José Manuel Recillas (Ciudad de México, 1964) es poeta, ensayista, investigador literario, melómano, traductor y editor. Ha publicado los libros de poesía La ventana y el balcón (Cuarto creciente, 1992), El sueño del alquimista (Praxis, 1999; El dragón rojo, 2015), Entre el sol amarillo del escombro (Bianchi editores, Montevideo, Pilar edições, Brasilia, 2003), Sidereus nuncius (Festival música y escena, UNAM, 2009) y Mahler (Secretaría de Cultura de Michoacán, 2015). Ha editado y recuperado la obra, en proceso de edición, del poeta mexicano Juan Bautista Villaseca, de quien han aparecido los volúmenes Este México triste (2010 y 2011), Cuatro diurnos (UNAM, 2011), La luz herida (2013) y Diario para María Azahar y Canciones para una sorda (2013), todos bajo el sello de Taller Ditoria. Ha traducido a Lafcadio Hearn y Walter Alexander Raleigh. Del poeta alemán Gottfried Benn tradujo y editó Un peregrinar sin nombre. Escritos fundamentales (La cabra ediciones, 2010), y por la cual le fue otorgada la Cátedra Sergio Pitol del Centro Universitario de los Lagos, dependiente de la Universidad de Guadalajara, en 2012. Ha publicado varias antologías de poesía alemana en suplementos culturales y en Biblioteca de México, que dirige Eduardo Lizalde. Ha traducido a Georg Trakl, Friedrich Hölderlin, Paul Celan, y Hermann Broch, entre otros.
Contacto con el autor: jmrecillas@hotmail.com
— * —
De una ciudad sin nombre
en la memoria vendrá la luz y el pergamino
de los años,
la tenue y generosa permanencia que recorre el tiempo como un
amanecer de palabras nuevas:
origen que nombrando todo va, Inolvidable, inolvidable nombre
subcutáneo,
remota geografía de Roma, Viena, Austin o Ámsterdam en verbos
conjurados.
Eneas así encontró sellado su destino, así también Kokoschka o Gustav
y en un vuelco de los tiempos
allende la mar océano llegó esa holandesa y primigenia flor que a todo
nombre dio:
Alma, Dido o Lillian, o Rosa Lilia y Zahír que se hace luz y cuerpo y
flor y sangre y epopeya o epopteia,
memoria retenida que todo lo conduce hacia su fin, y que a Gustav la
vida dio y también la muerte o su trayecto,
y si algo sabe alguno es que el dolor no es ir dejando la ciudad en
llamas y partir, sino permanecer,
estar en el erial como esas noches en que el silencio es más que un
himno: un canto del destino al que hay que digno ser.
Celebración es sólo el mundo si en él respiras tú, si nombre tú le das
y un sentido que más allá de la palabra, del amanecer y de la noche,
vaya
y por ti, Lillian, y Alma y Dido que te precedieron, dejamos de ser un
poco Eneas todos,
un poco menos Mahler y un mucho más un eco de tus manos y tus ojos de
sibila
y en cada puerto no haya viaje sino espera y estadía, amanecer de una
remota geografía de palomas
de ti colmadas y que a todos cambie en un callar de horas.
Decir Yo tendría que ser decir Nosotros, Tú, pero más aún Ella,
y partir hacia el horizonte como un canto o la leyenda del sol que ya no
vuelve a la misma ciudad si no está ella,
y algo va quedando: destilaciones que sólo el tiempo narra, y acaso un
escuchar la noche un poco,
como quien la eternidad escucha, tal y como Mahler escuchaba La
muerte y la doncella, como quien en silencio su sino calla y sella:
de ese mutismo nació un violoncello como un jardín que guarda el
alma de ella.
Y de la nada surgió su cabello –ese reposo de luz en su cuello–
como un corcel magnífico que a Troya fatídico dejara en un destello.
Brilla cansada la noche su joya sobre un collado de luz sin muralla.
Quede lo núbil brillando, igual que un amor que se calla.
Un yerto resplandor toda la tierra enjoya.
No hubo gloria ni Helena… ni triunfo sobre Troya…
sólo el eco final de otra batalla.
— * —
Tausendjährige Kalender sagen es voraus
y quién escuchará esa voz que tanto dio a quien rememora,
que entre palabra escrita y disonancia el amado nombre quede del que
amó,
no su cuerpo, ceniza y triunfo del olvido envuelto en irrisorio culto.
De sombra y de silencios el recuerdo poblado está, y amar sea sólo un
viaje sin retorno,
¿y quién dirá estos nombres dispuestos a viajar en labios de otros,
quién tu nombre dirá de nuevo como milagro y testimonio amado y no
como “mengana” o “fulanito”?
Sepultado entre innúmeras las hojas el nombre quede y la memoria
crezca
y cada quien recuerde que escribirte y decirte es también permanecer
entre las horas y las hojas, oculto y celebrando.
De ti, inolvidable… inolvidable… tan sólo quede la palabra “amor”, que
sustituya a todo verbo y predicado y Sujeto de sí mismo sea,
pues, entre azul y buenas noches, sólo lo escrito permanencia sea y
testimonio de una vida y el perdido aroma de lo amado,
que todo sea un esperar en labios el futuro:
es ist nicht Zeit, daß es Zeit wird.
— * —
“voor wie je bent u besparen?”
¿Escuchaste, Eneas…, escuchaste?
No todo lo dejado atrás es destrucción,
desolada mirada acusadora
o sangre entremezclada con cenizas que se agolpan mudas
como túmulo o silencio escrito en lágrimas.
Escucha, Eneas, escucha,
se llama lentitud, eternidad, y reposada tarde
en noche convertida, en signo de un abrazo
en tanto el siglo entero se desploma
con todas sus historias por contar,
feierlich und gemessen, ohne zu schleppen.
Escucha, Eneas, escucha,
las risas a lo lejos, la burla proferida ante el naciente amor,
y todo en Ella Es,
y la ciudad será no conquistada,
no habrá querubes ni repentinas naves alejándose,
y toda Ella, como un siglo mudo, nombrándote una vez
en eco de palabras inmortales y siempre revividas
y toda Ella palabra y Verbo, y tú, destino y lejanía
y un viaje sin escalas a otra ciudad nunca alcanzada.
Escucha, Eneas, y escucha para siempre esas palabras
que son ciudad y amor y abandono y nocturna entrega y agradecido
canto y no ciudad en ruinas,
gratitud callada del relámpago que ciega y ve más que una boca y
labios y mirada y un mutismo que bautiza y la frente ciñe.
Escucha, Eneas, escucha el viento de su nombre en Dido vuelto como
flor de las praderas,
desde otro idioma y mundo renacido
en esa noche diminuta apenas contenida en la respiración,
el aleteo de otro viaje y beso, de otra forma de nombrar amor, destino
y eternidad.
— * —
Fragmente einer Lied von Liebe und Tod und Abschied…
III
En el verano o el otoño crecen melancólicas tardes asesinas,
ensimismadas noches tentadoras, y adentro hay un olor a derramada
sangre de cuyo origen nadie sabe, y en uno mismo hay sombras acechando,
hay una noche inmensa que amenaza con quedarse por siempre y dar la
espalda
a todo aquel que al día y a su luz aspire, y yo no sé qué noche es esa
ni cuál su nombre sea, pero viene y va ocupando vastos territorios
en mí ocultos, visibilizándolos, y como una ciudad amurallada
he descubierto poco a poco, en tardes argentinas, lluviosas y sin sol,
que es una noche mía y que mi padre antes que yo la padeció y vivió.
Ya estuvo aquí, y un desmoronamiento tan severo fue que no sé por qué
no pude claramente verlo entonces. Sólo me hundí, muy lentamente en ella,
como quien ama, ciego, la postrer hora en que el sol desaparece solo,
como un amor tan lento, inabarcable, como la vida misma que se acaba
e irrepetiblemente nos pronuncia, dejándonos exhaustos y sin nombre.
Un largo atardecer agonizante de cielos extendidos y plomizos
condujo mi horizonte hacia un exilio de sombras y de todo lo vivido
que no ha cesado desde entonces con áridas semillas esparcir
un ostracismo de palabras rotas y un lento amanecer que aún no llega
y todo va cubriendo de un silencio como de rocas y una nieve en vilo
de la que aún no sé si llegará o ya llegó o si se irá un día.
Tal vez, alguna vez, un ángel sordo, con alas de silencio desprovisto,
mi nombre pronunciaba en una acera como quien ora el cielo estando
ausente,
pero en la furia de la noche parda no había destino que incluyera a dos
y el ángel su camino prosiguió; tal vez otra criatura me esperaba
entre cigarros y en ausentes calles de una ciudad perdida que me habita
y en donde sólo viven mis recuerdos y un solitario yo hundido en sombras.
Como una lenta arena movediza o una sirena mustia que te llama,
mis pasos se perdieron sin remedio, y sin saberlo yo del todo bien,
un mundo helado y sin destino estaba –como la sangre palpitante y muerta
de aquellos que a su propio entierro van– perdido en cada esquina de mí
mismo,
y así se está en un cementerio vivo donde todo es del silencio un eco
y nadie se percata, como fue, que estás en medio del naufragio y solo.
Cómo saber podría si palabras no hay, aunque las repita todo mundo,
para este desarraigo de expatriados en que uno se halla helado y sin saberlo;
yo sé que hay otros ángeles sin nombre, y algunos diminutos en el mundo
que bien podrían salvar a esos perdidos que en esta inmensa noche
proliferan;
te vi, y allí estuviste casi quieta, como la misma noche y su vestido,
como un bifronte ángel aguardando lo más oscuro de la noche oscura,
y yo no supe, como nadie sabe, decir tu nombre de espesura inmóvil
en medio de ese vaho intemporal que cada día parece incontenible.
¿De qué escalera o realidad proviene ese pasmo que todo lo duplica
y para el cual no sé qué nombre darle –Azael, Nephilim, o Lucifer?
Otras trincheras hubo, y generales, en las que una batalla se llevaba
a cabo y sin cuartel, pero esa guerra la vi como lejana y sin mi nombre;
del sol y sus prodigios nunca supe y si alguien salvarme pudo, no sé
en dónde habrá su posta mantenido. No se veía nada en torno a mí,
pero adentro un estéril llano crece y un raro balbuceo de arreboles,
callados, anunciaba un hontanar más seco y escampado que la noche.
Y casi nadie vio, o pudo ver, la llama fría que en silencio ardía
en mudos pabellones sin sentido, pero hasta en sueños y en la hora nimia
en que descansa el cuerpo, hoy recuerdo los estandartes negros de la insidia
jardines carcomiendo sin reposo y un aura en ruinas en el horizonte.
¿A dónde viaja el alma en esos casos, en qué refugio paz encuentra y luz,
en qué serenidad su hogar y abrigo si un proceloso mar no le abandona
y todo en derredor es ruina y sombra y apenas hay espacio para el pecho
y su respiración, y no hay amor ni fructífero encuentro salvador
que conduzca la nave a salvo puerto? No hay ángel que nos salve en esos
casos,
y dan la espalda hasta la eternidad y no hay palabras de consuelo aquí
que les permita regresar y hacer lo que una vez hicieron, amorosos,
en medio de esa noche que es más noche que indisoluble noche conocida.
Yo sé que un ángel hay, pero perdido, inalcanzable hasta la eternidad,
y todo lo que allí quedó sellado, sellado hasta que el mundo caiga y muera
y quede como estatua o templo yerto en tanto recordarlo alguien pueda
–ya Baudelaire su amado nombre dijo y condenado él también lo fue.
Entre diciembre y junio está un otoño que diez años abarca –una vida
que sólo entre palabras quedará como los doctos libros juntos yertos
que muchos rememoran en silencio, como un amor nacido en otro tiempo–,
cual bruma inadvertida fue llegando, y todo en un subsuelo terminó
como quien bautizado queda en sombras y nada ya quedara en ese eclipse
más que un lejano cielo sin estrellas, poblado de nocturnos y aleatorios
descensos en lo ignoto y sin destino, y un hormigueo negro descendiese
como un demonio dios de los exilios que en este sumergirse en las tinieblas
robar todo quisiera sin saber por qué o para qué todo fue hecho,
y aun así siguiese en la trinchera que separa al día de toda noche,
como incansables yeguas de Diomedes de luz devoradoras y esperanzas,
y sin emperador y su Bucéfalo que pueda rescatar o conquistar
todo este territorio abandonado. Y es pesaroso ver pasar los días
y su engolondrinada geografía, su arcana voz que a todos llama, menos
al alquimista ciego que hay en ti, y ya de sombras nadie entiende nada
pues la Estigia ven, aunque no su nombre; y en esa tierra hundida hay muy
pocos,
y como muertos andan y sin nombre, y no es posible hablar uno con otro
pues condenados y sin luz vagamos en tanto la tiniebla no sea el día
sin nombre y postergado en que nos llamen a ver de nuevo el sol y sus
milagros.
Y en esa estridulada tierra estaba cuando de un tajo el sol que fue mi origen
llevado a otro silencio sin retorno: y doble oscuridad, y llanto, y furia,
y un empedrado bosque ya sin dueño, sin nombre ni mitología oscura,
todo fue: sueño no hubo ya, quebrado, como rama de nieve hartada y yerta,
y no hubo ya más voz que me llamara – la tierra yerma y el lenguaje inmenso
silencio fueron y amargura doble: el desahuciado sol de los mortales.
Petrificado queda todo, y nada es ya lo mismo: no hay agua que sacie
la sed de este abandono que nos nombra, y como un fuego detenido, calla,
y todo es una hora que no llega, un aguacero que no cesa y colma
la doble oscuridad que no calcina pero en brasas mantiene el alma sola
y su vasija sin palabra y nombres, y un sol de eterno eclipse se derrumba
y todo en él es cataclismo y negro andar y una amapola y un pedir
y luz y sed, y un doble amanecer que no termina de llegar ni ser,
y un irse pareciera que nos llama para el destino así cumplir y amar
la muerte que no llega por nosotros y sólo mira, mustia, sólo mira.
Y en las vacías manos amanece otro reloj, vacío y avanzando,
y sus horas no son las del dolor que a todo acosa ni tampoco aurora.
Una ceniza, el doblegado día, una ataraxia que las manos crean,
un tono de silencio sobre el muro, a punto de caer, envejecido,
que nadie más que tú soporta y lleva, como una nueva noche cada noche,
ensangrentada noche del destino, del día siguiente a su naufragio todo,
al eco ensimismado que te nombra, a ese perderlo todo que se encuentra
apenas en las manos, en los labios, en el mirar que nada sabe ver,
en esa sed que es luz, y eternidad, y no llegar, y ser, y abandonar,
y no el amor que ensancha la mirada, sino ese hundirse que te espera y
llama.
La luz que de unos es, aquí no fue. Un claro eclipse de silencio y sombras
de todo se apropió y sin remedio. Apenas ver las sombras es posible
ahora que ese ejército otra vez de un ocre ineludible todo tiñe
y ahora sé que una frontera hay que debo pronunciar y en la que tarde
o temprano esta marcha a su fin llega; no hay tiempo ni reloj que los ocasos
determinen, y asumo que si ahora un nuevo atardecer está llegando,
con sus otoños y sus hojas yermas, endecasílabo su nombre y canto,
que así es como decido ahora ver lo que este ocaso tenga a bien traer.
7 y 8 de octubre, 2013
Poemas tomados del libro Mahler (Secretaría de Cultura de Michoacán, 2015)
