Ritmo para inocentes

Cuento

Fred Danilo Baltodano Alemán

fred-danilo-baltodano-OtroLunes39Fred Danilo Baltodano Alemán (Managua, Nicaragua, 1978). Poeta y Narrador. Profesor de computación. Egresado del X Curso de Técnicas narrativas del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Obtuvo el Premio Municipal en Encuentros Debate Taller Literario, cuento (2007), Premio Provincial en Encuentro Debate Taller Literario, cuento (2008) y Mención en el concurso César Galeano que convoca el Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso ese mismo año. Aparece publicado en Los que cuentan (recopilación de 50 años de narrativa nicaraguense), Leteo Ediciones y en revistas extranjeras como Hilo Azul (dirigida por Sergio Ramírez). Actualmente trabaja en el libro inédito Alas de insectos.

 

— * —

 

A quienes soñaron bajo la música y las luces de los 90.

 

En el preciso instante en que Ivana, mí querida esposa quería dar inicio a la liturgia de medicamentos, dije. Hoy no, amor. Hoy no, por favor. Cómo qué no, vamos,  vamos. Deja esa computadora de mierda. Pero amor mío. Deja eso, interrumpió. Quería comunicarle el retorno de nuestros amigos. Andro y Addis vienen para Cuba, regresan.

Pero mi esposa no hace caso. Ya en el momento de los medicamentos, Ivana, cayó en cuenta. Espera mi rey olvidé apagar el fogón. Andro ha regresado después de tanto tiempo. De súbito retornaron mis años mozos, el baile, la discoteca, ese fluir de la música electrónica por todo el cuerpo. Prendí el equipo de música. Antes decidí hacer unas flexiones en el piso. Sentía en mi interior el resuello del Creador alentándome con su mano en mi hombro. Pero mis huesos son necios y quedé incrustado en el piso. Luís, estás loco, gritó Ivana. Intentó ayudarme, solo que, al parecer ella igual había olvidado sus aflicciones, y casi queda como yo, en el piso. Tranquila, corazón, tranquila, puedo solo. Por Dios, Luís, dijo. Una mosca se posó en mi nariz, intenté espantarla, fue en vano, volvía a posarse, hasta que con calma gané posición y ésta alzó vuelo. Al estar de pie, me senté en el butacón de la computadora. Tomé las pastillas. Di un trago de agua. Luís, voy por los mandados, dijo mi esposa, antes de cerrar la puerta de nuestra habitación, dijo, ahí está el periódico y el café, Luís, por favor, lava la dentadura y póntela. Mi esposa ha olvidado nuestros años mozos. Ha perdido la imaginación. Lo ha olvidado todo, pobre Ivana. Había quedado solo, custodiado por los recuerdos. De nuevo encendí el equipo y puse los temas musicales de más de cuarenta años. Otra vez el entorno mutó en la penumbra invadida por luces de colores e intermitentes y un humo que iba cubriendo toda la pista. Soy joven,  a la mierda esta vejez, me dije. Pero la realidad es cruel, se interpone, no te deja avanzar. Precisé quedarme quieto, en remedo de paz sinsabor y dejarme llevar por el bajo, los platillos, el piano insistente. Dios se había olvidado de mí y apagué el equipo. El café de Ivana ha sido un compañero fiel e inspirador en las mañanas en que daba lugar a mi rutina noticiosa. Agarré el periódico y en primera plana pude leer: La Asamblea regula el consumo de estupefacientes. Aquello me sorprendió, pero era de esperar, sobre todo luego de los cambios sociales y políticos en el país. Ahora no es prohibida la práctica de religiones, los homosexuales ya no son discriminados, injuriar en contra del gobierno no es delito. El país está cambiando; quién lo iba a decir. Supuse entonces, Andro regresa y todo en mi mente iba esclareciéndose. Tras la nostalgia de los jodidos años. De pronto me asistieron de nuevo los recuerdos dejando atrás el malestar matutino: las noches de juerga clandestinas, los viejos amigos, el encuentro con Ivana en la pista de la discoteca, la gloria de mis movimientos inducidos por el encanto de los sintetizadores, Ivana y sus gemidos adolescentes, mi lengua saboreando las gotas de su piel resplandeciente y cálida, la cascada contagiosa de resonancias eléctricas en la disco: luces, flasheo, el fuerte bajo, retumbante, los platillos insistentes, el teclado eléctrico electrizando mi cuerpo. Volví a encender el equipo. Los sintetizadores secundaban la atmósfera invadiendo de júbilo mi existencia. Aun así estaba consciente de no volver al intento de las flexiones. Solo un idiota como yo podría pensar que Dios, esa mañana, lo estaría administrando. Entonces no quedó otra alternativa que soñar con los ojos abiertos; sentir el ritmo de la música electrónica, todos los sonidos en plena orgia; juntos se precipitaron en mis tímpanos en formidable cadencia, juntos daban muerte a este hastío octogenario, juntos retaban la vejez inviolable. Temía quedar con la nariz incrustada en el piso. Condescendiente, ya conforme, la música ganaba volumen. Yo, en mi estado de reposo el placer que años atrás disfruté en perfecta combinación bajo el flasheo de las luces por toda la pista de la discoteca. Acompañado por las reminiscencias descansaba sobre la silla con la prensa entre las piernas, hasta que la ilusión fue disuelta.

Viejo, lo mismo de siempre, tremenda cola, esto  no cambia para nadie, dijo sobándose la cintura. Apagué el equipo. Alcé el periódico. Al verlo ella no hizo caso. Para qué, sea la noticia que sea aquí nada cambia, dijo. No tuve ganas de leer en voz alta el reportaje. En realidad ella podría estar en lo cierto; aquí nada cambia. Supuse entonces algún desliz editorial. Al llegar a tal conclusión lancé el periódico a la calle. El olor del café, el buen olor del café de mi esposa extravió de mis razones el motivo de la supuesta falta en la prensa. De haber insistido, Ivana, con toda seguridad empezaría a evadir mis observaciones. Tú con tus locuras de adolescente, viejo ignorante. Y terminaría como siempre termina. Ya estás viejo, amor. Del pasado lo único bueno es lo que somos, corazón, o quizás. Mejor deja esas pendejadas, mi rey. El mejor bailador (ese fui yo, siempre yo), el insuperable, el invencible, el rey; cautivo bienaventurado por el ritmo y la sana libertad a la hora de navegar al compás de los bafles, las luces, el sudor. Al terminar el café mis reflexiones fueron interrumpidas por el timbre del teléfono. Tranquilo, corazón, lo atiendo yo, dijo mi querida esposa. Dispuesta, compasiva ante mis dolores como si ella no padeciera de los mismos. Pobre mujer carente de ilusiones, pobre Ivana, vieja loca. Hola Andro, dijo Ivana. Estamos bien. Gracias. Ahora está ocupado. Es cierto, ha pasado mucho tiempo. Me alegra. Los felicito, pero creo que no podremos acompañarlos. Sin otra frase que decir Ivana colgó. Están locos, dijo. ¿Quiénes mujer? Ese par de viejos quieren que les acompañemos a la disco. Cumplen cuarenta cinco años de matrimonio, dijo Ivana, moviendo de un lado a otro la cabeza, entornando los ojos (a la hora de hacer ademanes en son de burla el reuma la perdonaba o más bien me engañaba). Como siempre Ivana dio rienda suelta a un intenso soliloquio de censura, en este caso, sobre nuestros amigos. Terrible me hacía sentir, sus comentarios emulaban con algún tipo de cáncer o tumor cerebral. Dame un minuto, dije, voy a revisar el correo. Me levanté de la silla con el acostumbrado esfuerzo de todas las malditas mañanas. Y como siempre fui a la computadora. La encendí. Ivana ahora estaba hablando sola, pobre mujer. En realidad me interesaba un pepino revisar el correo. Más bien lo hice para esquivar sus charlas. En tanto, mi pensamiento se detenía obstinado en la invitación. En el matrimonio de nuestros amigos. En la vejez que nos hallábamos hundidos. En nosotros. En Ivana, mi querida cotorra que tengo como mujer. En la ausencia de sus gestos húmedos sobre mi cuerpo. En mí. En la mierda que se vuelve la vida cuando estás privado de aire, de ánimos, y la melodía (gracias Dios mío), viene a rompernos el desconsuelo y luego, majadera, se aleja dejándonos así: muertos otra vez.

Al abrir el correo encontré otro mensaje de Andro. Reiteraba la invitación. Reiteraba también nuestros años jóvenes, mis glorias como bailador invencible en las discos de la Habana. Con palabras de poeta romántico me rogaba rememorar y volver a vivir lo pasado. No faltes, hermano, nunca sabemos cuándo será la última vez. Esta frase me removió por dentro. Qué de malo tiene ir, sentarnos, hablar de nosotros. Entonces, lleno de valor, me acerqué a Ivana. La tomé por los hombros, le hablé con fuerza. La muerte como tema principal fue la mejor justificación para que mi esposa, indispuesta y con recelo aceptara. Quizás vio en mis ojos la rabia, o quizás la melancolía senil. Ok, como quieras, dijo, hizo una pausa, miró al techo, luego al piso, suspiró y con una mano en la frente concluyó. Iremos.

RUTA A LAS ESTRELLAS, decía en el rótulo lleno de bombillas fosforescentes. Al leerlo Ivana no me quitaba la vista de encima. Hasta las estrellas, mi amor, le dije en aire bromista y sonreí. Mi esposa, mi querida esposa me tomó del brazo, sonrió irónica y dijo. No seas imbécil, más bien ruta al manicomio. Habíamos llegado temprano. En la pista de baile se encontraban menos de cinco personas. Al fondo de la sala podía ver la enorme pantalla donde el video musical era transmitido. A un costado estaba el Disc – jockey manipulando profesionalmente los ecualizadores. Sentí el ritmo, el coqueteo de los bafles, la música electrizante; con sumo cuidado intenté mover la cabeza, arriba y abajo, abajo y arriba, pero los huesos me respondieron con el eco del dolor en la mañana. Ivana se puso las manos en los oídos. ¿Qué estoy haciendo? dijo. Disimulé no escucharla mientras tanto nos dirigíamos hacia la mesa donde estábamos convidados. Ivana caminaba haciendo ademanes de repugnancia al constatar que en cada mesa la mayoría de la gente, en total libertad, se hallaban inhalando coca. Mi querida esposa ha olvidado nuestras viejas travesuras. Los tiempos están cambiando, pensé. La prensa no se había equivocado. La legalización del consumo de drogas estaba en vigor. Ya no existe un único partido. Los tiempos están cambiando, volví a cavilar. Sentí envidia del presente, sentimiento tal que desmadejaba todo mi interior. La maldita nostalgia se apoderaba paso a paso de mí ser, pero en vano. Probar cualquier sustancia podría ser mi final, intentar algún pasillo de baile provocaría la risa de todos. Payaso, estúpido, hubiera dicho Ivana, tapándose la cara, soltando lágrimas de odio y vergüenza, viéndome de nuevo con la cara incrustada en el suelo. Mi inútil estado de salud impedía cualquier reto a la  vejez. No me hallaba apto, menos con el valor que en la mañana me hizo reprender la edad. Maldita vejez. Camina con calma, no te desesperes, creí que dijo Ivana, pero el agradable, excitante retumbar de la melodía no dejaba oírla. ¡Camina con calma!, idiota, me gritó al oído. No quiero terminar en un hospital, por favor, Luis.

Andro y Addis nos esperaban haciendo señas con los brazos alzados. Hacía años no sabíamos de ellos, desde que nuestro amigo se convirtió en un escritor notable y optó el exilio por desavenencias políticas. Mi amigo Andro, mi hermano del alma. Paso a paso, con la calma obligada por la edad, caminábamos hacia ellos evocando los momentos pasados desde que Andro ganó su primer premio con aquel texto Ritmo para cándidos; lo recordaba todo, hasta los días aquellos en que Andro justificaba con ira y temor su posición en contra del gobierno, días antes de marcharse al exterior poseído por paranoias que solo él entendía. Me han intervenido el teléfono. Me siguen en la calle. No me dejan en paz. Censuran mi obra, no la publican. Me ignoran. Me quieren ahogar. Son unos hijos de puta. Al llegar a la mesa intercambiamos formales saludos, abrazos, breves frases de afecto. Estás bellísima, dijo Ivana a Addis y me miró de reojo con disimulo. Al sentarnos, después de varios segundos de silencio nuestros amigos preguntaron con gestos aristocráticos por la familia, en especial, por los hijos. ¿Cuáles Andro, cuáles, Addis? Nunca tuvimos, respondí. Lo siento, Luis, dijo Andro, lo habíamos olvidado. Sin hacer pausa como si de esta manera pudiera remediar el lapso preguntó por los viejos amigos. Creo que esto fue peor al responderle que Yoel también se largó, Francisco se suicidó, Roberto nunca más se supo de él, Mario, Armando y Jesús fallecieron, Carlos, Fernando, Juan y Adrián están en casas de atención, y José, José está bien, hace política y no recuerda a nadie. De pronto  al escucharme, me interrumpió. Era evidente, no deseaba prestar atención al destino de los otros. Quizás vio en mis ojos el mal augurio, las malas noticias, las noticias donde nuestra edad no es más que el axioma del deshoje humano. Tomemos una copa, brindemos por…, quizás quiso decir por nosotros, pero algún motivo lo hizo titubear. Supuse entonces el desaliento de nuestros semblantes. Por…, seguía titubeando, brindemos por… ya sé, dijo al fin. Los nuevos tiempos. Sí, eso, los nuevos tiempos, Luis. Y por tus ézitos, agregó su esposa sobándole el brazo. Copa, ¿una copa? me inquietaba esta palabra, esperaba más bien un trago, no una copa. El cambio lingüístico en nuestros amigos se hacía notable. Han cambiado, ni siquiera hablan como nosotros. ¿Una copa? Mi amigo y su señora  parecían sacados de alguna serie española de clase B. Reconocía el cambio lingüístico, lo cual no era motivo para sentir xenofobia, no, eso no, más la falsedad y las poses encartonadas, sí, eso siempre me irritaba.  Solo faltaba que dijeran, hostia, joder, tío. Siempre fue así, Andro siempre fue así, un hombre capaz de evadir su contexto de cualquier modo; un escritor. En fin, me molestaban sus gestos, palabras, tono, y el trato distinguido, pero qué le podía hacer. No obstante haber sido invitado, estar en la discoteca, de alguna manera aliviaba el ánimo derrotado en la mañana; no obstante, sentía aprecio por ellos; en cambio, Ivana, hacía falsas muecas de amabilidad. Pobre Ivana. ¿Una copa?, volví a pensar. Mejor trágatela o déjala para alguno de tus textos de clase alta, escritorcillo de pacotilla, pensé. Buena idea, Andro, brindemos, dije. Una copa. Por tus libros, dije y los cuatro alzamos, las copas. Quieres un zigarrillo, brindó Andro con la cajetilla abierta. Lo miré directo a los ojos. No, gracias, ya no fumo, dije a media sonrisa. Guarda el cigarro, perdón, el cigarrillo, rectifiqué y le di una leve palmadita en el hombro. La pista de baile  estaba llena. A esa hora la música se había adueñado del público.  Los cuerpos, hombres y mujeres, mujeres con mujeres, hombres con hombres, formaban una compacta orgía al compás de la melodía eléctrica. Saltaban. Saltaba el Disc – jockey desde la cabina con una mano arriba entre tanto maniobraba con la otra los ecualizadores. Desde nuestra mesa, mientras la plática se había tornado, gracias a las bromas de Andro, un tanto agradable, mi mente se arremolinaba en un solo tiempo: el ayer.

Sentí la inocencia. El arrebato adolescente colmando mí espíritu. Sentí la invasión matutina de los sueños y las inolvidables noches en la disco; el bajo golpeando las paredes del local, el piano eléctrico ensayando el trance de la música psicodélica, las luces alternándose de un lado a otro en la pista. En la pantalla el video clic mostraba las coreografías al ritmo del tema.  El Disc – jockey gritaba y el inmenso grupo, con las gargantas convulsivas, hacía coros entre aplausos acordados. ¡Un gritico!, gritó el Disc – jockey, ¡un gritico!, y la voz de este se mezclaba con los aullidos de todos ¡Un gritico! Palmas, palmas, palmas y palmas; palmas, palmas acompañaban la estampida coherente de sonidos. ¡Histeria!, gritó el Disc – jockey, ¡Histeria!, gritaban todos a la vez y la melodía ascendía poco a poco dejando que cada uno de los sonidos, bajo, platillos, saxo y piano se mezclaran formando la cadencia de la música disco. Sentí la felicidad a varios metros de la mesa, me hacía señas, provocaba mis extremidades, pero temía, temía hacer un papelazo. Dios no viene a estos lugares. ¡Quiero, quiero!, gritaba ahora el Disc – jockey. ¡Quiero, quiero!, volvía a clamar, y de repente la multitud en una sola voz respondió al unísono: ¡Quiero, quiero!, ¡tener dinero! Al escucharlos no pude evitar la sonrisa. Veía mi imagen multiplicada en cada uno de ellos. El recuerdo estaba a mi lado, evadiendo como yo la plática de los amigos. Otra vez sentí el pecho lleno del regocijo provocado por la extraña sensación que en la mañana se adueñó del ímpetu. Andro, Addis, e Ivana, no paraban de hablar. En la pista, sonidos, ritmos, baile, sintetizadores, eran los dueños del atrincheramiento de cuerpos bajo la enorme bola de cristal que giraba soltando rayos de luces fosforescentes por todos los rincones. Parecían, la inmensa masa de bailadores, flotar al son de la armonía eléctrica. El fuerte bajo de la disco llegaba hasta las copas; en la superficie de las bebidas las ondas saltaban alegres y varios segundos estuve observándolas, hasta notar que mí copa se alzaba en el aire varios centímetros del mantel. ¡Mujer!, grité al removerme en la silla gracias a su pellizco. Pareces un enfermo mental, me dijo con discreción, tapándose la boca con la mano. Addis y Andro, se tomaban de las manos, se acariciaron hasta terminar abrazados. Pareces un loco. Llevo rato aguantando a estos burguesitos de mierda. Solo por complacerte y luego te veo mirando una copa ¿A esto venimos? No le respondí. La copa, estaba de nuevo en su lugar. ¿Te zientes bien?, preguntó Andro al verme. Todo bien, respondí con pena. ¿Recuerdaz, Luíz?, ezcucha la múzica, dijo tamborileando con los dedos en la mesa. A pezar de loz problemaz fueron buenoz tiempoz, dijo. Hasta que fuimos invadidos, dije. ¿Invadidoz?, preguntó Andro, por quién. Por el reguetón, maldita música, contesté. Mis amigos rieron bastante. Ivana sonrió y volvió a mirarme de reojo. Voy al baño, dije. Me levanté de la silla. No demoro, dije y miré a cada uno con amabilidad. Ten cuidado, amor, dijo Ivana.

Caminaba con calma entre la multitud de bailadores, más por el degustar del género musical que por el cuidado de ser atropellado por la eufórica turba y porque no había otra manera, a mi edad. Antes de entrar al baño me recosté a una de las columnas del recinto; detuve la vista en el video: una mosca danzaba por diferentes lugares y épocas, moviéndose al son de la música. Yo, al ver aquello sonreí con los brazos cruzados y recordé al insecto de la mañana. Atento al video, el cual había cambiado de imágenes, quedé asaltado por la sorpresa. Mi figura, mi rostro, mi cuerpo, danzaban dentro de la pantalla bajo el ritmo del tema con total maestría, reproduciendo los mismos movimientos de la juventud. Por un momento estuve dudoso. Miré con más detenimiento. Era yo, yo, Luis, el rey de la disco con veintitantos años. El joven Luis XIV de la disco, y recordé la frase del rey sol: Yo soy la disco, dije para mis adentros. Sin embargo estaba consciente de la sugestión; la aceptaba como el agradable efecto del frenesí. Al parecer, Dios, estaba a mi favor. Dios no entiende de lugares cuando de asuntos espirituales se trata; penetra al infierno, se sacrifica solo por lograr que el alma recupere el aliento; sabe de mí y me tiene presente. Gracias Dios mío, dije y sonreí. Estaba satisfecho, conforme con el delirio de aquella noche bajo las luces, flasheo, bajo, piano, platillos y saxo en la disco. ¡Un gritico!, pedía otra vez el Disc – jockey. ¡Un gritico!, gritaron de nuevo y surgieron las palmas, palmas, palmas. El orgullo crecía desde mi interior. Las palmas eran para mi persona. Los halagos tenían mi nombre. De repente varias gotas de sudor resbalaron por mi frente. Saqué el pañuelo y al secarme vi la ausencia de mis arrugas en las manos. Qué está pasando, me dije, sorprendido entre el enigma y el asombro.  Mi piel se había estirado, luego palpé la frente y sentí la falta de arrugas. No puede ser. Entré al baño. Estaba solo. Me acerqué al espejo y vi mi rostro rebosante de juventud. Recordé las ganas de orinar. Miré hacia el zipper del pantalón. Lo abrí y oriné contento con los ojos cerrados,  lleno de placer, lleno de regocijo, lleno de felicidad. Al terminar, abrí los ojos y vi de nuevo mi vejez. La maldita mosca había aparecido y volvió a posarse en mi nariz. Me cago en tu madre, dije en silencio y de un manotazo la destripé. Al verla sobre la palma de mi mano me sentí invadido por la tristeza. Esto solo puede ser un presagio: un mensaje del Señor. Quizás pronto había de morir. Este pensamiento apresó mi alma con inquietud. Salí del baño. Me detuve varios metros de la puerta. Me hallaba en ese momento en la frontera de la indecisión al ver cerca una raya de coca sobre una mesa abandonada. Pensé en el insecto, en mí, en el tedio de los años; mueren los viejos tiempos, nacen los nuevos. Todos mis pensamientos, actos, empuje, se comprimieron en una sola determinación. Si he de morir, que sea a mi manera, pensé. No sé si con el mismo valor de la mañana, o con la cuestionable valentía de los suicidas, no sé. Vi mi vida como una ojiva nuclear a punto de estallar, con los dígitos en la pantalla en cuenta regresiva. Pero, una bomba necesita de componentes, química, en este caso, una simple rayita sería la solución. Me acerqué a la mesa, acerqué mi nariz y con el pequeño cilindro de plástico que se hallaba solemne, inhalé con fuerza. El efecto fue instantáneo. Recobré las fuerzas en los músculos, el ímpetu que en la mañana se había adueñado de mí, el ánimo, las ganas; la alegría trepaba en cada una de mis neuronas hasta llegar a la siguiente determinación: estaba listo para irrumpir en la pista. La música dio inicio a otro tema. La canción penetró en mis sentidos fusionándose con el efecto de la coca, juntos me inquietaron, juntos me hicieron caminar decidido entre la multitud, poseído por la felicidad, por la misericordia y presencia de Dios. Dios obra de manera misteriosa. Y esa noche, el misterio se concentraba tenaz en mi interior. Caminé hasta el centro de la pista. Moví la cabeza arriba, abajo, abajo, arriba. Mi cuerpo estaba atado a los ritmos sonoros. La atmósfera psicodélica abarcaba todo el entorno entre gritos y efectos electrónicos. Yo soy la disco, yo soy la disco, me repetía, y el sonido del piano ascendía poco a poco, dando paso después a los otros. Alcé el brazo con los puños cerrados imitando el golpe seco del bajo. Di un giro y todo estuvo bien. Mis extremidades se comportaban obedientes a mis deseos. Di otro giro, y nada mal estuve. Entonces, dueño de mis movimientos empecé a sacudirme con los mismos pasillos que hace más de cuarenta años me alimentaron de gloria. Gracias Dios mío, me decía mientras la multitud abría un círculo a mi alrededor. Gracias Señor, decía para mí, mientras en la pantalla mi imagen era reproducida, y todos, todos, quedaron quietos, encantados por la destreza de mi cuerpo. Trancaba con agilidad las articulaciones, imitando los viejos pasillos de Michael Jackson, luego, mis pies se deslizaban por el círculo recordando al rey del Pop, con orgullo, con la corona espiritual del rey de la pista, el invencible, el insuperable Luis. Yo soy la disco. Me incorporé de nuevo en el medio de la pista. Quedé estático, pero no por los de la dolores de la mañana. Quieto porque era mi cuerpo el amo del género y la música se detuvo. Brotó de la nada el silencio por toda la discoteca. Estaban anonadados cada uno de los rostros.  Algunos boquiabiertos, otros serios y con los ojos sin pestañar. Elevé el brazo, empecé a golpear al vacío. De nuevo vino el piano que nota a nota iba construyendo el ritmo musical, hasta dar entrada a la voz del intérprete de la disco. What´s love .Baby don´t heart me, don´t heart me. No more.

Dando golpes al vacío mi cuerpo empezó a elevarse y quedé suspendido unos cuantos metros de la pista. En el aire di inicio otra vez a mis pasillos, disfrutando, feliz, pleno, lleno de vida, el momento. Bailaba. Bailaba como nunca. What´s love .Baby don´t heart me, don´t heart me. No more. De pronto, a mi lado la turba me acompañaba danzando en el aire. Vi a Andro, moviéndose junto a Addis, ambos abrazados, felices, sonrientes. Hoztia, tío, por todoz loz cieloz, dijo Andro, ¿qué ez ezto hermano?, ¿qué eztá pazando? No pasa nada, dije moviendo los hombros y la cabeza, arriba y abajo, abajo y arriba. Los nuevos tiempos, Andro, los nuevos tiempos. Frente a nosotros pasó lentamente uno de los blafes. Una de las copas flotaba, los manteles de las mesas volaron por todo el local. Las columnas se habían desprendido, levitaban también. El Disc – jockey, estiraba los brazos tratando de alcanzar el equipo de ecualizadores, los cuales, al parecer no se dejaban agarrar. Dueño del aire. Dueño de la música. Dueño del espacio y mis movimientos, danzaba por toda la disco hasta que vi a Ivana con los manos en la cintura, golpeaba insistente con un pie en el piso, donde nadie estaba, donde solo había quedado ella, con el rostro endiablado, gesticulando palabras que pude descifrar por la lectura de sus labios: Luis, baja ya, hombre, te vas a romper a romper la vida. Baja Luis (mi querida esposa, mi querida cotorrita. cuando la rabia la invadía el reuma la perdonaba o más bien me tenía engañado). Pobre Ivana, carente de ilusiones, de sueños, pobre mujer. Como respuesta le dije: What´s love .Baby don´t heart me, don´t heart me. No more.

Bájate de allí, Luis. Pero no hice caso y miré hacia el techo, antes le grité en español. Qué es el amor. Nena no me hieras, no me hieras, no más. No me hieras, no más. Los ladrillos del techo se habían desprendido, como era de esperar flotaban en el vacío y vi las estrellas tiritando felices. Quise elevarme más, pero miré hacia atrás y decidí acercarme a mi mujer. La tomé por la cintura. La música no dejaba escuchar sus gritos. Y juntos volamos fuera de la disco. Juntos volamos por toda La Habana. Juntos vimos las luces de la capital. Ivana se calmó. No decía palabra alguna. Tampoco yo. Al poco rato vi los primeros rayos del sol. Sentí el cansancio, pero sin temores, resignado a que pasara lo que fuera a pasar. Entonces vi la calle de nuestro apartamento. Descendimos al balcón. Entramos a casa y varios minutos estuvimos en silencio, mirándonos sonrientes. La resignación se había largado, ahora temía cerrar los ojos. Entonces Ivana fue a la cocina y preparó la cafetera. Haré café, mi rey, no duermas. En la calle se escuchaban los gritos de los vendedores de periódicos. El día había empezado. De nuevo volvería a seguir la maldita rutina de medicamentos. Mientras pensaba, por el balcón, entró volando la prensa. Cayó a mis pies. La agarré y leí en la primera portada: DESORDEN EN LA DISCOTECA RUTA A LAS ESTRELLAS POR CONSUMO DE DROGAS. No podía creerlo. La confusión daba vueltas en mi cabeza e invoqué la noche anterior y sentí la misma sensación de alegría. Entonces, increpé al cansancio y tomé la decisión de probar unas flexiones en el piso. Al cabo de unos cuantos segundos escuché el golpe de los cristales en el piso. Ivana estaba frente a la puerta del cuarto, estupefacta al verme sudoroso, flexionando mis extremidades sin esfuerzo. Me puse de pie. Nos miramos varios minutos en silencio. Con paso lento, seguro y firme me le acerqué. Quedamos frente a frente. Levanté su vestido y pude sentir entre sus piernas la humedad que hacía años no gozaba. Quise besarla, pero me empujó. Se me hace tarde Luis, el supermercado a esta hora debe estar lleno. Y sin mirar atrás, Ivana, mi querida esposa, abrió la puerta y salió, dejándome así, de pie, mojado, con las gotas de sudor corriendo libres por mi cuerpo pensando en los nuevos tiempos. Ah, los nuevos tiempos, Luis.