Aquí no ha pasado nada!, y vuelven los rezos y los lamentos hasta que, por sorpresa, Mama Cora irrumpe en medio del velorio. La besan y la abrazan, le dan las flores destinadas a la húngara muerta y se produce otro hilarante equívoco: Mama Cora está feliz, cree se trata de su cumpleaños.
Finalmente, vuelven los agencieros de la funeraria, se llevan a la húngara muerta, y detrás, cargando flores y caminando por el medio de la calle, va Mama Cora con sus hijos, suegras, nietos y vecinos hacia el velorio de la húngara mientras la banda sonora repite el festivo texto surrealista de una popular canción:
Tengo una vaca lechera,
No es una vaca cualquiera.
Me da leche desmerengada.
¡Ay que vaca tan salada!
Tolón – Tolón, Tolón – Tolón



