Movimientos insomnes
Clara Janés
Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2015
Como un cromático abanico del alma, llega hasta el lector esta oportunísima antología de Clara Janés, que bajo el enigmático título de Movimientos insomnes, reúne una amplia muestra de sus cincuenta años de devota dedicación a la poesía.
En el epílogo que firma la propia autora, “Enséñame a hablar, hierba”, recuerda: “¡Cuántas veces he contado que empecé a hacer poemas por la calle, al ritmo de mis pasos, y que era ese ritmo el que me movía a la palabra que, por tanto, nacía, de hecho, de mi biorritmo, hijo de la respiración -inspirar y espirar- a la que se ajusta el latido, fruto de la misma vida ya que esta es posible sólo gracias a dicho intercambio con el aire!”.
Y al hilo de sus palabras, es sencillo entender mejor, el poema que abre esta antología, “Primeros pasos, V”, incluido en la que fuera su primera entrega, `Las estrellas vencidas´ (1964): “De nuevo estoy/ lanzada a ser,/ sin tiempo./ Infinitos instantes/ delante de mis ojos/ me dicen/ que respiro./ Y me quedo/ en el aire,/ silenciosa,/ rodeada de luz,/ sin presentir siquiera/ algún vago destino…”.
Entre lo que fue y lo que no es todavía, entre la sabiduría y lo misterioso, entre lo racional y lo místico, entre lo erótico y lo celestial…, Clara Janés ha ido forjando una obra honda, plena de realidades simbólicas, de constante mudanza, en la que derrama el fulgor de una palabra iluminada, transformadora: “Ser o no ser/ y más allá del ser/ ese que yace:/ amor sin concreción,/ imposibilidad pura,/ tránsito,/ huida estática,/ cenital belleza,/ nada lo roza,/ cae y se eleva”.
Jaime Siles ha llevado a cabo un arduo proceso de selección para dejar constancia de los textos más esenciales de la autora barcelonesa y transmitir el carácter unitario de una poesía que puede entenderse como canto de supervivencia.
En su lúcida introducción, Siles incide en que la poesía de Clara Janés es “siempre trascendente y se mueve en dos direcciones: de la trascendencia a la inmanencia y al revés”; además, cree que su decir es fruto “de un violento recogimiento, reconvertido en silencio y serenidad mediante la sujeción de la escritura”.
Esa emoción contenida se manifiesta de manera acentuada en muchas de estas páginas, y corteja una y otra vez el alma lectora: “Cuanto la piedra calla/ descubre la luz:/ su corazón carnal,/ terso bocado/ para el deseo oculto de la oquedad,/ para los labios ávidos del espacio,/ el sorbo del infinito”.
Se recogen aquí y ahora poemas de veintinueve de sus libros, si bien, hay algunos de ellos que son inéditos y que corresponden a `Estructuras disipativas´ (2005 – 2012).
De todos ellos, al cabo, pueden extraerse gozosas y variadas lecturas, pues el verbo janesiano adquiere complicidades y tintes muy diversos, aunque su tamiz sea común y solidario a la hora de atravesar con precisión los pliegues semánticos de su personal cántico: “¿Quién ha puesto la azucena en la penumbra del abandono? ¿Anuncia el despertar de la voz? La diosa del alba se mantiene apartada y el dios danzarín es apenas visible en la densidad de esa trama de vacíos sucesivos. El caballo de hielo no puede morir, tampoco puede resucitar”.
De San Juan de la Cruz a Vladimir Holan, de Luis de Góngora a Johannes Bobrowski…, Clara Janes ha sabido beber y aprender de múltiples y heterogéneos maestros a los que ha entendido y asimilado de manera exacta. Después, su voz, su verdad lírica, han ido puliéndose y conformando un universo íntimo, balsámico, que atrapa y conforta.
Este florilegio da fe de ello y de cómo la palabra poética puede ser a su vez, conocimiento y sensorialidad: “La red de luz/ abraza el mecerse lento/ de la música toda/ en el azul,/ para que tu pie baile/ la pura ligereza./ No saber;/ no saber sino la gravedad que huye./ Y también azul el horizonte de los ojos./ Cuando lloras eres el mar,/ cuando ríes eres el agua/ y esa luz abarcadora/ que no acaba”.