Autor de las novelas El amor y la muerte (Alfaguara), Los placeres perdidos, Las noches de Ventura/ Buenabestia (Planeta, México, Plaza y Janés, Colombia, La hermosa vida (CONACULTA, México), La pequeña maestra de violín (Universidad de Puebla), Mujeres amadas (Universidad Veracruzana), Agua clara en el Alto Amazonas y Historia de todas las cosas.… Ha publicado, además, los libros de relatos Cuentos para ANTES de hacer el amor (Plaza y Janés, Colombia; Educación y Cultura, México), Cuentos para DESPUÉS de hacer el amor (Plaza y Janés, Colombia; Punto de Lectura, México y España), El pollo que no quiso ser gallo (Alfaguara infantil, México y Colombia), entre otros. Acaba de publicar la novela La insaciabilidad. Nuestra revista le dedicó el dossier de autor del número 30, que puede consultar visitando nuestra Hemeroteca.
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Rafael E. Saumell, quien según parece está ligado a la Sam Houston University, y a quien no tengo el gusto o disgusto de conocer, publicó en la pasada edición de Otro Lunes una nota, tipo “ponencia para congreso”, sobre la novela El corazón del rey, del cubano Félix Luis Viera, una obra publicada en 2010 y que disfruté, leí y reseñé hace tal vez unos tres años. La médula de la reseña (y la médula de la novela) es presentada al inicio de la ponencia de esta forma:
En medio de una borrachera, Robertón, personaje medular en la novela de Viera, le aconseja a su joven discípulo de dieciocho años de edad: “Dedica tu vida a buscar el corazón del rey, búscalo siempre…que esa sea tu divisa: buscar y hallar el corazón del rey y tomarlo para ti… Si lo hallas habrás triunfado y triunfarás toda la vida…”
Se trata básicamente del consejo de un viejo marginado, alcohólico, adúltero, violento, sin ocupación, un vividor que ha fracasado en todos sus proyectos, un viejo que paradójicamente recomienda a un joven persistir en una especie de pureza de corazón: que no ceda a la maquinaria socialista cubana y que cumpla con su mandato interior.
El reseñista acusa:
Se podría llegar a la conclusión de que la novela de Viera puede ser catalogada como muy densa en materia política, que sobran algunos de los comentarios del narrador.
Aparte de que la expresión “muy densa en materia política” es demasiado ambigua (supongo que se refiere al hecho de que se ocupa demasiado de temas políticos)¸ se acusa a la obra (y particularmente al narrador) de que se inmiscuye demasiado en la narración y le da un sesgo descaradamente anticubano: todo en la Cuba socialista es negativo (las escaseces, las filas, los discursos eternos de Fidel Castro, las guaguas destartaladas y los coches cayéndose a pedazos, las edificaciones leprosas, etc.). Se queja el reseñista de que en la novela todo (menos las mujeres y el alcohol) es deplorable; se queja de que no canta las alabanzas habituales a los logros (algunos evidentes, como la educación y la salud, si bien relativamente) del sistema.
Afirmación que no es correcta. Al contrario: en la novela de Viera se presentan personajes que se oponen al régimen comunista pero también los que están a su favor. Hay defensores del sistema, creyentes en la utopía, que desgranan párrafos en ocasiones bastante convincentes. No es, por lo tanto, una obra maniquea: ni un alegato furibundo contra un régimen cuyas carencias ya se han señalado obstinadamente, ni un canto a un sistema que se ostenta idílico por encima de realidades más que contradictorias.
En esta crítica, casi censura, se esconde, agazapada, una concepción limitada de la novela (por lo menos en los términos en que yo entiendo al objeto llamado novela). Es la idea de que la novela debe tener un equilibrio justo entre el bien y el mal, una adecuada corrección política, para que el lector tenga elementos suficientes para normar su criterio.
Quiéralo o no el novelista toma partido, hace juicios, es parcial, pues su obra es de carácter artístico, no estadístico; lo que no debe hacer es resultar doctrinal. Debe dar oportunidad al “otro lado”. Dostoievski defendía y acusaba al criminal Raskolnikov; Flaubert culpabilizaba y justificaba a la adúltera Madame Bovary; Cervantes exaltaba y se burlaba del loco de don Quijote. ¿Por qué no habría de defender Félix Luis Viera su percepción de la “Cuba revolucionaria” y darle de paso voz a los que la celebran?
La novela de Viera no es la novela del escritor que pinta el país ideal, sino la novela de lo que vieron sus ojos (y esto que vieron los ojos de Félix Luis se trasladó a lo que ven los protagonistas despojados de gafas ideológicas).
Por otra parte, la obra no es un tratado de moral sino una especie de nueva picaresca cubana. El protagonista y sus amigos, sus maestros, son los pícaros contemporáneos, que hacen que los ciegos se den de topes contra los postes.
Repetiré algunas palabras de la reseña que escribí hace un par de años:
“Ya no se escriben novelas como ésta. O sí se escriben pero no se publican. La industria editorial está interesada en otra cosa: compra, lee (o guarde) y deseche”
El corazón del rey cuenta la vida y las reflexiones de un aspirante a poeta en medio de lo que se ha llamado, para bien o para mal, el proceso revolucionario cubano. Hay en la obra una armoniosa combinación: diálogo, monólogo, reflexión, discurso ideológico, narración de peripecias, todo en un solo flujo a la manera de Joyce, pero sin sus complicaciones eruditas. Muy bien manejado, el estilo indirecto le imprime un ritmo original a la obra. Frases veloces, directas, efectivas. Una sinceridad, léase naturalidad, que fluye directamente al corazón del lector.
Desde la lectura de Tres tristes tigres, no había leído una novela cubana tan deliciosa, con la chispa del cubano medio y el substrato del buen lector que sin duda es Félix Luis.
El tratamiento del sexo en esta obra es de un realismo que podría ser golpeante para las almas pacatas, un realismo a veces bárbaro, carente de poesía o poseedor de una poesía diferente, un realismo sometido a una especie de pragmatismo casi biológico. Se muestra, más que demostrarse, que el rechazo a la religión promovido por el sistema, ha desarrollado nuevas pautas de comportamiento. Lo sexual es descarnado, pero no desagradable. Simplemente muestra una concepción diferente a la que prevalece en aquellos países en los que la religión es parte fundamental de la existencia. Sexualidad sin mitos, sin fantaseos, directa, muy caribeña. Gozosa, golosa, feroz, divertida, desesperada, sin reconcomios o perversidades, pero con todo.
Personajes: el poeta-protagonista que no quiere trabajar en nada que contribuya a la “revolución”, que lo aleje del corazón de la sinceridad absoluta y que se dedica a leer, a beber, a explotar a su amante y a hacer todo tipo de negocios ilícitos (ilegales en Cuba; legales en cualquier otro país). Otros personajes: el comunista convencido y fanático; el homosexual-caricatura típico; el intelectual que le es infiel a su mujer con una jovencita.
El poeta-protagonista es un vagazo que detesta la revolución y sus procesos deshumanizadores y uniformantes.
La obra está plagada de innovaciones lingüísticas y aportaciones originales, así como de sutilezas estructurales y verbales, lo que nos persuade de que estamos ante un maestro fabulador que maneja con pericia de prestidigitador sus materiales… que no podrían ser sino ricos hasta el extremo, jugosos, llenos de ingenio y alegría, como lo es el pueblo de Cuba, sin duda uno de los más alegres del mundo.
Hay capítulos magistrales, como los del corte de caña y los que relatan los avatares de los cubanos en las interminables filas para conseguir algunos artículos escasos o los dedicados a la vida íntima de criaturas literarias atractivas (pero en esta novela uno no piensa en personajes sino en personas: insisto: estamos ante una especie de nuevo realismo, muy atractivo, como es atractiva la realidad que refleja) hasta el delirio.
Hay escenas picarescas inolvidables. Muchos capítulos se desarrollan en bares y clubes nocturnos. Los personajes beben interminablemente y debaten sus puntos de vista. Hay abundancia de citas —al parecer librescas— que se refieren a los temas del comunismo, pero que se introducen adecuadamente. Fornicar, dormir, beber, rebuscar lo básico por medios ilícitos, soñar con que escribe… esa es la vida del poeta y de muchos disidentes que actúan en esta novela.
La novela no sólo es interesante por ser un cuadro verosímil y descarnado de la realidad cubana. Es en realidad un tratado sólido, bien pensado, con indudable conocimiento de causa, en el que se analizan las costumbres, las carencias, los éxitos del sistema. La novela es también una sabrosa reconstrucción literaria de la ciudad de Santa Clara, reconstrucción distante por completo de todo costumbrismo.
Buena lectura, jugosa, como la que ofrecen todos los libros de Félix Luis Viera que he leído”.
