En mi pradera
Frédéric Boyer
Traducción de Ernesto Kavi
Sexto Piso. Madrid, 2015
Hay libros que tienen la virtud -y no menor, desde luego, a mi escaso entender- de remitirnos directamente a la infancia, la patria rilkeana, la de cualquiera. Uno de ellos es sin duda En mi pradera, del escritor francés Frédéric Boyer, publicado originalmente en 2014 y que rápidamente ha traído al español, lo que se agradece, Sexto Piso, en una de sus sobrias y hermosas ediciones bilingües.
En realidad, el autor invoca, a través del territorio mágico e inmutable que da título al volumen, su concepción entera del mundo, al menos de la parte habitable que este nos depara. Y lo consigue mediante un largo poema unitario que mezcla verso y prosa, con ritornellos a modo de cohesión estructural, algunos casi mantras, como el que reza: “Permitidme os lo suplico volver a mi pradera”. De eso se trata, naturalmente, de regresar cuanto se pueda a ese topos para la intuición, creado entre el espanto y la dulzura, un espacio simbólico “tan ilusorio/como absoluto” donde a partir del ejercicio de la contemplación y la espera se es hombre y a la vez nadie, por cuya llanura limpia vagan los espíritus a través del paso de las estaciones, que además está de continuo amenazado, “a punto de desaparecer”.
Es pues, su lugar en el mundo, al que mitifica en todos los órdenes y lleva consigo en la medida de lo posible, el que descubrió leyendo en la cama -internándose más bien- una novela de James Fenimore Cooper. De hecho, el libro está concebido como un western y Boyer practica en sus páginas el nomadismo existencial, capaz de metamorfosearse en pionero desalmado, cazador de recompensas sin escrúpulos, ladrón de caballos, colono leñador, curandera o guerrero indios.
Para adentrarse en este territorio virgen adonde llega, con y desde su soledad, en una especie de viaje cósmico que presenta concomitancias con los alardes visionarios del ‘Altazor’ de Huidobro, ensaya desde la reminiscencia pura hasta la ontología inmanente de la naturaleza, porque “la vida sin mi pradera no tiene sentido”. Y, sin embargo, “todo está por descubrir al caminar cada mañana”, no en vano es un refugio contra lo rutinario, que es mucho y feo como determinara Quevedo. Allí espera, pese a los deseos rotos, la masacre de bisontes sacrificados o las “heridas que nunca terminan”, lo vasto y lo abierto, una cabaña incólume bajo el cielo inmenso de las verdes planicies del Midwest. Horizonte y nada más: lo infinito, lo poético.
Para descifrar el lenguaje secreto de esa zona intacta de la conciencia, segura, fuera de peligro, hacia la que se inclina el corazón, porque su belleza natural lo repara y libera, recurre a imágenes y símiles harto sorprendentes en el nivel semántico y preferentemente a paralelismos en cuanto al rítmico.
Ahora bien, todo esto sería nada de no mediar una identificación plena del lector con el sortilegio al que le convoca Boyer para preservar y celebrar los mitos y escenarios de cuando éramos críos, esa labor de rescate que en la lírica hispana está realizando concienzudamente L.A. de Cuenca. De tal manera que las evocaciones personales que van surgiendo al hilo de los versos convierten de manera inequívoca el posesivo singular del sintagma preposicional del título en un artículo determinado de validez universal. Tal vez con una salvedad: me temo que para las nuevas generaciones han desaparecido los dominios comanches y las películas del oeste como referentes líricos de primera magnitud, en beneficio de remotas galaxias u otras localizaciones virtuales.
Para los chiquillos de los sesenta, no obstante, aunque allí (ahí sería más exacto) “la vida cambia rápidamente”, el enclave permanece (perdura sería más preciso), puesto que, al cabo, no es sino el lugar, unido por siempre a la niñez, de la poesía, al que siempre se desea volver, del que nunca se regresa, donde todo se explica.