Apostillas para una historia no tan mínima

Sobre el libro Historia mínima de la Revolución cubana, de Rafael Rojas

Alejandro González Acosta
(UNAM)

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Para Rafael Saumell, que sigue guapeando y sonriendo

 

Cuando alguien le preguntó al expresidente Alfredo Zayas Alfonso sobre el resultado del dilatado compromiso -aceptado y cobrado- para escribir la historia de Cuba, éste le respondió: “Después de mucho investigar y meditar, he llegado a la conclusión que para hacer la historia de Cuba debemos esperar todavía unos cien años más”.

Seguramente Rafael Elías Rojas Gutiérrez (Santa Clara, 1965), como el buen historiador que es, ha de conocer y habrá tenido en cuenta esta anécdota, y supongo previó las distintas reacciones que despertaría su Historia mínima de la revolución cubana, la cual ofrece ahora El Colegio de México como parte de una colección acreditada, en conjunto con la matritense Editorial Taurus.

 

El autor:

Alejandro-G-Acosta-EsteLunes-OtroLunes39-2Prácticamente desde 1999, cuando publica un par de títulos (El arte de la espera –Madrid, Editorial Colibrí- e Isla sin fin -Miami, Ediciones Universal), Rojas no ha dejado de beneficiarnos sin cesar ni cejar, cada año, con una y a veces hasta dos obras de gran valor, que han concitado lo mismo apasionadas opiniones a favor o en contra, según recordaba Ernesto Hernández Busto en una amplia entrevista.1  Resulta ahora innegable que de entonces acá, durante estos últimos 16 años, Rojas integra la vanguardia de los ensayistas e historiadores cubanos, incluidos los de la isla, con apenas 50 años recién cumplidos.

Rojas Gutiérrez estudia el tema con propiedad y soltura, proponiendo interpretaciones novedosas de los sucesos y abordando algunos que no han recibido suficiente atención de los historiadores.  Así pues, el libro será polémico, debatido, alabado o denostado, pero su resultado es innegable. El autor asume que la tarea de historiar tiene un precio y resulta arduo, si no imposible, satisfacer todas las expectativas y no perturbar ciertas conciencias. Algo curioso es que preveo será igualmente criticado por algunos estudiosos tanto fuera como dentro de Cuba. Con el objeto de anticipar la recepción que su libro tendrá en la isla, basta pasar la mirada –rápidamente, para que no salpique- por la ficha biográfica que le dedica la página oficial (casi policial) cubana EcuRed, donde entre otros graves “pecados” se informa su amistad, cual si fuera delito, con un presunto –según sus redactores- agente de la CIA como el ex Canciller mexicano Jorge G. Castañeda… Supongo que ya Rojas esté acostumbrado a recibir esos dardos canallescos (además, tengo la sospecha que si hubiera una EcuRed del exilio, le pasaría algo parecido). Y posiblemente este mismo comentario que ahora hago no quede eximido de riesgos semejantes.

Rojas ha sido el objetivo de otras saetas emponzoñadas: en La Jiribilla, el más infame e infamante libelo electrónico del siglo XXI en Cuba, se le ha llegado a ilustrar con una foto (ya retirada, por fortuna, así como toda referencia a él), malévolamente retocada donde aparecía con sonrisa diabólica y reflejos luciferinos en sus azules ojos: digno para la portada de una nueva edición de El otro paredón2. Esto demuestra, además, cómo el régimen insular y sus escribidores pueden utilizar muy creativamente la tecnología moderna al cultivar un género periodístico surgido en el siglo XVIII.

En realidad, si lo meditaran mejor, no debían ser tan rudos con él en la oficialidad cubana: si algo ha intentado Rojas con consistencia y persistencia durante todos estos años es elaborar inteligentemente una teoría coherente –y la propuesta consiguiente- que concilie en lo posible el socialismo liberal con las llamadas “conquistas revolucionarias”. Más bien les convendría protegerlo y promoverlo, pues su apuesta teórica puede ser en un futuro cercano una solución al menos transitoria para la encrucijada cubana actual. Quienes lo atacan tan ferozmente en la isla –y las voces que como ecos provienen de ella desde otros sitios, quizá con otros motivos- pasan por alto un hecho contundente: de haberse mantenido en Cuba como parte de la nomenclatura insular a la que estaba familiarmente predestinado, este antiguo alumno de la elitista Escuela Vocacional “Vladimir Ilich Lenin”, distinguido becario en la URSS, comentarista del significativo “Grupo PAIDEIA”, y prometedor investigador del Centro Cultural “Juan Marinello” (que apoyó su viaje para estudiar en El Colegio de México, con una beca obtenida por concurso de oposición), hoy sería, muy probablemente, el Ministro de Cultura cubano, o quizá tendría algún otro alto cargo político. Actualmente su hermano Fernando (“Rojas El Malo”, como se le ha llamado con injusta y excesiva crueldad), también brillante y talentoso, pero no tanto como Rafael, es el Viceministro…

Rojas ha tratado de hacer, en la medida de sus fuerzas, un texto lo más plausiblemente equidistante de las posiciones extremas y por tanto corre –también asume- el riesgo de no “quedar bien” ni con unos ni con otros, congruente con él mismo y su propia responsabilidad intelectual. Pero ese iluso propósito nunca es la meta de un auténtico historiador, como lo es él. Al leerla, en todo momento debemos tener presente que esta obra es su visión personal sobre el tema, además con su condicionante explícita de “mínima”, y seguramente siempre algo faltará, según cada lector, de “la historia que uno habría escrito”, pero aceptemos al menos algo: es la que es. Y entonces reflexionemos sobre ella, por todo lo que nos puede enseñar.

Obviamente, debido a su tema y el momento de expectativas actuales cuando  aparece, aparte de por su autor, esta obra será comentada múltiple, y en ocasiones quizá visceralmente, desde todos los registros del amplio diapasón político e ideológico alrededor del tema cubano, cuando se difunda como debe ser, lo cual creo no ha ocurrido todavía. Ojalá despierte eco semejante entre los historiadores de otras latitudes interesados en el asunto, menos prejuiciados y presumiblemente más objetivos sobre el mismo3. Aunque debe reconocerse también que más allá de sus fronteras, la sola mención del tema político cubano aún despierta amores supremos y odios profundos, independientemente de la nacionalidad de sus estudiosos. Y con toda probabilidad quizá no sea muy aventurado pensar que a pesar de su avanzada edad y sus limitaciones físicas, como al parecer el propio Fidel Castro continúa siendo en su retiro un lector dedicado, le obsequiara a este libro alguna de sus “Reflexiones”, o al menos una sibilina alusión4… A él, en primer lugar, debe interesarle mucho leer esta obra, escrita además por el hijo de un antiguo colaborador cercano, y hermano de dos funcionarios de alto nivel en la isla actualmente, quien pudo ser el golden boy del sistema si hubiera continuado cómoda y disciplinadamente en sus filas, pero que díscolamente prefirió ser el enfant terrible.

Probablemente, alguien podrá decir que este no sea el mejor libro de los que ya nos ha legado Rojas; de hecho es el menos teórico hasta ahora –claro que este no es su propósito manifiesto, por ser más descriptivo y compendioso- pero quizá se convierta por su tema, factura y formato en el más popular, el que con el tiempo reciba más comentarios y tenga mayor impacto en el público lector. Es un libro didáctico y divulgativo –respaldado por una sólida investigación y profusas lecturas- realmente fluido y disfrutable. Presumiblemente, Rojas asume la historia como una fuente de enseñanza, lo que Ortega y Gasset denominó la “historiología”, ese conocimiento que nos enseña a aprender del pasado para no repetir acciones fallidas.

Advierto también que una de las más notorias virtudes que ostenta este libro, más allá de su tema, es invitar a meditar sobre el fenómeno histórico revolucionario, y eso precisamente intentaré en estas líneas, que no son ni pretenden ser una reseña valorativa, sino un repensar compartido y trufado con comentarios propios, motivados por el mismo incentivo del estimulante texto. Y ese me parece en concreto uno de los más sobresalientes valores de esta obra de Rojas: más que lo que dice (y dice mucho) es lo que provoca decir, todas las múltiples reflexiones que sugiere, lo cual garantiza su utilidad y su vigencia.

 

 

La obra:

Alejandro-G-Acosta-EsteLunes-OtroLunes39-3El autor advierte desde el comienzo los límites y alcances de su obra; después de señalar que su objeto es “un fenómeno complejo y cambiante”, precisa lo que no debe esperar el lector, quien “no encontrará aquí desarrollos plenos de sucesos, personajes, conflictos y situaciones emblemáticas”, ni “exploraciones a fondo de contextos locales, regionales o internacionales, o aplicaciones óptimas de enfoques analíticos e historiográficos”, pues lo que ha buscado es reseñar “las líneas maestras del cambio económico, social, político y cultural que vivió la isla entre los años cincuenta y setenta del siglo pasado”, ajustándose en estas dos décadas al asumir el criterio contemporáneo de que una revolución es el proceso colectivo que comprende desde “la destrucción del antiguo régimen a la construcción del nuevo” (p. 9)5. Precisamente a esta afirmación se remite Haroldo Dilla en un comentario que mencionaré  más adelante.

El autor, apoyado en el clásico de Levi Marrero, Geografía de Cuba (1ª. Ed. 1950; Definitiva: 1966), incluye las cifras del desarrollo nacional para los años previos a la revolución, pero consigna que “a pesar de esas cifras, Cuba era un país subdesarrollado y desigual” (p. 20), y añade a “esos desequilibrios propios de un país subdesarrollado de América Latina y, especialmente, del Caribe”, el “carácter específicamente político” de “la crisis del antiguo régimen cubano, en los años cincuenta” (p. 21). Pero, precisamente a partir de las estadísticas aportadas por Marrero (tomadas a su vez de fuentes fiables y comprobadas), y citadas por el propio Rojas, no puede afirmarse, en mi lectura, como según me parece hace el autor, por ejemplo, que “la balanza comercial del país no estaba desequilibrada –era más o menos lo mismo lo que el país exportaba que lo que importaba”, ya que –según él mismo anota (citando a Marrero), “la isla exportó 594 millones de pesos e importó 575”, pues existía entonces un superávit a favor de Cuba, nada despreciable, de casi 20 millones de aquellos pesos que se pareaban con el mismo dólar de una época muy anterior a las devaluaciones6. Creo que quizá sin proponérselo, Rojas minimiza, o reduce un tanto, esta condición ventajosa que disfrutaba Cuba en su vínculo con la democracia norteamericana. Es un hecho mensurable que de acuerdo con esas mismas cifras, la relación comercial de Cuba con EEUU en realidad no era igualitaria: más bien, beneficiaba a la isla sobre su vecino norteño, con todo lo que eso supone, por lo cual resulta difícilmente aceptable la escueta calificación que hace Rojas de Cuba entonces como “un país subdesarrollado y, especialmente, del Caribe” (p. 21); con el resultado quizá involuntario de presentarla desde el punto de vista económico y social como ese “eslabón más débil”, no se favorece a mi parecer una más cabal comprensión del problema, y los orígenes y causas de eso finalmente llamado “revolución cubana”, pues en realidad constituye un tópico de cierta historiografía sobre el tema, muy generalizada por cierto. En la América Latina de la época y especialmente en El Caribe, Cuba destacaba por sus altos indicadores económicos y sociales, teniendo precisamente en cuenta el contexto donde se ubicaba, quizás diferentes de los patrones que se aplicaban para medir el desarrollo en otras zonas como Europa o Estados Unidos, pero más allá de las cifras, la percepción era la de un país próspero.

En primer lugar, creo que uno de los más grandes méritos de esta Mínima historia es el espacio dedicado por el autor para reseñar la propuesta pacífica y legalista que corrió paralela con los distintos proyectos violentos en la etapa de oposición contra Batista, tan ignorada como la de los autonomistas en su momento por las luchas independentistas, a quienes Rojas también ha consagrado ejemplarmente algunos de sus mejores estudios. Con esta insistencia, Rojas destaca -en mi criterio- por ser un historiador civilista; no militarista, sino más bien antiépico, y quizá este rasgo explique muchos de sus enfoques analíticos y varias de sus otras obras.

Por otro lado, considerando alguna de las primeras reacciones publicadas ante su nuevo título (previsibles), me asombra se le quiera negar a Rojas además de su bien ganada reputación como historiador, su condición de ensayista y también de crítico literario. Son numerosos e incuestionables sus aportes particulares sobre las obras de varios autores cubanos y extranjeros, pero en especial su interesante y enriquecedor diálogo crítico con Harold Bloom y el concepto de canon lo destacan en ese sentido7. Y creo que precisamente porque conoce los mecanismos de construcción e imposición del canon literario, Rojas enfrenta ese mismo espectro con esta nueva obra, pero en el terreno historiográfico.

Con indudable acierto, Rojas destaca que “Batista plantea una alternativa al sistema de partidos, que no ha sido suficientemente comentada por los historiadores” (p. 26), y más adelante:

“…Con frecuencia, la historiografía da por segura la posibilidad de un triunfo ortodoxo en las elecciones de junio de 1952, pero habría que considerar que la candidatura oficial llegaba a las elecciones con una alianza del mayor partido político del país –con 689 814 afiliados- en alianza con cuatro partidos minoritarios. Los ortodoxos arribaban a la contienda con 359 391 afiliaciones partidistas, aunque con una preferencia electoral, claramente favorable a Eduardo Chibas, en las célebres encuestas de la revista Bohemia, de abril y diciembre de 1950” (p. 27).

Ya muerto Chibás (por su inmolación, fuera suicidio, torpeza, o autoagresión fallida) el entonces Senador por el Partido de Acción Unitaria (PAU) Fulgencio Batista Zaldívar, con el apoyo no sólo del Ejército sino de un amplio sector social –empresarios, sindicatos y pueblo en general- asesta el 10 de marzo de 1952 el golpe de estado que, debe recordarse, fue incruento, casi8 sin derramamiento de sangre ni protesta social inmediata. Batista no tuvo que disparar ni un tiro de esa pistola donde según decía siempre llevaba “una bala en el directo” alojada en su recámara. En medio de una situación de progresiva anarquía ocasionada por la ambición desenfrenada, la egolatría megalómana de los distintos actores políticos, y una pésima visión del escenario nacional real de gran parte del sector ilustrado cubano, “El Hombre Fuerte”, vistiendo su simbólico jacket oscuro de cuero (también emblemático como después lo fueron los uniformes verde olivo), tomaba de nuevo el timón, con el aplauso expreso o el apoyo tácito de una gran mayoría del país.

Los escandalosos sucesos protagonizados anteriormente durante el grausismo por Orlando León Lemus “El Colorao”, Policarpo Soler, Emilio Tro y los llamados “chicos del gatillo alegre”9, el pandillerismo – o “bonche”- universitario (donde aparece destacadamente desde entonces la figura del juvenil Fidel Castro, acusado pero no procesado de al menos dos asesinatos), y los insolentes desplantes de Rolando Masferrer (antiguo héroe comunista de la Guerra Civil española y luego matón), crean entre otros hechos un ambiente receptivo para un deseo generalizado de orden y tranquilidad que propiciara la prosperidad nacional. La situación de descrédito empeoró con el priato, la corrupción desbordada y las míticas bacanales en su Finca “La Chata” (fueran ciertas o no, al menos una gran parte de la población lo creía así, lo cual indicaba el desprestigio del gobierno ante la opinión pública). La prensa de la época reflejaba el hastío o el rechazo de amplios sectores hacia los gobiernos “auténticos”, y solicitaban un cambio de política para retomar el espíritu purificador de la “Revolución de 1933”. Y, precisamente, Fulgencio Batista era “un hombre del 33”.

Muchos historiadores del período entienden como un hecho verídico e incontrovertible –sin más argumentos que su pasión- que si no hubiera ocurrido el Golpe del 10 de Marzo, Batista habría perdido irremisiblemente las elecciones de 1952: Rojas nos recuerda que no es exactamente así. Y lo fundamenta.

 

 

Una revolución para todos:

Alejandro-G-Acosta-EsteLunes-OtroLunes39-4Según destaca Rojas, el propio Batista adoptó el término “revolución” para prestigiar, validar y justificar su acción golpista: como antes los de 1933, los de 1952 también se autonombraron voceros de una “revolución” purificadora y salvadora, coincidentemente con los opositores “auténticos”: el grave problema fue que prácticamente todos los diferentes bandos en pugna eran, se sentían o querían ser aceptados como revolucionarios (tanto los “ortodoxos” de Chibás y Agramonte, como los “auténticos” de Grau y Prío), o al menos así se asumían y deseaban que los reconocieran.  Es decir, antes que Fidel Castro, el revolucionario más representativo y exitoso de Cuba paradójicamente fue Fulgencio Batista, y esto desde la antigua fecha del 4 de septiembre de 1933, cuando digamos empezó a emplumar aquella “grulla de la pata de palo” que daría su grito distintivo hasta las elecciones de 1954; sin embargo, aunque en consonancia con todo esto, “Castro y sus hombres se proyectaban públicamente como una nueva generación de revolucionarios verdaderos que confrontaba a viejos ex revolucionarios, ahora acomodados y corruptos” (p. 42). Prácticamente todos los actores políticos a principios de la década del 50 reclamaban ser los legítimos herederos –con absoluta exclusión de los demás- de la “Revolución de 1933”, la cual es, por tanto, antecedente no sólo de la de enero de 1959, sino también de la de marzo de 1952, dentro de una irrecusable lógica histórica.

A falta del carismático líder Chibás (quien en algún momento anterior provocó una crisis del gobierno “auténtico” de Grau San Martín, mediante el gesto populachero pero efectivo de salir a la calle con una escoba como símbolo para barrer la corrupción y devolverle su prístina dignidad a los ideales prostituidos -su lema era “Vergüenza contra dinero”, aunque sin percibir contradicción alguna pues él mismo era un hombre muy rico-, aprovechando el exitoso estreno de un filme en esos años, al grito de “King Kong, que se vaya Ramón”), el “golpe” o el “madrugonazo” del 10 de marzo pasó ciertamente sin pena ni gloria y con general beneplácito10, asumido no sólo con la resignación de lo esperado, sino de lo aceptado y aún deseado, según varios testimonios de la época, mucho más que la “pasividad inicial” que menciona Rojas (p. 31), lo cual aún hoy muchos historiadores reticentemente se empeñan en negar o ignorar.

Sin embargo, ante el silencio general y casi unánime, sí se produjo la reacción indignada de un sector ilustrado y patriótico –que se ha negado o minimizado demasiadas veces- y Rojas lo destaca, así como su frustración:

“Un recurso de inconstitucionalidad contra el régimen de Batista, interpuesto por el abogado Ramón Zaydín, ex ministro de Comercio de Prío, a nombre de 25 personalidades, entre las que destacaba el veterano mambí Cosme de la Torriente, presidente de la Sociedad de Amigos de la República, además de varios líderes de la Ortodoxia, fue finalmente desechado por el Tribunal de Garantías Constitucionales y Sociales en el verano de 1953. Las vías de oposición legal o cívica a la dictadura de Batista parecían obstruidas por la propia inconstitucionalidad del régimen o por su formidable fuerza represiva. Fue entonces que la juventud de clase media y obrera, universitaria o afiliada a la base de partidos, como el Ortodoxo, tomó la iniciativa y resolvió enfrentarse con las armas al gobierno” (p. 32).

Sin embargo, aún antes de esta acción de los convocados por Zaydín –algunas fuentes elevan a 38 los firmantes, no sólo los 2511 que menciona Rojas- y además de Roberto Agramonte y Pelayo Cuervo Navarro, también consignados por Rojas, hubo varios gestos y acciones –no incluidos en su Historia– provenientes de dignas figuras del Poder Judicial, quienes utilizando el recurso legítimo del “voto particular”, expresaron su oposición a los Estatutos Constitucionales de 1952 (o “del Viernes de Dolores”) y a nombramientos violatorios del derecho y el procedimiento legal, como los magistrados Guillermo Gustavo de Montagú y Vivero, Julián de Solórzano y Tabernilla, Francisco Perera, Manuel Zaldívar y Cordero y Arturo Menéndez y Carballo, en el Tribunal Supremo de Justicia, los cuales fueron acogidos y reproducidos también en la Audiencia de La Habana, por los jueces Expósito, Casasús, Herrera, Merino, Cowley, Moré, Álvarez Tabío y Márquez. No deben pasarse por alto estos nombres en la reseña de acontecimientos de la época, pues fueron los primeros cronológicamente y procedían precisamente de la misma estructura política esencial, y crearon el caldo de cultivo donde brotaría y prosperaría una resistencia cívica pacífica y legalista. Son también referentes necesarios para entender el posterior alegato de Castro durante su proceso del Moncada. Allí se consagró, antes que nadie ni en ningún otro sitio, la legitimidad de la rebelión, desde el 17 de marzo, apenas siete días después del cuartelazo:

“La resistencia civil es un derecho natural, y el tribunal no tiene por qué autorizarla. Los ciudadanos, en uso de tal derecho, están investidos de todas las facultades para ejercitar dicha resistencia”.12

 

 

La trampa:

Fidel y Raúl salen de prisión, en mayo de 1955.

Fidel y Raúl salen de prisión, en mayo de 1955.

Después de esos pronunciamientos legales y ajustados a derecho, creo empezó nuestra tragedia nacional, la trampa donde continuamos encerrados todavía: entonces comienza el capítulo para mí más apasionante de esta Mínima historia… “La oposición violenta”, la cual debe leerse con suma atención, para apreciar que no es ni con mucho lo que se nos ha venido afirmando en la “historia oficial” desde hace demasiado tiempo. Rojas consigna, como ejemplo de un suceso escamoteado, el frustrado ataque que en 1953, pero más de dos meses antes del de Castro y sus seguidores, el 5 de abril y al Cuartel Columbia en La Habana, fue concebido y preparado por un prestigioso profesor de filosofía de la universidad habanera, Rafael García Bárcena (no militar ni político profesional), al frente de un pequeño grupo de entusiastas e inexpertos seguidores, agrupados en el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), el cual ha sido totalmente opacado en la historia cubana oficial, o reduciéndolo a proporciones microscópicas, privilegiando al fracasado asalto posterior de los cuarteles militares orientales. Al valorar este intento fallido, abortado antes de estallar por los servicios de inteligencia batistianos, Rojas señala que “se trataba de acciones violentas que, al estar encabezadas por jóvenes intelectuales o, específicamente, abogados, revestían una racionalidad jurídica que ponía a prueba el reclamo del derecho a la rebelión contra una tiranía, y en defensa de la legitimidad de la acción armada en los propios tribunales del régimen” (p. 34). Estos mismos argumentos y motivaciones legales formarán después la base jurídica del sucesivamente “editado” alegato de Castro ante el tribunal por el ataque del Moncada, conocido como “La historia me absolverá”, y donde al “programa de reformas sociales y económicas” que señala Rojas, habría que añadir, francamente, el apelativo liberal, como señalé en algún momento hace años.13

Por cierto, como posible contribución para Rojas, cuando se refiere a la estancia de Fidel Castro en la cárcel y el incidente con su entonces esposa Mirta Díaz Balart y su despido del Ministerio de Gobernación (vid. pp. 44 y 45), cuento con otro testimonio, directamente de una hermana de Fidel Castro, quien me aseguró que la causa del conflicto fue en verdad ocasionada por la “confusión” -quizá intencional por parte de las autoridades de la prisión- de colocar en los sobres erróneos las cartas que él enviaba a su esposa y a su amante Natalia Revueltas de Fernández.

Más adelante, debe recordarse también que aunque la historia oficial privilegia el asalto del Cuartel “Guillermón Moncada” en Santiago de Cuba (donde se encontraban Fidel y Raúl), en realidad también hubo otro, bastante difuminado, al Cuartel “Carlos Manuel de Céspedes”, de Bayamo. Especialmente por la presencia de Fidel Castro, y la cuidadosa, hábil, atinada y constante construcción de su imagen desde muy temprana fecha como líder mesiánico y providencial, ha determinado que apenas se mencione la otra intentona, pero también porque sus principales dirigentes, Raúl Martínez Ararás, Orlando Castro García y Gerardo Pérez-Puelles Valmaceda fueron tempranos opositores de Castro y están borrados de la crónica oficial, que privilegia al secundario pero definidamente comunista Nico López.14

Fidel es visitado por su hijo Fidelito en el Presidio Modelo en Isla de Pinos.

Fidel es visitado por su hijo Fidelito en el Presidio Modelo en Isla de Pinos.

Relacionada con toda esta manipulación, se advierte también que en realidad, irónicamente, la práctica del “asesinato de la reputación”, ese “otro paredón” que ya mencioné, tiene una sólida tradición nacional: desde los infidentes “mambises” (inicialmente un término peyorativo, después asumido con la  connotación contraria) insurrectos, suerte de bárbaros en la propaganda española, pasando por las “tojosas y pitirres”, los “chambeloneros” y “mau maus”, el propio Batista, como más tarde Castro (en esto su discípulo), calificaría a los asaltantes de estos cuarteles de “mercenarios” y “agentes de personajes del extranjero”, en referencia a Prío Socarrás (p. 36). Los “desafectos”, “apátridas”, “gusanos” y “escorias” de la propaganda actual, son la herencia directa de aquellos remotos epítetos: “esos polvos trajeron estos lodos”.

Debo señalar también que Rojas, como historiador ecuménico, no ha desdeñado considerar algunas obras del propio Batista, muy especialmente sus libros Respuesta (1960) y Piedras y leyes (1961), anatematizados por la historiografía oficial e ignorados por muchos cronistas  descuidados. Sostengo la firme convicción que muchos estudiosos e interesados en el tema, deben conocer y analizar con profundidad estos documentos para comprender mejor el torbellino que condujo a la interminable tormenta nacional que padece Cuba aún.

Rojas ha logrado ponderar y matizar varias de sus afirmaciones, lo cual indica su tino como historiador. Los puntos más espinosos o los sucesos aún imprecisos son hábilmente nominados. Un botón de muestra: cuando se refiere a la muerte del líder populista Eduardo Chibás en el ya mencionado suceso conocido como “El aldabonazo”, Rojas declara que “pareció optar por una inmolación” (p. 23) y con esa sola acotación de “pareció optar” expresa, para los iniciados en la verdadera historia, que el famoso y publicitado “suicidio” del líder (parte indisoluble del imaginario popular), sólo fue en verdad un “gesto para la galería”, al no poder presentar las pruebas que aseguró ya tener en las manos (la famosa “maleta”) para sustentar sus acusaciones contra Aureliano Sánchez Arango, las cuales alguien le ofreció quizá engañosamente: lo cierto es que nadie se suicida, como hizo Chibás, con un disparo a sedal en el vientre (cuando hay sitios mucho más efectivos y certeros para lograr ese propósito, como la sien o bajo el mentón). Se sospecha –y así lo desliza Rojas con su velada alusión- que resultó un suicidio por error, pues sólo quiso conmover con un gesto dramático a la adormecida opinión pública15, pero nunca realmente quitarse la vida, la cual apreciaba bastante. Por otra parte, Chibás era adepto a este tipo de espectáculo, pues en 1939 también acudió al expediente de un falso “suicidio” para impulsar su candidatura a la Asamblea Constituyente de 1940. Su “alumno” Fidel Castro heredó muchas de esas “mañas”, de autovictimización y desplantes, y su invencible propensión a la teatralidad.

Como en cualquier libro, se encuentran erratas y equivocaciones, que sólo consigno para su enmienda en ediciones posteriores. Los editores y revisores no advirtieron algunos deslices que introdujo el travieso “Titivillus”, demonio de las erratas que deambula por las imprentas y redacciones, como el “Pelayo Cuerzo” por Cuervo (p. 24) o el “Eduardo” (ya fallecido) por Raúl Chibás (p. 27), o  “moderando –por moderado- programa” (p. 72), pero en realidad son muy pocas y leves16.

Por cierto, apenas otro detalle de ligera mención, quizá escapó a la perspicacia de Rojas que cuando como resultado del manifiesto de la “Carta de la Sierra” (p. 73) surge el nuevo organismo Frente Cívico Revolucionario (FCR), sus siglas coincidían precisamente con las de Fidel Castro Ruz: ¿casualidad?

 

 

De fechas y fechas y revoluciones y revoluciones:

Asalto al Cuartel Moncada, 26 de julio de 1953.

Asalto al Cuartel Moncada, 26 de julio de 1953.

Consideremos las cotas temporales sugeridas por Rojas y ensayemos un breve ejercicio de comparación con otros procesos similares, asumiendo los riesgos y limitaciones que tiene este intento de extrapolación.

Una de las propuestas más polémicas del texto de Rojas será la periodización de la Revolución cubana. Generalmente las revoluciones tienen una reluciente fecha definida de inicio asociada con un acontecimiento bélico -14 de julio, 4 de julio, 20 de noviembre…- mas en este caso, según he entendido, Rojas al parecer propone la novedosa del Pacto -o Carta- de México,  donde las dos fuerzas beligerantes más activas contra Batista, el Directorio Revolucionario y el Movimiento 26 de Julio, unen sus activos y establecen un documento de acción política inmediata y sus metas, firmado en la madrugada  del 29 de agosto en la capital azteca -pero publicado el 1 de septiembre de 1956- por un generoso pero obnubilado José Antonio Echeverría y un untuoso René Anillo –agente encubierto después bien documentado del comunismo internacional- como representantes del Directorio, y un hábil y manipulador Fidel Castro, como líder del Movimiento), desechando la más establecida del 26 de julio de 1953, ataque al cuartel santiaguero que ha sido la impuesta por la historiografía oficial cubana, e incluso aceptada por una gran parte de los historiadores opositores.

Me parece un tanto debatible esta propuesta, partiendo de la misma relevancia de la fecha. Si aplicamos un criterio similar a la Revolución Francesa, por ejemplo, el inicio de la misma no sería entonces el “Asalto y toma de La Bastilla” el 14 de julio de 1789 (al año siguiente consagrada oficialmente como “Fiesta de la Federación”), tan innecesario y banal como el del Cuartel Moncada, pues allí sólo habían entonces siete presos (“ladronzuelos, locos y violadores”), sino el “Juramento del Juego de Pelota” (20 de junio de 1789), cuando las fuerzas políticas agrupadas acuerdan un compromiso colectivo y un plan de acción. Sin embargo, entiendo la intención de Rojas para privilegiar un pacto civil sobre un hecho militar, y admito su coherencia como parte esencial dentro de su visión de la historia cubana, lo cual, además, tiene otras implicaciones trascendentes, rasgo al cual ya me referí antes.

Otro ejemplo: en el caso de la Revolución Mexicana, se toma como fecha inicial la del prefijado día del levantamiento el 20 de noviembre de 1910 y así se conmemora todavía –aunque algunos autores lo llevan dos días atrás, el 18, con la muerte de los hermanos Serdán en Puebla17–  y, si seguimos un punto de vista lógico, legalista y civil, terminó con la salida del General Don Porfirio Díaz a su autoexilio el 31 de mayo de 1911, al embarcar en el vapor alemán “Ipiranga” rumbo a Europa. Pero también podría tomarse como verdadero inicio de la revolución el golpe de estado del 9 de febrero ejecutado por Victoriano Huerta (equivalente al 10 de marzo cubano), y más aún con el asesinato del presidente Madero y su vicepresidente Pino Suárez el 22 de febrero de 1913, que coloca en el poder a un usurpador, y luego entonces el estallido que provoca es la verdadera revolución, no la breve revuelta antiporfirista (Noviembre de 1910-Mayo de 1911).

Si continuamos este ejercicio especulativo con la lógica de la propuesta de Rojas, para la Revolución Mexicana habría que elegir entre dos probables fechas de término: la de la Constitución de 1917 (actitud legalista), o varios años después, el 4 de marzo de 1929, con la fundación del Partido Nacional Revolucionario (posición política) que institucionaliza –y por cierto clausura- el ciclo de la Revolución. Sin embargo, una parte de la historiografía mexicana también difiere y prefiere asumir como el final de la Revolución el cese de la Guerra Cristera, última expresión de la violencia armada. El equivalente para Cuba de este enfrentamiento podría ser el de la Guerra Civil en el Escambray, con propósitos bastante similares. Ambos sucesos tienen en común, además, haber sido desacreditados profusamente por los historiadores oficiales revolucionarios, tanto mexicanos como cubanos, al calificar la primera como “sublevación ultramontana católica de fanáticos”, y la segunda una pulcra, higiénica y profiláctica “limpia de bandidos”. Así pues, pueden observarse y ponderarse varios puntos de vista diferentes, todos con su carga lógica y fuerza argumentativa propias, referidos a un mismo tema.

De acuerdo con lo anterior, establecer las cotas de la Revolución Cubana es un punto de difícil determinación, y dista de ser un asunto baladí sin mayor trascendencia, pues implica toda una concepción del fenómeno más general que es su referente. Los límites del período también determinan su contenido, según se asuman o entiendan. El historiador y sociólogo Haroldo Dilla ha propuesto, con sólidos argumentos basados en Hanah Arendt, el año 1965 como el final de la revolución cubana.18 Así, pues, el debate sigue abierto.

 

 

El inicio:

Alejandro-G-Acosta-EsteLunes-OtroLunes39-8En cuanto al comienzo del “proceso revolucionario” –como también es conocido-, si vemos “la revolución” como la “lucha permanente del pueblo cubano por su liberación”, lo mismo puede remitirse desde 1492 –año del desembarco de Cristóbal Colón y por tanto el inicio de la invasión extranjera- o desde el 2 de febrero de 1512, con la muerte en suplicio del primer mártir de esa lucha, el cacique Hatuey (que por ser taíno de origen “dominicano”, serviría además para ilustrar un admirable caso anticipado de “internacionalismo libertario”, antepasado directo de Máximo Gómez y otros, hasta el Che Guevara: quizá alguien pueda sonreír, pero así se ha manejado en alguna oportunidad).

Pero también, siguiendo la lógica impuesta por el propio Fidel Castro convertida en doctrina oficial por obra de su omnímoda voluntad, el inicio de la “gesta del Moncada” habría que llevarlo hasta la alborada del 10 de octubre de 1868, cuando un sorprendido e inseguro Carlos Manuel de Céspedes toca a rebato la campana de su ingenio “La Demajagüa” – secuestrada muchos años después por el joven Fidel Castro en una de sus primeras actuaciones magistrales- para convocar a sus simpatizantes conjurados en una fecha no prevista y, de paso, liberar los esclavos y engrosar así la tropa blanca criolla. Esta posición la ha defendido el propio Castro cuando habló de un proceso continuo, los “cien años de lucha”, que lo ubicarían a él como heredero directo y exclusivo de los próceres independentistas en una afirmación temprana y exitosa: “Nosotros ayer hubiéramos sido como ellos; ellos, hoy, hubieran sido como nosotros” (Discurso el 10 de octubre de 1968, en La Demajagüa, Manzanillo)19. Lo cual involucra además a José Martí como “el autor intelectual” de los sucesos del Moncada, según declaró enfáticamente en su proceso judicial por la intentona del Moncada. Por supuesto, todo este planteamiento es un recurso retórico, pero alejado del rigor historiográfico, aunque forma parte sustantiva de la “historia oficial”.

Otros ven el origen de la Revolución desde el mismo momento del Golpe de Estado de Batista, el 10 de Marzo de 1952, como causa eficiente y suficiente para el posterior estallido. Estos suelen ser los mismos que no dudan atribuir a priori una victoria incuestionable a los Auténticos y los Ortodoxos en las elecciones frustradas por el cuartelazo. Y Rojas, en su propuesta, lo sitúa en 1956 –a diferencia de la crítica oficial cubana que sin duda lo planta el mismo 26 de julio de 1953 con el frustrado Asalto al Cuartel Moncada, muy dentro de la línea epicista-  pues considera, con argumentos dignos de ponderarse, que la fecha está dada por el concierto de voluntades civilistas aunadas en un propósito y con un pacto compromisivo, que sería “el programa de la revolución”, la original, la auténtica, la de los inicios. Rojas se enfrenta a esa posición de aliento épico y busca resaltar la línea civilista de lo que originó la Revolución: no fue un ataque militar, un acto violento, sino un pacto cívico, una acción del ejercicio de la inteligencia y de la voluntad de concertación, lo que aportó el impulso unificador y generador. Pero esto no se queda ahí ni resulta intrascendente: si creo entender bien la propuesta de Rojas –él no la explicita- para recuperar el sentido original del proyecto, no hay que emprender de nuevo la línea épica-bélica partiendo de un hecho militar, sino recuperar ese pacto cívico-patriótico germinal que fue violado.

 

 

El final:

Alejandro-G-Acosta-EsteLunes-OtroLunes39-9También novedosamente, Rojas acumula argumentos para proponer otra fecha como término de la Revolución. Los historiadores epicistas culminan la revolución –en tanto hecho bélico emancipador- con el mismo momento de su asunción, que podría ser lo mismo el 1 de enero de 1959, con la huída tempranera (no reparaba madrugar el General…) de Fulgencio Batista y el ingreso en la capital del primer insurrecto, Eloy Gutiérrez Menoyo (otro borrado de la historia oficial), mientras en Santiago de Cuba Fidel Castro daba su primer discurso; o el 2, con la entrada en La Habana de las columnas lideradas por Camilo Cienfuegos y Ernesto Guevara; o el 8, cuando finalmente después de un recorrido triunfal atravesando la isla, llega el líder máximo y se dirige al pueblo cubano – y al mundo- como la figura más visible de un movimiento vencedor desde la misma sede los poderes de la República. Para estos historiadores, la revolución (en su primera etapa, según algunos) termina cuando triunfa militarmente. Hace años algunos historiadores solían referirse al Primero de Enero de 1959, sólo como el Triunfo de la Rebelión.

Pero para otros, incluido los más oficialistas, la revolución como ente inapresable continúa hasta el momento presente: mientras vivan Fidel y Raúl, habrá revolución, y aún después, por la perennidad del Partido Comunista, que según afirman toralmente en su mantra oficial, “es inmortal”, y además perpetua, con las evidentes pretensiones dinásticas familiares advertibles en la actualidad, cuando el “modelo cubano” se aproxima tanto al “modelo norcoreano”.

Aquí también difieren las interpretaciones. Rojas se inclina por ubicar el término de la revolución como proceso de cambio en el mismo momento de su institucionalización; es decir, con la proclamación de la Constitución Socialista el 24 de febrero de 1976, precedida por la realización del Primer Congreso del PCC (del 17 al 22 de diciembre de 1975). Desde el punto de vista estrictamente jurídico, podría observarse que en el preciso instante de reunirse esta asamblea máxima, donde se deponen transitoriamente todas las funciones y poderes (en teoría, de acuerdo con la retórica oficial), también es otro momento de cierre para considerar, pues se define como la instancia rectora y suprema que da fin –se supone- al caudillismo individual, para aceptar una dirección colegiada ortodoxamente comunista. Se deduce entonces que otra fecha podría ser el 17 de diciembre de 1975, coincidendo irónicamente con la misma, pero 40 años después, del anuncio del proceso de conversaciones para restablecer las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos de América, el día en el Santoral Católico del resucitado Lázaro (ni Santo ni Obispo)…

Aún otros historiadores colocan el punto final cuando Cuba ingresa (11 de julio de 1972) en el Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME), y abdica  de esta forma su independencia nacional, al supeditarse a la economía central planificada desde Moscú para todas las repúblicas soviéticas y sus satélites; y todavía otro historiador como el olvidado K. S. Karol –que Rojas no contempla en su libro aunque lo ha comentado en otras de sus obras- lo fija el día que públicamente Fidel Castro reconoce –a regañadientes y muy reluctante- su primera gran derrota: el fracaso de la Zafra de los 10 Millones, que por tanto lo empuja, al parecer contra su voluntad, para acceder a las imposiciones soviéticas, en un viaje ya sin regreso, y caer en los brazos del Kremlin y sus líderes, tan resignadamente pacientes hasta entonces con el díscolo colega tropical.

En el discurso que Castro pronuncia el 19 de mayo de 1970, al regresar unos pescadores presuntamente secuestrados, frente a la Representación Suiza en Cuba (antes Embajada de los EEUU, después Oficina de Intereses y más recientemente de nuevo Embajada norteamericana), reconoce por primera vez que no se lograrían los 10 millones de toneladas de azúcar, antes comprometidos como un asunto de “dignidad nacional”20. Merece la pena releer ese discurso hoy y compararlo con nuestra actualidad. Por cierto, ahí casi se anunció la ocupación violenta de la sede suiza, en medio de la crispación egolátrica del líder frustrado, humillado por su derrota.21

Luego, en la Plaza de la Revolución, el 26 de julio de ese mismo año, retomaría el tema y ofrecería demagógicamente ceder su puesto al frente de la Revolución. En ambas ocasiones señaladas, Castro utilizó hábilmente la oportunidad que le brindaron dos sucesos como el regreso de los pescadores y las reliquias del guerrillero argentino, para cubrir emocionalmente la confesión de su derrota personal.

Vale la pena consultar la visión reflexiva de esas fechas desde la posición oficialista cubana, expresada en la Mesa Redonda que se realizó en el ICAIC en 2010, y que con el título de “La Zafra de los diez millones: una mirada retrospectiva”, publicó la revista Temas en 2012. Lo que allí dijeron algunos participantes importantes y directos de ese capítulo histórico, como Selma Díaz, Julio A. Díaz Vázquez y Juan Valdés Paz, releva de cualquier necesidad de abundamiento22.

Alfredo Guevara y Fidel Castro conversan en los primeros años de la Revolución.

Alfredo Guevara y Fidel Castro conversan en los primeros años de la Revolución.

En fecha más reciente, alguien del círculo de acero alrededor del gobernante cubano, Alfredo Guevara, su amigo desde la juventud y entusiasta admirador e incondicional servidor, rompió ese enigma con una sorprendentemente franca  declaración en una entrevista que le realizaron casi al final de su vida:

“Fidel hace la Zafra de los 10 millones porque está desesperado por no caer en manos de la Unión Soviética. Está desesperado por encontrar un asidero para poder desarrollar su propia política…”23

Esto coincide con lo conjeturado y expuesto por Karol, y refuerza esa fecha como el verdadero parteaguas, donde la “revolución” deja de ser “cubana” para convertirse en “otra cosa”, ya dentro de la órbita soviética y cuyo primer lazo es la inevitable incorporación en el Consejo de Ayuda Mutua Económica, CAME, es decir, la transnacional comercial globalizadora del comunismo en las condiciones de la Guerra Fría, que suponía también un vínculo estrecho con el Pacto de Varsovia, aunque Cuba por razones geográficas no pudiera ingresar en este24, pero sí se convierte en un estratégico portaviones natural  flotando en el Caribe a 90 millas de Estados Unidos, privilegiada ubicación de la cual aún continúa obteniendo dividendos políticos y económicos.

Arturo Arango, cercano al antiguo fundador del ICAIC, ha ampliado por su parte lo dicho por Guevara:

“Durante lo que fue el año más largo de nuestra historia [1970], las estructuras económicas y sociales del país se pusieron en función de una empresa que, según su concepción, nos impulsaría para un salto económico sin precedentes, e imprescindible para salir del subdesarrollo. El resultado obvio, sin embargo, fue el ingreso de Cuba, poco después, en el Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME), lo que hizo mayor la subordinación al sistema económico de los países del este europeo, y también provocó una marcada influencia en muchos sectores de la isla del tipo de pensamiento predominante en la Unión Soviética…”25

Si antes o después dejó de ser “revolución”, al menos todo esto indica que para mayo de 1970, dejó de ser estricta y exclusivamente cubana en cuanto a su órbita y postulaciones: aunque se desarrollaba en Cuba y sus líderes eran cubanos, los hilos y las decisiones fundamentales venían de Moscú. La imperial aventura africana lo confirmaría muy pronto.

Por supuesto, la intención enaltecedora de la historiografía oficial encontró mucho más adecuada la fecha de la promulgación de la Constitución de 1976, para indicar una “fase superior” de su desarrollo, que asumir la de un desastre como división cronológica del proceso revolucionario.

Pero también habría que considerar como el final de la Revolución de aliento liberal y liberadora, cuando muy tempranamente se produce el sorpresivo cambio de actitud de su máximo líder y se cuestiona el carácter intrínsecamente democrático de la misma, con el discurso del Primero de mayo de 1960 conocido como “¿Elecciones para qué?”26 En esa intervención pública, Fidel Castro mostró de forma bastante abierta y terminante sus intenciones, distantes de su compromiso reiterado de realizar “elecciones a los 18 meses”. Lejanas y apagadas quedaban las palabras del untuoso y vaselinesco Armando Hart en aquella carta a Urrutia (citada por Rojas, p. 81), donde enfatizaba no era “en modo alguno comunista”, y que apelaba a la engañosa persuasión del ingenuo magistrado con sus antepasados, cuando señalaba la “vocación democrática de nuestros libertadores y mambises”, pues Urrutia era hijo de uno de ellos, precisamente.

 

 

Otras consideraciones:

Alejandro-G-Acosta-EsteLunes-OtroLunes39-11No es totalmente cierto, como afirma Rojas, que la presión de EEUU “obligó a Batista a convocar a nuevas elecciones presidenciales” (p. 83), sino más bien adelantarlas, pues ellas ya estaban estipuladas con anterioridad y respondían a un proceso de transición impulsado por el propio gobernante, y más bien fue la oposición violenta (y también gran parte de la oposición civilista) la que trató de impedir esta salida imperfecta, pero deseable y preferible, cuando su rechazo se “intensificó por medio de estallidos de bombas, sabotajes y atentados” (p. 84), que indicaron claramente una voluntad de no negociar ni solucionar la crisis, y se obvia que estas acciones comprometieron además la vida y la integridad física de víctimas inocentes, mujeres y niños incluidos.

Tampoco puede decirse tajantemente que Batista “huyó” ni “cayó”, ni [que] “el poder había quedado” (p. 93)… sino se transmitió la autoridad ejecutiva, de acuerdo con el procedimiento constitucional establecido, al magistrado más antiguo del Tribunal Supremo de Justicia, Carlos Manuel Piedra, después de agotar otros mecanismos de conciliación.

Cuando Rojas se refiere (p. 98) a la formación del primer gabinete del Gobierno  Revolucionario, señala que expresaba “una ideología nacionalista democrática, no comunista, que aspiraba a la restauración del orden constitucional de 1940 y a la implementación de una serie de reformas económicas y sociales que reafirmarían la soberanía y la igualdad de la nación”, como reflejo de “la ideología moderada suscrita en los principales documentos programáticos de la Revolución”, y sólo deja fuera un adjetivo que resume y define ese programa: liberal. Se corresponde así con el espíritu original de programa expuesto en el alegato sobre los sucesos del Moncada. Creo que habría redondeado mejor su idea, completándola y resumiéndola, si lo hubiera empleado.

Dice Rojas (p. 113), al referirse a la Ley N° 851  que autorizó a “nacionalizar empresas y bienes de ciudadanos norteamericanos por ‘expropiación forzosa’ es decir, sin indemnización”, pero en la Teoría General del Derecho está claramente señalado que aún la expropiación forzosa implica indemnización y un cierto acuerdo de las partes: así, en este caso fue, simple y llanamente, confiscación, la cual es la figura jurídica que aplica, pues no se acordó previamente ni entregó posteriormente compensación alguna27.

Por cierto, creo hubiera sido oportuno que Rojas, cuando se refiere a la especificidad, más que popular, populachera, que expresaban las “congas” y los cánticos del “pueblo enardecido” (p. 118), empleara el calificativo que el propio Che Guevara acuñó para esas expresiones que le resultaban especialmente repugnantes: “socialismo con pachanga.”

Escapó quizá a su percepción en esta oportunidad (o sencillamente prefirió no comentarlo) que el modelo de “diálogo con las multitudes” que desde el primer día establece Castro en su relación con “la masa”, se inspira y reproduce al menos dos de sus antiguas lecturas en “la prisión fecunda”: Mi lucha, de Adolfo Hitler y los discursos de Benito Mussolini (posiblemente también las arengas de otro de sus predilectos entonces, José Antonio Primo de Rivera). No debe olvidarse que el carácter multitudinario y carismático de los nacional-socialismos, fascismos y falangismos se expresan también, indirectamente, en la revolución cubana de forma muy marcada y persistente.

Puede decirse también que más que una “centralización de los sindicatos” (p.123), entre 1960 y 1961 se desató una resuelta acción desde la cúspide para controlar y supeditar la fuerza de las organizaciones sindicales al mando único del líder.

Se echa de menos también que al referirse a las Reformas Agrarias, no especifique más que la entrega, u obsequio de la propiedad plena de la tierra, en realidad se les concedió a los beneficiados –también como en el caso de la Reforma Urbana- el usufructo, nunca la soberanía total, para sus ocupantes28. Y en el caso de la tierra así continúa hasta hoy, incluso con “las reformas del General-Presidente”29. En esto el esquema cubano presenta algunas similitudes con el modelo mexicano especialmente impulsado por Lázaro Cárdenas, pero en el caso azteca se recuperó el antiguo concepto de “ejido” (referido a la original posesión colectiva de la tierra entre los pueblos prehispánicos), y en el caso cubano se importó e implantó el modelo de los “koljoses” soviéticos, bajo el nombre de cooperativas, y en algunos casos su forma extrema, como “sovjoses”30. México se ha ido desprendiendo progresivamente de ese lastre, pero Cuba continúa aferrada al esquema, a pesar de los “ajustes y cambios”. Así, pues, no me parece apropiada la relativización que Rojas aplica cuando comenta las tres leyes de la Reforma Agraria de 1958 y 1959, y la de 1963, reconociendo que “la nueva ley encontraba su justificación en los referentes centralistas de la planificación soviética”, pero “sin llegar a los extremos de la colectivización forzosa de Stalin a fines de los años 20, la ley ponía en práctica la idea de un plan único para toda la economía nacional, desarrollada por los comisariados de agricultura en la Unión Soviética” (pp. 150-151), cuando en verdad se aplicó reciamente esa colectivización, aunque habría que acotar que quizá no fue más intensa la copia, entre otros factores, por las diferencias sustantivas entre los campesinos rusos y los cubanos, y las diferentes condiciones climáticas entre una helada Rusia (con estaciones muy diferenciadas), y una tropical Cuba, de verano eterno. Castro, triunfador sobre los hombres, quiso vencer también al clima, pero no pudo. Aunque la aventura costara talar los muy asentados sembrados frutales y arrasar la tierra como en tiempos de “la tea incendiaria”, para lograr lo imposible: homogeneizar una agricultura diversa por sí misma y surgida por la histórica parcelación del campo cubano, proveniente desde las mercedes y realengos españoles, así como a la estructura agrícola cañera anterior basada en los colonos y aparceros. Lo cierto es que Cuba llegó al alcanzar una proporción agrícola estatalizada superior a la de la propia Unión Soviética.

Fidel participando en la Zafra de los !0 Millones.

Fidel participando en la Zafra de los !0 Millones.

Esos desastres nos llevan a otros, como el de la ya múltiplemente citada Zafra de los Diez Millones, que, al contrario de Rojas, quien la califica como “el fracaso del gran proyecto de movilización” (p. 155), debo señalar que en realidad, en cuanto a “movilizacion” fue un gran éxito, aunque desde el punto de vista de los resultados y la productividad fue, en efecto, y coincido con Rojas, un fracaso estrepitoso y total (prácticamente paralizó todo el país en lo que no fuera la zafra), y evidenció la crisis del voluntarismo económico del cual advirtió previamente el entonces Ministro de la Industria Azucarera, Orlando Borrego Díaz, por ello sustituido fulminantemente por un encolerizado (se dice que hasta lo abofeteó) Castro, y de inmediato ingresado en uno de los más antiguos proyectos “reeducativos” del sistema: el “Plan Piyama”…

Es justo reconocer también que Rojas califica certeramente el resultado de “la exclusión provocada por la gran movilización popular que desató el gobierno revolucionario”, que produjo  un exilio de 200 mil personas (p.125), y refleja claramente la cancelación de aquella Cuba idílica y fraternal, que Grau San Martín resumió con una frase hermosa pero muy errada: “La cubanidad es amor”. Esta fue desplazada por una retórica que explícitamente reconocía como legítimo “el odio revolucionario”, y a su agente activo, como “una perfecta máquina de matar”, conceptos sinceramente expresados por Ernesto Guevara.

Creo que aunque ha tratado de sostener la imparcialidad y la objetividad en su estudio, Rojas no ha podido evitar en algunas ocasiones cierta inclinación –por el manejo y selección de sus fuentes quizá- hacia uno de los lados. Supongo que sería necesaria un poco más de labor documental de primeras fuentes en ambos extremos. Por ejemplo, el testimonio del coronel Orlando Piedra31 podría brindar un relato de primera mano con muchos pormenores de la conocida como “historia secreta de la revolución cubana”. Es de lamentar que Rojas no lo consultara, así como otras opiniones más distantes de su referente.

Creo también que hubiera apoyado la intención del libro la inclusión al final del mismo de una Cronología que ofreciera los principales momentos del proceso hasta nuestros días, y que pudiera ser utlizada tanto por especialistas como por estudiantes, para una visión de conjunto.

 

 

Los antecedentes y las fuentes:

Carlos Alberto Montaner, uno de los más lúcidos analistas de la realidad cubana.

Carlos Alberto Montaner, uno de los más lúcidos analistas de la realidad cubana.

Siendo como es desde la advertencia del título mismo esta obra de Rojas, “mínima”, se agradece no obstante que la bibliografía tenga relativamente una loable diversidad, aunque se echan de menos muchas obras que podrían ser de interés, según ya mencioné antes, como Los guerrilleros en el poder, de K. S. Karol, libro pionero en una visión global de la Revolución Cubana desde sus mismas motivaciones, y además ubicada en una visión desde la izquierda del espectro filosófico con abierta afinidad y simpatía por el suceso.

Valga recordar que hoy Karol (Karol Kemes, Lodz, Polonia, 1924 – París,  2014), es un cronista casi olvidado, y aunque falleció recientemente, su muerte pasó inadvertida para muchos, pero conviene refrescar algo de su historia personal con Fidel Castro: lo conoció durante una gira en las Naciones Unidas y este lo invitó para que asistiera a su 41 cumpleaños en 1967, cuando conociendo su manifiesto interés, le brindó todas las facilidades para escribir un libro sobre Cuba y su revolución. Entusiasmado, Karol –hombre fuertemente comprometido con las ideas comunistas y quien ya había dedicado antes una obra perspicaz a la Revolución China- estuvo varias veces en la isla, consultó archivos y bibliotecas, se entrevistó con distintos personajes de grupos diversos, y finalmente publicó Guerrilla in Power en la editorial Hill and Wang en 1970, que aparecería dos años después en español (Los guerrilleros en el poder. Seix Barral: Barcelona, 1972: 658 pp).

También se nota la ausencia de varias obras de Carlos Alberto Montaner, sobre el mismo tema. Montaner (historiador, periodista, narrador y político), es referencia importante para cualquiera que estudie el proceso revolucionario cubano, pero dos libros en especial pueden ser fuentes de útil  consulta: Informe secreto sobre la revolución cubana (Madrid, 1976) y Fidel Castro y la revolución cubana (Playor, 1983), luego reeditada y ampliada en Víspera del final. Fidel Castro y la Revolución cubana. Pero por otro lado, justo es decirlo, tampoco aparecen las obras “canónicas” del bando opuesto, representado por historiadores como Mario Mencía, Martha Rojas o Rolando Rodríguez García. Temperadamente, se aprecia que Rojas elude los extremos y prefiere un enfoque académico, mesurado, y en lo posible, distante de los mismos.

También faltan historiadores clásicos que han estudiado aspectos muy puntuales del período investigado, como Enrique Ros y Antonio de la Cova32 (a los que Rojas ha mencionado en otros de sus trabajos pero no en este), entre varios destacados especialistas más. Por supuesto, todo historiador elige sus fuentes y selecciona los textos que a su juicio aportan más a su intento y le resultan pertinentes e idóneos. Sin embargo, infiero que hay títulos los cuales resultan clásicos y constituyen, dentro de la diversidad y su posible disparidad de visiones, referentes necesarios y útiles para el contrapunteo en un asunto tan polémico. Por todo lo anterior, supongo es prudente y sensato un balance equilibrado de las distintas posiciones, y aún dentro de una obra de mínimas proporciones como la presente, sería atendible aunque sólo fuera su sola mención en el apartado bibliográfico, como han hecho otros títulos de la misma serie del COLMEX, donde se incluyen selecciones recomendadas y que por su mismo perfil sintético no han sido incorporadas en el corpus.33

Es tan diversa –e inabarcable- esta producción bibliográfica, que la revolución cubana ha ocupado a muchos, no sólo historiadores, sino hasta historietistas –a veces más severos y certeros que algunos “serios”- como Eduardo del Río, el caricaturista “Rius”, desde su esperanzada Cuba para principiantes (1966), pasando por Cuba Libre. La trukulenta historia del Kapitalismo (1976), hasta la decepcionada Lástima de Cuba (1994). Considero representativo el caso de “Rius”, pues ilustra su auténtico y sincero alborozo inicial hasta su honrada reflexión crítica posterior, dentro del sector de los “moneros” mexicanos generalmente identificados hasta la ceguera con el espejismo revolucionario cubano.

Otro historiador muy peculiar, pero cubano, y demasiado serio para tomarlo en broma, es Servando González, quien entre sus muchos libros dedicados al tema de la revolución y Castro (forjados al compás de las “teorías conspiratorias de la historia”, en las cuales es un reconocido experto, pero  también muy sólidamente documentados34), destaca la Historia herética de la revolución fidelista (Oakland, Ediciones El Gato Tuerto, 1986), un “comic” histórico, en cierto modo, un homenaje  y un guiño cómplice a “Rius”, con quien contrapuntea inteligentemente.

Servando González es además el autor de una de las frases más certeras e ingeniosas sobre el tema: cuando llegó al exilio en 1980 –no por la estampida del Mariel sino por otra ruta verdaderamente rocambolesca, sobre lo cual nos debe aún una novela que sería sin duda apasionante- al ser preguntado por “la revolución” de la que huía (ocupó un alto cargo en la Cámara de Comercio de Cuba, cobijado por su protector y amigo Manuel Moreno Fraginals), dijo: “La revolución cubana, dentro de unos años, no será objeto de estudio de los historiadores, sino de los psiquiatras”

El futuro predicho por Servando hace 35 años “nos alcanzó” y ahora algo de eso estamos viendo hoy en día. Y tal como vamos, dentro de poco será asunto no sólo de los alienistas sino también de los geriatras; en reciente fecha un atinado comentarista apuntó un cálculo sólido y convincente: la suma de edades sólo de los cuatro primeros jerarcas actuales de la “revolución” es de 341 años…35 Parafraseando la cita inicial de Cortázar, diría que “una revolución no es un asunto para personas tan ancianas…”

 

 

Ajustando cuentas con Batista:

Fulgencio Batista y Zaldívar (1901-1973).

Fulgencio Batista y Zaldívar (1901-1973).

Pero en esta misma línea de pensamiento, muchos años antes y con un conocimiento directo de causa, otro personaje involucrado y sin duda muy bien enterado, había reflexionado proféticamente:

“Cuando decursados los años, alguien se dedique a narrar o comentar el proceso de la tragedia que derivó a la comunización de Cuba con sus variadas implicaciones posteriores en el campo internacional, arribará a la conclusión de que el hombre no puede confiarse completamente a las leyes de la lógica (…) Hemos sido víctimas de esos fenómenos de la época, y como si no fuera suficiente la experiencia directa, la lectura de la extensa bibliografía surgida en derredor del problema cubano, así como de los comentarios cotidianos de la prensa, nos inclina a la creencia de que estamos flotando dentro de una atmósfera en que se tornan leves e inconsistentes las leyes de la gravedad y de la historia…”

Lo arriba citado fue escrito por Fulgencio Batista, en 1963.36

Un estricto apego ponderado a la justicia histórica finalmente deberá recuperar críticamente la personalidad y la ejecutoria de Fulgencio Batista. Rojas nos recuerda (pp. 49 a 51) que el período de excepción impuesto con el golpe de estado, duró desde el 10 de marzo de 1952 al 24 de febrero de 1955, es decir, sólo tres años de anormalidad democrática, contra los cincuenta y tantos años (y los que faltan) de marasmo constitucional en la isla actualmente, y si bien en las elecciones de 1954 “sólo la mitad del electorado votó” (p. 51) también es cierto que esa cifra se corresponde con la de países democráticos plenos hoy en día, que cuando superan, como en los EEUU recientemente, el 50 %, lo consideran un éxito remarcable. Y puntualiza Rojas:

“…Para el verano de 1955 se había creado en la isla un ambiente favorable a la negociación de una reforma política que, sobre la base de la recuperación de la constitucionalidad, permitiera adelantar nuevas elecciones, con garantías específicas, que permitieran un regreso de la oposición al gobierno representativo y a la competencia electoral” (p. 51).

Rojas destaca además algo nodal: el carácter plural de la oposición a Batista, que se suele escamotear; después de reseñar brevemente algunos antecedentes, señala:

“…La lucha pacífica o violenta contra el régimen batistiano fue disputada por dos generaciones de revolucionarios cubanos: la de los años treinta y la de los cincuenta” (p. 59).

Condición enfatizada en el Pacto de México, pues este era:

“…un documento importante para leer la proyección ideológica y política de la Revolución. Si hasta entonces, la mayoría de los documentos del Movimiento 26 de Julio reservaban el sentido ‘revolucionario’ e, incluso, el significado mismo de la palabra ‘Revolución’ al grupo moncadista, ahora se admitía, claramente, que el proceso revolucionario era un movimiento heterogéneo y plural, que contaba, además, ‘con la simpatía de la opinión democrática de América’ ” (p. 62).

Pero debo diferir de Rojas, cuando califica como “ferozmente anticomunista” (p. 58) la participación de Fulgencio Batista en la Cumbre de la OEA en Panamá, en julio de 1956, para celebrar el 130 Aniversario del Congreso Anfictiónico (1826) convocado por Simón Bolívar, pues si recorremos ese texto podremos comprobar que es bastante ponderado y congruente con su contexto geográfico y momento histórico. Creo que, inconscientemente, se puede contribuir así a la “satanización” acrítica y una simplificación de Batista, la cual se ha prolongado ya por demasiado tiempo y que el propio Rojas, en otras oportunidades, ha evitado. Al menos no lo adjetivó “ferozmente” en su artículo “¿Regresa Cuba a la OEA?” en el periódico mexicano La Razón del 1 de noviembre de 2014, cuando citó que Batista señaló “la gran calamidad del comunismo” y lo “desagradable” que resultaba el modelo para América Latina. No veo tal “ferocidad” en ello, ciertamente. Y menos todavía cuando en la época ya eran perfectamente conocidos los “Procesos de Moscú” y otros desmanes de Stalin. No soy un un apologista de Batista, por supuesto, pero “al César lo que es del César”. Estoy muy consciente, y lo asumo, que esto atañe a un punto nodal del dogma “revolucionario” y de lo “políticamente correcto”, pero debo señalarlo con honradez (“Amigo de Platón, pero más amigo de la verdad”). Para constatarlo basta leer directamente, sin opiniones interesadas ni gruesos lentes ideológicos, el texto que Batista presentó ante la cumbre anfictiónica que aparece como el Capítulo Segundo de su documentado testimonio titulado Paradojas37: nada hay de “rabioso” ni siquiera “furioso” en esas páginas, que constituyen un llamado de atención que, lamentablemente, no fue escuchado y sí ignorado. Quizá habrían sido muy diferentes los sucesos de nuestra historia si lo hubieran atendido. Un adjetivo tan fuerte, reclama sustento y prueba.

En esa reunión continental, Batista reclamó directamente a los EEUU su falta de visión y de acciones efectivas hacia Latinoamérica, y propuso unas medidas que hoy sin duda resultarían auténticamente revolucionarias, pues impulsaban el desarrollo de los pueblos para evitar conducirlos por desesperación hacia el comunismo, con una visión de estadista y proyección de futuro:

“La finalidad de elevar el nivel de vida de nuestros pueblos y la movilización de las fuentes de riquezas, corresponde a cada nacionalidad, y aunque la cooperación se deriva de la misma naturaleza de los convenios, acuerdos o negociaciones, no debe esperarse que la ayuda principal nos venga de afuera. Nuestros países, incluyendo al Canadá, forman un formidable conglomerado que integran más de 357 millones de seres humanos. Son pueblos que aman su progreso y su libertad; que no tienen apetencia de expansión territorial, ni permiten que otros atenten, directa o indirectamente, contra su libre determinación. Debe aspirarse a que esos preciosos conceptos no descansen únicamente, para unirnos y compenetrarnos, en combatir al marxismo, que es deber e interés de todos, sino que tengan también una sólida arquitectura económica y social. Esa recia consolidación servirá de contén a las infiltraciones de la demagogia vernácula y a la acción corrosiva del comunismo. Es indispensable la facilitación de inversiones de capital privado y público, en forma que trasciendan al bienestar de la familia y a la prosperidad de las naciones. Es preciso un razonable balance entre lo que se importa y las exportaciones, y encauzar debidamente la producción interna. Todo eso, con la eliminación de la doble imposición fiscal, y dentro de las operaciones comerciales fijando adecuadas normas arancelarias y monetarias, sin abandonar ninguna de las partes de la defensa de los respectivos patrimonios, sería la mejor cooperación, en modos recíprocos, para lograr resultados fecundos. Debe propiciarse un ambiente social en que lo demagógico y especulativo no sea más fuerte que el imperativo económico.

“Una de las maneras es propender a que se distribuyan más equitativamente los rendimientos de la producción, con el objeto de establecer la mayor circulación monetaria, el desarrollo de los negocios y la seguridad del capital y el trabajo.

“Esta declaración recoge –entendemos- el deber de lograr un sistema de seguridad social que, apoyándose en los seguros obligatorios y en un eficiente sistema de asistencia pública, proporcione atención hospitalaria, viviendas higiénicas para el campesino y el obrero, y de interés social para los individuos de modestos ingresos, liberándose del miedo a la inestabilidad y a la miseria. Para que se eleve el nivel de vida, debe evitarse, al mismo tiempo, la competencia desleal basada en los bajos salarios y pobres condiciones de trabajo, sobre todo, cuando el obrero se encuentre impedido de organizarse para su defensa.

“La enseñanza común, la guerra al analfabetismo, los establecimientos tecnológicos, los de educación y de cultura, con el intercambio cultural, nos ayudarán, cada vez más, a prevenirnos contra las actividades que tienden a despojar al ser humano de los atributos espirituales indispensables a la vida y al libre albedrío.

“En el Tratado de Asistencia Recíproca de Rio de Janeiro se proveen los medios defensivos y se condena toda agresión a los Estados Americanos. Y en la era que vivimos, todos debemos estar listos contra la positiva amenaza del comunismo, más peligrosa cuanto más repudian la sangrienta y brutal tiranía que antes apoyaron los actuales sibilinos rectores rusos.

“Nuestros pueblos, manteniendo cada uno la manera de vivir que les legó la tradición, su medio ambiente y sus características, podrían fortalecer los actuales vínculos de solidaridad, sintiéndose miembros felices de una próspera e invulnerable gran familia americana.”38

Visto lo anterior: ¿dónde está la “ferocidad”? A casi 60 años de distancia de este texto, hoy podría ser suscrito sin repugnancia por muchos políticos latinoamericanos. Pocos años antes, en 1944, cuando lo recibe en la Universidad de Santiago de Chile, el poeta comunista Pablo Neruda pronuncia su encendido elogio “Saludo a Batista”, donde lo llama “capitán de su pueblo” y un “americano total”, ubicándolo entre los grandes líderes del mundo entonces.39

Si atendemos bien a lo expuesto por Batista en la cita continental, era una demanda de atención de los Estados Unidos hacia su escenario más cercano, América Latina, que fue torpemente desoído. La morosa respuesta posterior a esas demandas con la Alianza para el Progreso (concebida e impulsada por Kennedy), a la cual se refiere Rojas con prolijidad (pp. 142-145), fue la reacción tardía a un legítimo reclamo anterior al momento crítico impuesto por la radicalización de la revolución cubana: una vez más, Estados Unidos respondió mal y tarde…

Cuando Rojas señala que “Batista aprovechó el fracaso del ataque [al Palacio Presidencial el 13 de marzo] para levantar su popularidad” (p. 66) debió tener en cuenta que Batista también estaba advertido previamente del intento de asesinato de él y de toda su familia. Y no creo, por falta de pruebas que así lo certifiquen, que “reunió a decenas de miles de seguidores y varias asociaciones”, pues esa fue una iniciativa sobre todo de Eusebio Mujal, apoyada por muchos medios de prensa, como desagravio y homenaje. Nada se dice, a propósito de este fracaso intento de asesinato (o “ajusticiamiento” en el argot revolucionario), que años después, ya en el destierro Batista, Castro organizó otro atentado contra él y su familia en la localidad malagueña de Marbella, pero fue frustrado por los órganos de la inteligencia hispana enterados del plan.

Por otra parte, nada tendría de extraña o artificial la simpatía que un gran sector popular sintió por el mandatario agredido en su residencia junto con su familia (su esposa y sus hijos pequeños), cuando hasta una periodista tan comprometida como Martha Rojas Rodríguez, la misma reportera del juicio a los atacantes del Moncada, al parecer envió en esa ocasión una cariñosa carta de apoyo a Batista, expresándole sus mejores deseos por su salud, así como las felicitaciones por haber sobrevivido y su profunda admiración por la templanza demostrada.40

Quizá Rojas debió también acotar que las “bombas que explotaban en La Habana y Santiago de Cuba” (p. 69), no estaban ubicadas en instalaciones militares ni estallaban por combustión espontánea, sino eran colocadas en populosos sitios públicos –teatros, cines, bailes- por los terroristas (pues eso buscaban explícitamente, causar “terror”), ya que antes se refirió, con detalle, a los asesinatos cometidos por Esteban Ventura y otros sicarios. Imparcialmente, como buen historiador, debe reconocerse que la barbarie ocurrió desde y en ambos bandos contendientes, afectando muchas veces –unos y otros- a personas inocentes ajenas al conflicto.

Con su enfoque hacia el batistato, advierto que quizá en esta oportunidad  Rojas se aproxima a una cierta historiografía tradicional  -de un lado y otro del espectro ideológico- que anatematiza al personaje y le escatima un análisis más ponderado y certero, lo cual discrepa de su actitud en otras ocasiones, donde no ha vacilado en enfrentar “lo políticamente correcto”. Y de él esperamos mucho más, pues en esto al menos se nos queda por debajo de sí mismo. No hay nada de exageración en lo dicho por Batista –invito a leerlo- y que los mismos hechos no le reconocieran la razón posteriormente, pero eso sería tema para un estudio aparte que por supuesto no cabe aquí. La muelle apatía, la confianza irresponsable, la voluntaria ignorancia y en especial, como lo señaló Batista, el peligro (aún más que el soviético) del gobierno norteamericano por su ceguera, formaron parte importante también de los factores que nos impulsaron al desastre.

 

 

El imperio conciliador:

Dwight D. Eisenhower y John F. Kennedy.

Dwight D. Eisenhower y John F. Kennedy.

Otro acierto de Rojas en este panorama histórico, es reconocer y señalar los infructuosos esfuerzos del gobierno de Eisenhower por evitar un confrontamiento con Fidel Castro, en la persona del embajador Bonsal:

“A fines de octubre de 1960, pocos días después de que se decretaran las medidas iniciales del embargo comercial de Estados Unidos contra Cuba, el embajador Bonsal fue llamado a consultas a Washington. Fue el último de los embajadores norteamericanos en la isla y no se puede decir que no intentó salvar la relación, a pesar de tantas condiciones adversas. Sin canales diplomáticos y en medio de la sucesión presidencial entre Eisenhower y Kennedy, el plan de la CIA, mal coordinado con la dirigencia del exilio, la nueva clandestinidad urbana de la isla y las guerrillas del Escambray, desembocó en el fracaso de la invasión de Bahía de Cochinos y la rápida neutralización del movimiento opositor”. (p. 142)

Eisenhower, quien antes y con inflexible talante, cortó todo apoyo militar y político a Batista (al mismo tiempo que toleraba y quizá promovía el envío de armas y municiones a Castro desde el territorio de los Estados Unidos), e influyó de este modo determinantemente en su derrota y caída, agotó los gestos de buena voluntad para evitar una confrontación abierta, a pesar de las medidas crecientemente conflictivas que adoptaba aquel en el poder, y a pesar también de las declaraciones de éste de que “el vínculo con Estados Unidos vivía un nuevo comienzo” ( p. 146). Dice Rojas:

“Aquella buenas relaciones entre Cuba y las dos Américas que marcaron todo el primer semestre de 1959, lograron sobrevivir a la prueba de la primera Ley de Reforma Agraria. En una nota del 11 de junio de 1959, el Departamento de Estado de Estados Unidos emitió un comunicado en el que se reconocía el derecho del gobierno revolucionario a expropiar tierras por causa de utilidad pública, pero demandaba la aplicación de compensaciones oportunas y justas. La nota con la que el gobierno revolucionario respondió aquel comunicado fue respetuosa y vindicó el derecho del gobierno revolucionario a establecer los términos de la compensación a precios vigentes. La tardía respuesta del Departamento de Estado a la nota cubana del 17 de julio, en octubre de 1959, seguía siendo moderada y argüía razones de derecho internacional para el pago de indemnizaciones a las empresas expropiadas” (p. 140).

Sin embargo:

“…En los primeros meses de 1960, cuando la crítica a los fusilamientos y a la incorporación de comunistas al gobierno ganaba terreno en la opinión pública internacional, se precipitó el conflicto entre Estados Unidos y Cuba, que arrastró a la mayoría de los gobiernos latinoamericanos” (p. 140).

La realidad, a la distancia de los años y los hechos más tarde conocidos, es que muy hábilmente, Castro manejó los hilos para no dejar otra salida al gobierno de Eisenhower que la ruptura de relaciones, presentándose al mismo tiempo como la víctima, el David agredido por un prepotente Goliat, cuando –todo lo contrario- el diestro pastor no sólo le había colocado una pedrada entre ceja y ceja al gigante, sino que además le puso un hábil traspiés, mientras le golpeaba los riñones de sus intereses. Esta tesis fue expuesta atinadamente desde hace años por Hugh Thomas. Precisamente en estos momentos actuales cuando se replantea la relación entre ambos países, resulta de gran utilidad refrescar el auténtico origen del conflicto y las circunstancias que concurrieron para su desenlace posterior.

En realidad, en un principio de su gobierno, Castro retomó gran parte de la política exterior impulsada por los gobiernos “auténticos”, con un perfil nacionalista y democrático, como señala Rojas, remitido al estudio de Vanni Petiná (p. 138), pero también habrá de considerarse de algún modo que esta también fue continuada antes por Batista en su momento, lo cual se condensa en su intervención de 1956 en la Cumbre de Panamá.

 

 

Cuestiones de percepción:

Muerte del Ché Guevara en Bolivia, 1967.

Muerte del Ché Guevara en Bolivia, 1967.

Sin embargo, cuando el historiador se refiere a la política injerencista de Castro en numerosos países del mundo, especialmente en América Latina, creo pasa por alto algo importante, al señalar que “con la muerte de Guevara en Bolivia, en octubre de 1967, el apoyo habanero a las guerrillas latinoamericanas no desapareció, pero sí entró en una nueva fase, mejor negociada con Moscú” (p. 145), pues en realidad sospecho traspone la causa por el efecto, y más bien debería señalar que la ausencia final de apoyo al argentino en su aventura boliviana fue uno de los gestos de conciliación con los soviéticos, sacrificando al guerrillero argentino por “Razón de Estado”: así se explica el “silencio de Manila” y la carencia de “noticias de Manila” (es decir, La Habana, y más claro, Fidel Castro), de las que se quejaba con estupor y amargura Guevara en sus insistentes llamadas de auxilio, consignadas en su Diario. No fue la muerte de Guevara lo que determinara el cambio de actitud de Castro, sino que precisamente ese cambio de acitud y de fijación de intereses geopolíticos, anterior, provocó la muerte del guerrillero, materia desechable pero así incluso útil para su proyecto de expansión y gravitación política internacional, con el beneficio adicional de forjar un símbolo efectivo y perdurable para utilizar en su consolidación revolucionaria mundial, como la efigie del santo patrono universal de las guerrillas.

El programa político de Castro al que se refiere Rojas sobre los años sesenta, más allá del respaldo a guerrilas urbanas y los disintos grupos insurrectos, no se limitó a “restablecer relaciones diplomáticas con gobiernos de izquierda o derecha”, sino para el caso señalado por Rojas de “la propia dictadura militar argentina” (p. 146), fue mucho más allá, en una franca relación de complicidad que en estos tiempos resulta evidente y descarnada según se ha revelado recientemente41, lo cual quiebra la imagen de coherencia y pureza ideológica que ha proclamado siempre el régimen cubano en su propaganda, cuando en realidad ha sido pragmático hasta sus últimas consecuencias: el divulgado anticapitalismo ha sido, en verdad, un antiamericanismo, pero susceptible de forjar estrechos  lazos casi fraternales con otros regímenes de derecha, fascistas incluso, pero antiyanquis, como el de Videla y sus secuaces.

Sin dudas, es generoso Rojas cuando en su capítulo sobre “La ofensiva revolucionaria”, habla eufemísticamente de “una conducción personalizada de la economía” (p. 159), sutrayendo el reconocible nombre de ese uno, o cuando se refiere a “la pérdida de liderazgo de los sindicatos” (p. 159), pues ya para esa fecha ¿les quedaba alguno? Y también al definir el accionar económico cubano como “una gestión de comando de la economía”, cuando lo que realmente sucedió –y continúa sucediendo- es lo que en otras condiciones los teóricos42 denominan como una economía de guerra, pero en el caso específico insular, una muy peculiar economía de guerra en tiempos de paz.

Dice Rojas, al hablar de la repercusión de la victoria democrática de Allende en Chile (por cierto, Jorge Edwards nunca fue embajador chileno, sólo Encargado de Negocios en La Habana por escasos e inquietos tres meses, p. 162)43, que “varios gobiernos de América Latina en aquellos años, como los de Juan Velasco Alvarado en Perú y José María Velasco Ibarra en Ecuador se acercaron a Cuba” (pp. 162-163), pero sospecho que en realidad fue lo contrario: Fidel Castro se aproximó a ellos, apelando a muy sutiles seducciones; por ejemplo, al feblítico Velasco en Perú le envió su ortopeda personal, el prestigioso médico Rodrigo Álvarez Cambra, quien aplicó sus saberes y destrezas para salvarle una pierna, la cual terminó por amputársele, irrmediablemente perdida, y además nombró como su embajador al beatífico Antonio Núñez Jiménez, quien no se opuso –todo lo contrario- a que una de sus hermosas hijas fuera asociada sentimentalmente con un hijo del general peruano…

Castro no “pareció” presionar a Allende para lograr que “se radicalizara” en su “largo viaje a Chile a fines de 1971” (p. 162), sino que apeló al máximo de su seducción y explosividad verbal –como corroboran varias fuentes- para provocar un estallido en el país austral, al extremo que el propio Allende, primero ingenuamente hospitalario, terminó sintiéndose agraviado y culminó despidiéndolo con gran alivio cuando su incómodo huésped decidió regresar a la isla, como se recoge en testimonios de algunos de sus más cercanos colaboradores.

Cuando uno recorre las 201 páginas del libro (incluida la bibliografía), se percata melancólicamente que una historia que comenzó siendo plurinominal acabó convirtiéndose en uninominal, y más recientemente, monopatronímica: la profusión de personajes e instituciones que intervinieron en ese proceso desde el principio –líderes, movimientos, partidos, tendencias, posiciones- acabó mostrando la aplastante hegemonía de un nombre, y más cercanamente, de un apellido.

Asumiendo pues la propuesta de Rojas, que es la que nos ocupa, la revolución inicia propiamente en 1956 (al parecer con el “Pacto de México”) y termina en 1976 (con la Constitución).  En realidad, la “institucionalización” que determina el Primer Congreso del PCC y luego la Constitución de 1976, es precedido por el ingreso de Cuba en el CAME, que Rojas no considera como el verdadero punto de cambio. Me inclino a que si puede aceptarse que la revolución comienza en 1956, según propone Rojas, habrá de ponderarse igualmente, como ya expuse, si es hasta 1970, con el fracaso de la “Zafra de los 10 millones” y su consiguiente supeditación a la órbita soviética, que deja de ser estrictamente “cubana”, y más tarde en 1976 deja de ser auténticamente “revolución”, entendida como el cambio permanente sujeto a un ímpetu avasallador de transformaciones. La “institucionalización” del proceso, en realidad, tiene su origen y causa eficiente en un fracaso inocultable y no en una voluntad para encauzar su acción dentro de límites legales o jurídicamente contenidos: no es, pues, una graciosa concesión sino una aceptación de lo inevitable, en una reacción lógica y entendible de “control de daños”.

Algo con un mérito especial para mí –lo reitero- es que Rojas reseña en detalle la línea civilista pasada por alto por otros autores, o levemente considerada por muchos historiadores, quienes han contemplado la oposición revolucionaria como un movimiento eminente y casi exclusivamente militar y de tinte intensamente épico. Esta línea civilista expuesta por Rojas reclama aún mucho estudio y valoración, pues sigo preguntándome a la distancia actual de los sucesos, que involucra la experiencia, si no hubiera sido preferible en medio de una situación tan ríspida y complicada, esa gris, nada estridente y conciliadora  otra opción, alejada de los tambores, los gritos y los paredones, para encontrar una solución política a la compleja tensión creada desde mucho antes del golpe de estado incruento del 10 de marzo…

Se agradece además, que en esta oportunidad –congruente con su empeño de difusión-  Rojas se haya “quitado la muceta de doctor” y ofrezca un texto que resulta fácilmente legible, sin abrumar al lector con su enciclopédica cultura filosófica (imprescindible en otros géneros que ha cultivado con provecho), y con una aplaudible sencillez sintáctica, destinada a un público mayor y mucho más amplio que el de sus ensayos anteriores para especialistas. Con este título celebra además sus 50 años de vida, eso que se considera “la madurez” personal, y esto permite no sólo augurar sino desear continúe aportando sus saberes y su visión en empeños tan o más altos en el futuro.

También llama la atención que sea precisamente en México y una de sus instituciones académicas emblemáticas, El Colegio de México, donde se incorpore esta “historia mínima” a la serie de las que ya van aparecidas (recientemente, la de Cuba, de Oscar Zanetti, muy recomendable también). Debe tenerse finalmente en cuenta, además, que el perfil de la Colección “Historias Mínimas” impone un sello y unas normas que afectan no sólo la forma, sino el contenido, pues los textos que publica deben ser académicamente ponderados, con cierta impersonalidad ensayística, desprovistos de afirmaciones absolutizadoras, y alejados de posiciones extremas y consignas partidistas de cualquier tipo: asepsia ensayística, en suma. Y también que esta Historia mínima se ha hecho en México, por México y para lectores latinoamericanos en especial e iberoamericanos en general, pero no exclusivamente para cubanos.

Debo insistir en destacar el interés que el tema de Cuba y en especial el de su revolución, ha concitado siempre en México, desde las posiciones más opuestas y diversas. No es casual sino muy significativo que el Colegio de México en su colección de “Historias mínimas” incluya este texto de Rafael Rojas, y más revelante aún cuanto que ya aparece otro sobre Cuba (el de Zanetti, antes mencionado), y aún cuando se ofrecen de otros países, no tenga hasta hoy uno titulado Historia mínima de la Revolución mexicana.44 El COLMEX es hoy una institución de composición diversa, pero de origen y talante liberal con cierta inclinación hacia la izquierda ideológica. Rafael Rojas, “la mente cubana mejor organizada desde Capablanca”, en feliz frase de Ambrosio Fornet, ha escrito su historia mínima en México, para México y desde la visión predominante mexicana y del medio académico azteca.

Este libro de Rojas tiene el mérito indiscutible de ser hoy la obra más actualizada sobre el tema de la cual disponemos, un manual compendioso, que nos libera de aquellos nefastos mamotretos de épocas lejanas, como el tristemente célebre Manual de Historia de Cuba, compuesto e impuesto por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba durante muchos años, o las publicaciones monográficas del Instituto de Historia del Movimiento Obrero y la Revolución Socalista, fundado por Abraham Simjovitch (aka Fabio Grobart o Antonio Blanco, indistintamente). El aporte de Rojas, debo reiterarlo, se integra destacadamente en una muy rica bibliografía sobre el tema, con una visión personal académica y ponderada.

 

 

La profecía:

Alejandro-G-Acosta-EsteLunes-OtroLunes39-17Quizá en una tenue sombra doméstica puedan encontrarse algunas llaves para abrir esa gran puerta de la interrogante. Distante, pero no ajeno a su circunstancia, en una pieza húmeda y penumbrosa de su minúscula vivienda combinada con la angosta puerta que daba a la calle ruidosa y popular, a pocos pasos de una zona de disolución y vicio, vecino de la bulla y la estridencia, apoyándose en el brazo de su mecedora mientras daba cuenta de un espléndido habano, un obeso escriba apuntaba con letra apretada en su Diario el 11 de septiembre de 1957, cuando la prosperidad de la isla rebasaba los más optimistas pronósticos y, sin saberlo, Cuba se encontraba “al filo del agua”:

“Al fin, estamos en el caos consecuente de la desintegración, confusión e inferioridad de la vida cubana de los últimos treinta años. (Igualmente se puede decir: de todo el período republicano). Por un lado, susto, sorpresa, perplejidad. Por el otro, desesperación. Falta de lazos históricos, de sentido arquitectónico en la nación, de metas a llenar por las generaciones.

“No se puede decir que el cubano carezca de energía, de resolución. La tiene. Tan sólo que su punto de inserción entre el individuo y lo histórico, es fofo, ligeramente hedonista, con ribetes ingenuos de conquistador impotente. Más que soluciones políticas, el país necesita un administrador [ininteligible], un contador público teocrático, místico. Una especie de contador público sacerdote, que ofrende a los dioses la energía monetaria acumulada en la hacienda nacional. Sin sentido histórico, ver, al menos, en qué forma podemos fortalecernos. Después veremos en qué forma esa fuerza se desenvuelve, labra su cauce, adquiere un sentido. Lo que nos hace falta es gravedad esencial, medianoche con Dios, orgullo que desprecia lo insignificante social. Gravedad, orgullo, Dios; nos parece que es bastante lo que nos falta. Nos falta un fragmento, ‘una cosa’, pero en ese fragmento y en esa cosa están todas las cosas esenciales, verídicas y eternas.”45

Es decir, faltaba un Mayoral para la Finca, alguien que condujera las riendas del país hacia un nivel superior, un Belerofonte para el Pegaso adormecido. Como Lezama, muchos pedían un salvador, un movilizador… Tal parece que los hados escucharon a Lezama y enviaron al Golem. El gordo José Cemí, desde la Calle de Trocadero 162, se transmutó en certero arúspice, en inconsciente Casandra: el travieso y activo “ángel de la jiribilla” llevó su mensaje al Olimpo y allí decidieron la suerte de un pueblo incauto. “Llegó el Comandante y mandó a parar”, cantaba alegremente Carlos Puebla…

Lejos de allí, en ese mismo momento mientras el poeta escribía en su covacha habanera, un hombre de rala barba, suspendido en su hamaca –una mecedora colgante-, sujeta de las ramas de la manigua, y fumando también un grueso tabaco, se columpiaba y escuchaba las noticias en una radio de pilas sobre los estertores de un levantamiento en la cercana Santiago de Cuba, y soñaba algún día “bajar al llano” y llegar a la mítica Capital, para cumplir su destino…

Quizá al final de toda esta terrible historia, Cuba sí sea un ejemplo para el mundo, como no se ha cansado de proclamar la propaganda oficial. La frase de la retórica insular, “Cuba, Faro de América Latina”, olvida que precisamente esa luminaria marina avisa en su mismo sitio la presencia del escollo traicionero; así advierte del acantilado mortal, y su brillo sirve a los advertidos navegantes para alejarse de él, no para enfilar sus proas hacia ese destino fatal. De tal suerte, el ejemplo anunciado se produce por la vía negativa: el caso cubano ha demostrado hasta la saciedad exactamente lo que no se debe hacer, las trampas que hay que sortear, los engaños que deben vencerse para lograr, a fin de cuentas, un destino sobre la tierra; ahí sí, un estado de legítima búsqueda (para la cual no se garantiza el triunfal hallazgo) de esa su felicidad (no “LA” que suele dictarse desde arriba), en una segunda oportunidad a los pueblos sin esperanza, condenados ya no a cien sino a mil años de soledad, en un reino de este mundo nuestro de cada día, sordos a los cantos de sirena y a los himnos de victoria y tableteos de ametralladoras que han trastornado su pasado, frustrado su presente y oscurecido su futuro. Para ver este drama con otros ojos, llega oportunamente este libro de Rafael Rojas, que se agradece en lo que vale.

 

Rafael Rojas, Historia mínima de la Revolución cubana, México, El Colegio de México, 2015. 202 pp. ISBN: 978-607-462-772-5

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Notas del artículo

  1. “Entre tumbas y fantasmas: una conversación con Rafael Rojas”. Letras Libres, Septiembre de 2006. Dice acertadamente EHB: “Le cabe a Rafael Rojas la virtud, a veces dudosa, de convocar con semejante intensidad las pasiones de adversarios y apologetas. Muchas veces la razón es Cuba, y Rojas simplemente el pretexto…”
  2. Juan Antonio Blanco Gil y otros. El otro paredón. Asesinatos de la reputación en Cuba. Miami, Eriginal Books, 2011.
  3. Escribir la historia es apasionante en varios sentidos, pero no siempre para bien, y suelen ser los extranjeros quienes mejor dimensionan a la larga los grandes capítulos del acontecer de las naciones. Por ejemplo, el que es considerado como el mejor estudio sobre la Conquista de México en el siglo XIX es la obra de William Prescott. Algo parecido sucede con la Guerra Civil española, que escribió otro estudioso, no tan aristocrático como el bostoniano Prescott, pero “casi”: Lord Hugh Thomas, como ha acotado irónicamente Enrique Krauze. Por cierto, a propósito de la Guerra Civil española dijo hace años el historiador británico Paul Johnson que “ha sido el acontecimiento del siglo XX sobre el que más mentiras se han escrito”, pero quizá en un futuro los estudios que se publiquen hagan que este sitio le sea disputado por la “revolución cubana”.
  4. Por ejemplo, Norberto Fuentes ha asegurado que algunas de las “Reflexiones” del anciano Comandante son respuestas a la Autobiografía de Fidel Castro apócrifa que él escribió. Debe reconocerse el enorme esfuerzo de Fuentes no sólo en escribir las “más de 3000 páginas” de la versión original de esta biografía, como él mismo confiesa, sino además su persistente devoción para leer cada una de las “Reflexiones” del Comandante en busca de esos pícaros  guiños a la distancia.
  5. Siempre que cite entre paréntesis, deberá entenderse que me refiero a la página del libro comentado.
  6. No es hasta la época de Richard Nixon, presionado por el descomunal financiamiento de la guerra en Viet Nam, que EEUU se desliga de los acuerdos de respaldo áureo de Bretton Woods, e inicia lo que se conoce como “flotación del dólar” hasta nuestros días. Algunos economistas consideran una relación de 1 a 100 de los “antiguos” y “nuevos” dólares. Si asumimos esta proporción de cambio, en el caso citado de Marrero-Rojas, estaríamos hablando entonces de unos 2 mil millones, cifra nada despreciable de acuerdo con los estándares actuales. Dejando aparte estos cálculos de posibles equivalencias, sí puede afirmarse que el superávit rondaba casi el 3 % del intercambio, y no creo que muchos países –entonces y ahora- pudieran ostentar cantidades similares.
  7. En 1994 Harold Bloom publica The Western Canon: The Books and School of the Ages (New York, Harcourt Crace); y en 2005 aparece su primera edición en español (Barcelona, Anagrama). Rojas publica Un banquete canónico en 2000 (México, Fondo de Cultura Económica), donde analiza la tesis del profesor de Yale desde el referente de la literatura cubana, con puntuales aportes y propuestas de revisión.
  8. Sólo un fugaz y efímero gesto de oposición en Santiago de Cuba y tres víctimas fatales en total de los bandos oficial y golpista. Al día siguiente del golpe, los militantes comunistas Juan Marinello, Blas Roca y Salvador García Agüero, se presentaron ante Batista para ofrecerle su apoyo, que este declinó por una posible molestia de EEUU, cuyo gobierno lo reconocería el 23 de marzo. El 10 de abril, Batista  rompe relaciones con la URSS. En Santiago de Cuba se levanta “el único insurrecto del 10 de marzo: Luis Conte Agüero”, en palabras del propio Fidel Castro (según el mismo Conte Agüero).
  9. Se ha dicho recientemente que Grau no impidió la Matanza de Orfila pues en ese preciso momento era víctima de un ataque de epilepsia en el Palacio Presidencial.
  10. Según algún testimonio, el propio Fidel Castro aplaudió inicialmente esta acción, lo cual se correspondería con otra fuente que asegura hubo una entrevista de Batista con Castro en la biblioteca de su Finca “Kuquine”, donde el joven abogado le comentó al entonces Senador que le faltaba una obra fundamental en sus atestados libreros: La técnica del golpe de estado, de Curzio Malaparte.
  11. La cifra estaba claramente fijada en la –derogada- Constitución de 1940, Art. 194, para que un grupo de ciudadanos pudieran reclamar una acción al Tribunal de Garantías Constitucionales y Sociales, que a su vez procedía de la Ley Constitucional de 1934, Art. 78, que facultaba para interponer un recurso de inconstitucionalidad ante el Tribunal Supremo, aunque ahí mismo en el Art. 38 se admitía la acción pública a favor de un solo ciudadano.
  12. Bohemia, Sección “En Cuba” [¿Enrique de la Osa?].  Enero 11 de 1959,  p. 118.
  13. Fui invitado, con otros, a presentar en el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM la antología de varios autores (incluidos Rafael Rojas y Carlos Alberto Montaner, con otros más), preparada por Beatriz Bernal: Cuba: fundamentos de la democracia, el 29 de septiembre de 1995, donde señalé la ausencia del alegato de Castro en 1953, precisamente dentro de ese amplio compendio de ensayos de aliento liberal.
  14. Vid. El asalto al cuartel Moncada (University of South Carolina Press, 2007), obra fundamental sobre el tema, de Antonio de la Cova, quizá la investigación más puntual y documentada de este episodio.
  15. Muchos años después, Sara Pascual, antigua compañera de luchas de Julio Antonio Mella, en una charla informal, me aseguró que este “suicidio” fue una pantomima publicitaria más a las que era muy afecto el atrabiliario y exhibicionista Chibás, que salió mal por la torpeza del protagonista, y añadió que ya antes Chibás había incurrido en una equivocación ridícula cuando al verse reflejado en los espejos del Salón de los Pasos Perdidos del Capitolio Nacional a través de sus gruesos lentes de miope, creyó estar rodeado por sicarios y ser víctima de un atentado; entonces disparó contra los cristales, destrozándolos, con la pistola que el senador siempre llevaba en la cintura. Confesó también Sara Pascual que esta sospecha se la había confirmado su amiga Conchita Fernández, quien fuera la inseparable secretaria personal de Chibás hasta su muerte, y después muy cercana a Fidel Castro.
  16. Me aclara amablemente el autor –a quien le envié este texto antes de publicarlo- que estas erratas yiotras ya han sido corregidas en la reciente edición española de Taurus, dato que le agradezco, así como su receptividad.
  17. Y aún otros historiadores remiten varios años antes, a las andanzas y proyectos de los Hermanos Flores Magón. Como puede comprobarse, es una tarea ardua y compleja fijar los “orígenes” y los “términos” de las revoluciones, pero sin duda son metodológica y epistemológicamente necesarios y útiles, y su debate siempre resulta enriquecedor.
  18. “La Revolución cubana, a discusión”. Este País. 1 de agosto de 2015. www.estepais.com
  19. Así lo señala Rojas al comentar la Plataforma programática del Primer Congreso del PCC (vid. pp. 177-180), cuando se refiere al “relato de la historia de Cuba” oficial.
  20. Ese mismo día (19 de mayo de 1970), Fidel Castro realiza una comparecencia televisada donde confiesa la imposibilidad de alcanzar la meta azucarera. Dos días despues, el periódico Granma publica una versión de la misma, con una tirada monstruosa de más de un millón de ejemplares. En realidad, interpreto que más que una “derrota” se trató de una “autoderrota” del líder, pues sólo a él le correspondió establecer esa meta absurda desde el principio.
  21. Vid. www.cuba.cu/gobierno/discursos/1970
  22. Temas, N° 72, octubre-diciembre de 2012. pp. 69-76. Consultable en línea: www.rebelion.org
  23. Entrevista con Leandro Estupiñán Zaldívar: “El peor enemigo de la Revolución es la ignorancia”. Revista Revolución y Cultura (2009).
  24. Esta limitación, sin embargo, fue hábilmente utilizada para que Cuba tuviera un papel cada vez más activo e influyente en el Movimiento de los Países No Alineados, lo cual  culminó con la celebración en La Habana de la VI Cumbre de 1979. Cuba ingresó en el Movimiento en los primeros días de 1961, antes del desembarco de Bahía de Cochinos, cuando aún no marcaba explícitamente su ubicación política en el escenario de la Guerra Fría.
  25. Arturo Arango, “<<Con tantos palos que te dio la vida>> Poesía, censura y persistencia”. Criterios. p. 18. www.criterios.es
  26. Vid. Discurso el 1 de mayo de 1960: www.cuba.cu/gobierno/discursos/1960. Por cierto, Castro no pronuncia la famosa frase en ningún momento; es “el pueblo” reunido en la todavía “Plaza Cívica” el que la corea, “espontáneamente”.
  27. Luisa Rodríguez Grillo ha publicado recientemente su esclarecedor y muy bien documentado estudio “Confiscación, nacionalización y leyes revolucionarias” en Diario de Cuba (22 de octubre de 2015), que puede resultar sumamente útil sobre este punto y otros afines.
  28. Vid. Supra el estudio ya citado de Rodríguez Grillo.
  29. Lo más certero, contundente y claro que he examinado recientemente sobre este punto es el texto de Enrique Krauze en Letras Libres: “¿La nueva Cuba?” (Abril de 2015).
  30. El ejemplo más representativo y brutal del “sovjós” insular fue precisamente el de las Unidades Militares de Ayuda a la Producción, las tristemente célebres UMAP’s, presentadas como un gran logro de la Revolución a un estupefacto Jean Paul Sartre, quien se dice que cuando fue interrogado sobre su opinión al respecto, sólo alcanzó a balbucear: “¿Y dónde tienen a los judíos aquí?”
  31. Daniel Efraín Raimundo, Habla el coronel Orlando Piedra. Miami, Ediciones Universal, 1994. Consultable en: www.cubarepublicana.org
  32. Ambos autores cuentan con obras de un marcado carácter testimonial y documental, de sólida factura investigativa, y valiosas para abundar en el tema.
  33. En cierto modo, uno de los referentes de la colección es la paradigmática Breve historia de la Revolución mexicana, de Daniel Cosío Villegas, editada por el FCE en 1965, que incluye en cada capítulo fuentes documentales como anexos que apoyan lo tratado.
  34. Vid.: http://www.servandogonzalez.org
  35. Roberto Álvarez Quiñones, “Estalinistas con ideas reformadoras”, Diario de Cuba, 16 de junio de 2015.
  36. Fulgencio Batista, Paradojas. México, Ediciones Botas, 1963. pp. 113 y 115.
  37. Fulgencio Batista, Paradojas. México, Ediciones Botas, 1963. Capítulo II: Previsiones y advertencias en el Congreso Anfictiónico de Presidentes en 1956. pp 39-48. Puede consultarse en: www.cubarepublicana.org
  38. Ob. cit., pp. 47-48.
  39. Pablo Neruda, “Saludo a Batista”. Palabras en la Universidad de Chile. El Siglo (órgano del partido comunista chileno), 27 de noviembre de 1944. Esto ha sido muy pertinente y profundamente analizado por el crítico Enrico Mario Santí en su esclarecedor artículo: “Rastro y rostro de Pablo Neruda”.
  40. Osvaldo Fructuoso Rodríguez, hijo del mártir revolucionario de igual nombre que participó en el Asalto al Palacio Presidencial el 13 de marzo de 1957 y después fue uno de los asesinados en Humboldt 7, entregó a El Nuevo Herald la carta de Martha Rojas que consiguió –según afirmó él mismo- del archivo personal de Batista. Toda la documentación de Batista y sus colaboradores, al caer el régimen, fue reunida y almacenada en el Archivo Nacional de Cuba, con la expresa prohibición para acceder a ella si no era debidamente autorizado. Es probable que haya sido trasladada posteriormente a la institución creada por Celia Sánchez para guardar –y controlar- la memoria histórica de la revolución y su máximo líder. Puede consultarse la reproducción facsimilar de la carta mecanografiada pero sin firmar, en el artículo de Wilfredo Cancio Isla en El Nuevo Herald del 18 de mayo de 2008. Se apreciará nítidamente la clasificación del archivo que aparece: Secretaría de la Presidencia, Legajo 23, N° 5.
  41. Vid. Michel Suárez, “Argentina: Documentos desclasificados confirman el intercambio de favores, entre las dictaduras de Castro y Videla”. Diario de Cuba (20 de noviembre de 2014).
  42. John F. Pollard y Philippe Le Billon, entre otros.
  43. A propósito, acaba de aparecer una edición que califico como definitiva de la novela testimonial Persona non grata, de Jorge Edwards, preparada por Ángel Esteban y Yannelys Aparicio, la cual recomiendo ampliamente. Madrid, Editorial Anaya, Colección Critica, 2015.
  44. Lo más cercano es el libro clásico de Daniel Cosío Villegas, publicado en 1963 por el Fondo de Cultura Ecoómica, Breve historia de la Revolución mexicana.
  45. José Lezama Lima, Diarios 1939-1949 / 1956-1958. Compilación y notas Ciro Bianchi Ross. La Habana, Ediciones UNIÓN, 2001. pp. 113-114. Muy perspicaz y agudamente, el escritor Néstor Díaz de Villegas se ha referido a Lezama Lima como “el Juan Bautista de Fidel Castro”, el profeta de su “castrismo anunciado”. En negritas mi énfasis.

Del Autor

Alejandro González Acosta
La Habana, Cuba, 1953. Doctor en Letras Iberoamericanas por la Universidad Nacional Autónoma de México. Investigador Titular del Instituto de Investigaciones Bibliográficas (Biblioteca y Hemeroteca Nacionales) y Catedrático de la División de Estudios de Postgrado de la Facultad de Filosofía y Letras, de la Universidad Nacional Autónoma de México. Especialista en historia, literatura y cultura virreinal mexicana y en literatura hispanoamericana y cubana del siglo XIX. Autor y coautor de numerosos libros editados en México, Cuba y España. Ingresó como Miembro de Número de la Academia Cubana de la Lengua y Correspondiente Hispanoamericano de la Real Academia Española, en 1983. Miembro de la Academia Cubana de la Lengua en el Exilio. Reside en México desde 1987.